DOCUMENTOS
Cartas dispersas II. José Guillermo Anjel R.



Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.:

61. A MARX:
Reído, visto, leído y recordado Groucho, ya poca gente tiene el valor de admitir el error, asumir el absurdo o mirar a un lado cuando dice una mentira. Hoy todo es una cara cuadrada y un chillido y la culpa no la tiene quien la comete sino el sofá. Los viejos escenarios morales han desaparecido, Groucho (no Karl), y la imaginación risueña y la capacidad de saberse torpe es cosa que no se ve. Antes admitíamos que se podía fallar y que algo, por insignificante que fuera, tenía un sentido y un fin. Pero ya no, y quizás esto se deba a que no reconocemos limitaciones y en cambio se legitima el delirio de la opulencia (aquello de eructar pavo habiendo comido arroz), la pequeñez engrandecida y, cosa de reír, la falta de espejos bien hechos.

Recuerdo su libro Memorias de un amante sarnoso y considero que con nombrarlo ya todo está dicho para explicar el narcisismo del poder y las estrategias que se tejen para mantener el atraso. Creo, Groucho, y lo imagino a usted moviendo el bigote, las cejas y el habano, que hay un síndrome Menem en la política, la cultura, la gerencia, la ciencia y demás espacios donde, como dice Javier Marías, se practica "monoteísmo" rabioso, los intereses únicos, la ira contra lo diferente y la cría desmesurada de acontecimientos corruptos. Y ese menemismo mental, nacido seguramente del behaviorismo practicado hasta el cansancio, nos pudre porque miente.

En Groucho y yo, su divertida autobiografía, donde usted se burló de todo, se manifiesta aquello que hoy se cumple y que, en palabras de Blaise Cendrars, en El hombre fulminado, es una evidencia: “se fabrican una leyenda, acaban creyéndola ellos mismos y se hacen ilusiones. Su vida, nueve de cada diez veces, es una vida imaginaria.. Lo único real en ellos es su muerte, porque ya no están allí para contarla”. Y este es el problema amigo Groucho Marx, que se miente de manera permanente y que descubrir la verdad develando la mentira, como propone Karl Popper, antes que un acierto es asistir a un señalamiento. Y así, ya no canta el ruiseñor.

63. A BARICCO:
Leído y admirado Alessandro, hace usted parte de una generación de intérpretes de lo urbano y de toda la locura que lleva dentro una ciudad, desde los objetos arquitectónicos y su relación con ellos hasta los mismos ciudadanos que, en su ejercicio de ciudadanía, ya no conforman un tejido social claro sino un sistema cruzado por la economía delirante, la subjetividad en guardia, la política confusa y el desasosiego permanente, (como aquel del que Fernando Pessoa tuvo una referencia bastante clara). Y así, entonces, la ciudad no es sólo un lugar de habitación y desplazamiento sino un sentir reaccionario y decadente. En términos de Ciorán, un suicidio lento donde el arma es el miedo y la desilusión.

En su novela City, Alessandro, usted plantea tres acontecimientos urbanos: la incertidumbre del tiempo, la soledad del desprecio y las pequeñas mitologías. Y en este tríptico crea unos ciudadanos que evitan lo que pasa creándose espacios marginales para no ser ellos en el presente, como ciudadanos en orden, sino en un limbo de calles, lugares con gigantes y mudos, micro historias de sueños y marcas que incitan. Y en esta carencia de ciudadanía, asumen la aventura. Pero no aquella de la que habla Rafael Argullol, que sería la de los nuevos reconocimientos, sino una en el caos y sin ningún direccionamiento.

Existe una palabra, muy mal utilizada, que es falencia y que quiere decir sostener un error estando conciente de él. Otros diccionarios la definen como quiebra y engaño. Pues bien, apreciado Alessandro Baricco, todo pareciera indicar que la nueva ciudad (y lo que se incluye en ella entre objetos animados e inanimados) es una falencia sostenida, no de mala fe, sino tratando de explicar lo que no es. Y que en esta interpretación, guiada por el deseo, el tejido social desaparece y da cabida, como sostiene Carlos Gustavo Jung, a una psicología de transferencia donde hay otro que representa mis miedos y fallas. Y que ese otro soy yo, pero no lo creo ni admito.

67. A ZWEIG:
Querido y releído Stefan, es difícil que alguna vez, en América Latina, tengamos una historia clara. Y esto es fatal, porque sin historia no hay identidad ni sentido de pertenencia y menos de referencia. Y algo peor, no hay orígenes. Por esto los latinoamericanos están nombrados, señalados, detectados, pero no definidos. Y frente a la indefinición, todas las invenciones son posibles. Y esta falta de historia se la debemos a nuestros dirigentes que, en lugar de construir y cuidar, lo que hacen es destruir (remodelar, dirán). Pasa en nuestras ciudades, donde todas las construcciones son nuevas y por eso sin historia. Aquí sólo asistimos a lo reciente, como en la selva, y nunca tenemos una idea previa de las cosas.

Usted, Stefan, fue un gran historiador. Y ese afán de historiar, antes que venir de libros o de haber asistido a clases de profesores eminentes, llegó primero de lo que había visto. Basta leer su María Estuardo, su Magallanes, su Dostoyevski etcétera, para sentir que las preguntas que se hizo provinieron de los asombros nacidos de la visión. De ver, como decía Oscar Wilde, para encontrar la belleza y los misterios del objeto mirado. No fue usted, Stefan, un historiador de escritorio sino uno que caminó, vio y después se hizo preguntas. Pero, ¿qué pasaría si usted viniera y viera lo que tenemos? Todo son obras recientes y, donde no, tugurios.

La historia, Stefan Zweig, se compone primero de cosas y luego de documentos, de esta manera se evita la mentira o al menos la falsificación. Pero entre nosotros, donde todo lo viejo lo destruimos para que no haya referencia del pasado (quizás porque nos duele haber sido), la historia es una vorágine que se manifiesta desordenada y lujuriosa. Y sin referentes visuales, lo que permite luego todas las ficciones y descalabros. Y claro, la legitimación de la barbarie, que nace de la falta de memoria y la presunción. Somos en la carencia de pasado y, cuando nos vayan a historiar, nos van a ver igual de pobres que al principio. Es que sólo tenemos plástico.

75. A GLOTTMANN:
Recordada Rivka (o doña Rebeca, como le decíamos), le escribo ya para que no me lea, pero esto no es importante. Lo interesante es lo que pasa en la memoria, cuando la gente buena se queda ahí ocupando un lugar para siempre y se convierte en un referente para los mundos que creamos y que se hacen necesarios (y en ocasiones inevitables) para no desesperar. Y en ese sitio la muerte no existe sino el recuerdo: la imagen de unos ojos alegres y un pequeño sombrero de color. Y el sonido de las palabras matizado por una sonrisa. Y el calor de las manos. En términos de Henry Bergson, la memoria y quienes la habitan son eso real con que enfrentamos (y confrontamos) la realidad. Y si no hubiera esa memoria, viviríamos en total soledad.

Amada Rivkele, usted hace parte del espacio de las pequeñas cosas, esas que son realmente importantes para la bendición. Porque bendecimos lo que nos da conciencia de estar vivos y en contacto con lo demás. Y al mismo tiempo, asumimos la bendición como un agradecimiento a los que no es permitido hacer. La bendición es un reconocimiento a lo construido de manera justa, a esto que no ha generado dolor ni es símbolo de soberbia y opresión. Por esto bendicen sólo los que no tienen miedo ni esperan recibir más de lo que han dado. Los demás, los asustados, mueven las manos y la boca gesticulando. Esto lo aprendí de usted, Rivka.

Elías Canetti, en El juego de ojos, tiene un capítulo muy bello: Hallazgo del hombre bueno. Y en este texto, revelando unas conversaciones con Broch, en Viena, aparece la pregunta: ¿Existe un ser humano realmente bueno? Si, es el que reúne personas para toda la vida, se contesta Canetti. Pero no por reflexión o como fruto de una discusión sino por conocimiento y contacto con uno. Y ese uno, el Dr. Sonne, no juntaba las personas sino que las hacía partícipes y anfitriones, y necesarias la una para la otra. Él era el ejemplo. Y algo así me pasó con usted Rivka Glottmann, que bastaba mirarla para saber que era necesaria. Y más: que la dicha era inevitable.

78. A VICTORIA:
Estimada y respetada Reina Victoria, la corrupción y la anorexia se están tomando el mundo. Y lo uno tiene que ver con lo otro, ya que hablamos de carencias: falta de moral y escasez de proteínas y vitaminas. Y eso uno y otro se unen en un tríptico fatal: la individualidad desbordada, el narcisismo y la ignorancia, entendiendo esta última no como una falta de saber sino como una carencia de competencias, o sea, de imposibilidad de aplicar lo que se sabe porque se desconoce el real espacio de aplicación. En otros términos, la corrupción y la anorexia se deben a que ninguno de los implicados fue educado para gobernar y, como se carece de esta educación fundamental, se cae en la demencia precoz y el mundo se convierte en un deseo y no en una realidad.

Reina Victoria, usted no fue ni corrupta ni anoréxica, de aquí que legitime lo que escribo. Además, fue educada para ser reina, por esto el poder no la desbordó ni le puso en el camino seducciones como vajillas sin pasado, dietas extremas o moneda dura para gastar comiendo chorizo con las manos, diciendo vulgaridades y escuchando mariachis. Cuando uno es educado para gobernar, el interés es ejercer el poder ilustrado para ver más allá de sí mismo. El poder no es el libertinaje, cosa propia de esclavos libertos (de aquí su nombre) que consideraban que tener poder era tener permiso de hacer daños y comportarse de la forma más vulgar posible.

La democracia participativa es una de esas utopías que demuestran que las monarquías sieguen siendo viables. Los grandes reyes, al menos, tenían tutores que le enseñaban qué era el poder y cómo ejercerlo dentro de la realidad política y económica. Basta ver la educación de Abderramán III, de Saladino, de Ricardo Corazón de León, de Alfonso X, el sabio, la suya Reina Victoria, educados para el gobierno y el ejercicio de lo público. Por eso hicieron imperios y se los nombra con respeto. Pero, qué vemos ahora: gentes que nunca fueron educadas para gobernar y, al tener poder, se creen lo que no son. Y hacen el ridículo, porque nada les luce.

82. A LUXEMBURGO:
Querida Rosa, fue usted una mujer de esas que levantan el puño y la cabeza y eso le valió que la persiguieran, la encarcelaran y la mataran de manera infame: de un culatazo. Pero su vida ni sus escritos pasaron en vano. Hoy la recuerdan en la Alemania crítica y entre los judíos sefardíes y de avanzada y como parte de la gente digna de este mundo. Y todo porque usted protestó contra lo que la denigraba política, social y económicamente, sin evadir las consecuencias de su protesta. Usted Rosa, roja como le decían, se opuso al servilismo político, al agotamiento ideológico y al espíritu de esclavitud que permite la cría acromegálica de abusos y desmanes. Parecida a usted fue María Cano, a quien también le dolieron las indignidades.

Hoy se habla del momento políticamente correcto, Rosa, y por esto retomo su frase de La libertad no es libertad si es un privilegio, es decir, no podemos hablar de libertad y democracia donde se legaliza el terrorismo de Estado y se destruye la confianza en el otro (aplicando aquella premisa maquiavélica de divide y gobernarás) y algo peor, se crea un temor inmenso a la protesta. Ya se sabe, para el Zar y el Káiser (palabras derivadas de César), toda protesta fue terrorismo y ni se diga lo que significó para Stalin o Hitler, Reagan o la señora Tatcher, personajes que hoy se emulan en estas tierras calientes y lluviosas.

En una Latinoamérica donde las leyes esclavistas de Felipe IV son casi manuales de gerencia y de obligado crecimiento personal, hay que ver, querida Rosa Luxemburgo, el miedo es una industria promovida por la corrupción, la intolerancia, el desgobierno y la carencia de ideologías claras para construir el sentido de lo político: gobernar y admitir la diferencia como una opción inteligente de construcción del conocimiento. Pero, y esta es una orden del imperio, en lo político no se trata del debate sino de la clonación. Y, como alguna vez dijo Rodolfo Llinás, el clon es un esperpento que copia un modelo viejo y tiene retrasos de evolución.

83. A COETZEE:
Al fin leído, J.M., hay días propicios para la bruma y los gastos varios, las versiones del papá Noël en bikini y la gente que esconde cosas. Y, como anota Philiph Roth en su libro de entrevistas, estos tiempos resultantes son de alegría para sicópatas y desequilibrio mayor en los neuróticos. Pero los días de que le hablo no son estos de comercio exacerbado y exceso de avisos luminosos, frases que se cumplen poco y deseos que no se sabe ya qué significan, sino de aquellos que se repiten en épocas diversas porque perdemos la memoria y de nuevo hay que construirlos, pero no como beneficio sino como prejuicio y perjuicio. Le hablo entonces de los días a la defensiva, de esos donde el otro nos da temor. Es que la victoria construye el miedo.

En su libro Esperando a los bárbaros, donde el tiempo es cualquiera y por eso la historia es permanente, usted habla de un pueblo sin nombre y de unas murallas que a veces están cercadas por el desierto y en otras por la nieve del invierno. Y en ese sitio hay una conciencia que se hace preguntas pero sólo encuentra respuestas difusas, brumosas, decadentes y al fin predispuestas a pecados mayores. Y en ese lugar todos los bárbaros son culpables y por eso hay que deformarlos o acelerarles la muerte. Es terrible este libro, pero al mismo tiempo es la secularización del señalamiento, la legalidad de la injusticia y la necesidad absurda de un enemigo.

Querido y leído, John M. Coetzee, usted se ganó el premio Nobel 2003 planteando en su obra la constante negra de la historia: la crueldad, el silencio y el miedo. Y, al igual que Imre Kertezs, certifica la angustia del colectivo como la característica del siglo. O sea que seguimos en la oscuridad, temiendo las sombras que proyectamos y sintiendo los seres invisibles que nos acusan o nos burlan. Y así, entonces, se define el poder como algo al que siempre se le teme y con el que se convive ejerciendo la inteligencia del ratón: pequeñas carreras, saltos inesperados, tensión nerviosa creciente y revisión constante de la cola. Y resistencias variables.

85. A HIRAM:
Respetado y admirado Hiram, si es que verdad usted existió. Si no, como parece más probable, asombroso Hiram. De todas maneras, el interés que me convoca es hablar de muros en este momento donde el muro que los israelíes colocan en Cisjordania causa tanto revuelo. Y como se dice que usted fue el arquitecto de Salomón y el origen del mito masón, nadie mejor para leer estas aclaraciones. Bien sabe que en el mundo han existido muros famosos, muchos de ellos objeto de turismo como la Muralla China, que comenzó en el siglo III antes de esta era y terminó en el 1700. Sus constructores, desde Qin Shi Huangdi hasta la dinastía Ming, aseguraron que era para detener los ataques de los pueblos nómades y bárbaros del Norte.

Y como sabe, Hiram, en la segunda guerra mundial fueron famosos los muros en cemento, concreto y hierro que construyeron los franceses y los alemanes para detenerse entre ellos mismos. En Francia construyeron la línea Maginot, que las Waffen SS atravesaron como si fuera papel de seda. Y en Alemania la línea Sigfrido, que fue otra caricatura de muralla. Los mismos ingleses quisieron construir un muro que detuviera submarinos y a final los rusos, en agosto de 1962 levantaron el Muro de Berlín y así la política se dividió entre buenos y malos. El caso es que en todas estas construcciones murieron miles de personas, para sumario de la historia.

Hace unos años, Hiram, los norteamericanos construyeron otro muro (que sigue en pie y más vigilado que nunca) en la frontera de México. Y éste si bien hecho, con alarmas y perros incluidos, para detener a los inmigrantes conocidos como espaldas mojadas y que el único peligro que representan es que son feos, pobres y chiquitos. De este muro nadie habla, a fin de cuentas los países desarrollados quisieran uno así. Entonces, querido Hiram, mejor se critica y llora sobre una malla que detiene terroristas, la de Cisjordania, por el simple hecho de ser israelí. Hiram, uno de sus maestros grado 33, del rito escocés, diría: Hay plomadas que más parecen globos de helio.

87. A SALOMÓN:
Apreciado Salomón, conocido en hebreo como mélej Shlomó y en el Islamcomo Soleymán, rey al que respetan los efrits y demás genios de la botella y de la lámpara, usted fue un rey monumentalista. La historia y la Biblia le reconocen la construcción del templo de Jerusalén, el palacio real, el terraplén y la muralla de la ciudad además de los innumerables palacios para sus mujeres que fueron setecientas como dice Moacyr Sliar, el autor de La mujer que escribió la Biblia. Esto sin entrar en chismes con lo que construyó para Melkis, la reina de Saba, mujer que lo sedujo bastante y de la que se dan datos en el Libro de los Reyes y en el Talmud. Y a esto hay que sumarle sus flotas de barcos, las enormes caravanas y las minas de Ofir.
En buena parte, la historia se escribe con monumentos, Para confirmaresto están el papa Juan XXII, Luis XIV, Felipe II, Abderramán III,Akenatón, Pericles, Augusto, el zar Pedro, Julio II etc. Ellos hicieron del monumento un símbolo de la grandeza de sus tiempos: la gran arquitectura, la cultura en su sentido más completo, la proyección del pensamiento y la inteligencia y sabiduría como resultado de lo que es el arte, la fineza y los grandes debates. Así que se puede decir, quién como Salomón (usted en representación de los grandes), sus sabios yartistas, sus jueces y juicios. Todo tan distinto a lo que sucede ahora,cuando el monumentalismo es sospechoso.
Los monumentos son importantes cuando hay gente grande en ellos, no sólo como constructores sino como habitantes y usuarios. Y aquí es donde está el quid, querido mélej Shlomó, cuando hoy asistimos a monumentalismos vanos y desmesurados, que en lugar de generar riqueza legitiman la corrupción, el desvarío y el reyezuelismo. Sólo hay que leer los periódicos para encontrarnos con la desmesura de este tercer mundo donde todo debe ser grande así lo que pongan adentro no preste ningún servicio. Es, creo yo, el resultado de la pobreza y la ignorancia, donde se cree que el tamaño resuelve lo que hace falta. Y así se legitima elestorbo.

88. A ANDRIC:
Leído y asombroso gazda Ivo, por estos días terminé de leer su novela La señorita, escrita en tiempos de miedo (1943) y en algún lugar de Belgrado que la GESTAPO, esa terrible policía de estado nazi, no logró descubrir a pesar de que contaba con el servilismo de tantos traidores. Y allí, quizás, y como dice José Antonio Marina en su Teoría de la inteligencia creadora, al referirse a la escritura y el escritor, sus dedos fueron huéspedes del caos y en ese hospedaje convivió con lo que sucedía en sus Balcanes, que ya no eran Austria-Hungría ni el imperio Otomano sino un tejido apretado de temores, podredumbres, delirios y dobles realidades. Pero, gazda Ivo, (premio Nóbel 1961) no voy a referirme a la guerra sino a la miseria espiritual.

La señorita es la historia de una usurera que después de mucho ejercicio de la oscuridad y el ahorro, logra un goce mínimo que finalmente pierde. Diría que es una santa, desde el punto de vista sartriano (leer la teoría sobre Jean Genet), consecuente con su avaricia y realizada en esa pasión desbordada de guardar, esconder, privarse del placer y pasar casi incólume por encima de lo que pasa a su alrededor. No es la caricatura de la avaricia que pintó Balzac en el Tío Goriot, sino algo más: es la miseria del querer hacer el millón invirtiendo lo mínimo, ojalá nada o tal vez su veneno contra ella misma. Es hablar poco, mirar poco, herir mucho.

Gazda Ivo Andric, utilizo el gazda (señor, en serbio) para darle el título que se merece, abundan por ahí sus señoritas, hombres y mujeres que se ahorran conocimiento, fraternidad, alegría de vivir y de esa manera se enriquecen en envidia, odio, miserabilismo y amargura. Y lo peor no es que sean lo que son, cada cual atraviesa el Drina como puede, sino esa necesidad apremiante de crearse una realidad ficticia donde su condición de señorita es lo cierto y lo de afuera es objeto de destrucción. Recuerdo a Jules Michelet, gazda Ivo, cuando en La Bruja dice: buscaban matar la naturaleza para darle muerte a la muerte. Querían una vida terrible.

89. A P. SINGER:
Leído y debatido Peter, la ética no es un asunto teórico sino práctico.Y antes que una idea es un acto y no de un uomo qualunque, vencido ysin vitalidad, que buscaría sublimar sus necesidades en una fantasía,sino de un hombre egregio, con energía y dispuesto a mejorar con cadaactividad que acomete, no porque el corazón se lo diga sino porqueentiende el mundo. En cuestiones éticas no hay iluminaciones sinoacciones.La ética, entonces, es lo que une positivamente lo que soy conaquello que me rodea o sea que es la conexión que existe entre el mundoy yo y ese mundo será tan bueno o malo como yo sea. Y en esto creo quecoincidimos: somos el cielo o el infierno, el abismo o la cima. Y así nosomos el azar sino nuestra propia construcción.
La ética, estimado Peter, la podemos entender desde el ethos,comportamiento, o la moral, costumbre buena donde no genero dolor en lootro (animales, vegetales, mundo) y en el otro, ese que es de mi propiaespecie. Así que no es un discurso sino una manera de sentirme vivo yconciente de la pluralidad y la diferencia. Así, no hay ética entreiguales sino entre diferentes y el especio ético no es el que vivo sinoel que comparto con otro distinto a mí, buscando aprender de él yencontrándome en él. Como dice usted en su libro Una vida ética, que esuna antología de sus mejores textos, si estoy en el otro comienzo a serético.Hoy sabemos, después de muchos siglos de cometer errores, que larealidad se construye mínimo entre dos (así ninguno fabula) y que nohay un hombre completo sino hombres que se complementan y crean launidad. Y como dice usted, Peter Singer, hay que dar la caradesnudándonos y no escondiéndonos, hablando de lo que hacemos y no de loque sabemos. Hay gente que sabe mucho y de nada le sirve saber porqueeso que sabe no lo hace humano. Hay mucho saber y poca inteligencia,porque de nada vale tener conocimientos si no nos sirven para vivirmejor. Y algo más triste: el conconimiento propio es vano si no mejora alos otros y se amplía en ellos.

90. PARACELSO:
Leído, estudiado a medias y a veces confuso Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, doctor en medicina, teología y utriusque iuris, además de conocedor de elfos, hadas y seres invisibles, usted fue uno de esos personajes desconcertantes y huidizos de los que habla la historia más en calidad de ficción o producto de un exceso de paranoia que de honorable ciudadano. Como pasa con el conde de Saint Germain o Ahásverush, clasifica en el desorden. Sin embargo se da por cierto que usted renovó la ciencia farmacéutica y el fue el primer profesor universitario que dejó el latín para comenzar a dictar sus clases en alemán, lo que incrementó el número de alumnos y el de colegas abochornados por su acción antiacadémica. ¡Vae victis!.

De usted, Aureolus Theophrastus, han dicho que fue un medico genial y erudito, un charlatán ignorante y vendedor de pócimas, un astrólogo, un pactante con el diablo y hasta un hijo de la simiente podrida de Asmodeo, o sea una mezcla de íncubo y religiosa, pero lo cierto es que sus teorías fueron las bases para el racionalismo de la ilustración (el mismo Kant bebió de sus fuentes) y la medicina experimental moderna. Su único pecado fue la diferencia, el no vivir en el mundo extrañamente feliz de los clones ni en el espacio de los amaestrados, como ahora tanto se predica. Usted, fue un buscador, un criador de preguntas, un hombre del Renacimiento.

Pero, y en los peros es donde está la desgracia del siglo, al final lo clasificaron a usted, Bombastus Paracelsus, como un desquiciado, uno de esos personajes buenos para una fiesta de locos que al fin se volvió místico para que al menos D-s lo entendiera. Es que para esos días (siglo 16), como pasa igual hoy, política y crecimiento personal (ficción, egoísmo y narcisismo), cortesanía y canallada, el poder se legitimaba en el conocimiento mínimo y torcido de la ignorancia titulada, de esa que delira frente a los espejos, miente y traiciona. La inteligencia es un imperativo categórico, como diría Kant, un hecho moral digno de ser imitado. Pero, si no viene ab ovo.

91. A OKAKURA
Admirado y asombroso Kakuso, abunda en su nombre la letra K y no sé si esto sea una señal. Para lo que me propongo, supongo que si, porque en hebreo tradición se manifiesta en la palabra Kabaláh y la letra inicial, la ka (kof), tiene un valor de cien, lo que indica uno entre los mundos, lo que legitima ya (o prefigura) el monoteísmo. Y si bien usted no es judío sino japonés (o sea politeísta), para el efecto da lo mismo: el hombre es por la conexión lógica con las personas y cosas que tenga en su entorno. Pero no en la condición de tener sino de entender. Y el entendimiento es la revelación, la iluminación, el hacer que un saber tenga sentido con relación al otro. Hay gente que sabe pero no está iluminada, o sea, carece de entendimiento.

En El libro del té, texto suyo Kakuso, usted plantea tres cosas: 1. Lo importante no son las grandes cosas sino las pequeñas. Estas son más abundantes y variadas y por ello proporcionan mayor conocimiento y a la vez más mundo. 2. Más importante que enseñar es aprender, de aquí que el mejor maestro es el que está estudiando, aprendiendo de sus errores y de las mejoras de sus aciertos. 3. La delicadeza y el ritual son la base de la vida. Y la vida es con los demás y no con uno mismo, es decir, está en el espacio público y no en el privado. Se vive allí donde hay tradición y movimiento. Perdida la tradición, se pierde lo que da el sentido.

¿Y dónde está la importancia de esa tradición? En algo tan simple como el ritual del té, donde hay color, encuentro, delicadeza, arte, coloquio y al final rememoración del arbusto del tay (de donde viene tee), que tiene raíces abiertas, tronco fuerte, hojas finas y da sombra fresca al que descansa. Y esas hojas son como Mil grullas, la novela de Yasunari Kawabata, donde la vida fluye a partir de una mancha negra que rodea un seno. Porque todo es un renacer, Kakuso Okakura. Pero hoy pocas cosas renacen y entonces el tiempo deja de tener sentido para convertirse en una línea donde no hay descanso ni ritual ni delicadeza. Sólo gente que se evade.

92. A NEWTON
Admirado y asombroso Isaac, además de sus escritos sobre las leyes de la gravitación y las matemáticas, sus aciertos en torno a la física y los daños que se hizo en los ojos hundiendo en ellos una aguja para presionar el globo ocular y así entender más sobre el funcionamiento de la luz y los colores, hay en usted algo más maravilloso y es su maleta. De este artilugio, llamado en griego moderno balicha, que se escondió por tanto tiempo para no desacreditarlo, da razón Peter Fischer en el libro La otra cultura. Y no como una curiosidad o parte de su vestuario y bienes móviles sino como el real sentido de sus búsquedas: siempre hay algo más.

En su maleta, querido Isaac, había apuntes sobre alquimia y teología. Y no meras reflexiones o notas burlonas sino teorías enteras, cojas e incoherentes en muchos puntos, pero no por esto menos maravillosas, en las que usted trató de encontrar una respuesta a las transmutaciones y al sentido de D-s en el universo. Siendo usted un científico, un hombre cerebral, también se dejó llevar por lo que presuntamente no tenía razón o era casi una locura (los procesos alquímicos) o le faltaba más contenido racional (como en el caso de D-s para ser mejor entendido). En otras palabras, la ciencia positiva (comprobada) no le impidió sentirse confuso.

Hoy vivimos las épocas de las precisiones y el desprecio por todo aquello que no es gestionable. Y asumimos la exactitud como una verdad, viviendo así en círculos más estrechos donde la certeza (la pequeña porción que tenemos) la damos como un todo y un único. Y aquí es donde nos ahogamos, Isaac Newton, porque trabajamos sin sueños y bajo dosis intensas de intolerancia. Buscamos respuestas fijas y computables y dejamos a un lado la imaginación y lo que Umberto Eco llamó el pensamiento laberíntico, ese que no está codificado pero que sigue siendo asombroso porque nos dice que falta mucho para entender la certeza de algo.

93. A CONRAD:
Leído y releído, Joseph, vivimos tiempos explosivos y terroristas. Y si bien las explosiones y las masacres no son novedad en la historia de occidente, donde la constante ha sido el miedo y el terror, si asustan más las de hoy debido a la magnitud de los hechos y al ruido que hace la información y la manipulación de ésta. O sea, Joseph, que no sólo asistimos al horror sino a la incertidumbre. Usted, que fue marinero y polaco (luego se hizo británico y escribió en inglés), sabe qué son estas dos palabras. De hecho las aplicó muy bien en su libro El agente secreto, quizás la mejor reflexión literaria sobre el mundo de los terroristas (los de bomba y los de información) y las estrategias que usan para que a todos se nos encoja el estómago.

Albert Camus escribió una obra de teatro titulada Los justos en la que también aborda el tema del terrorismo y la anarquía, filosofando sobre los criterios que asisten a quien ejecuta un acto terrorista. Pero este escritor argelino se queda de un lado (el existencialista), lo que no sucede con usted, Joseph, que profundiza en los intereses de la víctima y el victimario, haciendo que uno y el otro se necesiten para confluir en un punto común: el uso desmesurado del poder y la desinformación, lo que permite la caza de brujas y la creación neurótica de chivos emisarios y, a la vez, la propagación de víctimas a las que se les permite una exagerada autocompasión.

El acto terrorista, desde el siglo XIX, se usa para hacer propaganda y esconder muchos errores cometidos y, paralelamente, permite y legitima la represión del Estado, que aprovecha el hecho para irse contra sus enemigos naturales y dar justificación a sus paranoias. Querido Joseph Conrad, vivimos en El corazón de las tinieblas, donde uno usa el terror y el otro lo aprovecha. Y así el hecho demencial (la gran explosión sufrida) se usa para generar más terror, que es lo que busca el terrorista: que la víctima se convierta en victimario. Y, como dice George Steiner, la venganza y el odio a la humanidad nos hacen los seres más peligrosos de todos.

94. A KANT
Leído, estudiado y a veces confuso Inmanuel. Quizás por culpa de los traductores o debido a las correcciones que tantas veces hizo usted a su obra o porque cuando entraba en cuestiones teológicas y políticas se enredaba como cualquiera que pise esos asuntos donde el umbral entre ficción y realidad es engañador, movedizo y traicionero, usted no es fácil de entender al primero y segundo golpe. Como pide el Antiguo Testamento (kadosh, kadosh, kadosh), hay que intentarlo a partir de la tercera vez y ahí ya comienzan a clarear sus tesis, para beneficio del lector y grandeza suya. Así que esa confusión previa, como el caos que antecede al orden, como los golpes que afinan el acero, es el elemento necesario para valorar su propuesta.

Pero su confusión a priori no viene al cuento. Lo que me interesa ahora, en estos tiempos torcidos, es aquello de los imperativos categóricos, su ley moral exacta, que Ernst Cassirer, en el libro Kant, vida y obra, interpreta como obligaciones morales inalienables e inevitables, es decir, como principios básicos que justifican el estar ordenadamente vivo dentro de sí y en calidad de modelo moral para los otros. Como dice usted, Inmanuel, el criterio moral debe imponerse sobre la acción así como la razón debe estar por encima de la voluntad de una forma incondicional y necesaria, dejando de lado cualquier deseo meramente subjetivo.

Pero, por lo visto, sobre todo en política y economía, ya no se expresan los deberes que han de cumplirse por sí mismos (eso que no agrede ni me agrede) sin buscar otra finalidad que sentirse bien moralmente. En lo que vemos y oímos, no existe esa ley de la razón práctica que prescribe que, antes que algo concreto que hacer, es más importante la manera y la forma de actuar. Inmanuel Kant, ya se ven pocos hombres-reloj como usted. Su ética, este sentirse necesariamente bien para hacer algo, es más un rey de burlas. La paranoia, los sicópatas, el miedo terrible, están haciendo perder el más grande de los dones: saberme bueno porque estoy en orden.

95. A HEMINGWAY:
Leído y releído Ernest, he vuelto de nuevo a su libro Las verdes colinas de África, ese texto maravilloso que es una historia cierta presentada como una novela. Y al leerlo otra vez, he recordado el país en que vivo. Y esto que parece un absurdo, pues cómo recordar algo estando en él, no lo es tanto. En este país de propaganda reeleccionista, impuestos alarmantes, caos legislativo y carencia casi absoluta de pasado, porque aquí se evita la historia y así todo se da por generación espontánea, uno vive y no vive, o sea, que está en estado gaseoso y la realidad nacional, viejo truco politiquero, es un yo-yo que se mueve torpe entre las ramas de una gran selva. Pero no como la que usted narra, sino que más parece una mala lujuria.

El matarratón, como supongo que usted supo en Cuba, es yerba mala que se usa como cercado. Y que aquí se multiplica acabando con las especies y obedeciendo a los dictados de asesores internacionales, traficantes de teorías en inglés (en slam) y manuales de obediencia ciega (o de political faith, como sería el real término). Y entonces, frente a la nueva fauna, ya no hay selva, ni colinas ni llanuras sino un desfile de gente que miente, oye voces y tiene revelaciones mientras se mueve obedeciendo y cumpliendo normas de algo aparece como el evaluador y que no se sabe qué lo acredita para evaluar. Digamos que es un robot armado.

En su libro, Las verdes colinas de África, se cuenta la historia de una búsqueda. Y en el país que ahora recuerdo, se debe contar la historia de una pérdida. Y eso que se pierde es la moral y la dignidad. Y como ya no hay verde (a excepción de los que se matan uniformados), la desesperanza crece y en esta confusión comienza el descreimiento. Usted al menos, Ernest Hemingway, creía en un pez grande que, aunque devorado por los tiburones, podía certificar su esqueleto. Yo, cuando recuerdo el país en que vivo, que nunca ha sido el que me enseñaron, encuentro que ya no hay ni huesos. Sólo una palabrería que crece como el gran Burundú-Burundá.

98. A MOMO:
Querido, divertido y bailarín rey del carnaval, las trompetas suenan y se levanta la copa en honor a lo que sea. Y si no hay copa, entonces la celebración se hace encendiendo los televisores en la madrugada La magia de las fiestas báquicas (que podrían ser bacanales, carnestolendas o meros exorcismos a la figura del diablo) no es otra cosa que darle valor a sueños, deseos y escapes. Y salir a lucirlos durante determinado tiempo para que la vida no sea tan dura o tan seria. Sabemos querido rey que es necesario sublimar miedos y desviar la atención de aquello que atormenta. Desde los griegos y los sumerios, con sus desbordes y desmedros, lo tenemos claro: hay que darle valor a los mínimos para, por un momento, sentirnos ricos y libres.

Por estos días, querido rey del carnaval, los príncipes se casan con plebeyas y estas noticias incrementan lo dionisiaco que pregonaba Nietzsche : al desorden natural propiciado por la mentira legitimada y las excusas inexcusables de guerras que son infiernos, se le agrega ahora las fiestas de matrimonio de las casas reales en las que algo sin valor de uso (un príncipe bien peinado unido a una mujer del común que luego será una reina de naipe), también hace su reality, que es corto pero tiene la misma intención de esos otros shows en los que unos que posan de aventureros se cuecen al sol y compiten con los peces: seguir con un carnaval ficticio.

Y no es malo, querido rey Momo, que haya fiesta y alienación. A fin de cuentas la realidad, como evidencia, es algo de lo cual hay que escapar cada tanto. Pero, amable rey del carnaval y la fiesta de locos (en la edad media se la llamaba de tontos y burros), lo triste de esto es que nos estamos divirtiendo con ser meros espectadores. Miramos la fiesta, vemos lo que hacen otros, y participamos como fantasmas pasivos, pobres y excluidos. Ni siquiera como el Vadinho de Doña Flor y sus dos maridos, que al menos le sacó partido al estar muerto. Estamos peor: asistiendo a fiestas ajenas en calidad de voyeurs, logrando así los placeres tristes del que está abandonado.

99. A POLIFEMO:
Recordado, mítico y mal herido cíclope, vivimos tiempos de un solo ojo. Pero no de un ojo como el suyo, que le valió para transitar por el mito griego y los viajes de Simbad, mirar el paisaje marino sembrado de trirremes con suculentos marinos a bordo y cuidar de las ovejas que pastaban en su isla hasta que Ulises le quemó el ojo (otras versiones aseguran que hubo más mala leche y se lo atravesó con una estaca que tenía brea encendida en la punta). Un ojo así, de esa calidad y propio de un gaviero, ya no existe. Hablo entonces del ojo solo de nuestros gobernantes, asesores y tanta del común que no sólo tiene un ojo sino una oreja, una mano, un pie, la lengua alborotada y quizás un solo hueco en la nariz. Y mejor no seguir con el inventario.

Cuando yo era un muchachito conocí una versión de D-s representada por un ojo metido dentro de un triángulo. Ya mayor, supe que D-s no mira a nadie, que sólo está presente de manera inefable (sin posibilidad de definición), quizás riéndose de la gente de un ojo, a la cual los alemanes le inventaron el monóculo. Pero esta lente no le sirve a nuestros mono-ójicos que sólo ven en una dirección, oyen una sola cosa y dan (regalan) la única mano mientras se sostienen en un sólo pie. Y así, alucinando, opinan y venden el país en nombre de tratados abusivos que, vistos desde esa única visión, se promueven como maravillosos y no como realmente son: saqueo de recursos naturales.

Por los tiempos de la colonia hubo un tal Juan de la Cosa al que le faltaba una prenda de cada dos. Dice la historia que este señor defendió a Cartagena de ser saqueada por otros piratas como él (o sea que defendió el botín). Y don Juan, como usted Polifemo, tenía un ojo. Es posible que de él desciendan nuestros cíclopes locales, que sólo ven sus intereses, no sueltan lo que tocan y saltan en el mismo punto. Y la oreja, supongo, se les llena de pelos y cera para no escuchar. Pero, bueno, vivimos tiempos de un solo ojo, un pensamiento único legal y un modelo democrático esencial: obedecer para que no nos pase lo de Irak. Vea Ud.

100. A MORAVIA:
Querido, releído y todavía asombroso Alberto. He vuelto a mirar su libro El conformista y, a consecuencia de ello, he recuperado conceptos como spleen y ennui, que tienen que ver con el tedio, el vago esperar y, en términos de George Steiner, grisáceo desfallecimiento (posible fantasma, humor violento). Y con estos conceptos, también, una frase de Teóphile Gautier, citada por Steiner en En el Castillo de Barba azul: plutôt la barbarie que l’ennui (antes la barbarie que el tedio) Y bueno, a pesar de que los conceptos y la frase pertenecen al siglo XIX, me puedo hacer a una idea de tantas cosas que pasan y nos llegan, como dice Eduardo Galeano, desde un televisor que muestra un televisor y éste a otro y así, como en un infinito juego de espejos reflejados.

El conformismo no consiste en aceptar lo que sucede sino en dejarse deglutir lentamente, por esto que pasa, sin protestar ni emitir un quejido. Hay mucho de masoquismo en esto y, al mismo tiempo de impotencia, pereza y vencimiento. Pero también de barbarie, porque no responder a lo que hay, dejando que las cosas sigan como van (por lo común por fuera del curso que deberían llevar), es una acción que coloca a la docta ignorancia (al no querer ver) por encima de la evidencia; es un acto bárbaro, es decir, destructivo. Y en esto de destrucciones (autodestrucciones), usted Alberto planteó muchas cosas en La romana, La campesina y Dos.

En un mundo televisivo como el que nos asiste, donde se cumple lo de Gautier, el tedio del conformista, que está cansado y hace gala de un humor violento, es reemplazado por una inmensa carga de barbarie, venga esta de guerras, realities, mentiras, alienaciones, espacios light o grandes ignorantes que, mediatizados, esparcen su simiente vacía sobre millones de espectadores que admiten como certeza el abismo que se les plantea. Como ve, Alberto Moravia, seguimos en un delirante estado de posguerra y neorrealismo, pero no para reconstruir sino para seguir destruyéndonos. Quizás esto se deba al tedio (spleen, ennui) que proporciona el cansancio.

101. A SCHOPENHAUER:
Estimado, leído y a veces asustador Arthur. Por estos días he releído su libro sobre Arte del buen vivir, en especial el capítulo II que habla De lo que uno es. Y en este punto usted, un filósofo pesimista y en ocasiones misógino terrible, establece que la condición humana es siempre algo más de lo que parece. O sea que no se queda en la percepción sino que va más allá (para su tiempo esto era filosofía y hoy es psicología, es decir, antes se pensaba que era así y hoy ya sabemos que ciertamente lo es) porque hay algo que está por encima de la realidad. Y ¿qué es esto que uno es? Según usted y Carlos Gustavo Jung, que estudió bastante sus libros, uno no es lo que representa ni lo que le ha sucedido, sino la manera de sentir las cosas.

Y en esto de sentir, es decir de interpretar como actor o simple espectador, la realidad básica cambia y hasta se confunde con esa otra creada por el deseo (que es la fuente de la mentira), determinando entonces que no soy lo que fui o soy sino lo que quiero ser en el momento. Vistas así las cosas, es muy difícil, entonces, saber quién es quién. Por ejemplo, veamos el caso de Saddam y Bush que ahora se enfrentan, cada uno definiéndose por lo que siente y estableciendo principios de realidad desde ese sentir. Querido Arthur, no es fácil un juicio así, porque (desde el sentir) lo que se haga siempre será una injusticia para el contrario. Es cuestión de narcisismo.

Para los días que vivimos, cuando las realidades sentidas (confusas y psicópatas) se enfrentan, la certidumbre de algo deja su carácter objetivo y, como usted bien explica, se asume lo subjetivo, esto que está regido por el deseo producido por el sentir, y así toda certeza es un yo herido donde no hay pasado ni futuro sino un presente condicionado por lo que quiero ser. Como ve, Arthur Schopenhauer, su pesimismo se justifica: mientras el valor máximo se lo demos a lo que sentimos (lo que legitima el estado de naturaleza), dejando a la razón como espectadora, el mundo no es lo que es sino un juego de interpretaciones emocionales. Y así perdemos todos.

102. A RAFAEL:
Querido y muy admirado Rafael (llamado Rafaello Sanzio), es usted famoso por sus madonas y en especial por su Madona Sextina, de la que se desprenden todas las demás imágenes clásicas de la Virgen. Y también su fama se debe a que en sus pinturas se ven el color y la elegancia que se mezclan con el mito y la creencia. En su obra no se ve el dolor que se nota en las pinturas de Leonardo ni los demonios que asistieron a Miguel Ángel. Pero no voy a hablar de lo que usted representó para el arte sino de su relación (factible) con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda. Usted, Rafael, como dice Vasari, se entregó de tal manera a los placeres amorosos hasta que, a los 37 años, murió extenuado.

Morir de amor es cosa que ve se poco en nuestros días, en el sentido que el Romanticismo le dio a esta necesidad de ser querido y puesto en un pedestal de mármol. Pero abunda si asumimos esa muerte de amor de acuerdo con la vida posmoderna y apocalíptica, en que ya la morte d’amore no es cuestión de un corazón solitario o ausente sino de sistema de inmunológico. Yo creo que a usted le sucedió algo de esto último y que de nada le valió llamarse Rafael (que quiere decir medicina de D-s) como el arcángel que venció al demonio. A usted, querido amigo, le sale más aquello de una canción desesperada: En tí se acumularon las guerras y los vuelos…

En el Renacimiento (palabra que se le otorga a Vasari y Sandro Botticelli) hubo dos clases de amor: uno en el que el ser amado es burlado por cupido, lo que lleva a pensar en la Beatrice de Dante. Y otro más voraz y peligroso como el que se canta en los poemas eróticos de Pietro Aretino, que traían sus debidas ilustraciones. Este último tipo de amor fue el que le comió la sangre, querido Rafael. Y aquí es donde aparece Neruda de nuevo, pero no cantándole a los enamorados sino protestando contra la imaginería del capitalismo que todo lo convierte en un objeto de consumo, incluso el amor. Entonces nos morimos de extenuación, aunque la palabra es muy bella.

103. A MOORE:
Querido, varias veces visto y asustador Mike, hay cosas que ya el terrorismo ha logrado: sentir miedo todo el tiempo y, en este sentimiento, desarrollar toda clase de paranoias y tendencias a la destrucción, sea del otro o de nosotros mismos. El miedo es una industria próspera, como dice Eduardo Galeano y este ítem (el miedo) es agenda permanente en cuestiones de Estado y asuntos privados. Y a la vez es un fantasma, porque sentimos miedo pero no sabemos dónde está ese miedo y entonces el terror (proveniente de cualquier tipo de grupo escondido, sea económico, de salud o armado) fomenta todo tipo de desmesuras e irracionalidades. Igual en las fortalezas de Amberes, de las que habla W. G. Sebald en Austerlitz, nos armamos y somos burlados.

En documentales como Fahrenheit 9/11 (sobre la neurosis Bush) o Roger &me (la pobreza y la violencia que aparecen cuando se cierran las fábricas), usted, Mike, descubre las raíces del miedo en los Estados Unidos, el país que más temor siente porque, volviendo a las fortalezas de Amberes que menciona Sebald, es el centro que más tienta a los que quieren hacer daño. Y, a la vez, donde más miedo se cría porque la magnitud de la obra de defensa hace prever todo tipo de enemigos terribles. Y si a esto se le agregan reality shows (donde lo único que queda es el cuerpo), la presencia del Big Brother que todo lo vigila y películas de ficción promocionando destrucción…

No sé si usted sea un manipulador de información o un paranoico más, Mike (Michael) Moore o un poseedor de la última verdad. Lo cierto es que sus documentales, al contrario de los de Eisenstein en México insurgente, Capra en las invasiones por mar en la II Guerra Mundial, Riefenstahl alabando la Alemania olímpica y nazi, Welles en el Brasil del carnaval (donde se alentaba a la victoria y la alegría), muestran la derrota programada y la estrellada del imperio. Y el miedo a estar vivos en un planeta donde hay más rifles que palabras, más bombas que vacunas y más gente desesperada que dispuesta ayudar. Mike, ¿existe también spiderman?.

105. A LEÓN M.:
Querido León (mein lieber Freund), utilizo la expresión en alemán para dirigirme a vos porque esas tres palabras entrañan un sentido muy profundo cuando se trata de identificar a alguien que es confiable para uno y así, en la seguridad de que el otro (en este caso, vos) es un espacio seguro, me alegra o me duele lo que a vos te alegra o te duele. Mein lieber Freund (mi querido y preferido amigo) tiene un posesivo, un adjetivo que compromete y la palabra amigo (Freund), el sustantivo, escrito con mayúscula. Creo que sin esta clave (la mayúscula) la amistad no tiene sentido. Entonces debo comenzar diciendo mein lieber Freund, León, estoy con vos en la vida que es la única certidumbre que nos permite identificarnos y admitirnos.

Cuando Antoine de Saint Exúpery comienza El principito, dedica la obra a León Werth, recordándole precisamente la vida en términos de infancia y de madurez, o sea, como un recorrido inevitable dónde lo único posible de construir con dignidad es la amistad, ese lugar donde uno es de la misma especie que el otro y por eso puede decir y hacer lo que siente sin temor a ser rechazado o agredido. Esto es difícil de entender en un mundo donde los amigos son tan escasos como los diamantes negros. Y en el que hablar de la vida como único recurso es casi un sinónimo de tontería. Sin embargo, lieber Freund León, hay que apuntarle a eso: a que estamos vivos.

A mi me da miedo dar pésames, León M. Es que me invade una gran tristeza. Entonces los evito o los hago tardíos. O como dice Thomas Bernhard, en El sobrino de Wittgenstein, me hago a la idea de que no hay tumbas sino más bien un sitio de reunión donde alguien me espera para darme un abrazo. Pero todavía no voy porque quiero llegar con un abrazo más fuerte. Le huyo a los pésames, mein lieber Freund, pero al cabo los doy. Cosas así las entiende un amigo, ese que es como yo quiero ser y, en palabras de Hörderlin, me asegura el entendimiento, la comprensión y la belleza que contiene esa realidad que es el mundo y el tiempo: las Hayyot de Maimónides.

106. A GRAVES:
Querido, leído, discutido y asombroso amigo Robert, vuelve el mundo griego a estar en la opinión pública. Y se da la floración. Recuerdo que entre los griegos clásicos nadie tenía una fecha de nacimiento sino de florecimiento, es decir, de aparición en la comunidad a partir de hechos concretos realizados que les permitieran iniciarse como un modelo moral. Así, Sócrates florece con sus primeras discusiones filosóficas y Aristóteles con sus propuestas lógicas. Este florecimiento permitía el ingreso a la historia, a la tradición oral y al inconsciente colectivo. Por esta razón, quizás, Diógenes Laercio escribió La historia de los filósofos ilustres algunos siglos después de que éstos habían muerto. Es que se florecía para vivir en la memoria del pueblo.

Usted Robert, que escribió tanto sobre el mito y la esencia del mediterráneo (La hija de Homero, Los mitos griegos, Los mitos hebreos etc.), descubre que uno de los momentos más importantes para los florecimientos fueron las olimpiadas, estos juegos donde el cuerpo y la mente se manifestaban en toda su plenitud y potencia para que los dioses se disputaran a los mejores hombres y de allí nacieran después héroes y semidioses. O algo más importante aún, La Paideia, esto que es la cultura, no como un Volkgeist (alma popular) sino en calidad de una mejora a las costumbres y al desarrollo del pensamiento. En términos de Alain Finkielkraut, un avance.

Usted Robert Graves, que antes que inglés más pareció una versión buena de Leviatán, descubre que existe algo muy importante en las culturas y es el uso y el abuso del Soma, aquel vapor o elemento comible a través del cual el hombre entraba en contacto con la divinidad. Esa era la base de los misterios Eleusinos donde el único macho presente fue Dionisos. Claro que el Soma moderno no es para entender la inmensidad sino que sirve para agrandar la propaganda, adormecer con exceso de información y cubrir errores políticos. Esperemos, querido amigo Robert, que estas olimpiadas nos crezcan y no sean sólo una estrategia para vender zapatos tenis.

107. A MIDAS:
Conocido y mitológico rey, los tiempos de aquello que se tocaba y se convertía en oro, como dice su mito, ya no existen ni siquiera a nivel de fantasía. Y es que ahora la imaginación no da para eso en un mundo en el que, para la mayoría, deber y convivir con la pobreza (o algo peor, con el miedo a ser más pobre) es una constante, una obligación comercial y una condición ciudadana. Y no es que el hombre se haya enseñado a deber dinero o a carecer de conocimientos amplios sino que el sistema económico y político lo ha obligado a caer en esta situación infame. Y así, Midas, lo que toca el sistema en lugar de convertirlo en riqueza lo transforma en peores niveles de vida. Hablaríamos, entonces, de un sistema que contagia, enferma y, si es del caso, mata.

En América Latina, donde el fracaso es una constante (he ahí una razón fundamental de la violencia y de las trovas), los sistemas políticos (todos en un congelado estado de subdesarrollo) se encargan de empobrecer sistemática y violentamente (a punta de alcabala) a sus ciudadanos, tanto económica, saludable como mentalmente. Es que si no hay futuro se piensa mal, crecen las psicopatologías y abundan los iluminados. Eso del talento en la pobreza, como soñaban los románticos, ya no lo creen ni los que persisten en encontrar en las doctrinas del Buda la manera secreta de respirar para obtener vitaminas y proteínas del aire y la energía de la tierra.

Cuando el sistema toca lo que queda (porque no se detiene ni ante los restos) y en ese toque máfico genera desespero, los deberes y los derechos humanos desaparecen, se alienta a la subversión y se legitiman todas las formas de corrupción. Nunca ha estado la solución en quitar sino en gobernar, pero el gobierno, como la ética, sólo funciona cuando las necesidades básicas están cubiertas. Es interesante, rey Midas, esto de tocar para transformar. Pero en nuestro medio es terrible, porque el toque, como el de los malos futbolistas, produce goles en contra, silbidos desde la tribuna y una creciente desobediencia. Y no es cosa del diablo, que quede claro.

109. A AMADO:
Leído, comentado y muy latinoamericano, Jorge. La magia y la santería, el behaviorismo y la ortodoxia son palabras de aplicación muy actual. Y no sé si las razones de esta pertinencia sean el fracaso de la sociedad, que en lugar de ser un espacio seguro se ha convertido en un sitio de competencia (de individuos solos que tratan de no dejarse bajar de la cinta transportadora), el caos en el sistema democrático, en el que la idea de libertad legitima la corrupción, o la simple educación que no crea ciudadanos sino mercancía humana y produce gente que se preparara para ser comprada de acuerdo con leyes de oferta y demanda. O para venderse con dos, tres o más etiquetas, un buen entrenamiento que no cuestione y mucha capacidad de obediencia.

En su Diario de cabotaje, cosa de navegación costera y por ello el marino que está en la gavia cree que mira tierra, usted habla de los sub-mundos a los que se aferra un latinoamericano (y también Putin, que es ruso) para no naufragar. El primero es la religiosidad popular, para que exista siempre la posibilidad del milagro. El segundo la magia, a fin de establecer si hay futuro. El tercero la ortodoxia, para que no haya posibilidad de discutir nada y el cuarto la psicología conductista, donde se niega la realidad y se construye otra a punta de deseos. Y en este de espacio de premisas absolutas y orichas, desimantamos la brújula.

En esto de las creencias, que cada cual crea lo que quiera, a fin de cuentas creer proporciona seguridad. Pero, que eso que creemos se vuelva un elemento para considerar que el único bueno soy yo y los demás son los malos, como pasa en su novela Tocaia Grande (la gran emboscada), ya es otra cosa. La fe (emuná) es una certidumbre que nace de la sabiduría y no del miedo. Y menos de la negación de la certidumbre. Pero hoy, don Jorge Amado, las creencias del poder (que no son fe sino fu) se han convertido en meros fetiches para justificar peligrosidad y el caos. Ojalá Babalú y las siete potencias den la espalda y que los orichas no miren al mar.

110. A CASEMENT:
Querido (odiado por los ingleses y los belgas) y poco conocido Roger. De usted se guarda poca memoria y la mínima que se mantiene tiene ver que con el delito de alta traición, con la horca y la fosa común (abundante en cal) de la prisión de Pentonville, en la que pasó sus últimos días hasta ser colgado por el cuello hasta morir. O sea que en términos de la historia oficial, usted no es modelo para nadie sino, por el contrario, alguien que debe ser reprobado, señalado con horror y olvidado. Pero a pesar del conservadurismo de Inglaterra, que siempre ha intentado desaparecer las épocas que comprometen su sistema, fortaleciendo fábulas y propagando las historias de Sherlock Holmes o las de Robin de los bosques, su historia se vuelve a revisar, Roger.

Su primera aparición, Roger, data de finales del siglo XIX y está explícita en el informe que le pasa al rey Leopoldo de Bélgica sobre la esclavitud, tortura y matanza de negros en el Congo por parte de los colonos belgas. Al informe se respondió con que el clima afectaba a los hombres blancos y así ellos no sabían lo que hacían. Y para que usted no se sintiera mal, fue nombrado Principal de la orden de san Miguel y San Jorge y enviado a Suramérica para que olvidara los delirios que le provocaron esas fiebres africanas. Pero no surtió efecto el tratamiento: aquí usted escribió sobre el aniquilamiento de tribus enteras en la amazonía de Colombia, Perú y Brasil, por parte de las compañías inglesas.

Para que las fiebres no le aumentaran, usted fue traído a Irlanda, donde ser católico es estar condenado a la exclusión. Y como tomó partido por los irlandeses, incluso tratando de hacerles un ejército, las leyes inglesas lo pusieron en prisión y lo condenaron a la horca, poniendo de manifiesto que su mayor pecado era su presunta condición homosexual, cosa que alebrestó a jueces y jurados. Y bueno, hasta aquí llega su historia Roger Casement. La moraleja (la enseñanza moral), es simple: no es bueno denunciar la historia necesaria de los imperios, en la que siempre abunda el terror, si se tiene un pecado que sea tomado como algo peor que picar gente.

111. A ECKHART:
Querido, respetado y admirado meister Johannes, usted fue tenido por hereje en esos tiempos medioevales en los que en lugar de razonar se especulaba y donde la forma primaba sobre el sentido y el contenido, como pasa tanto en nuestros días donde ver (encontrar la belleza que hay en el objeto) y entender (saber para conocer y después reflexionar para obtener una respuesta digna) es cosa de una minoría también herética. Bien sabemos que el hereje es aquel que se sale del pensamiento de la mayoría y por esto es tenido como enfermo, loco y peligroso. Y que la herejía es, como se reconoce con el tiempo, es un pensamiento profundo que compromete y del que sólo se puede escapar mintiendo, señalando y escondiéndose avergonzado.

Pero no voy a hablar de herejía, término muy noble cuando abunda el engaño y el perjurio como forma política para acabar con el otro y persuadir al débil. No, quiero hablarle de D-s, ese ser ilimitado que no puede ser mentido porque cualquier cosa que digamos de Él no es y entonces mentir sobre lo que no reconocemos no es decir una mentira sino fabular y aceptar que somos unos incompetentes. A D-s, y usted como místico lo supo, no hay que definirlo sino sentirlo, pero no como una droga relajante sino como un compromiso intenso con la vida. Y no hay que nombrarlo sino vivirlo como un orden que hace posible que yo sea un sujeto, es decir, un ser en relación con todo.

A su Alemania del medioevo llegó la tesis del RaMBaM (Maimónides), en la que aceptar lo que D-s no es (por ejemplo, D-s no es una naranja ni un gato ni una estrella lejana etc.) es acercarse porque en la medida en que carecemos de cosas que nos estorban (que llevan a especulaciones torpes) el camino es amplio y la cercanía probable. Así, como decía usted meister Johannes Eckhart «D-s ni es bueno ni mejor ni óptimo», porque esas sólo son palabras humanas. El que debo ser bueno, óptimo y mejor soy yo, pero no en relación conmigo mismo (lo que me haría un asocial) sino con los demás. De esta manera D-s se siente sin tener que definirlo. Pero qué peligroso es decir esto.

112. A GOMBRICH:
Leído, discutido, respetado y siempre asombroso Sir Ernst Hans Josef, llueve mucho por estos días. Pero el problema no es de lluvia ni de frío sino del simbolismo que este clima expresa en un mundo en el que lo gris y la nubosidad variable abundan, igual que los desbordes y los sustos. Bien sabemos que donde el paisaje no es claro y la tierra es resbaladiza, lo concerniente al espíritu se contrae y nos hacemos más propensos a la barbarie que a la civilización. Y no es cuestión del agua que cae (la tierra se nutre y defiende con agua buscando que en ella la vida persista), sino la condición de aguacero intelectual, que es la que al sistema neoliberal le interesa, que se legitima y arrasa con lo bello para darle validez a lo nimio y a lo frívolo.

Usted, sir Ernst Hans Josef, escribió bastante sobre Arte, cultura e historia y la necesidad apremiante de esta triada para entender nuestra condición de seres pensantes, libres y proclives a la creación de nuevas formas estéticas, sociales y científicas. En su Breve historia del mundo, escrita para niños porque en ellos persiste el asombro, el hombre se manifiesta como un sujeto en relación permanente con el mundo, con sus circunstancias y con sus sueños. Y esta relación necesaria lo construye como un real ser humano que siente, crea, comete errores y se redime de ellos a través de la inteligencia y el reconocimiento de saber que más que cuerpo es pensamiento.

Hace poco leí su Breve historia de la cultura, sir Ernst Hans Josef Gombrich, y en esas conferencias usted reitera la condición permanente de arte en la que puede vivir el hombre si valora sus realizaciones espirituales y crea a partir de ellas. Pero hoy, y quizás debido a este fundamentalismo terrible que llamamos globalización (cosa que a tantos les llena la boca), la condición intelectual es reemplazada por una instrumentalismo propio de robots y la libertad de saberme arte se cambia por el libertinaje propio del esclavo ignorante que asume el goce como una forma de agotarse (destruirse) y no de ampliar su condición de ser digno. Esto pasa, creo, porque llueve lluvia ácida y sucia.

113. A THUROW:
Querido, leído y controvertible Lester. En estas tardes y noches lluviosas he releído su libro Construir riqueza y allí encontré un párrafo con el que discrepo porque, dadas las actuales condiciones y situaciones, no sólo me parece prepotente sino salido de contexto. Cito un par de líneas: China y el tercer mundo no son los motores que mantienen en funcionamiento la economía mundial. Los motores se encuentran en el primer mundo. Esta lógica, buen Lester, tan de Harvard y de polítologos arrodillados (o alucinados por tanto leer sin comprobar), no creo ya que funcione en un mundo donde los pobres crecen a más de la velocidad que les asignó Malthus, es decir, triplicando la población de clase media del mundo (o cuadruplicándola).

El hombre, amable Lester, es un ser económico y esta condición aumenta si las circunstancias de vida son difíciles porque el concepto de valor se agudiza y aquello que los potentados no ven o desprecian, el pobre si lo ve y le da un valor de uso y de intercambio, agregándole otros ítems como solidariedad, moral de hierro y reconocimiento en el logro. Esto lo vemos en las masas pobres argentinas que han hecho del trueque un modo económico que opera de manera más rápida, efectiva y eficiente que los sistemas económicos tradicionales. Y que afectan a la gran economía, porque allí lo económico se nutre de trabajo y no de especulación.

Mientras los grandes economistas planean sobre un mundo que desconocen, los pobres se organizan para sobrevivir, crean sistemas que no entendemos bien desde la academia ni el mundo financiero y desarrollan una economía rápida e independiente que burla la fiscalidad del Estado y las propuestas de consumo que hacen los grandes oligopolios. Así que, amigo Lester Thurow, esto que usted dice no lo saben los pobres ni les interesa saberlo. Y esa ignorancia les permite asumir otras formas económicas que nada tienen que ver con los conceptos de la elite y que quizás la acaben destruyendo. El mundo cambia, buen Lester, y no desde una gran oficina sino desde la mayoría.

116. A SHATTUCK:
Apreciado y leído, Roger, esta semana he recordado mucho ese libro suyo, El conocimiento prohibido, que tanto llamó la atención hace unos años. Y no porque allí hubiera secretos no conocidos o guardados cuidadosamente por alguna secta posmoderna sino porque usted enseña, en su ensayo, que en eso que siempre nos ha parecido evidente siempre se esconden pequeñas claves que hay que saber leer. Hablaría entonces de la criptografía que contienen los grandes y pequeños libros, en su teoría los de literatura, en la intención de esta carta cualquier texto, en especial esos que tratan de mostrarnos como verdad única o grandes descubrimientos. Porque vivimos tiempos de certezas obligadas, de aquí la intolerancia, la ignorancia y el caos.

En su libro, usted hace un viaje por los textos clásicos de la literatura y desenmaraña los códigos ocultos que mueven las pasiones, sean estas políticas, económicas, religiosas o simplemente cotidianas. A fin de cuentas somos humanos y la pasión hace parte de nuestra estructura pensante y actuante. Pero esas pasiones que usted descubre, unas que lindan con la demencia y otras con la herejía, son ahora meras simplezas. La pasión que hoy nos domina es tener un enemigo a mano, alguien a quién echarle la culpa de todo y, si es posible, ensayar con él armas, formas de Estado y hasta enfermedades. Pero esto que menciono es conocimiento prohibido.

Vivimos la era de la información pero no la de la denuncia. Y como no hay protestas ni lecturas claras de lo que pasa, la propaganda hace de las suyas. Y en la sopa hirviendo que proponen los propagandistas, confundimos culturas con religiones, democracia con invasiones, nuevas armas con logros científicos etc. Creo, querido Roger Shattuck, que hay que leer más despacio, como usted propone, para entender qué pasa. Y en esa lectura de los hechos, contar con un buen conocimiento para el análisis. Así que la lectura es lenta y con juicio de tejedor. Claro que esto lo denuncian los propagandistas haciendo bulla y dando por cierto lo que no es.

118. A CUSTURIKA:
Apreciado y visto Emir, he gozado y aprendido mucho de las películas que usted dirige y en las que pone tanto corazón a lo que es su gente y su tierra. Y donde hay tanto amor y condición humana, tanta historia y búsqueda de respuestas. Me gustan sus filmes porque en ellos no hay miserabilismo ni explotación de las deformidades y menos morbosidad ni lenguajes feroces donde la palabra pierde sentido y se convierte casi en un gruñido. Usted, como su casi paisano Ivo Andric, aquel premio Nóbel memorable y hoy poco difundido, se interesa por el alma de la ex Yugoslavia, por las burlas a la política y la necesidad de vivir y nacer antes que cualquier otra cosa. Sus personajes no son unos vencidos ni el producto de una enfermedad venérea.

Creo, admirado Emir, que el cine debe cumplir con una tarea simple: contar sobre la dignidad del hombre, sea serbio o colombiano, cristiano, judío o islámico, pero no haciendo caricaturas sobre heroísmos románticos ni degradándolo hasta el estado de un animal podrido. Y menos haciendo de él un robot al servicio del imperio o una víctima embrutecida. Como todo arte, el cine es una creación, un camino hacia cosas nuevas y renovadas que hacen reír y llorar, emocionarse y pensar. Por esto lo admiro, Emir: sus películas exaltan la capacidad de renacer y de transformación del hombre. Su gente es linda, así sea pobre y esté burlada.

Para el buen cine, como sucede en tantas partes de Europa central, quizás por influencia de Einsenstein y Pudovkin, es necesario querer la tierra y la música que de ella brota, amar su sabiduría y su humor, las tradiciones y los símbolos. Y con estos elementos construir la historia, que no es buena por el dinero que haya sino por la sapiencia con que se escriba el guión; el resto es técnica. En este sentido, Emir Custurika, usted enseña que la grandeza está en lo simple y cotidiano y no en las aberraciones y miedos que se quieren justificar. Y no soy un romántico, Emir, sino alguien que cree que la realidad está en el medio y no en los extremos.

Marco Polo 119. A POLO:
Recordado, leído y hasta dudado Marco, de usted se puede decir que fue un exagerado, un mentiroso y hasta un imaginador compulsivo, pero no que dejara de ser un excelente embajador de Kublai Khan, aquel nieto de Genghis Khan que heredara el imperio más grande de la tierra antes de que se dieran los tiempos de Carlos V, cuando ya los imperios se hicieron tan grandes que era imposible dormir al mismo tiempo en ellos. A usted Marco, le debemos la ampliación de un mundo maravilloso y el primer gran recuento de riquezas y estilo de vida de lo que todavía en América llamamos lejano Oriente (aunque para nosotros ese Oriente queda al Occidente) y que incluye la palabra Cochinchina, que realmente es un territorio de Vietnam.

Marco, llamado el hombre Millón debido a que lo que usted narró, El descubrimiento del mundo, el Millón o libro de las maravillas del mundo, está lleno de millonadas en riquezas, mujeres, animales, comidas, soldados etc., o sea de una abundancia desmesurada que hizo soñar a la Edad Media europea al punto de que el mismo Colón acotó su texto para justificar su viaje a través del atlántico y luego, influenciado por usted, hacer de las Indias (América) ese territorio fabuloso que hizo alucinar a tantos. Marco, usted fue un excelente embajador y un trabajador incansable en darle imagen a Kublai Khan, que había confiado en sus oficios.

Pero, querido Marco Polo, no pasa así en la actualidad, donde un presidente latinoamericano (para ser exactos, colombiano) va a Europa y, en lugar de ser recibido con asombro, debido al trabajo ineficiente que hicieron sus embajadores, es tratado como una especie de cuentero solitario que le habla a sillas vacías y al final lo recibe el Papa, más por caridad cristiana que otra cosa. Si nuestros embajadores lo leyeran a usted, Marco, si al menos supieran quién es usted, si siquiera sufrieran de asombros mínimos, la cosa habría variado. Pero no, ellos siguen haciendo cócteles de segunda y gastándose al país. Y así de qué maravillas pueden hablar.

122. A TROTSKY:
Leído, controvertido y para muchos peligroso León. Digo peligroso (otros dirán que fastidioso) porque usted sigue siendo un piedra en el zapato para cualquier sistema, sea este totalitario, democrático, caricaturezco o carismático, que es aquel sistema donde abundan los héroes, como dice Norberto Bobbio en La teoría general de la política, y que naturalemente funciona más en la mitología y en las epopeyas que en los espacios políticos reales. Pero no es mi intención entrar a debatir teorías políticas ya que, como ha dicho un montón de gente (desde Al-Farabi hasta Mao), cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Mi intención, es hacer un cuestionameinto al sistema, cualquiera que amén (ciertamente) sea.
Por estos días han comenzado a juzgar a los militares norteamericanos que hicieron de torturadores en Irak y que fueron delatados por las fotografías que ellos mismos mandaron a sus casas, novios y amigos como un souvenir de su estancia entre los paganos. Y esto no me huele a juicio sino a chivo emisario o a lavadero de culpas. Esos torturadores fueron creados por el sistema: allí les enseñaron sobre la inferioridad genética y mental del enemigo y se lo catalogaron como animal rabioso, peligroso e infeccioso. Recuerdo que los aviadores norteamericanos quemaban con napalm niños en Viet-Nam asegurando que eran enanos guerrilleros y pervertidos.
El sistema crea la moral de los ciudadanos. Ya usted lo decía león Trotsky, el problema no es el zar. El real problema es el sistema que ha creado al zar para que haga gala de todas sus demencias. Así, lo que hace un ciudadano, su comportamiento y acción, es una resultante de lo que el sistema ha provocado en él, de las tranmpas que le ha puesto para dominarlo y de los valores que le ha colocado como paradigmas. Entonces, en un país de superhéroes donde el enemigo es un bicho al que hay que humillar para imponerle la paz de la victoria, no se espera sino que produzca gente que vaya a otras partes para exterminar plagas. Y para vender plaguicidas.

123. A HUGHES:
Leído, quizás no querido, y peligroso Robert, entendiendo por peligroso el que denuncia la mediocridad (o sea que pone en peligro la estabilidad del mediocre y por extensión del sistema que lo produce) y no esos que ponen bombas, son corruptos, ejercen el esclavismo o atracan sin necesidad, que estos no son peligrosos sino seres viles y gente de los bajos fondos a los que el apelativo de peligroso no les queda bien si no se les aplica un calificativo que realmente los defina como plaga infecciosa. Salvada la palabra peligroso de ese anonimato terrible que produce el uso exagerado y malo de la palabra, vuelvo entonces: leído, no querido, y peligroso Robert, corren tiempos de dilettantismo y mediocridad.En su libro La cultura de la queja, usted es claro al manifestar que la cultura está tocando los topes del degeneramiento (ha perdido su género) al incluir una serie de contra valores que, además de volverla sub-pop, la convierten en una muestra de imágenes risibles y atraviliarias donde son actores lo que nunca lo han sido y escritores los que redactan chismes, pintores los que hacen manchas y críticos aquellos que no pasan de hacer propaganda servil, intelectuales los vendidos a un sistema político y artistas los que sufren de alguna disfunción, sea física o mental. O sea que se legitima la monstruosidad y se destruye lo culto.
Y este mal (el contravalor como desorden cultural y destrucción de la civilización), se cría en los medios de comunicación, especialmente en los audiovisuales, en los que lo light y lo morboso tienen un ágora permanente mientras lo culto se esconde o, simplemente, se lo desconoce. Y en esta desaparición de lo culto (entendiendo por culto lo que exita al espíritu para mejores y más bellos logros), lo vil se gana un espacio que destruye, carcome y ensalza la ignorancia y la incompetencia. Así, entonces, Robert Hughes, lo que hemos construido se desbarata y el alma racional de Aristóteles ya no busca la perfección sino, como los cerdos, el lodo. (José Guillermo Anjel R | memoanjel2.blogspot.com)

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