Textos
Viajar



Textos: Viajar:
● Comencé a ver el mundo con otra mirada, sin percibir todavía que, en cierta manera, me estaba alejando definitivamente del periodismo. Me daba ya cuenta de que, en los grandes viajes, hay que estar dispuesto a dejar de ser quien eres y convertirte en una persona distinta. No existe el gran viaje si cuanto sucede en el camino no te transforma en alguna medida. ● Al recordar ahora aquellos viajes a Centroamérica, me acomete una cierta nostalgia. Siento que nada de cuanto escribí puede compararse con la intensidad de lo que viví, pues cabalgué a lomos de la aventura durante varios años y ello supuso para mí una experiencia única e inolvidable, la mejor de mi vida junto con el amor y la paternidad. (Javier Reverte en La aventura de viajar) ● Por la misma época en que los portugueses exploraban la costa occidental de África y descubrían Brasil y el Extremo Oriente, la invención de la imprenta estaba transformando la vida intelectual de Europa. [...] Después de 1550, aproximadamente, la literatura de viajes se puso de moda, y fue también por esa época cuando los jesuitas empezaron a publicar sus famosos «epistolarios». Durante muchos años estos textos fueron la fuente de información más completa sobre Extremo Oriente. (Peter Watson)

Relatos de viajeros:
El narrador de historias siempre acaba de llegar de un largo viaje, en el que ha conocido las maravillas y el terror. Tal como el inocente Enkidu vio turbada su existencia silvestre por un cazador con quien se encontró delante del aguadero y que fue el primer ser humano que halló en su vida. Dice el poema que «el miedo hizo nido dentro de sus entrañas, su rostro era el de un hombre que llega de muy lejos». Así, tras el rostro del hombre que llega de muy lejos, espera el oscuro fluir de las historias. Pero el viaje no siempre ha consentido al viajero protagonizar la aventura; muchas veces ha debido contentarse con escuchar la peripecia de labios de otros, sentados ante un jarro de cerveza en la taberna llena de gente y de humo o atento al cuchicheo crispado de los labios del moribundo, cuyos ojos comienzan a familiarizarse con los fantasmas. Quizá ha leído la historia asombrosa en el manuscrito hallado en una botella o en ese grimorio maldito que el librero, con buen acuerdo, se negaba a vender. (Fernando Savater)

● Aquel que quiere viajar feliz, debe viajar ligero. (Antoine de Saint-Exupery, 1900-1944). ● El cabalgar, el viajar y el mudar de lugar recrean el ánimo. (Séneca, 2 a.C.-65). ● Viajar enseña tolerancia. (Benjamin Disraeli, 1766-1848). ● Mis viajes más bellos, los más dulces, los he hecho al calor del hogar, con los pies en la ceniza caliente y los codos reposando en los brazos desgastados del sillón de mi abuela [...]. ¿Por qué viajar si no se está obligado a ello? [...]. Es que no se trata tanto de viajar como de partir; ¿quién de nosotros no tiene algún dolor que distraer o algún yugo que sacudir? (George Sand, 1804-1876). ● Yo no viajo para ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse. (Robert Louis Stevenson, 1850-1894). ● El que emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país. (René Descartes, 1596-1650). ● Por naturaleza, los hombres gustan de ver cosas nuevas y de viajar. (Plinio el Joven, 62-113). ● Me gustaría emplear toda mi vida en viajar, si alguien me pudiera prestar una segunda vida para pasarla en casa. (William Hazlitt, 1778-1830). ● Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. (Unamuno, 1864-1936). ● Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos. (Italo Calvino, 1923-1985).

No dejaremos de explorar
y el término de todas nuestras exploraciones
será llegar al lugar donde comenzamos
y conocerlo por primera vez.
(T. S. Eliot, Little Gidding)

El camino:
● Te pueden ir bien las cosas si sabes avanzar por buen camino y si mantienes el rumbo en tu pensamiento y acción. (Marco Aurelio) ● Caminos felices por donde me fui y no podré regresar. (A. E. Housman) ● Caminante no hay camino, se hace camino al andar (Antonio Machado). ● Mi éxodo es ya viejo. Y en mis ropas, duerme el polvo de todos los caminos. Y el sudor de muchas agonías. (León Felipe) ● La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero. (Hermann Hesse) ● A camino largo, paso corto. (Refrán) ● Un camino de mil millas comienza con un paso. (Benjamin Franklin) ● El camino misterioso va hacia el interior. Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. (Novalis) ● El que no sabe por qué camino llegará al mar, debe buscar el río por compañero. (John Ray) ● Por mala senda en tenebrosa noche sin saber a dónde voy, camino a ciegas, ignorante de dónde vengo. (Alphonse de Lamartine) ● No desprecies el recuerdo del camino recorrido. Ello no retrasa vuestra marcha, sino que la dirige; el que olvida el punto de partida pierde fácilmente la meta. (Pablo VI) ● Soy un idealista. No sé dónde voy pero estoy en el camino. (Carl Sandburg) ● La verdadera libertad del hombre consiste en que halle el camino recto y en que ande por él sin vacilaciones. (Thomas Carlyle) ● No pido riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda; todo lo que pido es el cielo sobre mí y un camino a mis pies. (R.L.Stevenson ) ● La vida humana se parece a un camino cuya salida es un precipicio horroroso; nos advierten de ello desde los primeros pasos; pero el decreto está ya pronunciado: es preciso adelantar siempre sin poder retroceder. (Jacques Benigne Bossuet)

● El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino. (José Saramago, Viaje a Portugal)


La aventura de viajar:
Al viajar, paseamos un sueño, afirma mi amigo Manu Leguineche. O «viajamos literariamente», sentenció Bruce Chatwin, un escritor de quien no me gusta casi nada de cuanto ha escrito, salvo esa frase. En mi particular mitología viajera, lo que busco es contrastar con mis sentidos la realidad de lugares sobre los que he leído mucho y que han despertado mis emociones. A poco de abrir El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, deseé navegar por el río Congo y lo hice unos años después. De la misma forma, he visitado la Cuernavaca de Lowry, paseado por los campos manchegos de don Quijote y Sancho, recitado una oración fúnebre ante el túmulo de los griegos muertos en Maratón, navegado el golfo de Lepanto tratando de imaginar el velamen de la galera La Marquesa y al fantasma del soldado Cervantes, pateado los campos cretenses de Kazantzakis, bebido en el habanero Floridita un daiquiri en honor de Hemingway, surcado las aguas del Yukon de Jack London y recitado el comienzo del Ulises de Joyce en la torre de Sandycove el Bloomsday (Día de Bloom). Son sólo algunos ejemplos, porque la lista de mis mitos viajeros ocuparía bastante más espacio si recorro con minuciosidad su geografía. Creo que ya he dicho que, en mi opinión, muchos viajamos un poco de la misma manera, necesitados de que nuestros sentidos se comuniquen con nuestras nostalgias. Porque en ocasiones se tiene nostalgia de lo que no se conoce. Esa nostalgia yo la percibo a menudo y pienso que es un sentimiento bastante más común de lo que pensamos en la naturaleza humana. Pero eso no explica por completo las profundas razones de la pasión viajera. En un mundo como el nuestro, en el que la tecnología de las comunicaciones ha alcanzado un poder que nuestros antepasados no podrían imaginar ni en sus visiones más alocadamente futuristas, pocas cosas pueden permanecer mucho tiempo cerradas al conocimiento, incluso casi nada escapa a nuestra curiosidad particular. Nos sentamos ante el televisor, manipulamos un rato con el mando a distancia, y podemos ver la superficie del planeta Marte, la barriga de un termitero, el rincón más insalubre de la selva amazónica, las honduras abisales de los océanos, la escondida guarida del tigre indio y el nido remoto del cóndor andino. ¿Para qué irnos a un país lejano si su visión nos la sirven a la carta en la pantalla del televisor de nuestra casa?

Pues bien: pienso que una de las íntimas razones que en estos tiempos nos impulsan a viajar es la necesidad de dar satisfacción a nuestros sentidos. Tenemos que escuchar el viento y el oleaje, pero no mezclados con pureza a través de una mesa electrónica de control de sonido, sino con todo su estruendo y su carencia de limpieza: en su realidad caótica, en suma. Necesitamos las voces de los otros, la algarabía tronando alrededor, y el vacío abismal de los silencios. Nos hace falta tocar y que nos toquen, percibir en la piel la caricia de la lengua caliente del trópico y el arañazo de las uñas del frío del glacial. Queremos saborear lo dulce y lo salado, lo acre y lo sutil. Y queremos ver, con esa expresión tan exacta que dice «con nuestros propios ojos», la realidad que nos circunda. Hoy en día, son nuestros sentidos quienes nos hacen viajeros, no nuestra mente. Y por eso, el secreto del arte de viajar está en saber abrirse a las sensaciones antes que a la reflexión. El viaje es, sobre todo, una aventura sensual y sentimental. «Entre los dones de la tierra —escribió Rudyard Kipling— hay pocos comparables a la alegría de entrar en contacto con un nuevo país. Tanto da que se hayan escrito sobre él enciclopedias enteras; cada nuevo espectador es, para sí mismo, un Hernán Cortés». Hasta hace pocas décadas, los españoles abandonaban su tierra natal para emigrar en busca de trabajo y pan, o se exiliaban a causa de las persecuciones políticas. Hoy se viaja, sobre todo, por el deseo de conocer. Y ese hábito se ha extendido en los últimos años como una benigna epidemia. «Hacer el viaje» de cada año es casi un rito para muchos iberos, como celebrar el cumpleaños o las bodas de plata. Se trata de un fenómeno que, sin duda, ha contribuido no poco a enriquecer nuestro espíritu. No obstante, lo que distingue al viaje literario de los otros es que, en el primero, se dejan un buen puñado de cosas al azar y se busca que suceda lo imprevisto. Creo que los mejores momentos de mi vida de trotamundos han sido los que he decidido desviarme de la ruta trazada con anterioridad. Claro está que algunos de estos desvíos estuvieron a punto de costarme muy caros. Pero como decía Paul Bowles: «Sólo merece la pena hacer las cosas que pueden terminar muy mal». En todo caso, cuando me dirijo hacia un sitio sin que exista una razón poderosa que me empuje hacia allí, siempre tengo la impresión de que me he quitado algo parecido a esas incómodas anteojeras que les ponen a los caballos para que no se aparten de su camino. (Javier Reverte, 2006)


Metáfora del camino:
Se suele hacer la metáfora de comparar la vida con un camino que nos lleva a una meta. Yo no estoy de acuerdo. Cuando un piloto de carreras aprieta el acelerador al máximo, se produce un fenómeno conocido como "visión en tubo", en el que el piloto sólo ve el punto central y todo lo demás aparece desenfocado. El mundo actual, tan alocado y superfluo, ha convertido la vida en una autopista por la que circulamos a más velocidad de la deseable y en la que nos perdemos casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Porque la sociedad actual establece como punto prioritario la meta, olvidándose del propio recorrido. Las prisas, el día a día, las obligaciones, nos hacen ver la vida con visión en tubo, todo está desenfocado. Tenemos que darnos cuenta de que no tenemos que ir a ningún sitio, no existe una meta. El sentido de la vida no se encuentra al final del camino. El sentido de la vida es algo tan valioso, que se encuentra siempre allá donde estemos. Ya lo tenemos antes de haber empezado a caminar. La vida no es un destino. La vida es el propio camino. Porque cuando caminamos con visión en tubo, pensando sólo en una meta, nos perdemos lo más importante que existe, la conciencia sobre nosotros mismos y la posibilidad de compartir nuestra existencia con aquellos a quienes amamos. Si avanzamos con visión en tubo lo más probable es que nos salgamos en las curvas. Si convertimos la meta en el propio camino, las curvas nos servirán para enderezar nuestros pasos, para meditar sobre nuestro avance. Las curvas nos harán levantar el pie del acelerador, nos permitirán contemplar el paisaje con tranquilidad, nos ayudarán a parar en un momento determinado para revisar si es por ahí por donde queremos caminar. La vida no es una autopista. La vida, a veces, es un camino precioso liso y recto. Otras veces es un camino precioso lleno de curvas y de piedras, lleno de baches y de cuestas. Unas veces es un camino precioso de montaña y otras en un camino precioso que bordea la costa. Pero la vida es siempre un camino precioso que vuelve al punto de partida. Y si no somos capaces de sacarle rendimiento a ese camino, si no somos capaces de darnos cuenta de que, en cualquier caso, se trata de un camino precioso, nuestra vida no tendrá sentido, por muchas y maravillosas metas que nos hayamos propuesto.

América imaginada:
América Latina parecía ser ella misma una de esas novelas de grandes pasiones y arriesgadas aventuras que tanto seducían a los lectores europeos, ávidos de paisajes exóticos y de destinos fuera de lo común. [...] Muchos europeos llegaron hasta estas costas remotas, a estudiar la naturaleza, a transmutarla en arte, a vivir la aventura de la conquista y de la guerra, o a explorar las ruinas de esos antiquísimos imperios sepultados por las selvas o los vestigios de ciudades construidas en lo alto de cordilleras imposibles. América Latina fue la depositaria de muchos sueños y mitos europeos y, paradójicamente, los latinoamericanos los heredamos al extremo de llegar a vernos y reconocernos en esas imágenes que la fantasía romántica fabricó sobre nosotros. En todos los campos, pero sobre todo en el cultural y el político, América Latina sirvió, en muchos momentos de su historia, para alimentar el sueño europeo romántico de exotismo y aventura y llegó a ser nada más y nada menos para la visión europea que una fantasía literaria. (Vargas Llosa, 2016)

Conocimiento:
El cosmopolita, personaje en extinción, o quizá provisionalmente retirado a las catacumbas del espíritu, es alguien que desea habitar la complejidad del mundo. Es un amante de la diferencia, ansioso siempre de explorar lo múltiple y lo desconocido para volver a casa, si es que vuelve, con el bagaje de los sucesivos saberes que ha adquirido. El cosmopolita, al no soportar la excesiva claustrofobia de la identidad propia, busca en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer su origen y sus raíces. El hijo pródigo de la parábola bíblica encarna a la perfección ese anhelo: el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo. El cosmopolita quiere saber. (Rafael Argullol, 2016)

Las dimensiones se reducen:
En los años en que el número de personas ha aumentado tan enormemente, el globo del mundo sobre el que vivimos se ha ido reduciendo de continuo de manera igualmente imperceptible. No es que haya disminuido de verdad, por supuesto, sino que la técnica, sobre todo la de la aviación, ha acortado constantemente la distancia entre las diversas partes de la Tierra. También yo he vivido esta experiencia. Cuando me encuentro en un aeropuerto donde los altavoces anuncian uno tras otro vuelos a Delhi, Nueva York, Hong Kong o Sydney y veo las multitudes bullentes que se preparan para partir, no puedo menos de pensar a menudo en mi juventud. Entonces, se señalaba a una persona con el dedo y se decía: «Ese ha estado en América»; o incluso: «Ese ha ido a la India». (Gombrich)


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