DOCUMENTOS
Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.



Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.:

61. A MARX:
Reído, visto, leído y recordado Groucho, ya poca gente tiene el valor de admitir el error, asumir el absurdo o mirar a un lado cuando dice una mentira. Hoy todo es una cara cuadrada y un chillido y la culpa no la tiene quien la comete sino el sofá. Los viejos escenarios morales han desaparecido, Groucho (no Karl), y la imaginación risueña y la capacidad de saberse torpe es cosa que no se ve. Antes admitíamos que se podía fallar y que algo, por insignificante que fuera, tenía un sentido y un fin. Pero ya no, y quizás esto se deba a que no reconocemos limitaciones y en cambio se legitima el delirio de la opulencia (aquello de eructar pavo habiendo comido arroz), la pequeñez engrandecida y, cosa de reír, la falta de espejos bien hechos.

Recuerdo su libro Memorias de un amante sarnoso y considero que con nombrarlo ya todo está dicho para explicar el narcisismo del poder y las estrategias que se tejen para mantener el atraso. Creo, Groucho, y lo imagino a usted moviendo el bigote, las cejas y el habano, que hay un síndrome Menem en la política, la cultura, la gerencia, la ciencia y demás espacios donde, como dice Javier Marías, se practica "monoteísmo" rabioso, los intereses únicos, la ira contra lo diferente y la cría desmesurada de acontecimientos corruptos. Y ese menemismo mental, nacido seguramente del behaviorismo practicado hasta el cansancio, nos pudre porque miente.

En Groucho y yo, su divertida autobiografía, donde usted se burló de todo, se manifiesta aquello que hoy se cumple y que, en palabras de Blaise Cendrars, en El hombre fulminado, es una evidencia: “se fabrican una leyenda, acaban creyéndola ellos mismos y se hacen ilusiones. Su vida, nueve de cada diez veces, es una vida imaginaria.. Lo único real en ellos es su muerte, porque ya no están allí para contarla”. Y este es el problema amigo Groucho Marx, que se miente de manera permanente y que descubrir la verdad develando la mentira, como propone Karl Popper, antes que un acierto es asistir a un señalamiento. Y así, ya no canta el ruiseñor.

62. A DÉDALO:
Admirado y asombroso Dédalo, quizás haya sido usted el primer técnico e ingeniero de la historia (o al menos de la leyenda) y esto ya es aval suficiente para escribirle. Es que en los días que corren, las artes desaparecen y son reemplazadas por la palabrería histérica y boba. Quizás todo se deba al efecto invernadero y a que no todos los maquillajes funcionan. Pero no es del caso hablar de gente fea y de mal hablar sino de cómo los oficios son despreciados y, como consecuencia de no querer ser más homo faber, las manos (Kant decía que eran el filo del cerebro) son tiesas y enfermizas y no ya esas herramientas maravillosas con las que construimos el mundo. Seguro que por esto (por no usar las manos) vemos más rabias, paranoias y obsesiones.

Dédalo, a usted se le debe el laberinto donde Pasifae, la Mujer de Minos el cretense, guardó el nefando fruto de su zoofilia, el Minotauro. También hizo usted el primer vuelo, dice el mito, desde Grecia hasta Italia y el Norte de África, acompañado de su hijo Ícaro, a quien el sol derretiría la cera de las alas para castigarle su soberbia. Así mismo se cuenta que un sobrino suyo, Talo, inventó la sierra y el compás, herramientas éstas de mucha utilidad. Pero, como le decía, esto de los oficios decrece en credibilidad y le damos más valor a la palabrería que confunde, mal interpreta y carcome como la broma en los cascos de los galeones..

Antes un hombre digno tenía un arte (Baruj Spinoza, pulía lentes) y como consecuencia de sentirse útil hablaba, proponía y hacía. En la Torá (el Pentateuco) se lee que se debe tener un oficio y que saberlo es lo que le da sentido al entendimiento y a D’s. Lo mismo creía José Martí, cuando decía que un hombre sólo se siente útil cuando ha construido algo con sus manos. Pero, en nuestros días, el hacer significa poco y, como en la utopía de Paul Lafargué, hemos dejado a un lado el trabajo manual para, presuntamente, pensar. Sólo que lo que pensamos es tan confuso y desordenado que dan ganas de cubrirse los ojos y las orejas. Pero las manos no obedecen.

63. A BARICCO:
Leído y admirado Alessandro, hace usted parte de una generación de intérpretes de lo urbano y de toda la locura que lleva dentro una ciudad, desde los objetos arquitectónicos y su relación con ellos hasta los mismos ciudadanos que, en su ejercicio de ciudadanía, ya no conforman un tejido social claro sino un sistema cruzado por la economía delirante, la subjetividad en guardia, la política confusa y el desasosiego permanente, (como aquel del que Fernando Pessoa tuvo una referencia bastante clara). Y así, entonces, la ciudad no es sólo un lugar de habitación y desplazamiento sino un sentir reaccionario y decadente. En términos de Ciorán, un suicidio lento donde el arma es el miedo y la desilusión.

En su novela City, Alessandro, usted plantea tres acontecimientos urbanos: la incertidumbre del tiempo, la soledad del desprecio y las pequeñas mitologías. Y en este tríptico crea unos ciudadanos que evitan lo que pasa creándose espacios marginales para no ser ellos en el presente, como ciudadanos en orden, sino en un limbo de calles, lugares con gigantes y mudos, micro historias de sueños y marcas que incitan. Y en esta carencia de ciudadanía, asumen la aventura. Pero no aquella de la que habla Rafael Argullol, que sería la de los nuevos reconocimientos, sino una en el caos y sin ningún direccionamiento.

Existe una palabra, muy mal utilizada, que es falencia y que quiere decir sostener un error estando conciente de él. Otros diccionarios la definen como quiebra y engaño. Pues bien, apreciado Alessandro Baricco, todo pareciera indicar que la nueva ciudad (y lo que se incluye en ella entre objetos animados e inanimados) es una falencia sostenida, no de mala fe, sino tratando de explicar lo que no es. Y que en esta interpretación, guiada por el deseo, el tejido social desaparece y da cabida, como sostiene Carlos Gustavo Jung, a una psicología de transferencia donde hay otro que representa mis miedos y fallas. Y que ese otro soy yo, pero no lo creo ni admito.

64. A CAIN.
Huidizo Caín, aparece usted en la historia como el primero que trató de negar lo que hizo y de evadir las responsabilidades de su acto. Sin embargo, a pesar de su alegato, que fue simple y torpe (acaso soy guarda...), tuvo que marcharse al Este del Edén y allí, donde tuvo hijos y nietos, algunos de ellos fabricantes de instrumentos musicales y precursores de la metalurgia, quizás haya tomado conciencia de su acción. No es claro que se sintió malo o con mucho dolor, si permaneció asustado o simplemente asumió el asesinato de Abel (Hevel, en hebreo) como un error nacido de esa pasión terrible que es la envidia. Poco se sabe del fin de usted, Caín y todo queda en manos de la ficción, como en la novela de John Steinbeck.

Dice la Torá, que usted era labrador y Hevel, pastor. Y que los sacrificios de su hermano producían un humo que subía hacia el cielo mientras la humareda de su altar, Caín, se regaba por encima de la superficie de la tierra. Y que fue este hecho, el de un humo que ascendía frente a otro que corría paralelo al horizonte, lo que hizo que usted se llenara de ira y llegara al crimen. En términos de Spinoza, su pasión nace de la ignorancia, de no saber de vientos, material combustible y la debida cantidad para ofrecer. Y de estar más pendiente del otro que de sí mismo. Como dice Luis Cernuda en uno de sus poemas, el estorbo fue usted mismo.

La envidia, Caín, es representada entre los iraníes por una serpiente que muerde una lima de hierro, lo que significa un trabajo doloroso y en vano, donde el veneno no actúa sino que genera amargura. Y convierte el envidioso en un miserable porque todo lo bueno lo tiene otro y él no tiene nada. Por esto, el último mandamiento, según la Torá, es no codiciar, para evitar dolor y que haya conciencia (conceptos claros que no generen dudas, como dice Ludwig Wittgenstein). Entonces, Caín, su problema fue creer que su razón era la única. Y bueno, el resto ya se sabe: usted cargó con la señal del miedo, que es una mordedura que sigue mordiendo.

65. A AZORIN:
Querido, leído y tranquilizador don José, se pierden los espacios, sea porque los destruyen, los cierran, los dividen o los roban. Creo que hay muchas formas de perder la tierra, que en resumidas cuentas y en términos morales no puede ser de nadie porque ni un solo gramo puede ser producido por el hombre. Quizás, si fuéramos lombrices, cuyo sistema digestivo produce tierra (o algo parecido), podríamos hablar con propiedad de la terra nostra. Pero no lo somos y si bien quedan algunos lombricientos, éstos están sujetos a purgaciones. Vuelvo entonces al cuento, don José: hay carencia de espacios y, como consecuencia, de movimientos y, lo que es dramático, de posibilidades de construcción justa.

En todos sus libros (novelas, cuentos, ensayos, teatro), la espacialidad está presente. Aún en la estrechez de la París que usted narra, en la que de la gran habitación de hotel de renombre se pasa al cuarto estrecho de pensión, los espacios siguen siendo amplios y acogedores porque desde ellos se puede rememorar el paisaje, el Passagen-Werk (los espacios públicos comerciales) de Walter Benjamín, las casas blancas de los empinados pueblos andaluces y las llanuras castellanas por donde caminaría don Alonso Quijana o Quejana. Pero, como le digo, don José, esto se viene perdiendo y ya lo único que vemos es el agrimensor kafkiano de El Castillo.

Cuando leo cualquiera de sus libros, amigo José Martínez Ruiz (Azorín), siento que hubo un tempo en que se podía respirar bien. Y no porque el aire fuera bueno sino debido a que los espacios, a más de amplios, fueron tranquilos y en ellos habitaba la buena voluntad (recuerdo su libro sobre El político) o, al menos, la intencionalidad siniestra estaba más escondida y por ello se podía ejercer la virtud sin temor a la burla. Lo que no pasa hoy, cuando sucede aquello de La piel de zapa de Honorato de Balzac, donde a más deseos, más chiquito el trozo. Si, querido Azorín, perdemos los espacios y nos violentamos. La locura ante todo, como escribía Violet Leduc.

66. A MARÍAS.
Leído Javier, es usted un hombre impopular en la España intelectual (lo que no quiere decir inteligente) por aquello de mantener una posición de burla (Cela diría que de Toreo de salón) frente a críticos y envidiosos. Unos dicen que todo se lo debe usted al nombre de su padre (al buen don Julián) y al de Juan Benet, que lo admiró desde la aparición de su primera novela, Los dominios del lobo. Otros que a una inflamación del orgullo por ser considerado, en el exterior, como el mejor traductor de Shakespeare al español. No faltan argumentos para odiarlo y tratar de situarlo en una posición de rémora y no de escritor lúcido de novelas, ensayos y artículos. Pero bueno, como decía Oscar Wilde, es mejor que hablen mal de uno a que no hablen.

A mí esto de la impopularidad frente a determinados círculos me parece saludable y respetable porque está indicando que algo sucede que no es bueno para la otra parte. Pasa como en el caso de Sócrates, que fue juzgado y obligado a beber la cicuta porque se opuso al sentido común social de una Atenas fetichista y guerrerista, que en lugar de ver la realidad moral veía miedos y frustraciones. Y algo más terrible, la corrupción de jueces y costumbres. Algo muy parecido a lo que sucede hoy, cuando tantos se esconden en cosas que no existen y tratan de liberar cargas emocionales aferrados a mentiras.

En su comentario sobre El hombre menguante, aquel que se achiquita hasta ya no ser más grande que una mota de polvo, haciendo de la realidad no un panorama sino una parte que engulle y alucina, hay una metáfora de lo que sucede ahora, Javier Marías. Hemos dejado la amplitud para detenernos en la parte y perder el sentido de ella, porque esa parte crece y lo de ayer, la experiencia, ya no sirve para hoy porque las condiciones han cambiado y lo que se ve carece de referente. Todo nos puede, nos minimiza. Y sólo crecen las pasiones insanas, esas que usted denuncia para que otros lo odien. Es La negra espalda del tiempo, es el miedo a un Corazón tan blanco.

67. A ZWEIG:
Querido y releído Stefan, es difícil que alguna vez, en América Latina, tengamos una historia clara. Y esto es fatal, porque sin historia no hay identidad ni sentido de pertenencia y menos de referencia. Y algo peor, no hay orígenes. Por esto los latinoamericanos están nombrados, señalados, detectados, pero no definidos. Y frente a la indefinición, todas las invenciones son posibles. Y esta falta de historia se la debemos a nuestros dirigentes que, en lugar de construir y cuidar, lo que hacen es destruir (remodelar, dirán). Pasa en nuestras ciudades, donde todas las construcciones son nuevas y por eso sin historia. Aquí sólo asistimos a lo reciente, como en la selva, y nunca tenemos una idea previa de las cosas.

Usted, Stefan, fue un gran historiador. Y ese afán de historiar, antes que venir de libros o de haber asistido a clases de profesores eminentes, llegó primero de lo que había visto. Basta leer su María Estuardo, su Magallanes, su Dostoyevski etcétera, para sentir que las preguntas que se hizo provinieron de los asombros nacidos de la visión. De ver, como decía Oscar Wilde, para encontrar la belleza y los misterios del objeto mirado. No fue usted, Stefan, un historiador de escritorio sino uno que caminó, vio y después se hizo preguntas. Pero, ¿qué pasaría si usted viniera y viera lo que tenemos? Todo son obras recientes y, donde no, tugurios.

La historia, Stefan Zweig, se compone primero de cosas y luego de documentos, de esta manera se evita la mentira o al menos la falsificación. Pero entre nosotros, donde todo lo viejo lo destruimos para que no haya referencia del pasado (quizás porque nos duele haber sido), la historia es una vorágine que se manifiesta desordenada y lujuriosa. Y sin referentes visuales, lo que permite luego todas las ficciones y descalabros. Y claro, la legitimación de la barbarie, que nace de la falta de memoria y la presunción. Somos en la carencia de pasado y, cuando nos vayan a historiar, nos van a ver igual de pobres que al principio. Es que sólo tenemos plástico.

68. A BATMAN:
Recordado Batman, usted fue uno de esos que con sus aventuras y vehículos en forma de murciélago marcó los días de infancia. Y como uno es la resultante de esos días, no temo ni me avergüenza decir que en ocasiones veo lo que sucede tomando como referencia su mundo de sótanos computarizadas y a ciudad gótica: gobernantes ineptos, bandidos con cara de payaso o disfraz de pingüino, gente enmascarada y delitos con más carga de fantasía que de realidad. Así que, amigo Batman, vivimos una situación de cómic y más ahora que organismos como la CIA antes que agentes de inteligencia lo que parece que tiene son escritores de ficción. O, para estar más en la actualidad de EEUU, periodistas que en lugar de informar inventan.

Recuerdo a su mayordomo, Batman, que, además de estar atento al buen uso de la tecnología y dando más importancia a los asuntos de Estado que a su extraña relación con Robin, se dedicaba al estudio minucioso de los acontecimientos y le servía a usted de conciencia crítica y de mecánico. De lo contrario, usted habría acabado en las garras de Gatúbela, esa seductora que contagiaba de traición. Pero no es el caso de mujeres disfrazadas (fetichistas) lo que me ocupa sino lo gótica que se ha convertido la Casa Blanca. Míster Bush jr, como cualquier personaje de cómic, se asombra de que le hayan mentido. Y patalea y pone cara de inocencia.

En el mundo suyo, Batman (personalidad secreta de Ricardo Tapias, según editorial Novaro), los malos son de circo y los científicos locos. Y como de gente así es difícil confiar, hay que inventarles historias, atacarlos con toda la técnica y después dejar que escapen. Es para que no se pierda la audiencia de la próxima revista. Acción, misterio, clímax, es el viejo truco de los folletineros. Mientras tanto, se perfeccionan las máscaras, los sistemas de navegación, los sumarios etc. Todo para una gran aventura y, en su caso, para una nueva acción de carnaval. Y mucha onomatopeya: ¡sock, blam, trash, crack!. -¿Dónde estás Robin?, ¡pluck, bang!, -¡aquí, Batman!.

69. A CABRERA I.
Leído y disfrutado Guillermo, lo imagino a usted en este momento disfrutando de un buen habano y tratando de leer a través de sus enormes lentes. Y quizás tosiendo a consecuencia de tanto tabaco, ron crudo y niebla inglesa. Y de las noticias que le llegan de su Cuba (o por extensión de Miami), isla donde la gente vive mucho siempre y cuando no meta en una balsa o sea clasificado como gusano (sustantivo este paredonable y relacionado con especies reptantes y de mala picada). Le escribo entonces sobre la duración de la vida, el son y la guaracha, los frijolitos negros y ese vivir al desgaire, al sol, la noche y el viento, al que no le ha valido ninguna revolución. Le hablo del ron y la rumba que se derrumba.

Hace poco murieron dos que no iban a morir porque estaban conservados en música y en aire tibio: el compae Segundo y Celia. No sé si esto tenga nervioso a Fidel, que también vive de la voz y del micrófono. Es que, como dicen por aquí, a veces la muerte se surte de gente parecida y en Miami la pequeña Cuba debe estar rezando (como ha rezado desde hace más de cuarenta años) para que algo le pase al comandante. Claro que nadie se muere a la víspera, así la CIA lo quiera. Pasa como en su Habana para un infante difunto: todo tiene un momento que llega si ya no hay más cosas que hacer. Pasa lo que por aquí, mata la falta de proyecto.

En una foto fabulosa de Fernell Franco, el fotógrafo caleño, usada para la carátula de Celia Cruz reina rumba (el libro de Humberto Valverde), la mujer del azuuuca, aparece convertida en un espectáculo: no es una mujer que canta sino una mujer entre luces de neón, que brilla. Y, como en su libro, Cine o sardina o en ese cuento de Josefina atiende a los señores, se legitima el show, el mito y la aberración. La mentira. Por esto da primera página que gente que no se iba a morir se muera, Guillermo Cabrera Infante. Pero se mueren. Y esto asusta a mucha gente que vive del escenario y del ruido y de mantener cantando a viejitos que deberían estar tomando leche.

70. A NIMROD:
Buscado Nimrod, de usted dan pocas pistas. Apenas si aparece una mención suya en la Biblia hebrea (en el Tanaj) y algunas pocas en el Talmud, dando razón de usted en la construcción de la torre de Babel y en los días de los antecesores de Abraham. O sea que situarlo bien es muy difícil. Sin embargo usted existe y su nombre aparece titulando una romanza sefardí que habla de preñeces, tiempos duros y de confusión. Y este último concepto, lo confuso, es el motivo de que le escriba. Es que hay mucho caos y algunos lo aprovechan para nombrarse lo que no son o para anunciar el fin de los tiempos, la confusión de las lenguas y la presencia de D’s donde lo nombran mal. En ocasiones es un negocio, en otras una sublimación, en las más un delito sin pena.

Esto de los clones parece anticiparse en ciertas organizaciones que se auto-nombran igual que otras y de esta manera asumen como suya una historia, una tradición y unas creencias que no les pertenecen y a las que les dan una interpretación inadecuada porque tratan de amoldarla a unos espacios con grandes vacíos. Quizás el proceso sea por ósmosis o por acción de espíritus entrones. O lo que es peor: por un afán de falsificar, cosa muy común en nuestros países donde las copias ilegales abundan. Pero el problema no es la copia sino la generación de ideas que afectan al original copiado, convirtiéndolo en caricatura, sujeto de leyendas y, si es el caso, en enemigo.

Y como hablamos del caos, rey Nimrod, no hay ninguna legislación al respecto. Así vemos etnias que reaparecen (vuelven y se crean) después de aparecer una ley de protección a las culturas, religiones que se copian tal cual, aduciendo que están perfeccionadas; negocios que de apoderan de una imagen corporativa ajena etc. Y en ese juego de los clones, la confusión aumenta y el ciudadano se desconcierta y es burlado, ya porque ha sido invadido en lo suyo y propio, ya porque ingresa en unos códigos que entiende mal. Hay una nueva Babel, rey Nimrod. Y en la confusión y la ignorancia, lo legítimo pierde espacio y lo gana la piedra falsa.

71. A SUPERMAN:
Recordado Clark, ante el descrédito de la política convencional, la gente comienza a votar por gente inusual, venga ésta de la farándula, el cine de violencia, las tiras cómicas o de algún prototipo fabulario narrado en El libro de las maravillas del abate Mandeville. Es como si ante la carencia de terrestres con propuestas civiles viables la opción fuera decidirse por extraterrestres inflados a punta de anabólicos y esteroides. Y esto es maravilloso para usted, Clark, que proviene de Kriptón, tiene visión de rayos equis y es capaz de enfrentar solo a una banda de malos-malos. Y que sale volando si la cosa se complica. Total, usted debe convertirse en candidato a ver si encuentra, con su vista telescópica, la solución a lo que pasa.

Clark, por lo visto, ya lo único que nos salvaría del caos institucional que vivimos es la fábula, el símbolo desmesurado del poder y la ficción que, al ser eso (algo que no existe), no frustra o al menos no molesta si no funciona bien. Hoy se le apunta al superhéroe, como ha pasado en California con el amigo Arnold, que se ha ganado la vida a punto de músculo, mordiscos y saltos desde pisos altos. Y que con ese apellido Schwarzenegger (que traduciría negro-negro) más parece alguno de los pillos que le amargan la vida a Dick Tracy. Pero que ha ganado muy por encima de sus oponentes y es posible que gobierne partiendo ladrillos con el codo.

La democracia lo permite todo, amigo Clark Kent. Por eso, decídase y láncese al estrado público. O al menos salga de la cabina telefónica, donde usted tan misteriosamente se viste y desviste (¿es exhibicionista?), y haga una propuesta política como casarse con Luisa Lane o ponerle una peluca a Lex Luthor. O simplemente coma pistachos a supervelocidad, que ese ruido también lo pueden tomar los analistas posmodernos como un plan de gobierno hermenéutico y metafonémico. Es la hora del héroe de revistas de cómics, del duro de matar, de los hombres que desarrollan movimientos supersónicos y que toman una razón y la vuelven polvo. Vuele.

72. A PULCHINELLA:
Teatrero y renovado Pulchinella (o Polichinela, como quiera), vuelve usted a hacer de las suyas en la Commedia dell’Arte, donde tan bien nos vemos representados ahora. En esta forma popular de comedia, donde abundaron las farsas, los artistas ambulantes y acróbatas, usted representó la crueldad de un niño malcriado, las ideas vulgares y la lascivia del libertino, cosas que le sentaron bien a su figura deforme y barriguda. Y con usted actuaron Pierrot (alías Pedrolino), sirviente torpe y de pocas luces, y Arlequín, ese bufón astuto, oportunista y avaro que vivió de meterse donde comían bien y de engañar señoras. Y que como oportunista, un experto usaría la palabra coyuntural, aparece representado en otras formas más elegantes y hasta llorando.

Pero aquí no para la cosa, Pulchinella, porque en esa comedia donde usted hace de las suyas a la par que otros intentan esconderse dentro de sus propias ropas, como Pantaleón que trataba de rebajarse la edad vestido de turco, aparece el Doctor con sus frases pedantes, sugiriendo remedios para males imaginarios y legitimando el sin sentido con palabrejas extrañas y en medio de una corte de gente enmascarada que dice a todo que sí y se divierte y vive de eso, sino arrodillada, si al menos haciéndose la que entiende. Y en este punto es donde la Comedia del arte llega a su punto más interesante: Todos aplauden y en medio del barullo pescan lo que pueden.

Pulchinella, sabemos que la arrogancia y la estulticia tienen su estatus y más cuando se ejerce desde el poder ordenando trabajos en vano y creando comités que se fundamentan en otros comités y así ad infinitud, en un juego de informes que no llegan a nada y que gastan papel y tiempo y al final se quedan en veremos porque el camino era otro, por lo común el de la reversa. Y en esta Commedia dell’Arte, aparece Colombina, ser andrógino que muestra su ingenio y encanto en un mundo avaro, simplón y en constante malentendido. Claro que Colombina va a parar a la luna y allí se queda, no se sabe si con el cerebro borrado o con las neuronas en estado criogénico.<

73. AL DIABLO:
Asustadizo y asustador, posible e imposible Lucifer, de usted se puede decir todo; que está ahí y que no está, que es una invención y también algo tan cierto como el agua que venden embotellada y que no resulta mejor que la del grifo. Pero no se trata de demostrar su posibilidad de ser o no ser y menos de establecerlo como una supuesta verdad o una mentira de esas que crean los colectivos asustados. Lo anterior se lo dejamos a los teólogos y los antropólogos. El asunto que nos convoca es otro: el infierno, eso que ya se da como un no lugar pero que está ahí y se multiplica en cantidad de gente que se mantiene en estado infernal: repartiendo sufrimientos.

Del infierno hay muchas versiones. Para Dante es un lugar helado donde se purga la traición, el desvarío, la lujuria y la envidia. Y donde no hay purificación ninguna porque, como todo está congelado, el sufrimiento se mantiene en estado crítico. Para Borges y Bioy Casares, hay muchas formas de infierno (de averno), desde los simples como la ignorancia que duele, hasta unos muy sofisticados y casi que filosóficamente resueltos como el de John Stuart Mill, que consiste en pensar solamente en un ser que lo pueda crear. Y si nos vamos a Jean Paul Sartre, el infierno es más elemental y cercano: son los demás. Y así, hasta la versión de los inquisidores, que es una hoguera eterna.

Entonces, Lucifer, señor de la ignorancia (príncipe de las tinieblas), no se sí usted sea algo real o no. Lo que si parece evidente es que el infierno existe, sea en estado de cosa o en síntoma de conducta desequilibrada, que parece ser el más común. Y de aquí, Satanás, tanto infierno caminante, enredante, listo a encenderse y mantenerse activo por un mero roce, por una palabra malentendida, por una envidia gorda, por un afán de entender y no poder. En fin, Lucifer (diablo), hay vidas infernales que tratan de hacer común su estado para tener cómplices en ese infierno. Y eso es lo peor: que no hay infiernos propios que se luzcan sino infiernos pobres que se reparten, para descrédito de Charles Baudelaire.

74. A MALRAUX:
Leído André, el texto suyo que más me gusta es el de las Antimemorias porque allí no se miente sino que se vive. Y con intensidad, para que no se diga que la vida (en su caso la de un fumador empedernido) es algo vano, lleno de deudas, honores vagos y reuniones largas, tediosas y posmodernas. Digamos que usted vivió como sujeto, es decir, en relación permanente con el afuera en términos de asombro, curiosidad, rebeldía y solidariedad. Y en esa vida suya lo importante no fue lo trascendental sino eso que todos tenemos al alcance de la mano: la necesidad de sentir que estamos vivos y, como imperativo categórico (recurro a Kant), es más que todo. En otros términos, usted no se dejó encerrar en los órdenes del sistema.

André, vivimos en una sociedad donde abundan los muertos vivos movidos por un sistema que todo lo cuantifica y convierte los valores (eso que es la esencia de la vida) en meros elementos de cambio objetivo y rentabilidad. Y en algo más atroz: en documentación que se llena permanentemente para asegurar que se obedece correctamente. Y no es que me oponga a la obediencia, a fin de cuentas debe existir un orden que nos rija (eso es lo que pactamos en las constituciones), pero si discuto la obediencia ciega, esa que se lleva a cabo sin determinar la calidad de evaluador. ¿Quién es el que evalúa? ¿Qué calidades tiene para ser el evaluador? ¿Se autonombró?

Es indiscutible que hay una mentalidad totalitarista y controladora para la que toda iniciativa es herejía, que es sorda y está embrutecida por una normatización delirante y que no vive sino que está inserta en un motor donde toda pieza debe estar integrada y (si es posible) soldada. Y el motor se mueve, ¿pero hacia dónde? Porque el hecho de que se mueva no quiere decir que la dirección del movimiento sea correcta. André Malraux, ya es muy difícil escribir antimemorias. Hoy hay un enorme Big Brother legalizado que crea, enloquecido, sumarios y órdenes de producción. Y que ordena constantemente informes. ¿Es la muerte definitiva de la razón?

75. A GLOTTMANN:
Recordada Rivka (o doña Rebeca, como le decíamos), le escribo ya para que no me lea, pero esto no es importante. Lo interesante es lo que pasa en la memoria, cuando la gente buena se queda ahí ocupando un lugar para siempre y se convierte en un referente para los mundos que creamos y que se hacen necesarios (y en ocasiones inevitables) para no desesperar. Y en ese sitio la muerte no existe sino el recuerdo: la imagen de unos ojos alegres y un pequeño sombrero de color. Y el sonido de las palabras matizado por una sonrisa. Y el calor de las manos. En términos de Henry Bergson, la memoria y quienes la habitan son eso real con que enfrentamos (y confrontamos) la realidad. Y si no hubiera esa memoria, viviríamos en total soledad.

Amada Rivkele, usted hace parte del espacio de las pequeñas cosas, esas que son realmente importantes para la bendición. Porque bendecimos lo que nos da conciencia de estar vivos y en contacto con lo demás. Y al mismo tiempo, asumimos la bendición como un agradecimiento a los que no es permitido hacer. La bendición es un reconocimiento a lo construido de manera justa, a esto que no ha generado dolor ni es símbolo de soberbia y opresión. Por esto bendicen sólo los que no tienen miedo ni esperan recibir más de lo que han dado. Los demás, los asustados, mueven las manos y la boca gesticulando. Esto lo aprendí de usted, Rivka.

Elías Canetti, en El juego de ojos, tiene un capítulo muy bello: Hallazgo del hombre bueno. Y en este texto, revelando unas conversaciones con Broch, en Viena, aparece la pregunta: ¿Existe un ser humano realmente bueno? Si, es el que reúne personas para toda la vida, se contesta Canetti. Pero no por reflexión o como fruto de una discusión sino por conocimiento y contacto con uno. Y ese uno, el Dr. Sonne, no juntaba las personas sino que las hacía partícipes y anfitriones, y necesarias la una para la otra. Él era el ejemplo. Y algo así me pasó con usted Rivka Glottmann, que bastaba mirarla para saber que era necesaria. Y más: que la dicha era inevitable.

76. A SÁBATO:
Querido, leído y recomendado Ernesto, vivimos días de resistencia desordenada. Unos resisten políticamente, otros se atrincheran en la técnica, algunos pocos desde un pensamiento coherente y los más, asomados a la ventanas y las puertas recibiendo el sol y la lluvia, el ruido y los silencios. Diría yo, como cualquiera de sus personajes secundarios de Sobre héroes y tumbas, que hay una permanencia de algo que flota, nos toca y no vemos. Y, ya que no acertamos en qué es esa cosa, la inventamos haciéndola dragón o princesa, ciego que construye un informe o simplemente un ciudadano cero, de esos muy peligrosos porque no está radicado en ninguna base de datos. Le digo Ernesto, resistimos, pero más desde la paranoia que desde la certeza.

Esto de resistir en desorden y sentirse perseguido e inventado, amigo Sábato, no es nada nuevo. Ya se da cuenta de ello en las epopeyas babilónicas e indias, en los delirios de los héroes griegos, en los conquistadores de las crónicas y en las sagas vikingas. Y en la modernidad, donde la razón, como lo dibujó Goya, en lugar de hilvanar y construir en orden crea monstruos, brujas y aquelarres. Y si bien algunos como usted han estado todo el tiempo en la tarea de no soltar la línea (o como en el mito del laberinto, el hilo de Ariadna) para no perderse, los más gozan navegando en cualquier mar y sin brújula, como el Holandés errante.

Ernesto Sábato, en la universidad leí su Uno y el universo, texto corto y claro, donde se prevé que se crían tiempos confusos. Ahora leo La Cultura, de Dietrich Schwanitz y La otra cultura de Peter Fischer, autores que intentan explicar cómo hay que retomar el orden, pero el segundo se resiste al lo que dice el primero, lo que los hace estar en la resistencia, o sea que en el orden que teorizan se desordenan. Y ahí vamos, querido Ernesto (usted también es pintor), como los personajes de sus cuadros, con la cara desfigurada y los ojos vacíos. Y huyendo. Y así, posmodernos, nos fotografian y graban las huellas dactilares para encontrarnos en caso de sospecha.

77. A PROMETEO:
Recordado Prometeo, no sé si todavía su hígado siga siendo roído diariamente por dos buitres (otros dicen que dos águilas) como castigo, entre otros, por haber dado el fuego a los hombres. Según la mitología griega, usted fue atado a una piedra de las montañas del Cáucaso, tierras de por si ventosas y cargadoras de muchos gritos y allí, como Ladrillo el del tango, sigue sumido en la incertidumbre de cuándo terminará todo. Pero el motivo de ésta no es acompañarlo en su dolor y soledad (y eternidad de su juicio y sumario) sino hablar de los males que usted mismo se provocó y, como consecuencia, legitiman o al menos explican el estado en el que se encuentra. Y en el que se encuentran muchos que trataron de emularlo y hoy lloran igual.

Usted Prometeo, que según el mito heleno creó a los hombres, fue uno de los primeros traidores de los que da cuenta la historia. Presintiendo que Zeus (Theos, de donde viene la palabra Dios) iba a vencer a los titanes, usted se pasó al lado del dios principal del Olimpo y no se hizo ascos para traicionar a Atlas, su propio hermano, que terminó sosteniendo el mundo sobre sus espaldas. Luego, quizás porque le sacó gusto a esto de traicionar, traicionó al mismo Zeus y provocó que éste creara a Pandora y la dotara con una temible caja cargada de vejez, enfermedades, locuras, vicios y pasiones, que al fin abrió Epimeteo, otro hermano suyo, para peste sobre la tierra.

Vivimos tiempos escatológicos, pero no como castigo de D-s sino como consecuencia de los que se parecen a usted, Prometeo, que usan el fuego (la ilustración, en términos metafóricos) como anzuelo y, cuando se apaga (sea a causa de algún referendo o cosa similar) provocan una estampida de todos los males y la aparición de Pan que, con sus chillidos, genera pánico o al menos susto. De esta manera no se dan explicaciones ni se admiten errores y a la vez cunden las traiciones y por todos lados lloran las plañideras. Y no sé, amigo Prometeo, si esto sea tragedia o comedia. Nos hemos vuelto gente de mito y de deus ex machina.

78. A VICTORIA:
Estimada y respetada Reina Victoria, la corrupción y la anorexia se están tomando el mundo. Y lo uno tiene que ver con lo otro, ya que hablamos de carencias: falta de moral y escasez de proteínas y vitaminas. Y eso uno y otro se unen en un tríptico fatal: la individualidad desbordada, el narcisismo y la ignorancia, entendiendo esta última no como una falta de saber sino como una carencia de competencias, o sea, de imposibilidad de aplicar lo que se sabe porque se desconoce el real espacio de aplicación. En otros términos, la corrupción y la anorexia se deben a que ninguno de los implicados fue educado para gobernar y, como se carece de esta educación fundamental, se cae en la demencia precoz y el mundo se convierte en un deseo y no en una realidad.

Reina Victoria, usted no fue ni corrupta ni anoréxica, de aquí que legitime lo que escribo. Además, fue educada para ser reina, por esto el poder no la desbordó ni le puso en el camino seducciones como vajillas sin pasado, dietas extremas o moneda dura para gastar comiendo chorizo con las manos, diciendo vulgaridades y escuchando mariachis. Cuando uno es educado para gobernar, el interés es ejercer el poder ilustrado para ver más allá de sí mismo. El poder no es el libertinaje, cosa propia de esclavos libertos (de aquí su nombre) que consideraban que tener poder era tener permiso de hacer daños y comportarse de la forma más vulgar posible.

La democracia participativa es una de esas utopías que demuestran que las monarquías sieguen siendo viables. Los grandes reyes, al menos, tenían tutores que le enseñaban qué era el poder y cómo ejercerlo dentro de la realidad política y económica. Basta ver la educación de Abderramán III, de Saladino, de Ricardo Corazón de León, de Alfonso X, el sabio, la suya Reina Victoria, educados para el gobierno y el ejercicio de lo público. Por eso hicieron imperios y se los nombra con respeto. Pero, qué vemos ahora: gentes que nunca fueron educadas para gobernar y, al tener poder, se creen lo que no son. Y hacen el ridículo, porque nada les luce.

79. A NILUS:
Mentiroso y canalla Sergio, usted pasa a la historia por el odio desmesurado, el robo intelectual y la siembra de horror. Y si hubiera estado entre los personajes de Dante en La Divina Comedia, tendría en esta obra un lugar oscuro y sucio en el infierno. Su antisemitismo brutal, el saqueo (en términos vandálicos) que hizo del libro El diálogo en el infierno, de Maurice Joly, para componer ese panfleto titulado Los protocolos de los Sabios de Sión y la intolerancia delirante que acreditó en su vida, lo ubican entre esos seres que debieran ser borrados de la memoria. Pero esto no ha sucedido porque en la actualidad hay muchos clones suyos que lo siguen en la tarea de mentir, crear confusión y odiar sin medida todo lo que sea hebreo.

Y para no ir lejos, situémonos en estas tierras calientes y lluviosas, tan lujuriosas y operáticas, donde siguen sus pasos hombres como Antonio Caballero y Enrique "Tamerlán" Serrano que, disfrazados de anti-israelismo, han ido confeccionando una idea de lo judío en los mismos términos de Goebbels (el jefe de propaganda nazi), Rosenberg (el promotor de los cráneos perfectos) y Henry Ford, que robó las ideas de su panfleto, Sergio, a sabiendas de que uno que roba no puede denunciar que le han robado. Y en este delirio de lo anti-judío, promueven la justificación del terrorismo, desvirtúan acontecimientos y se unen a fundamentalismos oscuros.

La posmodernidad está cifrada en el caos y la incertidumbre. Pero, en el caso que nos ocupa, no como respuesta a lo moderno sino como reivindicación de un medioevo Transilvánico. Para los anti-judíos modernos, su plato favorito es estar de lado del terror (de ahí sus figuras góticas). Por esto atacan y deliran y, cuando la evidencia se les viene en contra, callan y se enquistan como una mala bacteria. Igual que usted, Sergio Nilus (que tuvo en Argentina un clon terrible que se llamó Hugo Wast), se han creado un miedo patológico que difunden buscando cómplices. Es que el odio es una pasión triste, como decía Spinoza, y más si es auto-odio.

80. A MONTIJO:
Apreciada y admirada doña Eugenia, hay cosas que cada vez s más escasas y por ello más valiosas. Una de ellas es la dignidad y otra la finesse, término que los franceses utilizan para designar lo que es delicado y valioso y al mismo tiempo tenue. Y desde donde se ejerce la inteligencia sin hacer alardes y, por esto, de manera muy certera. Esa finesse, que la embelleció tanto, como se puede apreciar en el cuadro que de usted hizo Winterhalter en el palacio de Liria, en Madrid (y que hoy reposa en la colección de los duques de Alba), la convirtió en la esposa de Napoleón III y en emperatriz de Francia. Y en una mujer que entendió la vida como una forma de ascenso y descenso sin que en ello mediaran desmesuras ni delirios de poder.

Muy parecida a usted, Eugenia, fue Victoria Ocampo, aquella elegante argentina, gran escritora, ensayista y crítica, que Dignan-Bouveret inmortalizara en unos trazos maravillosos. Y es que esto de la finesse, más que una condición de alta dignidad humana, es ese toque espléndido que la vida proporciona a las personas educadas y sensibles que no se dejan desbordar por las bajas pasiones (el odio, la envidia, la ceguera frente a lo evidente) y asumen el estar bien para que otros también lo estén. Su urbanidad, ese comportamiento urbano necesario para hacer del espacio público un lugar seguro, es vivir lo digno y no más.

Doña Eugenia de Montijo, hija de padre granadino vencido por las guerras de Francia y madre de origen irlandés con sueños de poder, usted entendió la finesse, pero no por la educación que le dieron las monjas para ser admitida en la corte española, sino por su capacidad de entender que cada cosa tiene su lugar y cada tiempo una respuesta adecuada. Y, a pesar de ser tan apasionada (condición de suyo muy andaluza) y gustadora de caricias, lo privado no afectó lo público. La finesse consiste en vivir sin hacer circos, en degustar con delicadeza, en alargar lo placentero con criterio moro. Y en admitir la decadencia sin arrepentimientos ni huidas.

81. A CRUSOE:
Querido Robinson, en estos días de canibalismo (del ilustrado y de ese otro que exige mordiscos) lo he pensado mucho. Recuerdo que usted rescató a Viernes, su compañero de novela, de una isla donde lo iban a devorar unos caníbales, personajes no tan extraños y exóticos como se piensa. Marco Polo habló de caníbales que poblaban la ruta del Tibet a Sumatra y que sufrían de Kuru, enfermedad neuro-degenerativa descubierta siglos después entre los antropófagos de Nueva Guinea. También se supo que había caníbales entre los Tupinambá, etnia brasilera que no tuvo ningún reparo en comer congéneres delante de Hans Staden, mercenario al servicio de Portugal, que seguramente probó carne humana para que no se lo comieran a él.

En la historia, el cine y la literatura, Robinson, abunda el canibalismo: ¿Recuera a Aníbal "el caníbal" Lecter, que tan bien interpretó Anthony Hopkins en El silencio de los inocentes? Bueno, por la actuación se ganó un Oscar, premiando así el canibalismo moderno y la cara asustada de Jody Foster. En Norteamérica, los indios Tonkawa, cuando no comían bisontes mordían vecinos. Y podríamos seguir: Hermann Melville, el autor de Moby Dick, sostuvo haber vivido un mes entre los caníbales de las islas Marquesas. Sobrevivió, seguramente, porque su carne era dura y fría, tal como se puede apreciar en su fotografía. Además tenía mucho pelo.

Pero lo que asusta, querido Robinson Crusoe no es el pasado caníbal de algunos primitivos (entre ellos el ex-boxeador y dictador Idí Amín Dadá) sino que el canibalismo se está presentando ahora en países desarrollados, donde hay quien se presta para que se la coman vivo, como sucedió en Alemania recientemente. ¿Es la enfermedad de Creutzfelt-Jakob (la de las vacas locas) que está haciendo estragos? ¿Es la soledad del hombre urbano que, encerrado en la virtualidad, concibe crímenes y suicidios asquerosos? No sabemos, Robinson. Lo que si es evidente es que cada vez hay más gente que come plata ajena. Y por algo se empieza.

82. A LUXEMBURGO:
Querida Rosa, fue usted una mujer de esas que levantan el puño y la cabeza y eso le valió que la persiguieran, la encarcelaran y la mataran de manera infame: de un culatazo. Pero su vida ni sus escritos pasaron en vano. Hoy la recuerdan en la Alemania crítica y entre los judíos sefardíes y de avanzada y como parte de la gente digna de este mundo. Y todo porque usted protestó contra lo que la denigraba política, social y económicamente, sin evadir las consecuencias de su protesta. Usted Rosa, roja como le decían, se opuso al servilismo político, al agotamiento ideológico y al espíritu de esclavitud que permite la cría acromegálica de abusos y desmanes. Parecida a usted fue María Cano, a quien también le dolieron las indignidades.

Hoy se habla del momento políticamente correcto, Rosa, y por esto retomo su frase de La libertad no es libertad si es un privilegio, es decir, no podemos hablar de libertad y democracia donde se legaliza el terrorismo de Estado y se destruye la confianza en el otro (aplicando aquella premisa maquiavélica de divide y gobernarás) y algo peor, se crea un temor inmenso a la protesta. Ya se sabe, para el Zar y el Káiser (palabras derivadas de César), toda protesta fue terrorismo y ni se diga lo que significó para Stalin o Hitler, Reagan o la señora Tatcher, personajes que hoy se emulan en estas tierras calientes y lluviosas.

En una Latinoamérica donde las leyes esclavistas de Felipe IV son casi manuales de gerencia y de obligado crecimiento personal, hay que ver, querida Rosa Luxemburgo, el miedo es una industria promovida por la corrupción, la intolerancia, el desgobierno y la carencia de ideologías claras para construir el sentido de lo político: gobernar y admitir la diferencia como una opción inteligente de construcción del conocimiento. Pero, y esta es una orden del imperio, en lo político no se trata del debate sino de la clonación. Y, como alguna vez dijo Rodolfo Llinás, el clon es un esperpento que copia un modelo viejo y tiene retrasos de evolución.

83. A COETZEE:
Al fin leído, J.M., hay días propicios para la bruma y los gastos varios, las versiones del papá Noël en bikini y la gente que esconde cosas. Y, como anota Philiph Roth en su libro de entrevistas, estos tiempos resultantes son de alegría para sicópatas y desequilibrio mayor en los neuróticos. Pero los días de que le hablo no son estos de comercio exacerbado y exceso de avisos luminosos, frases que se cumplen poco y deseos que no se sabe ya qué significan, sino de aquellos que se repiten en épocas diversas porque perdemos la memoria y de nuevo hay que construirlos, pero no como beneficio sino como prejuicio y perjuicio. Le hablo entonces de los días a la defensiva, de esos donde el otro nos da temor. Es que la victoria construye el miedo.

En su libro Esperando a los bárbaros, donde el tiempo es cualquiera y por eso la historia es permanente, usted habla de un pueblo sin nombre y de unas murallas que a veces están cercadas por el desierto y en otras por la nieve del invierno. Y en ese sitio hay una conciencia que se hace preguntas pero sólo encuentra respuestas difusas, brumosas, decadentes y al fin predispuestas a pecados mayores. Y en ese lugar todos los bárbaros son culpables y por eso hay que deformarlos o acelerarles la muerte. Es terrible este libro, pero al mismo tiempo es la secularización del señalamiento, la legalidad de la injusticia y la necesidad absurda de un enemigo.

Querido y leído, John M. Coetzee, usted se ganó el premio Nobel 2003 planteando en su obra la constante negra de la historia: la crueldad, el silencio y el miedo. Y, al igual que Imre Kertezs, certifica la angustia del colectivo como la característica del siglo. O sea que seguimos en la oscuridad, temiendo las sombras que proyectamos y sintiendo los seres invisibles que nos acusan o nos burlan. Y así, entonces, se define el poder como algo al que siempre se le teme y con el que se convive ejerciendo la inteligencia del ratón: pequeñas carreras, saltos inesperados, tensión nerviosa creciente y revisión constante de la cola. Y resistencias variables.

84. A D-S:
Necesario D-s, tú eres lo que se llama un hecho necesario, una primera causa incomprensible que es origen de todas las causas posibles para ejercer la inteligencia, la sabiduría, la justicia y la misericordia. Y si bien, querido D-s, toda definición que se haga de ti, como dice Maimónides, queda reducida a las limitaciones del pensamiento humano y por ello es apenas un primer velo lo que logramos comprender, al menos si podemos ver y regocijarnos en tus manifestaciones. Y ser semejanza tuya, no en la forma y la acción sino en el entendimiento que vamos teniendo de las cosas. Baruj Spinoza escribía que de tus infinitos atributos, dos nos permiten tener conciencia de ti: que podemos saber más y que todo tiene una medida.

Pero, eterno D-s, ya no miramos el cielo y conceptos como lejanía, lontananza y columbrar (el primero de Walter Benjamín, el segundo del maestro Burckhartd y el tercero de Azorín) nos son ajenos. Ya nadie nos espera a lo lejos, ya lo que hay más allá y es bello no importa y poco vemos del paisaje amable que nos rodea, que tiene una historia y unos recuerdos buenos. Hoy, como los animales, miramos al piso y, en ese espacio reducido entre la cabeza y los zapatos, tratamos de ver el mundo. Y claro, nos encontramos con un espacio chico y simple, regido por la silicona (si es del caso), lo que hay en el bolsillo y los placeres con receta y pastillas.

Así que hemos perdido tu noción y en lugar de alabar tu magnificencia (todo lo que hay para que hagamos de esta vida la mejor posible), nos hemos encerrado en nosotros mismos, en lo que se corrompe y destruye, en lo que duele y enceguece, en los sueños cortos y los odios violentos. Y en lugar de agradecer, pedimos, como si ya todo no estuviera hecho y dado. Perdimos la medida (somos unos desmesurados) porque sólo tenemos miradas para nosotros y nuestras cortas razones, que no son una conciencia sino la cantidad de miedo que acumulamos. Ya no miramos el cielo, Señor D-s. Por eso no hay una estrella que guíe sino una sonda espacial que se pierde.

85. A HIRAM:
Respetado y admirado Hiram, si es que verdad usted existió. Si no, como parece más probable, asombroso Hiram. De todas maneras, el interés que me convoca es hablar de muros en este momento donde el muro que los israelíes colocan en Cisjordania causa tanto revuelo. Y como se dice que usted fue el arquitecto de Salomón y el origen del mito masón, nadie mejor para leer estas aclaraciones. Bien sabe que en el mundo han existido muros famosos, muchos de ellos objeto de turismo como la Muralla China, que comenzó en el siglo III antes de esta era y terminó en el 1700. Sus constructores, desde Qin Shi Huangdi hasta la dinastía Ming, aseguraron que era para detener los ataques de los pueblos nómades y bárbaros del Norte.

Y como sabe, Hiram, en la segunda guerra mundial fueron famosos los muros en cemento, concreto y hierro que construyeron los franceses y los alemanes para detenerse entre ellos mismos. En Francia construyeron la línea Maginot, que las Waffen SS atravesaron como si fuera papel de seda. Y en Alemania la línea Sigfrido, que fue otra caricatura de muralla. Los mismos ingleses quisieron construir un muro que detuviera submarinos y a final los rusos, en agosto de 1962 levantaron el Muro de Berlín y así la política se dividió entre buenos y malos. El caso es que en todas estas construcciones murieron miles de personas, para sumario de la historia.

Hace unos años, Hiram, los norteamericanos construyeron otro muro (que sigue en pie y más vigilado que nunca) en la frontera de México. Y éste si bien hecho, con alarmas y perros incluidos, para detener a los inmigrantes conocidos como espaldas mojadas y que el único peligro que representan es que son feos, pobres y chiquitos. De este muro nadie habla, a fin de cuentas los países desarrollados quisieran uno así. Entonces, querido Hiram, mejor se critica y llora sobre una malla que detiene terroristas, la de Cisjordania, por el simple hecho de ser israelí. Hiram, uno de sus maestros grado 33, del rito escocés, diría: Hay plomadas que más parecen globos de helio.

86. A POIROT:
Apreciado y admirado Hércules, a pesar de que usted es una invención de Agatha Christie, un personaje de novela y cuento y esto lo sitúa entre esa gente que no existe sino que se desea, para como está el mundo su presencia es de las que llamaría de primera fila. Y no porque estemos viviendo un gran espectáculo sino porque se reiría mucho con lo que pasa. Según la escritora inglesa, usted reía siempre de manera cínica, atusándose el mostacho (le moustache) y pendiente de que las puntas no hubieran caído un milímetro. Y en esa risa se habría preocupado también por el estado del vestido, la posición de las manos y haber levantado correctamente la ceja. De esa manera su risa habría tenido clase y no hubiera sido en vano. Ya se sabe: la elegancia.

Y si bien usted no fue un hombre de cabaret, como Raffles, su figura si lo era. No sé si fue intención de Agatha Christie crearle una figura muy parecida a la de un hombre de la noche y el vicio, lo que para sus investigaciones y deducciones no venía mal. A fin de cuentas un investigador privado necesita parecer un elemento extraño para ser creíble: de esa manera es factible todo lo que le pasa. Pero, querido Hércules, no me burlo de usted y sus manías, entre ellas las de mezclar el inglés con el francés belga, sino que sería muy conveniente que usted opinara sobre lo que sucede cuando a los grandes no se los investiga sino que se los deja hacer lo que les da la gana.

Esto de la investigación criminal en el mundo del cuello blanco político (Raffles lo tenía muy claro), es una situación más de novela que de prontuarios a los que se les sigue la pista. Los únicos sujetos de juicio (hayan pruebas o no) son esos vencidos que han recibido balota negra entre los suyos y ya no pueden recurrir a nadie porque sus socios han comenzado a sufrir escabrosamente de amnesia. Y este es el espectáculo, Hércules Poirot, un montón de gente (no diría que importante pero si influyente), haciendo de las suyas en el poder, la economía y la tecnociencia. Y luego creando un cabaret como el de los nazis: un sitio para olvidar tanta suciedad.

87. A SALOMÓN:
Apreciado Salomón, conocido en hebreo como mélej Shlomó y en el Islamcomo Soleymán, rey al que respetan los efrits y demás genios de la botella y de la lámpara, usted fue un rey monumentalista. La historia y la Biblia le reconocen la construcción del templo de Jerusalén, el palacio real, el terraplén y la muralla de la ciudad además de los innumerables palacios para sus mujeres que fueron setecientas como dice Moacyr Sliar, el autor de La mujer que escribió la Biblia. Esto sin entrar en chismes con lo que construyó para Melkis, la reina de Saba, mujer que lo sedujo bastante y de la que se dan datos en el Libro de los Reyes y en el Talmud. Y a esto hay que sumarle sus flotas de barcos, las enormes caravanas y las minas de Ofir.
En buena parte, la historia se escribe con monumentos, Para confirmaresto están el papa Juan XXII, Luis XIV, Felipe II, Abderramán III,Akenatón, Pericles, Augusto, el zar Pedro, Julio II etc. Ellos hicieron del monumento un símbolo de la grandeza de sus tiempos: la gran arquitectura, la cultura en su sentido más completo, la proyección del pensamiento y la inteligencia y sabiduría como resultado de lo que es el arte, la fineza y los grandes debates. Así que se puede decir, quién como Salomón (usted en representación de los grandes), sus sabios yartistas, sus jueces y juicios. Todo tan distinto a lo que sucede ahora,cuando el monumentalismo es sospechoso.
Los monumentos son importantes cuando hay gente grande en ellos, no sólo como constructores sino como habitantes y usuarios. Y aquí es donde está el quid, querido mélej Shlomó, cuando hoy asistimos a monumentalismos vanos y desmesurados, que en lugar de generar riqueza legitiman la corrupción, el desvarío y el reyezuelismo. Sólo hay que leer los periódicos para encontrarnos con la desmesura de este tercer mundo donde todo debe ser grande así lo que pongan adentro no preste ningún servicio. Es, creo yo, el resultado de la pobreza y la ignorancia, donde se cree que el tamaño resuelve lo que hace falta. Y así se legitima elestorbo.

88. A ANDRIC:
Leído y asombroso gazda Ivo, por estos días terminé de leer su novela La señorita, escrita en tiempos de miedo (1943) y en algún lugar de Belgrado que la GESTAPO, esa terrible policía de estado nazi, no logró descubrir a pesar de que contaba con el servilismo de tantos traidores. Y allí, quizás, y como dice José Antonio Marina en su Teoría de la inteligencia creadora, al referirse a la escritura y el escritor, sus dedos fueron huéspedes del caos y en ese hospedaje convivió con lo que sucedía en sus Balcanes, que ya no eran Austria-Hungría ni el imperio Otomano sino un tejido apretado de temores, podredumbres, delirios y dobles realidades. Pero, gazda Ivo, (premio Nóbel 1961) no voy a referirme a la guerra sino a la miseria espiritual.

La señorita es la historia de una usurera que después de mucho ejercicio de la oscuridad y el ahorro, logra un goce mínimo que finalmente pierde. Diría que es una santa, desde el punto de vista sartriano (leer la teoría sobre Jean Genet), consecuente con su avaricia y realizada en esa pasión desbordada de guardar, esconder, privarse del placer y pasar casi incólume por encima de lo que pasa a su alrededor. No es la caricatura de la avaricia que pintó Balzac en el Tío Goriot, sino algo más: es la miseria del querer hacer el millón invirtiendo lo mínimo, ojalá nada o tal vez su veneno contra ella misma. Es hablar poco, mirar poco, herir mucho.

Gazda Ivo Andric, utilizo el gazda (señor, en serbio) para darle el título que se merece, abundan por ahí sus señoritas, hombres y mujeres que se ahorran conocimiento, fraternidad, alegría de vivir y de esa manera se enriquecen en envidia, odio, miserabilismo y amargura. Y lo peor no es que sean lo que son, cada cual atraviesa el Drina como puede, sino esa necesidad apremiante de crearse una realidad ficticia donde su condición de señorita es lo cierto y lo de afuera es objeto de destrucción. Recuerdo a Jules Michelet, gazda Ivo, cuando en La Bruja dice: buscaban matar la naturaleza para darle muerte a la muerte. Querían una vida terrible.

89. A P. SINGER:
Leído y debatido Peter, la ética no es un asunto teórico sino práctico.Y antes que una idea es un acto y no de un uomo qualunque, vencido ysin vitalidad, que buscaría sublimar sus necesidades en una fantasía,sino de un hombre egregio, con energía y dispuesto a mejorar con cadaactividad que acomete, no porque el corazón se lo diga sino porqueentiende el mundo. En cuestiones éticas no hay iluminaciones sinoacciones.La ética, entonces, es lo que une positivamente lo que soy conaquello que me rodea o sea que es la conexión que existe entre el mundoy yo y ese mundo será tan bueno o malo como yo sea. Y en esto creo quecoincidimos: somos el cielo o el infierno, el abismo o la cima. Y así nosomos el azar sino nuestra propia construcción.
La ética, estimado Peter, la podemos entender desde el ethos,comportamiento, o la moral, costumbre buena donde no genero dolor en lootro (animales, vegetales, mundo) y en el otro, ese que es de mi propiaespecie. Así que no es un discurso sino una manera de sentirme vivo yconciente de la pluralidad y la diferencia. Así, no hay ética entreiguales sino entre diferentes y el especio ético no es el que vivo sinoel que comparto con otro distinto a mí, buscando aprender de él yencontrándome en él. Como dice usted en su libro Una vida ética, que esuna antología de sus mejores textos, si estoy en el otro comienzo a serético.Hoy sabemos, después de muchos siglos de cometer errores, que larealidad se construye mínimo entre dos (así ninguno fabula) y que nohay un hombre completo sino hombres que se complementan y crean launidad. Y como dice usted, Peter Singer, hay que dar la caradesnudándonos y no escondiéndonos, hablando de lo que hacemos y no de loque sabemos. Hay gente que sabe mucho y de nada le sirve saber porqueeso que sabe no lo hace humano. Hay mucho saber y poca inteligencia,porque de nada vale tener conocimientos si no nos sirven para vivirmejor. Y algo más triste: el conconimiento propio es vano si no mejora alos otros y se amplía en ellos.

90. PARACELSO:
Leído, estudiado a medias y a veces confuso Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, doctor en medicina, teología y utriusque iuris, además de conocedor de elfos, hadas y seres invisibles, usted fue uno de esos personajes desconcertantes y huidizos de los que habla la historia más en calidad de ficción o producto de un exceso de paranoia que de honorable ciudadano. Como pasa con el conde de Saint Germain o Ahásverush, clasifica en el desorden. Sin embargo se da por cierto que usted renovó la ciencia farmacéutica y el fue el primer profesor universitario que dejó el latín para comenzar a dictar sus clases en alemán, lo que incrementó el número de alumnos y el de colegas abochornados por su acción antiacadémica. ¡Vae victis!.

De usted, Aureolus Theophrastus, han dicho que fue un medico genial y erudito, un charlatán ignorante y vendedor de pócimas, un astrólogo, un pactante con el diablo y hasta un hijo de la simiente podrida de Asmodeo, o sea una mezcla de íncubo y religiosa, pero lo cierto es que sus teorías fueron las bases para el racionalismo de la ilustración (el mismo Kant bebió de sus fuentes) y la medicina experimental moderna. Su único pecado fue la diferencia, el no vivir en el mundo extrañamente feliz de los clones ni en el espacio de los amaestrados, como ahora tanto se predica. Usted, fue un buscador, un criador de preguntas, un hombre del Renacimiento.

Pero, y en los peros es donde está la desgracia del siglo, al final lo clasificaron a usted, Bombastus Paracelsus, como un desquiciado, uno de esos personajes buenos para una fiesta de locos que al fin se volvió místico para que al menos D-s lo entendiera. Es que para esos días (siglo 16), como pasa igual hoy, política y crecimiento personal (ficción, egoísmo y narcisismo), cortesanía y canallada, el poder se legitimaba en el conocimiento mínimo y torcido de la ignorancia titulada, de esa que delira frente a los espejos, miente y traiciona. La inteligencia es un imperativo categórico, como diría Kant, un hecho moral digno de ser imitado. Pero, si no viene ab ovo.

91. A OKAKURA
Admirado y asombroso Kakuso, abunda en su nombre la letra K y no sé si esto sea una señal. Para lo que me propongo, supongo que si, porque en hebreo tradición se manifiesta en la palabra Kabaláh y la letra inicial, la ka (kof), tiene un valor de cien, lo que indica uno entre los mundos, lo que legitima ya (o prefigura) el monoteísmo. Y si bien usted no es judío sino japonés (o sea politeísta), para el efecto da lo mismo: el hombre es por la conexión lógica con las personas y cosas que tenga en su entorno. Pero no en la condición de tener sino de entender. Y el entendimiento es la revelación, la iluminación, el hacer que un saber tenga sentido con relación al otro. Hay gente que sabe pero no está iluminada, o sea, carece de entendimiento.

En El libro del té, texto suyo Kakuso, usted plantea tres cosas: 1. Lo importante no son las grandes cosas sino las pequeñas. Estas son más abundantes y variadas y por ello proporcionan mayor conocimiento y a la vez más mundo. 2. Más importante que enseñar es aprender, de aquí que el mejor maestro es el que está estudiando, aprendiendo de sus errores y de las mejoras de sus aciertos. 3. La delicadeza y el ritual son la base de la vida. Y la vida es con los demás y no con uno mismo, es decir, está en el espacio público y no en el privado. Se vive allí donde hay tradición y movimiento. Perdida la tradición, se pierde lo que da el sentido.

¿Y dónde está la importancia de esa tradición? En algo tan simple como el ritual del té, donde hay color, encuentro, delicadeza, arte, coloquio y al final rememoración del arbusto del tay (de donde viene tee), que tiene raíces abiertas, tronco fuerte, hojas finas y da sombra fresca al que descansa. Y esas hojas son como Mil grullas, la novela de Yasunari Kawabata, donde la vida fluye a partir de una mancha negra que rodea un seno. Porque todo es un renacer, Kakuso Okakura. Pero hoy pocas cosas renacen y entonces el tiempo deja de tener sentido para convertirse en una línea donde no hay descanso ni ritual ni delicadeza. Sólo gente que se evade.

92. A NEWTON
Admirado y asombroso Isaac, además de sus escritos sobre las leyes de la gravitación y las matemáticas, sus aciertos en torno a la física y los daños que se hizo en los ojos hundiendo en ellos una aguja para presionar el globo ocular y así entender más sobre el funcionamiento de la luz y los colores, hay en usted algo más maravilloso y es su maleta. De este artilugio, llamado en griego moderno balicha, que se escondió por tanto tiempo para no desacreditarlo, da razón Peter Fischer en el libro La otra cultura. Y no como una curiosidad o parte de su vestuario y bienes móviles sino como el real sentido de sus búsquedas: siempre hay algo más.

En su maleta, querido Isaac, había apuntes sobre alquimia y teología. Y no meras reflexiones o notas burlonas sino teorías enteras, cojas e incoherentes en muchos puntos, pero no por esto menos maravillosas, en las que usted trató de encontrar una respuesta a las transmutaciones y al sentido de D-s en el universo. Siendo usted un científico, un hombre cerebral, también se dejó llevar por lo que presuntamente no tenía razón o era casi una locura (los procesos alquímicos) o le faltaba más contenido racional (como en el caso de D-s para ser mejor entendido). En otras palabras, la ciencia positiva (comprobada) no le impidió sentirse confuso.

Hoy vivimos las épocas de las precisiones y el desprecio por todo aquello que no es gestionable. Y asumimos la exactitud como una verdad, viviendo así en círculos más estrechos donde la certeza (la pequeña porción que tenemos) la damos como un todo y un único. Y aquí es donde nos ahogamos, Isaac Newton, porque trabajamos sin sueños y bajo dosis intensas de intolerancia. Buscamos respuestas fijas y computables y dejamos a un lado la imaginación y lo que Umberto Eco llamó el pensamiento laberíntico, ese que no está codificado pero que sigue siendo asombroso porque nos dice que falta mucho para entender la certeza de algo.

93. A CONRAD:
Leído y releído, Joseph, vivimos tiempos explosivos y terroristas. Y si bien las explosiones y las masacres no son novedad en la historia de occidente, donde la constante ha sido el miedo y el terror, si asustan más las de hoy debido a la magnitud de los hechos y al ruido que hace la información y la manipulación de ésta. O sea, Joseph, que no sólo asistimos al horror sino a la incertidumbre. Usted, que fue marinero y polaco (luego se hizo británico y escribió en inglés), sabe qué son estas dos palabras. De hecho las aplicó muy bien en su libro El agente secreto, quizás la mejor reflexión literaria sobre el mundo de los terroristas (los de bomba y los de información) y las estrategias que usan para que a todos se nos encoja el estómago.

Albert Camus escribió una obra de teatro titulada Los justos en la que también aborda el tema del terrorismo y la anarquía, filosofando sobre los criterios que asisten a quien ejecuta un acto terrorista. Pero este escritor argelino se queda de un lado (el existencialista), lo que no sucede con usted, Joseph, que profundiza en los intereses de la víctima y el victimario, haciendo que uno y el otro se necesiten para confluir en un punto común: el uso desmesurado del poder y la desinformación, lo que permite la caza de brujas y la creación neurótica de chivos emisarios y, a la vez, la propagación de víctimas a las que se les permite una exagerada autocompasión.

El acto terrorista, desde el siglo XIX, se usa para hacer propaganda y esconder muchos errores cometidos y, paralelamente, permite y legitima la represión del Estado, que aprovecha el hecho para irse contra sus enemigos naturales y dar justificación a sus paranoias. Querido Joseph Conrad, vivimos en El corazón de las tinieblas, donde uno usa el terror y el otro lo aprovecha. Y así el hecho demencial (la gran explosión sufrida) se usa para generar más terror, que es lo que busca el terrorista: que la víctima se convierta en victimario. Y, como dice George Steiner, la venganza y el odio a la humanidad nos hacen los seres más peligrosos de todos.

94. A KANT
Leído, estudiado y a veces confuso Inmanuel. Quizás por culpa de los traductores o debido a las correcciones que tantas veces hizo usted a su obra o porque cuando entraba en cuestiones teológicas y políticas se enredaba como cualquiera que pise esos asuntos donde el umbral entre ficción y realidad es engañador, movedizo y traicionero, usted no es fácil de entender al primero y segundo golpe. Como pide el Antiguo Testamento (kadosh, kadosh, kadosh), hay que intentarlo a partir de la tercera vez y ahí ya comienzan a clarear sus tesis, para beneficio del lector y grandeza suya. Así que esa confusión previa, como el caos que antecede al orden, como los golpes que afinan el acero, es el elemento necesario para valorar su propuesta.

Pero su confusión a priori no viene al cuento. Lo que me interesa ahora, en estos tiempos torcidos, es aquello de los imperativos categóricos, su ley moral exacta, que Ernst Cassirer, en el libro Kant, vida y obra, interpreta como obligaciones morales inalienables e inevitables, es decir, como principios básicos que justifican el estar ordenadamente vivo dentro de sí y en calidad de modelo moral para los otros. Como dice usted, Inmanuel, el criterio moral debe imponerse sobre la acción así como la razón debe estar por encima de la voluntad de una forma incondicional y necesaria, dejando de lado cualquier deseo meramente subjetivo.

Pero, por lo visto, sobre todo en política y economía, ya no se expresan los deberes que han de cumplirse por sí mismos (eso que no agrede ni me agrede) sin buscar otra finalidad que sentirse bien moralmente. En lo que vemos y oímos, no existe esa ley de la razón práctica que prescribe que, antes que algo concreto que hacer, es más importante la manera y la forma de actuar. Inmanuel Kant, ya se ven pocos hombres-reloj como usted. Su ética, este sentirse necesariamente bien para hacer algo, es más un rey de burlas. La paranoia, los sicópatas, el miedo terrible, están haciendo perder el más grande de los dones: saberme bueno porque estoy en orden.

95. A HEMINGWAY:
Leído y releído Ernest, he vuelto de nuevo a su libro Las verdes colinas de África, ese texto maravilloso que es una historia cierta presentada como una novela. Y al leerlo otra vez, he recordado el país en que vivo. Y esto que parece un absurdo, pues cómo recordar algo estando en él, no lo es tanto. En este país de propaganda reeleccionista, impuestos alarmantes, caos legislativo y carencia casi absoluta de pasado, porque aquí se evita la historia y así todo se da por generación espontánea, uno vive y no vive, o sea, que está en estado gaseoso y la realidad nacional, viejo truco politiquero, es un yo-yo que se mueve torpe entre las ramas de una gran selva. Pero no como la que usted narra, sino que más parece una mala lujuria.

El matarratón, como supongo que usted supo en Cuba, es yerba mala que se usa como cercado. Y que aquí se multiplica acabando con las especies y obedeciendo a los dictados de asesores internacionales, traficantes de teorías en inglés (en slam) y manuales de obediencia ciega (o de political faith, como sería el real término). Y entonces, frente a la nueva fauna, ya no hay selva, ni colinas ni llanuras sino un desfile de gente que miente, oye voces y tiene revelaciones mientras se mueve obedeciendo y cumpliendo normas de algo aparece como el evaluador y que no se sabe qué lo acredita para evaluar. Digamos que es un robot armado.

En su libro, Las verdes colinas de África, se cuenta la historia de una búsqueda. Y en el país que ahora recuerdo, se debe contar la historia de una pérdida. Y eso que se pierde es la moral y la dignidad. Y como ya no hay verde (a excepción de los que se matan uniformados), la desesperanza crece y en esta confusión comienza el descreimiento. Usted al menos, Ernest Hemingway, creía en un pez grande que, aunque devorado por los tiburones, podía certificar su esqueleto. Yo, cuando recuerdo el país en que vivo, que nunca ha sido el que me enseñaron, encuentro que ya no hay ni huesos. Sólo una palabrería que crece como el gran Burundú-Burundá.

96. A CERVANTES:
Leído y repasado don Miguel, tiene usted sus aires para mantenerse vigente y, como dice mi mamá, se lo ve con ánimos (como si conservara aún esa novia nueva, joven y criadora de gallinas) y sin necesidad de tinturas ni aguas ferrosas. Pero no voy a tratar sobre posibilidades de momificación ni procesos criogénicos, sino acerca del lenguaje. Y éste, como sostiene Wittgenstein, no es sólo una serie de sonidos tejidos para expresar ideas simples o complejas sino también el medio para determinar la extensión del mundo. Hoy sabemos que el habla es la que establece el tamaño de los espacios donde nos movemos y, de acuerdo a los nombres y definiciones que sepamos, así son de amplios o de estrechos. Es que si hay palabras hay cosas, como decía Filón.

La sociedad moderna (en el caso de que estas dos palabras todavía existan), se caracteriza por la carencia de palabras y la abundancia de ruidos y onomatopeyas, lo que ha hecho del oído y del yunque unos sitios donde rebota lo que llega y así se llena el cerebro de desperdicios. Y es que no se piensa como debiera porque se lee poco y se habla mal. Y algo más atroz: en lugar de hablar correctamente se usan palabras multiusos, gestos repetidos y caras de amenaza. O sea que ya no nos expresamos sino que nos agredimos y en esa agresión construimos mundos ínfimos, donde no hay paisajes sino muros y en los que la palabra se convierte en un martillazo.

Don Quijote es un espacio amplio porque habla, recomienda, sueña, reflexiona y hace de la locura un territorio confiable. No es un loco peligroso sino un loco sabio, o sea que es al revés de lo que pasa ahora. Y en las palabras que dice, que van en orden y en crescendo, aparecen las posibilidades. Pero ya no se habla para crecer, don Miguel de Cervantes Saavedra, sino para abrirse camino, como si la boca fuera un pito. Y en esos alaridos, chillidos y pitazos, lucimos la ignorancia y, como consecuencia, la ceguera. No sé que diría Sancho de esto, pero lo supongo: es que donde ya ni se silba cómo se va a aprender a volar y a poner huevos.

97. A DALI:
Visto, leído y asombroso Salvador, por estos días usted está de aniversario, hecho este que seguro despreciaría porque uno no debe ser recordado por fechas (generadas por el azar) sino por las obras o, como en el caso de los griegos, por florecimiento. Se florecía cuando uno era reconocido, es decir, al momento en que las construcciones del sujeto comenzaban a ser importantes para la comunidad y la ciudad. Pero no le voy a hablar de florecimientos, palabra ésta que admite interpretaciones cubistas y surrealistas, sino de percepciones de la realidad en un momento en que los derechos humanos están torcidos y en proceso de desleírse, como sus famosos relojes, querido Salvador. Es que cuando los buenos resultan ser los malos, los valores se invierten.

Billy Wilder, refiriéndose a Marilyn Monroe, decía: Ella es un infierno, pero vale la pena. Y de esta manera catalogaba una inversión en la percepción de la realidad. Igual que en sus cuadros y bigotes, querido Salvador, donde las cosas existen pero de otra manera y a partir de ahí el mundo deja de ser en su manera clásica para ser entendido desde otras formas, estas más delirantes y con una dosis grande de revés. Recuerdo su cuadro de Gala seducida por el cisne donde usted sería Zeus y ella lo que es y no es. También me viene a la memoria el cráneo de un novillo en medio de un desierto que se mueve y que, bajo la otra realidad, ya no es una extensión desértica sino un aire contaminado y esos huesos no están muertos sino vivos.

Querido Salvador Dalí, dicen que a usted se debe ese ojo cortado que aparece en El perro Andaluz, aunque otros se lo dan a Luis Buñuel que también tenía un ojo malo, pero importa poco de quién sea el ojo, lo que interesa es que por un ojo así, surrealista, nos están tratando de mostrar la realidad, la historia y los acontecimientos políticos. O sea que ya no es lo que vemos sino lo que la propaganda quiere que veamos. Y el mudo entonces cambia, se disuelve y ahí aparece usted como profeta de estos tiempos donde los buenos que son malos se ven ya como unos santos.

98. A MOMO:
Querido, divertido y bailarín rey del carnaval, las trompetas suenan y se levanta la copa en honor a lo que sea. Y si no hay copa, entonces la celebración se hace encendiendo los televisores en la madrugada La magia de las fiestas báquicas (que podrían ser bacanales, carnestolendas o meros exorcismos a la figura del diablo) no es otra cosa que darle valor a sueños, deseos y escapes. Y salir a lucirlos durante determinado tiempo para que la vida no sea tan dura o tan seria. Sabemos querido rey que es necesario sublimar miedos y desviar la atención de aquello que atormenta. Desde los griegos y los sumerios, con sus desbordes y desmedros, lo tenemos claro: hay que darle valor a los mínimos para, por un momento, sentirnos ricos y libres.

Por estos días, querido rey del carnaval, los príncipes se casan con plebeyas y estas noticias incrementan lo dionisiaco que pregonaba Nietzsche : al desorden natural propiciado por la mentira legitimada y las excusas inexcusables de guerras que son infiernos, se le agrega ahora las fiestas de matrimonio de las casas reales en las que algo sin valor de uso (un príncipe bien peinado unido a una mujer del común que luego será una reina de naipe), también hace su reality, que es corto pero tiene la misma intención de esos otros shows en los que unos que posan de aventureros se cuecen al sol y compiten con los peces: seguir con un carnaval ficticio.

Y no es malo, querido rey Momo, que haya fiesta y alienación. A fin de cuentas la realidad, como evidencia, es algo de lo cual hay que escapar cada tanto. Pero, amable rey del carnaval y la fiesta de locos (en la edad media se la llamaba de tontos y burros), lo triste de esto es que nos estamos divirtiendo con ser meros espectadores. Miramos la fiesta, vemos lo que hacen otros, y participamos como fantasmas pasivos, pobres y excluidos. Ni siquiera como el Vadinho de Doña Flor y sus dos maridos, que al menos le sacó partido al estar muerto. Estamos peor: asistiendo a fiestas ajenas en calidad de voyeurs, logrando así los placeres tristes del que está abandonado.

99. A POLIFEMO:
Recordado, mítico y mal herido cíclope, vivimos tiempos de un solo ojo. Pero no de un ojo como el suyo, que le valió para transitar por el mito griego y los viajes de Simbad, mirar el paisaje marino sembrado de trirremes con suculentos marinos a bordo y cuidar de las ovejas que pastaban en su isla hasta que Ulises le quemó el ojo (otras versiones aseguran que hubo más mala leche y se lo atravesó con una estaca que tenía brea encendida en la punta). Un ojo así, de esa calidad y propio de un gaviero, ya no existe. Hablo entonces del ojo solo de nuestros gobernantes, asesores y tanta del común que no sólo tiene un ojo sino una oreja, una mano, un pie, la lengua alborotada y quizás un solo hueco en la nariz. Y mejor no seguir con el inventario.

Cuando yo era un muchachito conocí una versión de D-s representada por un ojo metido dentro de un triángulo. Ya mayor, supe que D-s no mira a nadie, que sólo está presente de manera inefable (sin posibilidad de definición), quizás riéndose de la gente de un ojo, a la cual los alemanes le inventaron el monóculo. Pero esta lente no le sirve a nuestros mono-ójicos que sólo ven en una dirección, oyen una sola cosa y dan (regalan) la única mano mientras se sostienen en un sólo pie. Y así, alucinando, opinan y venden el país en nombre de tratados abusivos que, vistos desde esa única visión, se promueven como maravillosos y no como realmente son: saqueo de recursos naturales.

Por los tiempos de la colonia hubo un tal Juan de la Cosa al que le faltaba una prenda de cada dos. Dice la historia que este señor defendió a Cartagena de ser saqueada por otros piratas como él (o sea que defendió el botín). Y don Juan, como usted Polifemo, tenía un ojo. Es posible que de él desciendan nuestros cíclopes locales, que sólo ven sus intereses, no sueltan lo que tocan y saltan en el mismo punto. Y la oreja, supongo, se les llena de pelos y cera para no escuchar. Pero, bueno, vivimos tiempos de un solo ojo, un pensamiento único legal y un modelo democrático esencial: obedecer para que no nos pase lo de Irak. Vea Ud.

100. A MORAVIA:
Querido, releído y todavía asombroso Alberto. He vuelto a mirar su libro El conformista y, a consecuencia de ello, he recuperado conceptos como spleen y ennui, que tienen que ver con el tedio, el vago esperar y, en términos de George Steiner, grisáceo desfallecimiento (posible fantasma, humor violento). Y con estos conceptos, también, una frase de Teóphile Gautier, citada por Steiner en En el Castillo de Barba azul: plutôt la barbarie que l’ennui (antes la barbarie que el tedio) Y bueno, a pesar de que los conceptos y la frase pertenecen al siglo XIX, me puedo hacer a una idea de tantas cosas que pasan y nos llegan, como dice Eduardo Galeano, desde un televisor que muestra un televisor y éste a otro y así, como en un infinito juego de espejos reflejados.

El conformismo no consiste en aceptar lo que sucede sino en dejarse deglutir lentamente, por esto que pasa, sin protestar ni emitir un quejido. Hay mucho de masoquismo en esto y, al mismo tiempo de impotencia, pereza y vencimiento. Pero también de barbarie, porque no responder a lo que hay, dejando que las cosas sigan como van (por lo común por fuera del curso que deberían llevar), es una acción que coloca a la docta ignorancia (al no querer ver) por encima de la evidencia; es un acto bárbaro, es decir, destructivo. Y en esto de destrucciones (autodestrucciones), usted Alberto planteó muchas cosas en La romana, La campesina y Dos.

En un mundo televisivo como el que nos asiste, donde se cumple lo de Gautier, el tedio del conformista, que está cansado y hace gala de un humor violento, es reemplazado por una inmensa carga de barbarie, venga esta de guerras, realities, mentiras, alienaciones, espacios light o grandes ignorantes que, mediatizados, esparcen su simiente vacía sobre millones de espectadores que admiten como certeza el abismo que se les plantea. Como ve, Alberto Moravia, seguimos en un delirante estado de posguerra y neorrealismo, pero no para reconstruir sino para seguir destruyéndonos. Quizás esto se deba al tedio (spleen, ennui) que proporciona el cansancio.

101. A SCHOPENHAUER:
Estimado, leído y a veces asustador Arthur. Por estos días he releído su libro sobre Arte del buen vivir, en especial el capítulo II que habla De lo que uno es. Y en este punto usted, un filósofo pesimista y en ocasiones misógino terrible, establece que la condición humana es siempre algo más de lo que parece. O sea que no se queda en la percepción sino que va más allá (para su tiempo esto era filosofía y hoy es psicología, es decir, antes se pensaba que era así y hoy ya sabemos que ciertamente lo es) porque hay algo que está por encima de la realidad. Y ¿qué es esto que uno es? Según usted y Carlos Gustavo Jung, que estudió bastante sus libros, uno no es lo que representa ni lo que le ha sucedido, sino la manera de sentir las cosas.

Y en esto de sentir, es decir de interpretar como actor o simple espectador, la realidad básica cambia y hasta se confunde con esa otra creada por el deseo (que es la fuente de la mentira), determinando entonces que no soy lo que fui o soy sino lo que quiero ser en el momento. Vistas así las cosas, es muy difícil, entonces, saber quién es quién. Por ejemplo, veamos el caso de Saddam y Bush que ahora se enfrentan, cada uno definiéndose por lo que siente y estableciendo principios de realidad desde ese sentir. Querido Arthur, no es fácil un juicio así, porque (desde el sentir) lo que se haga siempre será una injusticia para el contrario. Es cuestión de narcisismo.

Para los días que vivimos, cuando las realidades sentidas (confusas y psicópatas) se enfrentan, la certidumbre de algo deja su carácter objetivo y, como usted bien explica, se asume lo subjetivo, esto que está regido por el deseo producido por el sentir, y así toda certeza es un yo herido donde no hay pasado ni futuro sino un presente condicionado por lo que quiero ser. Como ve, Arthur Schopenhauer, su pesimismo se justifica: mientras el valor máximo se lo demos a lo que sentimos (lo que legitima el estado de naturaleza), dejando a la razón como espectadora, el mundo no es lo que es sino un juego de interpretaciones emocionales. Y así perdemos todos.

102. A RAFAEL:
Querido y muy admirado Rafael (llamado Rafaello Sanzio), es usted famoso por sus madonas y en especial por su Madona Sextina, de la que se desprenden todas las demás imágenes clásicas de la Virgen. Y también su fama se debe a que en sus pinturas se ven el color y la elegancia que se mezclan con el mito y la creencia. En su obra no se ve el dolor que se nota en las pinturas de Leonardo ni los demonios que asistieron a Miguel Ángel. Pero no voy a hablar de lo que usted representó para el arte sino de su relación (factible) con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda. Usted, Rafael, como dice Vasari, se entregó de tal manera a los placeres amorosos hasta que, a los 37 años, murió extenuado.

Morir de amor es cosa que ve se poco en nuestros días, en el sentido que el Romanticismo le dio a esta necesidad de ser querido y puesto en un pedestal de mármol. Pero abunda si asumimos esa muerte de amor de acuerdo con la vida posmoderna y apocalíptica, en que ya la morte d’amore no es cuestión de un corazón solitario o ausente sino de sistema de inmunológico. Yo creo que a usted le sucedió algo de esto último y que de nada le valió llamarse Rafael (que quiere decir medicina de D-s) como el arcángel que venció al demonio. A usted, querido amigo, le sale más aquello de una canción desesperada: En tí se acumularon las guerras y los vuelos…

En el Renacimiento (palabra que se le otorga a Vasari y Sandro Botticelli) hubo dos clases de amor: uno en el que el ser amado es burlado por cupido, lo que lleva a pensar en la Beatrice de Dante. Y otro más voraz y peligroso como el que se canta en los poemas eróticos de Pietro Aretino, que traían sus debidas ilustraciones. Este último tipo de amor fue el que le comió la sangre, querido Rafael. Y aquí es donde aparece Neruda de nuevo, pero no cantándole a los enamorados sino protestando contra la imaginería del capitalismo que todo lo convierte en un objeto de consumo, incluso el amor. Entonces nos morimos de extenuación, aunque la palabra es muy bella.

103. A MOORE:
Querido, varias veces visto y asustador Mike, hay cosas que ya el terrorismo ha logrado: sentir miedo todo el tiempo y, en este sentimiento, desarrollar toda clase de paranoias y tendencias a la destrucción, sea del otro o de nosotros mismos. El miedo es una industria próspera, como dice Eduardo Galeano y este ítem (el miedo) es agenda permanente en cuestiones de Estado y asuntos privados. Y a la vez es un fantasma, porque sentimos miedo pero no sabemos dónde está ese miedo y entonces el terror (proveniente de cualquier tipo de grupo escondido, sea económico, de salud o armado) fomenta todo tipo de desmesuras e irracionalidades. Igual en las fortalezas de Amberes, de las que habla W. G. Sebald en Austerlitz, nos armamos y somos burlados.

En documentales como Fahrenheit 9/11 (sobre la neurosis Bush) o Roger &me (la pobreza y la violencia que aparecen cuando se cierran las fábricas), usted, Mike, descubre las raíces del miedo en los Estados Unidos, el país que más temor siente porque, volviendo a las fortalezas de Amberes que menciona Sebald, es el centro que más tienta a los que quieren hacer daño. Y, a la vez, donde más miedo se cría porque la magnitud de la obra de defensa hace prever todo tipo de enemigos terribles. Y si a esto se le agregan reality shows (donde lo único que queda es el cuerpo), la presencia del Big Brother que todo lo vigila y películas de ficción promocionando destrucción…

No sé si usted sea un manipulador de información o un paranoico más, Mike (Michael) Moore o un poseedor de la última verdad. Lo cierto es que sus documentales, al contrario de los de Eisenstein en México insurgente, Capra en las invasiones por mar en la II Guerra Mundial, Riefenstahl alabando la Alemania olímpica y nazi, Welles en el Brasil del carnaval (donde se alentaba a la victoria y la alegría), muestran la derrota programada y la estrellada del imperio. Y el miedo a estar vivos en un planeta donde hay más rifles que palabras, más bombas que vacunas y más gente desesperada que dispuesta ayudar. Mike, ¿existe también spiderman?.

104. A MATUSALÉN:
Querido y casi conocido personalmente, Matusalén. Digo esto porque, con los años que usted vivió, 969, y siendo hijo de un padre (Enoch) que no murió sino que subió al cielo, si hubiera nacido en la Edad Media es posible que lo hubiéramos visto en alguna foto de prensa o en algún documental de la National Geographic. Pero de usted se habla sólo en el Génesis y en unos días en que apenas si había algunos grabados de piedra. Y en los que la gente duraba mucho, no se sabe si porque comían de todo y estaban lejos de ser presionados por exámenes médicos, cursos de pre-jubilación, pensiones insuficientes y noticias permanentes sobre el fin del mundo. Sus tiempos, querido Matusalén todavía estaban limpios.

Lo que yo me pregunto de usted, es cómo habría sido tildado hoy en día por ser un judío de tanta edad. Quizás la ONU dictara una resolución invitándolo a morir y a no seguir dando el mal ejemplo de no haberse dejado matar mientras estuvo despierto y dormido. Porque, esas pieles que usted mantenía en el cuerpo amigo Matusalén, de las que habla Isaac Bashevis Singer en un cuento maravilloso, detuvieron al Ángel de la muerte miles de veces, o sea que le sirvieron de muro. Y esto, protegerse contra los que me niegan el derecho a estar vivo, sería ahora un crimen. Entre más se vive, más se aprende, de esto supo usted demasiado. Los suyos fueron 969 años lunares vividos.

Pero hay algo peor en nuestro mundo: si denuncias que te quieren matar, también es malo hacerlo. El llamado de Sharón a los judíos franceses de venirse a Israel para estar seguros, ha molestado bastante. Y ha molestado porque ha puesto en evidencia que ser judío en Europa es un peligro y que para el judío el lema de libertad, igualdad y fraternidad es una frase que lo excluye. Ya decía Hannah Arendt, lo único que defendería a los judíos sería un ejército judío. Arthur Miller, en su libro de memorias, Vueltas al tiempo, lo tiene claro. Así que querido amigo Matusalén, fue una suerte para usted vivir en los tiempos del Génesis. Allí la vida todavía era algo asombroso.

105. A LEÓN M.:
Querido León (mein lieber Freund), utilizo la expresión en alemán para dirigirme a vos porque esas tres palabras entrañan un sentido muy profundo cuando se trata de identificar a alguien que es confiable para uno y así, en la seguridad de que el otro (en este caso, vos) es un espacio seguro, me alegra o me duele lo que a vos te alegra o te duele. Mein lieber Freund (mi querido y preferido amigo) tiene un posesivo, un adjetivo que compromete y la palabra amigo (Freund), el sustantivo, escrito con mayúscula. Creo que sin esta clave (la mayúscula) la amistad no tiene sentido. Entonces debo comenzar diciendo mein lieber Freund, León, estoy con vos en la vida que es la única certidumbre que nos permite identificarnos y admitirnos.

Cuando Antoine de Saint Exúpery comienza El principito, dedica la obra a León Werth, recordándole precisamente la vida en términos de infancia y de madurez, o sea, como un recorrido inevitable dónde lo único posible de construir con dignidad es la amistad, ese lugar donde uno es de la misma especie que el otro y por eso puede decir y hacer lo que siente sin temor a ser rechazado o agredido. Esto es difícil de entender en un mundo donde los amigos son tan escasos como los diamantes negros. Y en el que hablar de la vida como único recurso es casi un sinónimo de tontería. Sin embargo, lieber Freund León, hay que apuntarle a eso: a que estamos vivos.

A mi me da miedo dar pésames, León M. Es que me invade una gran tristeza. Entonces los evito o los hago tardíos. O como dice Thomas Bernhard, en El sobrino de Wittgenstein, me hago a la idea de que no hay tumbas sino más bien un sitio de reunión donde alguien me espera para darme un abrazo. Pero todavía no voy porque quiero llegar con un abrazo más fuerte. Le huyo a los pésames, mein lieber Freund, pero al cabo los doy. Cosas así las entiende un amigo, ese que es como yo quiero ser y, en palabras de Hörderlin, me asegura el entendimiento, la comprensión y la belleza que contiene esa realidad que es el mundo y el tiempo: las Hayyot de Maimónides.

106. A GRAVES:
Querido, leído, discutido y asombroso amigo Robert, vuelve el mundo griego a estar en la opinión pública. Y se da la floración. Recuerdo que entre los griegos clásicos nadie tenía una fecha de nacimiento sino de florecimiento, es decir, de aparición en la comunidad a partir de hechos concretos realizados que les permitieran iniciarse como un modelo moral. Así, Sócrates florece con sus primeras discusiones filosóficas y Aristóteles con sus propuestas lógicas. Este florecimiento permitía el ingreso a la historia, a la tradición oral y al inconsciente colectivo. Por esta razón, quizás, Diógenes Laercio escribió La historia de los filósofos ilustres algunos siglos después de que éstos habían muerto. Es que se florecía para vivir en la memoria del pueblo.

Usted Robert, que escribió tanto sobre el mito y la esencia del mediterráneo (La hija de Homero, Los mitos griegos, Los mitos hebreos etc.), descubre que uno de los momentos más importantes para los florecimientos fueron las olimpiadas, estos juegos donde el cuerpo y la mente se manifestaban en toda su plenitud y potencia para que los dioses se disputaran a los mejores hombres y de allí nacieran después héroes y semidioses. O algo más importante aún, La Paideia, esto que es la cultura, no como un Volkgeist (alma popular) sino en calidad de una mejora a las costumbres y al desarrollo del pensamiento. En términos de Alain Finkielkraut, un avance.

Usted Robert Graves, que antes que inglés más pareció una versión buena de Leviatán, descubre que existe algo muy importante en las culturas y es el uso y el abuso del Soma, aquel vapor o elemento comible a través del cual el hombre entraba en contacto con la divinidad. Esa era la base de los misterios Eleusinos donde el único macho presente fue Dionisos. Claro que el Soma moderno no es para entender la inmensidad sino que sirve para agrandar la propaganda, adormecer con exceso de información y cubrir errores políticos. Esperemos, querido amigo Robert, que estas olimpiadas nos crezcan y no sean sólo una estrategia para vender zapatos tenis.

107. A MIDAS:
Conocido y mitológico rey, los tiempos de aquello que se tocaba y se convertía en oro, como dice su mito, ya no existen ni siquiera a nivel de fantasía. Y es que ahora la imaginación no da para eso en un mundo en el que, para la mayoría, deber y convivir con la pobreza (o algo peor, con el miedo a ser más pobre) es una constante, una obligación comercial y una condición ciudadana. Y no es que el hombre se haya enseñado a deber dinero o a carecer de conocimientos amplios sino que el sistema económico y político lo ha obligado a caer en esta situación infame. Y así, Midas, lo que toca el sistema en lugar de convertirlo en riqueza lo transforma en peores niveles de vida. Hablaríamos, entonces, de un sistema que contagia, enferma y, si es del caso, mata.

En América Latina, donde el fracaso es una constante (he ahí una razón fundamental de la violencia y de las trovas), los sistemas políticos (todos en un congelado estado de subdesarrollo) se encargan de empobrecer sistemática y violentamente (a punta de alcabala) a sus ciudadanos, tanto económica, saludable como mentalmente. Es que si no hay futuro se piensa mal, crecen las psicopatologías y abundan los iluminados. Eso del talento en la pobreza, como soñaban los románticos, ya no lo creen ni los que persisten en encontrar en las doctrinas del Buda la manera secreta de respirar para obtener vitaminas y proteínas del aire y la energía de la tierra.

Cuando el sistema toca lo que queda (porque no se detiene ni ante los restos) y en ese toque máfico genera desespero, los deberes y los derechos humanos desaparecen, se alienta a la subversión y se legitiman todas las formas de corrupción. Nunca ha estado la solución en quitar sino en gobernar, pero el gobierno, como la ética, sólo funciona cuando las necesidades básicas están cubiertas. Es interesante, rey Midas, esto de tocar para transformar. Pero en nuestro medio es terrible, porque el toque, como el de los malos futbolistas, produce goles en contra, silbidos desde la tribuna y una creciente desobediencia. Y no es cosa del diablo, que quede claro.

108. A FLAMEL:
Por estos días de transmutaciones inverosímiles, recordado Nicolás. Fue usted un gran alquimista, autor de varios textos crípticos sobre lo impuro y lo puro y santón venerado en Praga, donde los de su oficio (transmutadores del plomo en oro) llegaron a tener su propia calle. Se dice que los humores del plomo, que son tan venenosos como los del mercurio y el cobre, hicieron de ese sitio un lugar habitado por gente amarilla y seca. Kubin, el gran dibujante checo, dejó un buen testimonio de lo que allí pasó. Kafka también contó algo. Pero no trataré sobre esta calle de alquimistas convertida hoy en un mero paseo de turistas. No, mi intención es hablar un poco de la Al-Kimiya o Negro del Nilo (alquimia), actividad que vuelve a ganar prestigio.

Se dice que usted, Nicolás, aprendió el oficio de Abraham el judío, un excluido español, quien le enseñó los secretos de la transmutación y todo lo concerniente al uso de retortas, opus nigrum y huevos filosofales. Y que luego de enseñar lo que sabía, desapareció misteriosamente, dejando todo ese conocimiento mágico en poder suyo, Nicolás. Pero algo faltó o usted no entendió bien, porque esto de convertir lo malo en bueno o lo negro en blanco no le fue posible hacerlo. De sus luchas contra el espíritu de las cosas quedó su laboratorio, muy bien narrado por Victor Hugo en Nuestra Señora de París. Y también su leyenda y locura, seguro por esos humos envenenados.

La alquimia se actualiza en el siglo XX a través del libro las Moradas filosófales, de un tal Fulcanelli (hasta ahora imposible de ubicar). Y la practican los nazis y los estalinistas, los ingleses y los franceses buscando fondos para sostener la guerra. Pero falta el spírit, elemento del que habla Tomas de Aquino, en un pequeño libro también dedicado a estas artes. Sin embargo, la derrota no vence a los iniciados. Hoy, Nicolás Flamel, sus seguidores convierten mentiras en verdades, transmutan lo absurdo en certidumbre y el desahogo neurótico en arte. Y así relegitiman esta alquimia primitiva. Es parece que funciona a pesar de tanto humo venenoso.

109. A AMADO:
Leído, comentado y muy latinoamericano, Jorge. La magia y la santería, el behaviorismo y la ortodoxia son palabras de aplicación muy actual. Y no sé si las razones de esta pertinencia sean el fracaso de la sociedad, que en lugar de ser un espacio seguro se ha convertido en un sitio de competencia (de individuos solos que tratan de no dejarse bajar de la cinta transportadora), el caos en el sistema democrático, en el que la idea de libertad legitima la corrupción, o la simple educación que no crea ciudadanos sino mercancía humana y produce gente que se preparara para ser comprada de acuerdo con leyes de oferta y demanda. O para venderse con dos, tres o más etiquetas, un buen entrenamiento que no cuestione y mucha capacidad de obediencia.

En su Diario de cabotaje, cosa de navegación costera y por ello el marino que está en la gavia cree que mira tierra, usted habla de los sub-mundos a los que se aferra un latinoamericano (y también Putin, que es ruso) para no naufragar. El primero es la religiosidad popular, para que exista siempre la posibilidad del milagro. El segundo la magia, a fin de establecer si hay futuro. El tercero la ortodoxia, para que no haya posibilidad de discutir nada y el cuarto la psicología conductista, donde se niega la realidad y se construye otra a punta de deseos. Y en este de espacio de premisas absolutas y orichas, desimantamos la brújula.

En esto de las creencias, que cada cual crea lo que quiera, a fin de cuentas creer proporciona seguridad. Pero, que eso que creemos se vuelva un elemento para considerar que el único bueno soy yo y los demás son los malos, como pasa en su novela Tocaia Grande (la gran emboscada), ya es otra cosa. La fe (emuná) es una certidumbre que nace de la sabiduría y no del miedo. Y menos de la negación de la certidumbre. Pero hoy, don Jorge Amado, las creencias del poder (que no son fe sino fu) se han convertido en meros fetiches para justificar peligrosidad y el caos. Ojalá Babalú y las siete potencias den la espalda y que los orichas no miren al mar.

110. A CASEMENT:
Querido (odiado por los ingleses y los belgas) y poco conocido Roger. De usted se guarda poca memoria y la mínima que se mantiene tiene ver que con el delito de alta traición, con la horca y la fosa común (abundante en cal) de la prisión de Pentonville, en la que pasó sus últimos días hasta ser colgado por el cuello hasta morir. O sea que en términos de la historia oficial, usted no es modelo para nadie sino, por el contrario, alguien que debe ser reprobado, señalado con horror y olvidado. Pero a pesar del conservadurismo de Inglaterra, que siempre ha intentado desaparecer las épocas que comprometen su sistema, fortaleciendo fábulas y propagando las historias de Sherlock Holmes o las de Robin de los bosques, su historia se vuelve a revisar, Roger.

Su primera aparición, Roger, data de finales del siglo XIX y está explícita en el informe que le pasa al rey Leopoldo de Bélgica sobre la esclavitud, tortura y matanza de negros en el Congo por parte de los colonos belgas. Al informe se respondió con que el clima afectaba a los hombres blancos y así ellos no sabían lo que hacían. Y para que usted no se sintiera mal, fue nombrado Principal de la orden de san Miguel y San Jorge y enviado a Suramérica para que olvidara los delirios que le provocaron esas fiebres africanas. Pero no surtió efecto el tratamiento: aquí usted escribió sobre el aniquilamiento de tribus enteras en la amazonía de Colombia, Perú y Brasil, por parte de las compañías inglesas.

Para que las fiebres no le aumentaran, usted fue traído a Irlanda, donde ser católico es estar condenado a la exclusión. Y como tomó partido por los irlandeses, incluso tratando de hacerles un ejército, las leyes inglesas lo pusieron en prisión y lo condenaron a la horca, poniendo de manifiesto que su mayor pecado era su presunta condición homosexual, cosa que alebrestó a jueces y jurados. Y bueno, hasta aquí llega su historia Roger Casement. La moraleja (la enseñanza moral), es simple: no es bueno denunciar la historia necesaria de los imperios, en la que siempre abunda el terror, si se tiene un pecado que sea tomado como algo peor que picar gente.

111. A ECKHART:
Querido, respetado y admirado meister Johannes, usted fue tenido por hereje en esos tiempos medioevales en los que en lugar de razonar se especulaba y donde la forma primaba sobre el sentido y el contenido, como pasa tanto en nuestros días donde ver (encontrar la belleza que hay en el objeto) y entender (saber para conocer y después reflexionar para obtener una respuesta digna) es cosa de una minoría también herética. Bien sabemos que el hereje es aquel que se sale del pensamiento de la mayoría y por esto es tenido como enfermo, loco y peligroso. Y que la herejía es, como se reconoce con el tiempo, es un pensamiento profundo que compromete y del que sólo se puede escapar mintiendo, señalando y escondiéndose avergonzado.

Pero no voy a hablar de herejía, término muy noble cuando abunda el engaño y el perjurio como forma política para acabar con el otro y persuadir al débil. No, quiero hablarle de D-s, ese ser ilimitado que no puede ser mentido porque cualquier cosa que digamos de Él no es y entonces mentir sobre lo que no reconocemos no es decir una mentira sino fabular y aceptar que somos unos incompetentes. A D-s, y usted como místico lo supo, no hay que definirlo sino sentirlo, pero no como una droga relajante sino como un compromiso intenso con la vida. Y no hay que nombrarlo sino vivirlo como un orden que hace posible que yo sea un sujeto, es decir, un ser en relación con todo.

A su Alemania del medioevo llegó la tesis del RaMBaM (Maimónides), en la que aceptar lo que D-s no es (por ejemplo, D-s no es una naranja ni un gato ni una estrella lejana etc.) es acercarse porque en la medida en que carecemos de cosas que nos estorban (que llevan a especulaciones torpes) el camino es amplio y la cercanía probable. Así, como decía usted meister Johannes Eckhart «D-s ni es bueno ni mejor ni óptimo», porque esas sólo son palabras humanas. El que debo ser bueno, óptimo y mejor soy yo, pero no en relación conmigo mismo (lo que me haría un asocial) sino con los demás. De esta manera D-s se siente sin tener que definirlo. Pero qué peligroso es decir esto.

112. A GOMBRICH:
Leído, discutido, respetado y siempre asombroso Sir Ernst Hans Josef, llueve mucho por estos días. Pero el problema no es de lluvia ni de frío sino del simbolismo que este clima expresa en un mundo en el que lo gris y la nubosidad variable abundan, igual que los desbordes y los sustos. Bien sabemos que donde el paisaje no es claro y la tierra es resbaladiza, lo concerniente al espíritu se contrae y nos hacemos más propensos a la barbarie que a la civilización. Y no es cuestión del agua que cae (la tierra se nutre y defiende con agua buscando que en ella la vida persista), sino la condición de aguacero intelectual, que es la que al sistema neoliberal le interesa, que se legitima y arrasa con lo bello para darle validez a lo nimio y a lo frívolo.

Usted, sir Ernst Hans Josef, escribió bastante sobre Arte, cultura e historia y la necesidad apremiante de esta triada para entender nuestra condición de seres pensantes, libres y proclives a la creación de nuevas formas estéticas, sociales y científicas. En su Breve historia del mundo, escrita para niños porque en ellos persiste el asombro, el hombre se manifiesta como un sujeto en relación permanente con el mundo, con sus circunstancias y con sus sueños. Y esta relación necesaria lo construye como un real ser humano que siente, crea, comete errores y se redime de ellos a través de la inteligencia y el reconocimiento de saber que más que cuerpo es pensamiento.

Hace poco leí su Breve historia de la cultura, sir Ernst Hans Josef Gombrich, y en esas conferencias usted reitera la condición permanente de arte en la que puede vivir el hombre si valora sus realizaciones espirituales y crea a partir de ellas. Pero hoy, y quizás debido a este fundamentalismo terrible que llamamos globalización (cosa que a tantos les llena la boca), la condición intelectual es reemplazada por una instrumentalismo propio de robots y la libertad de saberme arte se cambia por el libertinaje propio del esclavo ignorante que asume el goce como una forma de agotarse (destruirse) y no de ampliar su condición de ser digno. Esto pasa, creo, porque llueve lluvia ácida y sucia.

113. A THUROW:
Querido, leído y controvertible Lester. En estas tardes y noches lluviosas he releído su libro Construir riqueza y allí encontré un párrafo con el que discrepo porque, dadas las actuales condiciones y situaciones, no sólo me parece prepotente sino salido de contexto. Cito un par de líneas: China y el tercer mundo no son los motores que mantienen en funcionamiento la economía mundial. Los motores se encuentran en el primer mundo. Esta lógica, buen Lester, tan de Harvard y de polítologos arrodillados (o alucinados por tanto leer sin comprobar), no creo ya que funcione en un mundo donde los pobres crecen a más de la velocidad que les asignó Malthus, es decir, triplicando la población de clase media del mundo (o cuadruplicándola).

El hombre, amable Lester, es un ser económico y esta condición aumenta si las circunstancias de vida son difíciles porque el concepto de valor se agudiza y aquello que los potentados no ven o desprecian, el pobre si lo ve y le da un valor de uso y de intercambio, agregándole otros ítems como solidariedad, moral de hierro y reconocimiento en el logro. Esto lo vemos en las masas pobres argentinas que han hecho del trueque un modo económico que opera de manera más rápida, efectiva y eficiente que los sistemas económicos tradicionales. Y que afectan a la gran economía, porque allí lo económico se nutre de trabajo y no de especulación.

Mientras los grandes economistas planean sobre un mundo que desconocen, los pobres se organizan para sobrevivir, crean sistemas que no entendemos bien desde la academia ni el mundo financiero y desarrollan una economía rápida e independiente que burla la fiscalidad del Estado y las propuestas de consumo que hacen los grandes oligopolios. Así que, amigo Lester Thurow, esto que usted dice no lo saben los pobres ni les interesa saberlo. Y esa ignorancia les permite asumir otras formas económicas que nada tienen que ver con los conceptos de la elite y que quizás la acaben destruyendo. El mundo cambia, buen Lester, y no desde una gran oficina sino desde la mayoría.

114. A LÉVINAS:
Querido, leído y reflexionado Emmanuel, los días que vivimos tocan con el adentro y el afuera, o sea que es tan importante el orden de la casa como el de la calle, el mío como sujeto que se relaciona y por eso puedo entenderme, como el del otro que necesariamente tiene que relacionarse para ser entendido. Esto quiere decir que ya no operamos como unidades sueltas ni en el mero papel de espectadores que no se involucran sino como centros desde donde salen y entran cosas. Somos en el intercambio. Y la primera noción intercambio, como dice usted, está en asumir el rostro de otro y verme a mi desde ese rostro. Y no es esto un examen de conciencia sino un entendimiento de lo mío desde ese que me mira.

Pero, estudiado Emmanuel, antes de reflejarme en el rostro del otro, en el que encontraría el cómo me ven y por qué me ven así, debo mirarme desde el Il y a (el hay en francés o lo que los alemanes usan como es gibt), es decir, desde mi existencia en la existencia. En este Hay, en el que el mundo existe y yo en él, lograría definir mis relaciones no como un ser mirado sino como un ser conectado que, en el papel que cumple, no es enemigo ni amigo sino causa de la amistad o la enemistad. Y esto es los más importante: la palabra amistad. Debemos ser amigos de la existencia, entendiendo por amistad el deseo permanente de comprender al otro y mi relación con él.

Emmanuel Lévinas, en obras suyas como Totalidad e infinito, Difícil libertad, Nombres propios etc., donde el Talmud es la base y la Kabaláh el camino del entendimiento a través de la palabra (territorio seguro cuando esta es honesta), todos estamos involucrados con lo que hay (existe) y nadie está excluido de lo que pasa. Es una cuestión de relación, de Hay, de lo mío necesariamente relacionado con lo del otro por la simple razón de que estoy vivo y tengo un nombre que me ubica en un tiempo y un espacio y por eso me relaciona. Así, en lo que sucede, bueno o malo, tengo mi parte. Y así no me mueve, estoy actuando. Ojalá entendiéramos esto.

115. A MOISES:
Respetado y seguido Moisés (Moshé rabenu, en hebreo), a usted le debemos tres grandes acontecimientos: salir de la esclavitud a la libertad, el fundamento ético de occidente y el sentido del futuro, aunque ya éste suceso había comenzado con Abraham cuando sale de Ur en busca de la Tierra prometida. Sin embargo, es usted el que lo define y pule, acabando así con el concepto de historia circular (donde todo se repite) y proporcionándole al hombre un mirar hacia adelante rompiendo con las cadenas del fatalismo y la condición de animal condenado a un destino que no puede cambiar. Con la Torá enseña a vivir y a usar bien lo que hay; crea un sentido en los orígenes y plantea que existe un llegar para la realización humana.

Y en honor al acontecimiento que usted produjo, se celebra la Pascua, que más que una festividad religiosa es una enorme reflexión en torno al sentido de la vida y los principios éticos que ésta debe contener para que se convierta en una gran posibilidad sobre la tierra. En esta Pascua (Pésaj), el hombre reflexiona en el por qué ha dejado de ser esclavo y se ha convertido en un ser libre, pero no para el libertinaje sino para el orden que debe contener la existencia a la luz de una ética que rompa con los miedos, confusiones e ignorancias. En el judaísmo es salir de la oscuridad hacia la luz. En el cristianismo es vencer la muerte a través de la resurrección. En las dos creencias, es vencer al demonio de las tinieblas, que es el dios de la ignorancia.

Maestros como usted, Moshé rabenu, como Jesús, plantearon algo simple: renacer. Pero no para tener más tiempo en el mundo del consumo y la intolerancia sino para entender lo que tenemos y las obligaciones que se tejen entre unos y otros para que la vida sea una gran oportunidad de realización comunitaria. La Pascua tiene como sentido no lavar los pecados sino vencerlos. Y el pecado se define como aquello que va contra la naturaleza porque la desordena y crea un gran temor. Ojalá que esta Pascua sea un real renacimiento y no una tregua para recargar los odios.

116. A SHATTUCK:
Apreciado y leído, Roger, esta semana he recordado mucho ese libro suyo, El conocimiento prohibido, que tanto llamó la atención hace unos años. Y no porque allí hubiera secretos no conocidos o guardados cuidadosamente por alguna secta posmoderna sino porque usted enseña, en su ensayo, que en eso que siempre nos ha parecido evidente siempre se esconden pequeñas claves que hay que saber leer. Hablaría entonces de la criptografía que contienen los grandes y pequeños libros, en su teoría los de literatura, en la intención de esta carta cualquier texto, en especial esos que tratan de mostrarnos como verdad única o grandes descubrimientos. Porque vivimos tiempos de certezas obligadas, de aquí la intolerancia, la ignorancia y el caos.

En su libro, usted hace un viaje por los textos clásicos de la literatura y desenmaraña los códigos ocultos que mueven las pasiones, sean estas políticas, económicas, religiosas o simplemente cotidianas. A fin de cuentas somos humanos y la pasión hace parte de nuestra estructura pensante y actuante. Pero esas pasiones que usted descubre, unas que lindan con la demencia y otras con la herejía, son ahora meras simplezas. La pasión que hoy nos domina es tener un enemigo a mano, alguien a quién echarle la culpa de todo y, si es posible, ensayar con él armas, formas de Estado y hasta enfermedades. Pero esto que menciono es conocimiento prohibido.

Vivimos la era de la información pero no la de la denuncia. Y como no hay protestas ni lecturas claras de lo que pasa, la propaganda hace de las suyas. Y en la sopa hirviendo que proponen los propagandistas, confundimos culturas con religiones, democracia con invasiones, nuevas armas con logros científicos etc. Creo, querido Roger Shattuck, que hay que leer más despacio, como usted propone, para entender qué pasa. Y en esa lectura de los hechos, contar con un buen conocimiento para el análisis. Así que la lectura es lenta y con juicio de tejedor. Claro que esto lo denuncian los propagandistas haciendo bulla y dando por cierto lo que no es.

117. A BLOOM:
Querido y por estos días recordado Leopold. En el mundo de la cultura le celebran a usted lo que han llamado el Bloomsday, un día muy posmoderno porque es ficticio pero, para asombro de peatones y gente del común, con una fecha concreta: 16 de junio de 1924 (veinte años antes), o sea que se celebran 100 años de un día que necesitó de un libro completo, Ulises, para contar todo lo que le sucedió a usted y su contraparte, Dédalus, que en realidad fue lo mismo pero desde distintas metáforas. Y este es el encanto de su día Leopold, que fue igual que el día del otro pero contado de manera distinta y recurriendo a las más mínimas y perfectas perversidades y, al mismo tiempo, a la necesidad de estar peligrosamente vivo.

Para los tiempos que vivimos, que tienen más que ver con las excrecencias del cuerpo que con el espíritu (o como diría Tomas Moro, con la ambrosía), un día como el Bloomsday, donde la escritura es un compuesto de poesía, monólogo, novela y deseos de crear un país realmente distinto, debería ser una fiesta al menos mensual y no cada cien años. Y digo que cada treintena por una razón simple: para evaluar constantemente nuestras cochambres, cóleras y borracheras, los monólogos del poder y todo lo que fluye de las cañerías. Así, enfrentando la miseria que producimos y tomando conciencia de la podredumbre, quizás entendamos que nuestro sitio puede ser un lugar mejor y no esta fábula gótica y de continua propaganda-mediática.

Querido Leopoldo Bloom, no es usted extraño a lo que pasa (al menos no tanto como un judío en Irlanda) porque su condición, al igual que la de tantos que no tienen más oportunidad que el deseo, es simplemente una radiografía de la única dignidad que todavía no nos arrebatan: gozar nuestras miserias. Cuando James Joyce lo creó, antes de entrar en la historia universal de la noche, lo hizo de carne en la carne y de espíritu burlón. Y de protesta contra la droga mediática que produce olvidos y permite la cría de tantos huevos de monstruos.

118. A CUSTURIKA:
Apreciado y visto Emir, he gozado y aprendido mucho de las películas que usted dirige y en las que pone tanto corazón a lo que es su gente y su tierra. Y donde hay tanto amor y condición humana, tanta historia y búsqueda de respuestas. Me gustan sus filmes porque en ellos no hay miserabilismo ni explotación de las deformidades y menos morbosidad ni lenguajes feroces donde la palabra pierde sentido y se convierte casi en un gruñido. Usted, como su casi paisano Ivo Andric, aquel premio Nóbel memorable y hoy poco difundido, se interesa por el alma de la ex Yugoslavia, por las burlas a la política y la necesidad de vivir y nacer antes que cualquier otra cosa. Sus personajes no son unos vencidos ni el producto de una enfermedad venérea.

Creo, admirado Emir, que el cine debe cumplir con una tarea simple: contar sobre la dignidad del hombre, sea serbio o colombiano, cristiano, judío o islámico, pero no haciendo caricaturas sobre heroísmos románticos ni degradándolo hasta el estado de un animal podrido. Y menos haciendo de él un robot al servicio del imperio o una víctima embrutecida. Como todo arte, el cine es una creación, un camino hacia cosas nuevas y renovadas que hacen reír y llorar, emocionarse y pensar. Por esto lo admiro, Emir: sus películas exaltan la capacidad de renacer y de transformación del hombre. Su gente es linda, así sea pobre y esté burlada.

Para el buen cine, como sucede en tantas partes de Europa central, quizás por influencia de Einsenstein y Pudovkin, es necesario querer la tierra y la música que de ella brota, amar su sabiduría y su humor, las tradiciones y los símbolos. Y con estos elementos construir la historia, que no es buena por el dinero que haya sino por la sapiencia con que se escriba el guión; el resto es técnica. En este sentido, Emir Custurika, usted enseña que la grandeza está en lo simple y cotidiano y no en las aberraciones y miedos que se quieren justificar. Y no soy un romántico, Emir, sino alguien que cree que la realidad está en el medio y no en los extremos.

Marco Polo 119. A POLO:
Recordado, leído y hasta dudado Marco, de usted se puede decir que fue un exagerado, un mentiroso y hasta un imaginador compulsivo, pero no que dejara de ser un excelente embajador de Kublai Khan, aquel nieto de Genghis Khan que heredara el imperio más grande de la tierra antes de que se dieran los tiempos de Carlos V, cuando ya los imperios se hicieron tan grandes que era imposible dormir al mismo tiempo en ellos. A usted Marco, le debemos la ampliación de un mundo maravilloso y el primer gran recuento de riquezas y estilo de vida de lo que todavía en América llamamos lejano Oriente (aunque para nosotros ese Oriente queda al Occidente) y que incluye la palabra Cochinchina, que realmente es un territorio de Vietnam.

Marco, llamado el hombre Millón debido a que lo que usted narró, El descubrimiento del mundo, el Millón o libro de las maravillas del mundo, está lleno de millonadas en riquezas, mujeres, animales, comidas, soldados etc., o sea de una abundancia desmesurada que hizo soñar a la Edad Media europea al punto de que el mismo Colón acotó su texto para justificar su viaje a través del atlántico y luego, influenciado por usted, hacer de las Indias (América) ese territorio fabuloso que hizo alucinar a tantos. Marco, usted fue un excelente embajador y un trabajador incansable en darle imagen a Kublai Khan, que había confiado en sus oficios.

Pero, querido Marco Polo, no pasa así en la actualidad, donde un presidente latinoamericano (para ser exactos, colombiano) va a Europa y, en lugar de ser recibido con asombro, debido al trabajo ineficiente que hicieron sus embajadores, es tratado como una especie de cuentero solitario que le habla a sillas vacías y al final lo recibe el Papa, más por caridad cristiana que otra cosa. Si nuestros embajadores lo leyeran a usted, Marco, si al menos supieran quién es usted, si siquiera sufrieran de asombros mínimos, la cosa habría variado. Pero no, ellos siguen haciendo cócteles de segunda y gastándose al país. Y así de qué maravillas pueden hablar.

120. A SAINT-EXUPÉRY:
Querido, releído y todavía perdido Antoine. He vuelto de nuevo por los pagos (como diría un amigo argentino) de El Principito, libro escrito para adultos con espíritu de niño. O mejor dicho, para León Werth, hombre que entendió que la infancia es un territorio que con los años se convierte en la única patria y no porque allí se fabule sino debido a que la honestidad, la dignidad y la ilusión permanenecen en el niño hasta que alguien lo destruye amaestrándolo y, por consiguiente, lo llena de odios, barreras y miedos. Es difícil seguir siendo niño, pero no es imposible: León Werth lo logró y por ello usted le dedica este libro, que no es un libro infantil sino un recuento de las demencias y desafueros que acreditan los adultos.
El pequeño príncipe (el principito podría llevar a creer en un príncipe torpe) tiene la virtud del asombro y la curiosidad y por ello pregunta, no esperando una respuesta llena de datos y chips sino unas palabras que permitan entender la vida. Y aquí está la grandeza de su personaje, que no tiene experiencias ni las busca sino que lo único que hace es tener una historia con la cual poder compartir un momento. Le Petit Prince (que como principito está mal traducido) ejerce la conversación, la simpleza de las palabras, el buen tono, la imaginación y la carencia de temores a cometer un error. Simplemente habla y a medida que lo hace se crea un mundo.
Es muy bello su libro y su personaje, Antoine de Saint-Exupéry. Y muy peligroso, porque eso que narra es una radiografía clara de los pequeños mundos donde se neutorizan y paranoizan los que se creen con poder. Y de donde no salen porque la realidad la evaden igual que los gatos le sacan el cuerpo al agua. Hay mucha gente encerrada, en confinamiento intensivo, como dice Konrad Lorenz, pensando en que ellos son la única realidad, lo más valioso e inteligente. Y en ese encerramiento se vuelven miopes y peligrosos porque todo el tiempo tienen miedo. No son niños ni tienen mundo. Son cosas en exhibición.

121. A DE LEZO:
Recordado y ciertamente no estimado, don Blas. El motivo de esta carta obedece a tres razones: a la suplantación de funciones, a la doble identidad y a que el diablo anda suelto. La primera tiene como fin aclarar que en una carta anterior lo confundí a usted con don Juan de la Cosa, piloto de Colón y nada parecido a vuesa merced, pues ni era medio hombre (aclaro que a usted le faltaba una unidad de cada dos) ni defendió a Cartagena. O sea que don Juan queda excento de un sumario como el suyo. Claro está que esto no le quita de encima el ser cuasi-pirata, comer carne cruda y el haber despachado la mitad de un cerdo en la boda de una sobrina. Adicionando, además, esa doble filiación sexual que ejerció in extremis.
Lo de la doble identidad, don Blas, lo traigo a colación por aquello de que usted, como todo buen hombre de mares y galeones, manejó muy bien el oficio de conspirar y el de doble agente Y si bien usted trabajó con españoles, también le hizo sus aires a los corsarios ingleses y franceses, partiendo con ellos, en ocasiones, más de un botín. Su actitud, entonces, genera (o legitima) un gen muy especial en estas tierras: el de la personalidad múltiple, sobre todo en cuestiones económicas y políticas. Es que allí donde está el poder la doble identidad (diría que el mataharismo, para usar una expresión de streap-tease) es manifiesta.
Ya, en la tercera razón, don Blas de Lezo (defensor de Cartagena para no perder unos contrabandos que todavía no había almacenado en los sótanos de Mompox), no sé si el diablo anda suelto o está bien metido en muchos. El caso en que en este país, donde la corrupción y el asesinato, la traición y la envidia campean como la brisa barranquillera al caer la noche, no se puede hablar de satanás porque de inmediato saltan los endiablados como si les hubieran echado sal en un ojo. Y razones debe haberlas. Si uetsd en estas tierras es un héroe (o sea que su ejemplo moral apesta), que más se puede esperar sino que el diablo esconda al diablo.

122. A TROTSKY:
Leído, controvertido y para muchos peligroso León. Digo peligroso (otr