Literatura
Italo Calvino



Las ciudades invisibles:
El verdadero mapa del universo es la ciudad de Eudossia tal como es, una mancha que se extiende sin forma, con calles todas en zigzag, casas que se derrumban una sobre otra en la polvareda. Las exhalaciones que se estancan sobre los techos de las metrópolis, el humo opaco que no se dispersa, la capa de miasmas que pesa sobre las calles bituminosas. No las frágiles nieblas de la memoria ni la seca transparencia, sino los tizones de las vidas quemadas que forman una costra sobre la ciudad, la espina hinchada de materia vital que no se escurre más, el atasco de pasado presente futuro que bloquea las existencias calcificadas en la ilusión del movimiento: esto encontrabas al término del viaje. Dos harapientos... que revuelven en un basural, amontonan chatarra oxidada, pedazos de trapo, papeles viejos, y ebrios con unos pocos tragos de mal vino, ven resplandecer a su alrededor todos los tesoros del Oriente. Reflexionaba sobre el orden invisible que rige las ciudades, las reglas a las que responde su surgir y cobrar forma y prosperar y adaptarse a las estaciones y marchitarse y caer en ruinas. A veces le parecía que estaba a punto de descubrir un sistema coherente y armonioso por debajo de las infinitas deformidades y desarmonías.

Alhambra Torre de Babel Cronista Murallas de Constantinopla

Atlas:
El Gran Kan posee un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y continente por continente, los confines de los reinos más lejanos, las rutas de los navíos, los contornos de las costas, los planos de las metrópolis más ilustres y de los puertos más opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda que Jerusalén está asentada sobre dos colinas, de altura desigual y frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus jardines.

Venecia. Puente de Rialto Lisboa Sevilla. Sánchez Coello New York

Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a adivinar basándose en escasos indicios: así Granada, irisada perla de los Califas, Lübeck atildado puerto boreal, Tombuctú negra de ébano y blanca de marfil, París donde millones de hombres vuelven a casa todos los días empuñando una barra de pan. En miniaturas coloreadas el atlas representa lugares habitados de forma insólita: un oasis escondido en un pliegue del desierto del cual asoman sólo las copas de las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de recordar el Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas. El atlas representa también ciudades de las que ni Marco ni los geógrafos saben si existen y dónde están, pero que no podían faltar entre las formas de ciudades posibles: una Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios, una México verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una Nóvgorod de cúpulas bulbosas, una Lhasa que levanta blancos tejados sobre el techo nublado del mundo. Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál, y bosqueja un itinerario para llegar. Se sabe que los nombres de los lugares cambian tantas veces como lenguas extranjeras hay; y que a cada lugar puede llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas más diversos, quien cabalga, viaja en carreta, rema, vuela. (Las ciudades invisibles)


Disposición de la biblioteca como mapamundi:
Recorrimos otras salas, siempre registrando en mi mapa lo que íbamos descubriendo. Encontramos habitaciones dedicadas sólo a obras de matemáticas y astronomía, otras con obras en caracteres arameos, que ninguno de los dos conocíamos, otras en caracteres aún más desconocidos, quizá fuesen textos de la India. Nos desplazábamos siguiendo dos secuencias imbricadas que decían IUDAEA y AEGYPTUS. En suma, para no aburrir al lector con la crónica de nuestro desciframiento, cuando más tarde completamos del todo el mapa, comprobamos que la biblioteca estaba realmente constituida y distribuida a imagen del orbe terráqueo. Al norte encontramos ANGLIA y GERMANI, que, a lo largo de la pared occidental, se unían con GALLIA, para engendrar luego en el extremo occidental a HIBERNIA y hacia la pared meridional ROMA (¡paraíso de los clásicos latinos!) e YSPANIA. Después venían, al sur, los LEONES, el AEGYPTUS, que hacia oriente se convertían en IUDAEA y FONS ADAE. Entre oriente y septentrión, a lo largo de la pared, ACAIA, buena sinécdoque, como dijo Guillermo, para refirirse a Grecia, y, en efecto, en aquellas cuatro habitaciones abundaban los poetas y filósofos de la antigüedad pagana. El modo de lectura era extraño. A veces se seguía una sola dirección, a veces se retrocedía, a veces se recorría un círculo, y a menudo, como ya he dicho, una letra servía para componer dos palabras distintas (en este caso, la habitación tenía un armario dedicado a un tema y uno al otro). Pero sin duda no había que buscar una regla áurea en aquella distribución. Sólo era un artificio mnemotécnico para que el bibliotecario pudiese encontrar las obras. Decir que un. libro estaba en quarta Acaiae significaba que podía encontrárselo en la cuarta habitación contando desde aquella donde aparecía la A inicial. En cuanto al modo de encontrarla, se suponía que el bibliotecario conocía de memoria el trayecto, recto o circular, que debía recorrer para llegar hasta ella. Por ejemplo, ACAIA estaba distribuido en cuatro habitaciones dispuestas en forma de cuadrado, lo que significa que la primera A era también la última, como, por lo demás, tampoco a nosotros nos llevó mucho descubrir. Al igual que nos había sucedido con el juego de las obstrucciones. Por ejemplo, viniendo desde oriente, ninguna de las habitaciones de ACAIA comunicaba con las habitaciones siguientes: allí se cortaba el laberinto y para Regar al torreón septentrional había que atravesar las otras tres. pero, desde luego, cuando los bibliotecarios entraban desde el FONS, sabían bien que para ir, digamos, a ANGLIA, debían atravesar AEGYPTUS, YSPANIA , GALLIA y GERMANI. (Umberto Eco, El Nombre de la Rosa)


La transformación de Bastian:
Bastian Baltasar Bux, el protagonista [La historia interminable], pasa de ser el simpático lector de la primera parte, acomplejado y acosado por sus compañeros, encerrado en el desván del colegio, leyendo bajo la luz de su candelabro de siete brazos como leen los grandes lectores, es decir, metiéndose en la historia por entero, a convertirse hacia el final del libro en un flamante tirano capaz de despreciar amistades y buenos consejos mientras se deja encandilar por la envenenada adulación de Xayide. Humillando a Hynreck el Héroe, abandonando a su querida mula Yicha, causando la batalla más sangrienta que conociera Fantasía precisamente contra quien fuera su mejor amigo, el sensato y valiente Atreyu. ¿Cuál ha sido la causa de semejante transformación? Tras salvar a la Emperatriz Infantil dándole un nombre —esa capacidad tan humana que emparenta a los poetas con la creación y cívicamente con la fundación de las ciudades—, Bastian recibe como regalo la Alhaja, Áuryn, que le permite ir cumpliendo aquellos deseos que realmente se instalan en su interior. ¿Qué mayor signo de omnipotencia que el cumplimiento inmediato de nuestros deseos? Por esto lloran desconsolados los bebés… y a veces los adultos. Aprender que no es posible la realización inmediata de todo aquello que queremos, aquí y ahora, es uno de los aprendizajes esenciales de la vida. Pero Bastian, como tantos otros, cae de nuevo en esto que nos marca desde la cuna. A lo que se añade otra dificultad: por cada deseo que ve cumplido se verá recortada su memoria, irá olvidando quién es. Irremediable olvidar, pues nos mantiene sanos. Pero ¿llegar a olvidarnos de nosotros mismos? Así tenemos a Bastian deseando ser alto, guapo y fuerte, poderoso, valiente, magnánimo, admirado por su bondad, sabio, temido por su fuerza, seguido por millones. Y todo lo va logrando. En una sucesión de capítulos admirables, poco a poco, el que fuera un bondadoso e inseguro muchacho se olvida de sí mientras se convierte en el poderoso jefe de millones, que lo siguen por las tierras de Fantasía atentos a sus órdenes. La amistad con Atreyu poco a poco se resquebraja, asomando la competencia, la imposición de fidelidades, la envidia. La melancolía del dragón blanco de la suerte, Fújur, quien con su voz de bronce entona su tristeza en vuelos cada vez más bajos, da cuenta de lo que sucede cuando dejamos atrás a los amigos de verdad cegados por el oropel, la fama o el poder. Bastian será incluso capaz de herir gravemente a Atreyu en su terrible huida hacia adelante. Olvidará por completo que fue un excelente contador de historias y, peor aún, no recordará que tiene a su padre esperándolo más allá de Fantasía. Cuanto más nos ciega el deseo de poder, también de reconocimiento público, más nos perdemos a nosotros mismos. Nos olvidamos de quiénes fuimos. [...]

La inquietante ciudad de los Antiguos Emperadores:
Allí va a parar Bastian tras la última batalla de la Torre de Marfil, habiendo perdido casi todos sus recuerdos mientras persigue a su antiguo amigo Atreyu. La ciudad es absurda, los puentes andan a medio hacer, las pirámides se aguantan sobre su cúspide, las casas tienen puertas en los tejados y se levantan suelos en lugar de muros. Sus habitantes se muestran “febrilmente activos”, pero van de acá para allá sin ningún sentido en sus tareas. Acá uno persigue pompas de jabón para pegarle un sello y allá otro aporrea con su martillo un calcetín. No envejecen, pues sin pasado carecen de porvenir. Tampoco hablan, pues han perdido el lenguaje y con ello la capacidad de narrar, de contarse quiénes son y dónde están. Todos habían sido en el pasado Emperadores de Fantasía, explica el vigilante de la ciudad, el inquietante monito Ártax. O al menos lo habían pretendido. La omnipotencia política, el deseo de triunfar sobre toda Fantasía, ser los únicos y más grandes, superando incluso a aquella que salvaron en un comienzo —la Señora de los Deseos, a quien Bastian llamara Hija de la Luna, la Emperatriz Infantil, en realidad la figura divina del relato—, acarrea esta desquiciante consecuencia. Bastian sale de la ciudad aterrado, dispuesto a no acabar allí sus días. Le restan pocos deseos antes de perder por completo la noción de quién es. (Víctor Alonso Rocafort, 2015)


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