DOCUMENTOS
Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.



Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.:

1. A ORWELL:
Querido, George. Hace unos días se celebró el día de la Libertad de Prensa, acto que pasó bastante desapercibido por aquello, imagino, de que hay celebraciones que son incómodas para muchos. Y más en este siglo que comienza, donde los fundamentalismos, sean políticos, científicos, administrativos o religiosos, crecen y se desbordan creando toda una serie de Indicios pánicos, como indica Cristina Peri Rossi en uno de sus cuentos, curiosamente o intencionalmente ilustrado con El grito, aquel cuadro de Munch. Ese cuadro, donde se ve medio cuerpo y una cara (prácticamente descompuestos) que grita al vacío, me inclina a pensar en lo que representa la libertad de prensa: algo que, desde el miedo, chilla un silencio.

En el prólogo a su libro Rebelión en la granja, se dice que usted, George, definió la libertad de prensa como aquel acto donde alguien dice lo que la gente no quiere oír. O sea, hay libertad de prensa cuando se denuncia todo aquello que se esconde y de lo que somos cómplices o al menos espectadores silenciosos. Y ejerce la libertad de prensa aquel que tiene la valentía de enfrentar el miedo colectivo rompiéndolo para que haya una conciencia (concepto) claro de lo que pasa y no, como sucede, una conciencia desviada o sublimada en o hacia otros acontecimientos o enmarcada en un acto que se repite ya no como un hecho sino como mera propaganda.

Benjamín Franklin, que a más de científico, estadista y político, fue impresor, definía la libertad de impresión como aquel derecho a ser el otro, ese que cuestiona y con sus cuestionamientos entra en el debate que crea la real sociedad desde la diferencia (lo incluyente, lo nuevo que llega) y no desde la similitud de opiniones (alineación y exclusión del otro). Es que un colectivo que piensa igual, o que es obligado a hacerlo, elabora verdades absolutas que frenan el conocimiento (que sólo es posible avanzando en la verdad o quebrándola) y generan todo tipo de intolerancias.

En su libro 1984, George, un gran cerebro (el Big Brother) vigila el pensamiento colectivo y, con esta vigilancia severa y continua, crea una sola dirección y castiga a todo aquel que se desvía. Hay, diríamos, un amaestramiento social que obliga a actuar bajo determinados estímulos (que es lo bueno y que es lo malo) y premia al sometido que cumple. En términos de Richard Rorty, hay una fina crueldad que se ejerce sobre el individuo (que tiene miedo o que cree haber escapado del miedo) llevándolo a dudar permanentemente del otro (que podría ser su vigilante), lo que rompe cualquier principio de solidaridad.

2. A RABELAIS:
Sabio y divertido François, he releído parte de su Gargantúa y Pantagruel y algunas esperanzas han vuelto a renacer o, al menos, a tomar otro color. Quizás se deba a la acción del pantagruelyón, arbusto que acredita buena savia y corteza para que, al ser usado, los acontecimientos sean vistos desde su parte positiva y así dejen algo bueno para quienes lo tocan, besan o se cobijan bajo su sombra. Porque, amigo François, hay que apostarle a todo aquello que nos haga reír y engordar y no a las anorexias de pensamiento y de carnes, que el hombre es de acuerdo a la dieta que se dé en libros y en la mesa. En otros términos, dependemos de la digestión. Y de los preámbulos a ésta, que en los platos que vemos y en los que comemos es donde dibujamos nuestro mundo, como dice Octavio Paz en un artículo nombrado Mesa y Harmonía (entendiendo por Harmonía -con h-, las partes que se desprenden de una cosa para darle otro significado o el que realmente escondía).

Hay un todo (pan en griego), que siempre es bueno al inicio. Y se convierte en malo, cuando se usa indebidamente. Como pasó con Pandora (a la que usted encierra en una botella de la que bebe su personaje), que antes que dadora o regadora de males, lo fue de bienes. Claro que la codicia, la envidia y la ignorancia; las malas mañas, la torpeza y el deseo de vidas distintas (en otras partes) a esta que nos tocó, le hicieron desbordar atropellos y dolores para quejas y malestar estomacal. En términos de Baruj Spinoza, creamos el mal y consideramos como bien lo contrario a esa criatura. O sea, nos salimos de la realidad para comenzar a dar pasos en falso.

Reír es natural al hombre, dice usted, mon ami, así como es natural que el estómago reclame bebida y comida para que los sentidos se activen y la vida no sea tan nefasta. ¿Qué se le puede ocurrir a alguno con hambre o que hace dieta? Sólo cosas horribles. ¿Y al que se niega la realidad y hace cursos de positivismo o de esos para andar con los ojos tapados? Ídem. Al que come mal y al que piensa negándose lo que pasa, lo ronda la brutalidad. Es que le falta un sano ejercicio de la digestión, como sostiene sir Gaster, hombre de panza y cerebro funcionando mediante la masticación y la bebida abundantes, y la buena risa.

Dicen que usted, François Rabelais, era un desmesurado. Pero no es cierto: usted era médico y no torturador, observador y seguro de buen paladar, aunque se asegura que era flaco. Es posible que se aplicara las recetas de Maimónides para evitar las hemorroides, desarreglo venoso arterial que, cuando penetra en los pensamientos, conduce a odios inmensos. Debe ser por aquello que sostenía Sartre y Omar Jayam: la plenitud de libertad (o su carencia) sólo es posible en el baño, donde realmente se sabe qué pasa en uno.

3. A CHOMSKY.
Querido y respetado, Noam, siempre que usted habla se alborota el avispero. Claro que las avispas que lo atacan tienen cada vez más flojo el "chiche", porque cuando una verdad es evidente (como las que usted maneja) ya no hay forma de esconderla ni de repintarla o darle otra vuelta para ver si cambia de cara. Ya, lo más que pueden decir de usted, Noam, es que es un viejito loco, lo que quiere decir (con este eufemismo) que sigue por encima del cociente normal de inteligencia. Y, además, que su olfato no se ha perdido a pesar de tanta contaminación. En síntesis, querido amigo, usted mantiene vigente aquello de que, cuando se recurre al santoral político norteamericano, los milagros recibidos se producen al revés. Y claro, los "benefactores" aplauden, seguro porque no entienden qué pasó o ya están lo suficientemente amaestrados para que lo hagan. Se pierde fácil la dignidad en estas tierras, eso ya se sabe. Debe ser por el exceso de calor y la mala mezcla nutricional.

Hace unos cuatro años, en la revista Hoy por Hoy, usted escribía que en Colombia nos estábamos llenando de tecnología muy moderna, pero que nosotros no éramos modernos para usarla. En términos cartesianos, nuestra figuración estaba muy por debajo de la dimensión que queríamos lograr. Y esto de querer ser modernos sin tener la mentalidad para ello, legitimaba nuestra condición de tercer mundo. Soñamos y, como consecuencia del sueño desmesurado, creamos nuestras propias pesadillas, así como pasa en los relatos de Alfred Kubin.

Esta pretensión de modernismo sin modernidad, decía usted, debía ser controlada para admitir nuestra realidad técnica y mental y no excluirnos de ella creyendo que el juguete es el que hace la fiesta y no al revés. Ahora, esto que usted decía con relación a Colombia, me parece, se está dando también en las grandes potencias, que están muy desarrolladas tecnológicamente pero, mentalmente (modernidad), siguen descendiendo hasta llegar a pensar, muy parecido o igual, al tercer mundo. Ya se ven tiranuelos y enviados de Dios manejando o coqueteándole al poder. Si esta apreciación es cierta, nos esperan tiempos muy duros porque, se imagina usted, ¿qué podría pasar sí alguien, con una máquina repleta de chips y circuitos electrónicos manejados por satélite, le da por usar las emociones en lugar de la razón? ¿Tienen suficiente criterio los poderosos para usar el modernismo que tienen? ¿No es acaso en los países desarrollados donde la razón se está desmoronando? Como en el libro de Bruno Bettelheim, no hay padres perfectos y sí niños muy necios.

Noam Chomsky, el fracaso de la razón comienza cuando un robot produce sus propias máquinas. Cuando todo está programado para dar respuestas y se crea un corto circuito si aparece cualquier pregunta.

4. A WITTGENSTEIN:
Apreciado Ludwig, hoy en día vivimos lo político, esto que en términos de la filosofía concierne al manejo de la ciudad y al comportamiento de los ciudadanos con relación a lo que ocurre en su calle, barrio o zona cívica donde, de acuerdo con Aristóteles, debería estar el espacio más seguro porque allí no sólo garantiza la convivencia sino la reproducción de los valores morales (las costumbres tenidas como buenas) fundamentados en la tolerancia y en la necesidad de crecer juntos. Y esto político, la cosa pública de los romanos, nos convoca a pensar en el otro, en ese que ocupa un sitio en la sociedad (ya como patricio o plebeyo, ya como local o inmigrante) y en la estructura de intercambios económicos necesarios para que cada uno viva con dignidad. Lo político, entonces, sólo es posible en la convivencia y en los deberes que genera ese convivir con el otro. Deberes que prefiguran el futuro porque lo que está por venir es la construcción de lo que hacemos hoy. En otras palabras, lo político se configura en el nosotros y no en el individuo; en lo social y no en lo particular.

Decía usted, Ludwig, que el mundo no está compuesto por cosas sino por hechos. Y que esos hechos producen el último léxico, aquel que nos permite entender el mundo que tenemos y en el que necesariamente vivimos, porque el mundo no es una idea sino un evento que provoca el hombre cuando entra en contacto con él. Este último léxico (las nuevas palabras, lo modernos, los valores que aparecen) nos dice qué hacer con las cosas y cuál es la calidad de los hechos nacidos de esa relación hombre-cosa. Si llevamos esta reflexión al campo de lo político, la política, entonces, no es una teoría sino un acontecimiento, un uso debido de los espacios (físicos y mentales) y de los hechos que se reproducen en esos espacios. Pero en este hecho, no aparece el yo sino el nosotros. Y mi deber no es individual sino colectivo. Así, el hecho político es producido por un conglomerado y no por un sujeto. Y esta es la esencia de la democracia, la participación. Como dice Ernst Tugenhadt, planteando una nueva ética, el hombre moderno ya no dice qué tengo ni qué debo ni qué quiero hacer (ese fue el fracaso del individualismo) sino qué tenemos, debemos o queremos hacer. Es decir, asume lo político (la acción común y cívica) como única opción de vida posible. Vida que no se da en soledad o en la virtualidad sino en lo social.

La política es el hecho que un colectivo provoca y con el que se compromete, para de esta manera lograr un mejor uso de lo que hay para el bien común o, como sostiene Spinoza, para el mayor bien: vivir en sociedad y bajo unas normas ciudadanas que permitan logros en los que todos tengan participación activa.
Ludwig Wittgenstein, hay un último léxico y en él una palabra clave: tolerancia.

5. A MAQUIAVELO:
Recordado Nicolás, poco han cambiado los tiempos desde su Florencia renacentista hasta la forma de gobernar de hoy. Y si bien es cierto que la filosofía política y el ejercicio de los gobernantes ha redimensionado y, en algunos casos, reestructurado la función del Estado, en esencia los gobiernos y los gobernados siguen siendo iguales (o en el caso de avances, similares) a lo largo de la historia. Y al decir iguales o similares, a pesar de las revoluciones y las utopías, de los pactos de buena voluntad y de la creación de organismos supranacionales, es asegurar que nada ha cambiado en la condición humana (recuerdo el libro de Malraux) con relación a lo político; es como si el hombre que se somete al hombre que lo gobierna mantuviera la misma premisa: necesito un orden para poner a funcionar mi desorden.

Nicolás, usted fue famoso por su Príncipe (que no se refiere a un hijo de rey sino un tirano, entendiendo por tirano aquel que, llamado por el pueblo, asume el poder porque la legitimidad no fue capaz de ejercerlo), obra donde plantea la metáfora aquella del zorro y el león, es decir, de la inteligencia y la fuerza, de la rapidez y el rugido, de la presencia y la sorpresa. No es el príncipe un hombre malo (como pretendió demostrar Federico de Prusia y el malintencionado de Voltaire), sino la resultante de los malos gobiernos. En su Historia de Florencia, usted, Nicolás, antes que la historia de una ciudad lo que cuenta es una relación de enfrentamientos y de intereses que antes que crear ciudad la destruyen y, para evitar esta destrucción de la creación política (la ciudad) es necesario dividir esas fuerzas dañinas y acabar con las particularidades (los desórdenes y el egoísmo) que afectan ese todo que es el gobierno y su relación con los gobernados.

Pero hay una obra suya más importante y es La mandrágora, la planta esa que nace de la simiente del ahorcado, o sea que crece como resultado de aquello que se destruye y que, al ser producto de lo terrible, mantiene vivas muchas de las características de eso que fue condenado. Por eso Stalin se convirtió en un zar y Napoleón en un emperador. Para mí, Nicolás de Maquiavelo, que lo hay que leer bien es La mandrágora que, como es obra de teatro plantea mejor lo que la teoría no alcanza a cumplir. Además permite menos especulaciones. Y si no cambiamos, al menos si nos vamos a ver mejor.

6. A CORTÉS:
Don Hernán, volvemos a las épocas de las alianzas (adhesiones, en términos políticos), informes al imperio y quema de naves para que nadie se pueda devolver. Supongo, aunque una suposición continuada se pueda volver costumbre, que así se funciona en estas tierras de calores exagerados y lluvias intensas, y tan propicias a pasiones ídem. Con razón todo gobierno queda chiquito en este territorio que se encoge o expande de acuerdo al clima político y económico.

Cuando usted conquistó México (otros dirán que lo invadió o que lo hizo en mala compañía), evento que fue posible por la ayuda de doña Marina (las malas lenguas la nombraron la Malinche -mala pronunciación de malitzin, mi señora en nauátl- para que este nombre conservara siempre un aire de burla y cotilleo), su asombro por ese nuevo país, llamado por usted La nueva España, lo maravilló al punto que se deshizo en metáforas y comparaciones al narrar, para Carlos V, las tierras que había conquistado. Y claro, a los del imperio se les regó la baba, que tantas cosas como las que contaba de Tenochitlán y alrededores hacían ver el Paraíso. Esas Cartas de relación (más emocionadas que las de Colón), creo yo, le dieron nacimiento al realismo mágico. Y si a esto le sumamos los escritos de López de Gomara, su cronista oficial, lo que el imperio recibió fue una película más grande que cualquier superproducción de Hollywood. Claro, don Hernán, que no faltó un Bernal Díaz del Castillo, soldado al que le tocó en carne y sangre seguirlo por esos parajes, que escribiera La verdadera historia de la conquista de México, donde usted queda mal parado. Como ve, don Hernán, la clase no se pierde. Debe ser, imagino, por la mezcla de comidas y de pensamientos. O por los mosquitos picadores, bichos de cría fácil y abundante.

En Medellín de Extremadura, pueblo que está constituido por una calle larga, un pequeño parque y algo que llaman un castillo (hay allí también un cura eterno que rescribe, como cumpliendo una penitencia, la historia de la villa), hay una estatua suya que, dicen, cambia de postura cuando el río Guadiana se crece. No sé si esto se aplica también a sus informes (a Las cartas de relación). Habría que leerlos cuando aparezca esa creciente, que si bien no carga con ahogados como las crecidas de nuestros ríos, si trae arena y, de vez en cuando, un escapulario arrojado al río por algún hereje, uno de esos que quieren el milagro entero.

Don Hernán Cortés, cuando lo leo a usted, es como si el tiempo no cambiara. Siempre hay Malinches, cronistas a favor y detractores. Y un Guadiana que en verano da playa y atrae a los turistas, y en invierno se crece dañando lo que hizo. Y aquí, con esto del fenómeno del Niño (en el que el Himat no acierta), no sé como será la cosa. Recemos, pero sin pedir, a ver si pasa algo bueno.

7. A MONTAIGNE:
Apreciado y debatido, Miguel (otros preferirán su nombre francés, Michel), se discuten hoy en todos los foros internacionales las soluciones a los problemas grandes que aquejan a los gobiernos y los bancos (la guerra, la inmigración, la deuda etc.). Y en esos debates, que unen a unos y dividen a otros, todo se centra en los efectos (en los que llegan, en las cosas que explotan, en la plata que se debe) y no en las causas que generaron los problemas. Así, volvemos al famoso sofá persa que un hombre vendió porque su mujer había pecado en él. Es increíble que después de cuarenta siglos de historia escrita, donde tantos han pensado para que nosotros tuviéramos mejores opciones de entendimiento, todavía nos peguntemos qué pasa y no, por qué pasa. Como en la máquina del tiempo, de H.G. Wells, nos devolvemos, y no para tomar impulso sino para quedarnos atrás. La palabra que usa el diccionario español para esta acción es recular, aunque no está bien definida. Recular tiene otros alcances, si bien groseros, más precisos para leer la situación. Queda a su discreción, don Miguel (nombre el suyo muy propicio para lo que pasa, porque Miguel fue el arcángel que luchó con el gran demonio y, dice la tradición, lo venció o al menos lo dejó sin conocimiento. Se habla de una esmeralda perdida).

Don Miguel de Montaña (como alguno tradujo su nombre), usted tiene tres elementos muy importantes para la lectura de esto que llamamos lo moderno: 1. Tenía un gato con el que jugaba o al que usted le servía de juguete. 2. Fue alcalde en tiempos de la peste. 3. Se preguntó qué sabía de lo que estaba pasando. De esta suma, gato, peste y pregunta, salieron sus ensayos o intentos de entendimiento de las cosas y las relaciones que ellas generan cuando se juntan o tienen como intermediario al hombre. La palabra ensayo (acuñada por usted y que con el tiempo se ha convertido en un escrito sesudo que lee una situación), plantea que el hombre es ondulante y diverso, o sea cambiante (imprevisible) y distinto. Esta tesis, que la defiende el historiador Jacques Barzun en el libro Del amanecer a la decadencia, me hace pensar que la emoción, para usted, está por encima de la razón y que cualquier conciliábulo que realicemos se convierte más en un aquelarre (un montón de brujas cada una con su propia pócima de pelos de lobo y dientes de murciélago) que en una reunión de entendidos fríos y tolerantes, como se supone que debe ser. En los aquelarres, como en las discusiones de harem o de tantas juntas, la emotividad (lo que siento) está por encima de lo que sé y debería entender. Vista así la situación, don Miguel, de la búsqueda de soluciones a los problemas, nacería un problema mayor y la madeja, en lugar de convertirse en hilo, reforzaría el nudo. Somos buenos para hacer nudos en este mundo.

Don Miguel de Montaigne, me gusta lo del gato y la peste. Si no hay el uno, se da la otra. Pero ni aún así aprendemos.

8. A CARRASQUILLA:
Apreciado don Tomás, cómo hemos perdido la identidad. Quizás de deba esto al miedo que tenemos ya de ser nosotros porque queremos parecernos a otros o porque nos envolatamos de camino buscando arcadias que en lugar de hacernos ser nos hacen perder. Ya se sabe, los nuevos urbanismos, las secretarías de tránsito, cultura y educación obedeciendo más a planeaciones políticas que ciudadanas, los semióticos descifrando el sentido de las direcciones, los profetas de la posmodernidad que lo complejizan todo olvidando lo más simple y fundamental etc. Tenemos muchos elementos para estar perdidos y, aún así, seguimos buscando reconocimiento, imagino que por el aguante en toda esta perdidumbre (como diría Manuel Mejía Vallejo).

La identidad la crean la historia, la cultura y el reconocimiento que nos hacemos de nosotros en calidad de seres solidarios. Tocando al otro para, como dice Hölderlin, saber que es de nuestra propia especie y, como tal, me permite interactuar con él y, a la vez, crear un espacio público que permita intercambiar emociones, sensaciones y lo que producimos. Si hay un sentido de lo público, lo que es de todos porque entre todos lo construimos, hay un inicio de identidad, o sea, de presencia de gente que tiene idénticos intereses y soluciones.

Alguien lo bautizó a usted, don Tomás, como un escritor costumbrista y esta palabreja (lo costumbrista) hizo que su obra se demeritara intelectualmente, como si hablar de las costumbres fuera un daño o algo que se debiera esconder. Y este año que hicieron sobre su obra, quizás porque lo costumbrista remite al nosotros y no a ese complejo extendido donde no queremos ser nosotros sino otros, ojalá europeos para que así la arcadia (Europa) se convierta en una especie de mitología a la que se ama y reza, terminó dañando un principio básico de identidad: Saber de dónde venimos y qué hacemos con nuestro entorno.

Creo, don Tomás, que se hace necesario volver a leer Grandeza y Ligia Cruz y esa trilogía maravillosa (su última obra) llamada Hace tiempos donde usted pinta el ser, la identidad, que hoy nos lleva a todo tipo de diagnósticos y teorizaciones donde, para acreditar más nuestra locura, buscamos encontrar en lo nuestro lo dicho en otras partes y bajo otras preguntas.

No sé si sea el exceso de sol o la falta de debate (me inclino más por esto último) lo que nos ha hecho ajenos a lo que somos, entendiendo por lo que somos no un carriel, un poncho y un sombrero, tampoco un caballo o una botella de aguardiente, sino un grupo humano ubicado en un lugar de la tierra y, como tal, en disposición de saber quién es para hacer del entorno un sitio digno para la vida.

9. A ALARICO:
Terrorífico y para otros bendecido Alarico, señor de los Vándalos y causante de la caída de Roma, dicen que su gente saqueó la ciudad de los emperadores hasta que no quedó de ella ni un adoquín, ni un friso ni una columna. También se llevaron la ropa, los objetos de cocina y hasta las peinetas de las señoras. En El candelabro enterrado, novela de Stefan Zweig, se cuenta de este saqueo minucioso, que algunos como Indro Montanelli sostienen que duró de tres a seis días y otros que un mes entero. Sea cómo haya sido, sus vándalos (gente que se lo lleva todo, como dice la definición) acabaron con el imperio y de Roma no quedó más que un recuerdo, unas ideas paganas, algunos libros escondidos de Cicerón y un ejercicio asustado del cristianismo. Tanta fue la barbarie y tan cerca se sintió en vida el infierno.

Roma cayó fácil, Alarico. Y no porque usted fuera un mega-bárbaro (como titularían hoy cualquier película) sino porque sabía que los romanos, aburguesados, habían dejado el ejercicio de la milicia a otros que ganaban salario por cuidar los limes y ciudades y no por identidad con el imperio. El ciudadano romano, mientras fue soldado, cuidó de cada centímetro del imperio porque lo sentía suyo. Y mantuvo solventes las instituciones porque tenía el poder de derrumbarlas (a fin de cuentas era un soldado) si no estaban funcionando bien. Pero cuando ya no participó del ejército, cuando el ejercicio de lo militar se lo dejó a otros, las instituciones se corrompieron y el imperio cayó en manos de los bárbaros. Usted Alarico, se llevó los restos.

Como dice Spinoza en el Tratado político, una democracia es débil cuando los hombres que la componen están alejados de sus deberes básicos con la patria (la participación en la defensa, por ejemplo). Y esta debilidad permite someter con el miedo (la industria más grande de este siglo, como dice Eduardo Galeano). Y si bien es cierto que usted, Alarico, nunca leyó a Spinoza, si intuyó que Roma caería porque, en los últimos tiempos, en lugar de deberes lo que tuvieron los romanos fueron impuestos, contratos de aparatos de seguridad y algunos libertinajes que, antes que llevar al placer y a los jardines de los falsos Epicuros, condujeron a la caída.

10. A MAUROIS:
Respetado don André. Usted fue un hombre de buen gusto, de ahí la elegancia que se nota en su escritura y en el tratamiento de los temas que aborda. Leer su Historia de Francia o la biografía que hace de Marcel Proust o sus Memoires, sin hablar de sus novelas, conducen a un espacio libre de vulgaridad y posmodernismo, en el supuesto de que esta palabra opere para justificar a los parvenu que se han ido tomando los espacios sociales e intelectuales haciendo gala del más asombroso desquicie social y falta de educación, que educarse no es saber hacer cosas sino entender por qué se hacen y cuál es el papel de civilidad que debe tener la persona que supuestamente se educó y, con base en lo aprendido, ya es un ser civilizado.

Esto de la civilidad y educación (cosa que no se tapa con ropa o cargos) exige cumplir con dos normas básicas: 1. Ser modelo moral, o sea, ser sujeto de costumbres en las que es bueno vivir porque en ellas la vida no produce sustos ni envidias. Y 2. Tener delicadeza, lo que implica conocer una etiqueta mínima para poder convivir con los demás sin causar oprobios de ninguna clase. Entendiendo por oprobio aquello que demerita la condición humana porque lleva al hombre a conducirse como un cavernícola: hablar mal y duro, bostezar sin cubrirse la boca (igual que los cocodrilos), hacerse notar con el ruido del celular etc., que el inventario oprobioso es, no ya un ingreso a La historia de la estupidez humana (libro de Paul Tavori) sino un sumario de permanente exhibición en el museo del mal gusto.

André Maurois, la elegancia en el actuar y el pensar, es un logro de la civilización. Pero, como sucede con la razón, también hoy es un elemento que ya se está desmoronando. Y como se vuelve a los estados más primitivos, reaparece la violencia y el fanatismo, la falta de dignidad y, lo que es peor, la sensibilidad. Creo entonces, que si vamos a educar para la paz, lo primero que hay que hacer es enseñar a ser dignos. De lo contrario, lo que se diga y haga será tan feo y sucio como lo que hoy sucede en cuestiones de etiqueta. ¡Oh, mon Dieu!

11. A ADAN:
Recordado Adán (en hebreo, Adam, de adamá, tierra roja), salir del Paraíso le dio a usted la oportunidad maravillosa de nombrar y definir el mundo a medida que lo iba descubriendo, de ponerle nombre a las cosas y ubicarlas en un tiempo y un espacio. Y esta tarea, la de nombrar y definir, le proporcionó el elemento que hace que un hombre se diferencie de un animal: la conciencia, siendo ésta aquel concepto que tenemos de algo sin que nos genere dudas (ni miedo), o sea, la opción de llegar a la certeza. Y si bien la conciencia crece a medida que tenemos más conocimiento, cada época tiene una conciencia, el ser conscientes (tener conceptos de lo que somos hoy y de lo que hay alrededor de nosotros) nos permite un sentido de la vida o al menos una dirección que seguir para no perdernos.

En el mito babilónico que narra la creación del mundo, los cielos estaban sin nombrar y en la tierra nada estaba nombrado. En Bereshit (Génesis) se habla del universo como de un compuesto de tohu y el bohu (caos y vacío) que D’s ordena para que cobre forma y usted, Adán, lo entienda, no a través de clasificaciones y opuestos sino a partir de nominaciones. Luego vendrían las jerarquías, los usos, lógica, la poesía. Por esto, estamos ahora en el año 5.763, como corrobora la cuenta rabínica de los años del mundo; cuenta que se hace a partir no del big-bang sino de usted del saber quién soy, de dónde vengo), Adán, del momento en que tiene conciencia y al tenerla el universo cobra sentido y valor.

Adán, su tarea simple, la de hacer un inventario lógico de lo visto y sentido antes de entrar a especular, se ha ido perdiendo en la complejidad, cuando ya no es el nombre de la cosa y su lógica práctica lo que interesa sino su conexión con lo que no se entiende bien y que es caos y es vacío. Y como ya no tenemos nombres sino estructuras que se cruzan, volvemos al miedo de hacer. Y lo que es peor, al miedo de entender lo elemental, porque ya no hay conciencia sino dependencia.

Franz Kafka 12. A KAFKA:
Apreciado Franz, los tiempos del absurdo y el miedo, del stress y los trabajos en vano ya no hacen parte de la literatura sino de la cotidianidad. Aquellas obras suyas (El castillo, La condena, El proceso, La metamorfosis) que se analizaron como textos de ficción desbordada y producto de una mentalidad laberíntica donde se conjugaban los temores de la condición humana y la magia de vivir en Praga, ahora no son meras ficciones sino el prontuario de un siglo que se caracteriza por dos cosas: el exceso de espera y la confusión de lo que somos y hacemos. En otros términos: el mundo se ha detenido y nosotros creemos que se mueve. O se mueve y consideramos que está quieto. Todo depende del burócrata de turno, del guardián de la justicia, delas tribulaciones de un padre de familia, de las cosas invisibles que atormenten a alguno que vive solo o que se ha escondido para no responder. O que se ha convertido en una letra K.

En su libro La metamorfosis, el caso de Gregorio Samsa es sintomático. Este personaje, después de muchas presiones y trabajos en vano, ha despertado convertido en un extraño insecto. Toda la información que tenía, los horarios cumplidos y la presión por alcanzar metas por fuera de la realidad, se han confabulado para convertirlo en una cosa que no se sabe qué es, pero que tiene conciencia de su monstruosidad (del desorden) y de la incompetencia en que está sumido. Por eso (al menos el primer día), se niega a salir esperando a que cambié la situación. Pero la situación no cambia porque el cambio hace parte de lo que ha sucedido. Y si bien al principio Samsa-insecto asusta, al final se convierte en parte de lo cotidiano. Hasta aquí su diagnóstico, querido Franz.

El stress, como la crisis, se da cuando hay un desborde. Cuando se rompen los límites para los que estamos preparados y, al romperse, todo entra en caos y confusión. Y es cotidianidad, porque la vida tiene que seguir y los planes deben cumplirse tal como fueron diseñados, qué importa que aparezca un monstruo por allí y otro por allá. Entonces, querido Franz Kafka, hay un absurdo y ese absurdo, es legal.

Don Quijote y Sancho 13. A SANCHO:
Recordado y tantas veces emulado, Sancho. Emulado (o copiado o igualado) por aquello de que la realidad hay que sentirla cada tanto, sobre todo cuando las cosas que percibimos (las que sentimos y pareciera que entendemos) dejan de ser lo que son para ser convertidas en invenciones por alguno que está loco o sumamente asustado. Y como ese que inventa quiere que su invención sea real, entonces busca a otros que crean lo que él cree para que así lo inventado se convierta en realidad. Sabemos, Sancho, que la realidad se construye entre dos o más que admiten lo mismo o al menos que lleguen a un acuerdo sobre eso que está ahí (como decía Ortega). Claro que hoy pasa algo peor: la realidad no se discute sino que se impone por la tele.

Amigo Sancho, hubo muchas contingencias entre usted y don Quijote, porque las más de las veces estuvo en desacuerdo con su vecino manchego. Y esto, antes que un mal, resultó algo bueno, porque dos que son iguales no se aportan nada. Como sostiene Hannah Arendt, sólo en la diversidad y el desacuerdo hay un principio de conciencia, porque sólo ante el otro yo sé qué me gusta o qué me disgusta, qué soy o qué no soy. Y a partir de esto que me diferencia, llego a la necesidad de elaborar un acuerdo con el otro, donde nos damos un espacio para la discusión acerca de lo que nos opone. Y es en esa discusión donde nos topamos con lo que nos iguala.

Usted fue un hombre de discusiones, Sancho. Basta leer las que tuvo con Teresa, su mujer, y después con don Alonso Quijano. Las primeras, sobre cosas terrenas (la canasta familiar y otros deberes matrimoniales), las segundas sobre el comportamiento berkeliano de su vecino don Quijote. Y de discutir esto llegó a la conclusión de que uno no puede existir sin el otro, de que si no hay opuesto el mundo carece de sentido (como sostenía también Jacobo Bohême). Y no sé si la panza haya tenido que ver en esto. Se sabe, por Freud, que el ejercicio de las tripas tiene mucho que ver en el entendimiento del mundo. En fin, Sancho, mis respetos: usted siempre se opuso a ser un clon.

14. A MACLUHAN:
Leído y estudiado Marshall, teórico de la gran comunicación y de esa aldea global donde, como suponía Karl Jaspers, nos encontraríamos todos. Y donde hoy no nos encontramos porque, debido al exceso de intereses y de miopía, de temor a pensar y a revisar lo hecho, en lugar de discutir y crear conocimiento, de entrar en contacto con el otro y lograr de esa tolerancia una información para crecer lo que tenemos, mejor nos dedicamos a hacer estatutos y a cerrar fronteras, a señalar al otro y a quejarnos del espacio que nos toca. Increíble que esto suceda en plena cúspide de la civilización (al menos de la tecnológica). Pero pasa y bueno, todo podría achacarse a la pos modernidad, que es el chivo emisario de lo que pasa. O mejor de los que nos pasa, porque ya no convocamos.

Marshall, usted, con sus tesis, provocaba hacia una comunicación más integral y más humana. Y de esta comunicación, que tendría como meta crear un ciudadano universal, unido a través de los medios de comunicación, obtendríamos un humanismo propicio al entendimiento, al ejercicio de la responsabilidad con la vida y al acceso a unos espacios mayores de discusión centrados no en separarnos sino en unirnos. Pero sólo se ha obtenido un resultado: que se ha dado lo global y, a la par, continúa la aldea que frena, desune y hace estatutos para seguir siendo más aldea.

Marshall MacLuhan, no hay comunicación si estamos lejos del pensamiento complejo y del sistema que integra al mundo. De la unión entre varios para producir un elemento más completo, de análisis más amplio, es que nace la comunicación. Pero si en lugar de propuestas hay sólo estatutos, si carecemos de discusión y sólo producimos quejas, lo que queremos comunicar se convierte en un comino sobre el que todos pasan. Y del que todos se burlan porque apenas si contiene una esencia para comidas que ya no existen. O que existen, pero necesitan de otro condimento para que no hagan daño. Marshall, le repito, lo global existe. Pero también la aldea.

15. A PROUST:
Apreciado y educado Marcel. También leído y degustado, porque sus libros no sólo son para saber una historia sino para sentir lo que esa historia dice. Como una taza de té que se toma con ambas manos, sintiendo el calor y el paisaje, así hay que leerlo a usted. Por esto, pensando en lo que es delicado y fino, suave y propicio a la caricia, reivindico el derecho a la sensibilidad y al asombro. En otras palabras, el derecho a tener sentimientos y a ejercer la sentimentalidad, no en términos de aburrimiento, como tantos poetas de bar, sino de vivencia frente a los demás y lo que nos rodea.

El Romanticismo fue la respuesta sentimental al mundo de la razón. Y si bien la Ilusración (desde Descartes a Kant) nos hizo propicios a la inteligencia fría y analítica, los románticos le dieron a esa racionalidad el encanto de la poesía de un Byron, de un Flaubert, de un Kavafis, de un Pessoa, porque sin una educación sentimental es imposible que la razón tenga sabiduría. La racionalidad, con sus máquinas y sus balances precisos, con sus formulaciones invariables y resultados esperados, hace del hombre un robot que obedece sin cuestionarse. La sentimentalidad, el sentir lo que sucede con la razón, lleva a hacerse preguntas. Y en la pregunta, a obtener respuestas para vivir y darle sentido a la vida. Pero la sentimentalidad, en nuestros días, se ha perdido Marcel.

Hölderlin, el gran romántico alemán, reclamó la necesidad de sentir al otro (mirarlo, tocarlo, reír y llorar con él) para convertirlo en un ser de nuestra propia especie. Pero ese reclamo, que Ernesto Sábato reivindica como una forma de Resistencia a la falta de sentimientos, llega a oídos sordos. Pocos son los que se emocionan, los que se solidarizan, los que sueñan. Hoy, Marcel, asistimos a una masa fría que vive entre cálculos y sigue programaciones, que ve al otro desde la producción y el consumo y que confunde un llanto emocionado con una risa, como una forma de actuación o como parte de un chiste. Marcel Proust, perdido el sentimiento, perdido el sentido de vivir.

16. A DRÁCULA:
Estimado y desacreditado conde (sobre todo cuando lo convierten en Vlad Tepes, el empalador), creí, hasta el momento, que usted era de los pocos que se ganaban la vida actuando desde la oscuridad. Pero no es así. Ahora son muchos sus seguidores, pero no en calidad de vampiros románticos y fotofóbicos, capaces de todo por un enamoramiento (aún de cargar su ataúd, como en la versión cinematográfica de Murnau). No, no son vampiros enamorados de los que hablo sino de gente que convierte lo claro en oscuro confundiéndolo todo para, de esta manera, chupar razón y vivir de esa confusión que crean. Basta ver cuando sale un decreto o se discute un método, cuando hay una idea clara que se debate o al momento de hacer una pregunta.

La oscuridad, amigo Drácula, la que se teje en la palabrería retórica de los nuevos léxicos, abundantes en el decir y muy secos en el hacer, cubre ahora el mundo de lo razonable. Así, un huevo, en este mundo de la nueva noche foucault-lacaniana o derrida-bacheleriana (autores vampirizados por sus seguidores), no es un huevo sino un algo (lo que sobrepasa el sentido de la cosa y al sobrepasarla la desdibuja) en el espacio que se junta y se expande y, al mismo tiempo, es y no es. Vista así la situación, el huevo de todos los días, ese del desayuno y legitimidad de la gallina, es un monstruo. Y algo peor, una palabra sólo para especialistas. En esta nueva oscuridad, no sabemos qué nos comemos ni qué entendemos, a menos que evitemos preguntar qué es un huevo.

La oscuridad, vencida hoy por la energía eléctrica y, creíamos, por la enciclopedia, anida en los supuestos intelectos mayores, que en lugar de aclarar se dedican a confundir (o como decía Pedro Abelardo, a explicar lo que no entienden). Y a vivir de esa confusión. Entonces, amigo Drácula, la noche romántica, la que Coppola convierte en cine, ya no es la suya (la del amor y las ansias) sino una estructura complejizada donde usted no es el que es sino que ha sido convertido en una referencia, en un sujeto de análisis, en una palabra confusa etc. Drácula, a usted lo ha matado el vampiro mayor.

17. A MAGRIS.
Claudio, he leído con pasión y detenimiento su libro Danubio y he quedado realmente asombrado con su concepción de la historia, la comprensión del paisaje y la educación sentimental necesarias para darle valor al mundo en que vivimos. Y no porque su discurso asuma tintes académico o de gran investigador sino porque usted, como gran ensayista que es, ha recurrido al único ejercicio posible para recrear el mundo: la literatura. Como dice Jorge Luis Borges, una ciudad comienza a existir cuando hay poesía que la nombre, cuando hay un relato que la hace posible a la memoria y a la fantasía, a la curiosidad y al asombro. Una ciudad, un territorio, no puede ser entendida de otra manera. O si, cuando se la quiere desvirtuar, entendiendo por desvirtualidad la negación que hacemos del lugar donde vivimos.

Danubio, ese gran río que comienza en la selva negra alemana y concluye su recorrido creando un delta en el mar negro, da razón de la Mitteleuropa: esa Europa central que produjo hombres como Franz Kafka, Elías Cannetti, Thomas Bernhardt, Joseph Roth etcétera, que describieron la fuerza de la memoria-cultura y la fabulación, del sentir y la digresión, de la vida y el infierno, estableciendo muy bien el sentido de la condición humana. Y esta es la grandeza de su libro, Claudio, que está escrito para hombres que no temen a la memoria, que no la esquivan.

Danubio, Claudio Magris, debería ser lectura obligada para los que habitamos estas tierras, siempre tan desmemoriados y esquivos al análisis de lo que pasa. Siempre tan mentirosos y repetitivos, tan dados a las mono-logias y al pensamiento único y servil. Si leyéramos Danubio y lo estudiáramos, aceptaríamos al fin que un continente sin memoria no puede ser más que un territorio atrasado y que esto real-maravilloso que nos pasa no es tan real ni tan maravilloso sino una mala invención de la desmemoria, de la oscuridad, de la falta de referencias y de historia clara. Y de la negación enfermiza de lo que somos. Claudio Magris, gracias por Danubio. Es un examen de conciencia.

18. A CANETTI:
Leído y estudiado, Elías, estamos perdiendo el humor, esa virtud tan humana de reírse de las dificultades. Y al no reírnos, como dice Freud en El chiste y el inconsciente, asumimos un peligroso estado de autodestrucción porque, a falta de risa, no hay catarsis sino un deseo creciente de destruir. Y cuando nos autodestruimos, negándonos el mínimo derecho a la burla, el concepto de realidad se pierde y sólo queda el miedo como referencia a nuestros actos. Vivimos entonces en tiempos de destrucción y de negación de lo que pasa. Y, como perros apaleados, buscamos intensamente el olvido.

Leyendo su libro Cincuenta caracteres, donde usted Elías ejerce la burla y el cinismo sobre los distintos tipos humanos, he recordado a Moliere, a los enfermos imaginarios, a los hipócritas y a esa basta multitud de seres que, haciendo el ridículo, le dan colorido a la sociedad, a la historia y a la necesidad de reflexionar partiendo del error. Reírse del otro o de sí mismo, es un punto de apoyo para comenzar a entender lo que sucede. Pero ya no hay risa. Esos Cincuenta caracteres de los que usted habla, que son risibles y como tal conforman una crítica severa a la sociedad, en lugar de elementos críticos se están convirtiendo en modelos a copiar (en lo que Antonio Ussía llama la legitimidad de lo cutre). O en algo peor, en enrollados, como los define Tom Wolfe en ese libro maravilloso sobre El periodismo canalla.

Elías Canetti, ¿Qué sucede cuando el humor se pierde y quedamos atrapados en los límites cada vez más estrechos (y peligrosos) de la razón enferma? ¿Qué acontece cuando nos aislamos del ser frágil y proclive al error que somos y asumimos el nefasto modelo del PyG (pérdidas y ganancias) grabado, como un susto, en una hoja electrónica? Somos risibles, es cierto, pero ya no hay quien se ría de nosotros. Y en esta soledad de risas, en esta carencia de chistes inteligentes, regresamos al estado lamentable del vencido, de ese que no protesta (la risa es un discenso) porque, como dice Klaus Heindrich, ya está invadido por el proceso de autodestrucción.<

19. A KERTÉSZ.
Apenas hasta hoy, leído Imre. En dos noches y una tarde, he leído su novela Sin Destino y son muchas las cosas que han quedado dando vueltas en mi cabeza, no porque haya encontrado algo extraño en lo que escribe sino por la certidumbre de que eso que usted dice no es otra cosa que la evidencia del mundo en estado de degradación en que vivimos y al que tratamos de maquillar con lo light y las discusiones que evaden lo que pasa: que avanzamos hacia atrás. He quedado muy asustado después de leerlo, Imre. Y el susto me llega porque ahora si veo que la razón (lo que nos llevaría a ser mejores) es un fracaso. Todo los hemos dejado en manos del sistema y de la máquina. Y de un temor enorme a tomar decisiones.

Usted, Imre, como traductor de filósofos y escritor de temas de conciencia (sus historias son más para la reflexión que para el divertimento) toca dos elementos que definirían nuestro siglo: 1. La inseguridad que propician las instituciones, que en lugar de tranquilidad terminan generando caos. Tantos Estados totalitarios, por ejemplo. 2. La calidad de la víctima, que en lugar de enfrentar al victimario le proporciona todos los medios para que éste siga ejerciendo su tarea, legitimando de esta manera el horror. Dice usted, Imre, que a la víctima le gusta ser más víctima, es decir, que admite la desesperanza (que ya sólo tiene la nada) y ya no espera sino un no-tiempo y un no-espacio, una inmovilidad permanente. Es terrible.

Nuestros días, según su novela y dos artículos que le he leído, están marcados por un deseo inmenso de ser esclavos (que sean otros los que nos ordenen y definan, los que nos piensen y sitúen). La libertad la dejamos en manos del destino, en lo que pase, en el azar. Y en la medida en que más personas sean trituradas por ese destino, más normal vemos la situación, más aceptamos esa igualdad y, en esta presunta normalidad, aceptamos el miedo y la degradación como parte de la vida. O como la vida misma. Imre Kertész, usted habla desde la crueldad. Pero al menos habla.

20. A POPPER:
Leído y estudiado Karl, si asumimos la verdad absoluta existente como objeto de conocimiento, realmente no entraremos en nada nuevo ni produciremos novedad alguna. Lo que es ya es y no admite nada más, diría Spinoza. O si produciremos algo y son esclavos de esa verdad que se asume como única y completa. Y esta parece ser la constante de la posmodernidad: mucha gente fanática de una verdad que en lugar de incluir excluye y niega la posibilidad de un conocimiento nuevo o, al menos, de una forma distinta de asumir lo que construyó esa verdad que se tiene como certidumbre.

Nos estamos negando a ver nuevas posibilidades, Karl, a pensar que en esto que sabemos (o que damos por cierto) hay posibilidades diferentes; que quizás eso que hemos construido tiene mucho de error y, por lo tanto, de desvío de la realidad. Como dice usted en En busca de un mundo mejor, seguimos preguntándonos sobre el contenido y no sobre el contenedor, que en última instancia es el que legitima el contenido. Por ejemplo, la pregunta no es qué es la democracia sino qué debe contener un espacio democrático para que esa democracia se entienda y sienta bien. La realidad, compuesta de posibilidades que, analizadas, nos muestran la factibilidad de errar y por exclusión del error dota de un comienzo de certeza, no se construye con absolutismos sino con discusiones que se ajusten a cada tiempo y espacio. Todo cambia.

La posmodernidad, desde su teoría, es paradigmática, es decir, funciona con espacios cerrados a otras certidumbres. Como en El príncipe desvelado de Alberto Cousté, un tiempo entra en el otro aferrado a sus definiciones más radicales, impidiendo ver lo que acontece ahora. Así, no hay discusión sino imposición o enfrentamiento. Y si bien algunos quieren encontrar novedades, la mayoría quiere imponer lo que sabe y admite como verdad absoluta, quizás porque así evade el miedo que siente a la frustración de saber que defiende errores. Entonces, Karl Popper, no hablaríamos hoy de conocimiento sino de desconocimiento. Y de oscuridad.

21. A TARZAN:
Querido, hombre mono. O criado por los monos y por eso gran conocedor de la selva, los bejucos y los pantanos, las tierras brumosas y los reinos escondidos. En otras palabras y recurriendo a la metáfora, transeúnte de los códigos civiles y penales de tantos países del tercer mundo donde nunca se podan los árboles de la ley sino que se los deja crecer lujuriosos y promiscuos conformando vorágines espesas donde abundan toda clase de sorpresas y sobresaltos. Es que donde menos se espera, hay ciénagas y arenas movedizas, animales hambrientos y humedades que crían la más variada fauna de seres que, como concluía el padre Joseph Acosta, nunca estuvieron en el arca de Noé y por eso, necesariamente, debían ser catalogados en la especie de los demonios.

Mendes France, el famoso pensador y político francés, decía que cada tanto debía podarse el árbol de la ley para que éste se mantuviera lozano y claro, es decir, que el árbol de los derechos y los deberes, tendría estar siempre visible y analizable para que de esta manera supiéramos cómo usar la savia y sabiduría de esta estructura de derecho que, como el Etz Jaim de la Kabalá, representa el árbol de la vida y la mejor manera de vivirla. Ya un modelo de ese árbol del conocimiento, del que se desprendían leyes claras, tuvo su prototipo en el Paraíso. Pero, como sabe usted Tarzán, hombre mono, en las selvas húmedas los árboles son difíciles de podar porque, en estos espacios, con dos gotas de agua crece cualquier cosa. Y no solamente crece sino que se enreda y cría otras plantas que hacer perder el Norte y a la par cubren lo hay que ver para no perderse de camino. Así, en esta ecología desordenada, todo es posible.

Tarzán, amigo mío, qué bueno sería conocer sus tácticas para ir de árbol en árbol pegado de un bejuco, no saltando como loco sino sabiendo dónde ir. Y gritando cada tanto para espantar peligros o al menos ejercer la soberanía que corresponde a quien avanza. Grito que amplía el pecho y perfecciona el olfato. Claro que en la selva urbana y de códigos, esto no debe ser fácil. Sobre todo cuando el que huele se intoxica.

22. A LE FANU:
Estimado Sheridan, el mundo se ha vuelto gótico y no porque muchos gobernantes parezcan Batman sino debido al culto inmenso y contradictorio a la muerte que se está rindiendo por todas partes. Muerte en la moda, en la televisión (que la legitimó como un acto cotidiano violento), en los vídeo-juegos, en las palabras de a diario, etc. Todo parece indicar que estuviéramos en la mitad del siglo XIX, cuando las lámparas de gas lechoso, los poetas bebedores de ajenjo y fumadores de opio, los fantasmas enamorados y los monstruos de laboratorio poblaban las grandes ciudades. Por esos días, era imposible leer a Praga sin el Golem y la calle de los alquimistas; a Paris sin sus cementerios y alcantarillas pobladas de ratas y comuneros; a Londres sin su bruma y esos destripadores ansiosos de primeras planas y de mujeres pecadoras; a Madrid sin sus maestros de esgrima carlistas y los encapuchados del Santo oficio. Un siglo duro ese, de vendettas y muertos emparedados, de condes durmientes en ataúdes y de cortesanas tuberculosas. Ese ambiente propició la semilla del romanticismo, dicen algunos.

Pero no es sobre el romanticismo que le escribo, Sheridan Le Fanu, sino que mi interés se cifra en el vampirismo. A fin de cuentas, su novela corta, Carmilla (la hermosa vampira), fue la base para que Bran Stocker escribiera Drácula, símbolo del eros y tanatos de nuestra época. El elegante y cadavérico conde, de mordisco afilado y comportamiento ético irreprochable (al menos con sus invitados), abrió el siglo XX y escapó de él antes de que concluyera, asustado con las nuevas formas de muerte propiciadas por la razón de los regímenes totalitarios y de los laboratorios genéticos. Como a Carmilla, a Drácula le falló el corazón. Y no por la estaca que le pusieron en el centro sino debido al sentido que perdió el vivir y el morir. Ya no vivimos ni morimos, simplemente nos anotan y al cabo de un tiempo nos borran. Pasa como en Todos los nombres de José Saramago. Somos una ficha, un dato.

El vampiro literario (que es la metáfora del poder) se caracteriza por alimentarse de otro semejante en materia y forma, succionándole su esencia. Y ejecuta este acto morboso porque está muerto y necesita un trozo de vida, un día más. Así, amigo Sheridan, vemos succiones (mordiscos) permanentes a las instituciones del Estado, a los salarios, a la calidad de los productos, al que hacer de los trabajadores, a la moral y a las posibilidades de futuro. Y este vampirismo, como dice la teoría, crea otros vampiros y al final ya son vampiros contra vampiros, tratando de chuparse los tres centímetros de sangre podrida que les quedan. Van por los restos.

Amigo Le Fanu, corrupción y vampirismo están ligados. Y así la muerte crece, pero con tintes de espectáculo.

Derrida 23. A DERRIDA:
Estimado Jacques, como la democracia implica la presencia del otro, ya que el hecho democrático es colectivo y no individual, por estos días he reflexionado un poco sobre su teoría Sobre de la mentira en política. ¿Se miente en política? ¿Se debe mentir? A la primera pregunta, Hannah Arendt, en su texto Verdad y política, dice que si, que se miente, y que esta mentira, cuando manipula a las masas, lleva a toda clase de desmesuras y estragos porque anula lo democrático (el intercambio de verdades o al menos de intenciones de verdad) y legitima la intolerancia y, por efecto, la exclusión del otro. En este punto, la mentira en política destruye lo político, que es el debido gobierno de la ciudad, como dice Aristóteles.

Ahora, querido Jacques, ¿Se debe mentir en política? En términos kantianos, la mentira va contra la razón. A esto, usted responde: si, ¿pero como no mentir si se carece de una verdad completa? Porque decir la verdad exige decirlo todo, con lo positivo y lo negativo, con lo que ha pasado y podrá pasar. Y ya esto es imposible de lograr, porque no sabemos qué podrá pasar (no hay una certeza absoluta) sino que lo intuimos. Y la intuición es una verdad a medias, una mentira a medias.

La mentira, dice usted, tiene dos espacios: el que miente sabiendo que lo hace y por eso es consciente del engaño. Y el que miente porque carece de elementos de verdad (no los tiene todos, está en la incertidumbre) y por eso trata de decir lo que sabe tratando de entenderlo y de ajustarlo a lo que no riñe con el mayor bien. El primero es un mentiroso, el segundo es un político. Y ¿qué es un político? Aquel que no lo dice todo o evita decir sólo verdades, a fin de que haya convivencia entre la gente. Si dijéramos siempre la verdad, no habría convivencia social. Esto que parece una contradicción, políticamente es una certidumbre. Es lo que Wittgenstein llama mentiras éticas (de comportamiento) y que permite que dos no se ataquen. Por ejemplo, por qué decirle a una señora que su hijo recién nacido parece un sapo, o a un anciano que ya debe ir preparando su entierro. Si esto se dijera, habría un enfrentamiento. La convivencia se da, en buena medida, diciendo lo que la gente quiere oír y que no es siempre la verdad. La señora del niño feo quiere escuchar que tiene un niño lindo, el anciano que se lo ve muy sano etc.

Para un sicoanalista, un mentiroso sólo manifiesta sus deseos. En la mentira que dice está lo que querría hacer o ser. Ya en lo político, la mentira (la que no tiene todos los elementos de verdad) perfila los deseos de lo político. Entonces, para controlarlo y no permitir que lo dicho se desvirtúe, hay que obligar al hecho político a que se suceda. Claro, querido Jacques Derridá, que una cosa es mentir porque la verdad no está completa (que sería la mentira política) y otra mentir porque no sólo se esconde una verdad sino que además se es consciente del engaño. Esto ya es un crimen.

24. A NADIE:
Querido Nadie, gente como usted es cada vez más abundante. Parece que su capacidad de multiplicarse supera lo previsto en la teoría de los clones o que se ajusta a la del desprestigiado Malthus, pensador que hoy vuelve a ser muy actual aunque nadie diga nada. Hablar de Malthus implica ver el mundo con índices de escasez cada vez más altos, donde a más nadies (en este caso incluyo nadies con nombres importantes), más posibilidades de llegar rápido al fin del mundo debido a la carestía y a la destrucción (por uso indebido) de los recursos naturales. Diría, entonces, que usted Nadie es un factor de colisión tremendo. O, en otras palabras, es un compulsivo por mantenerse vivo y multiplicándose, lo que implica comerse cada vez más rápido lo que queda de la tierra. Y en esto incluyo no sólo la comida sino el aire, el agua y el espacio mínimo vital.

Pero nadie, puede estar tranquilo. En términos políticos, usted y su crecimiento desmesurado es muy importante. Mientras lo vean en calidad de masa, será un factor económico y social interesante: usted Nadie, está en las proyecciones del mercado de las multinacionales, sean gubernamentales o privadas, que ven el mundo como un gran supermercado repleto de compradores compulsivos que pagan de contado o compran fiado. Importa poco la forma de pago, pues para recuperar la inversión está el FMI o la presencia de los grandes ejércitos armados o financieros, donde ya los nadies se reemplazan con robots (el ideal de un nadie para un tecnócrata) y máquinas identificadoras, para que el mundo se mueva con la razón tecnológica y no con el corazón.

La globalización, Nadie, sólo se entiende con su presencia, pues muchos nadies pueden llegar a pensar y a actuar de acuerdo con los dones del imperio, que ya es una especie de Big Brother que todo lo ordena y define con precisión para que ninguno se mueva de la fila. Así mismo, los nadies convertidos en masa, se transforman en un plato apetitoso para los políticos que buscan votos o que justifican la existencia de una democracia en términos de mayorías que deciden. Qué más da que después no puedan actuar, pues usted, Nadie, como su nombre lo dice, vota pero no está representado. Y de igual manera, se usa a los nadies para tener tema en las conferencias internacionales y en los consejos de seguridad, donde se lee a los nadies como factor de violencia y, por ello, sujetos de invasión o al menos de control, lo que lleva al crecimiento del producto interno bruto de los grandes "protectores".

Amigo Nadie, usted ya no es lo que cantaba Piero. En este mundo de escasez, usted es la legitimación de las cifras, de los proyectos que no se cumplen y del mundo político que busca impuestos y masa para engordar sus propios intereses.

25. A BUBER.
Querido Martín, se viven días de mentiras y desinformaciones. Y como se acercan tiempos de reflexión, creo que debemos centrarnos en una palabra hebrea: Hasbará, que traduce información y, en su propuesta filosófica, se amplía a in-formación o sea, estar dentro de lo que se forma. En este punto, estar dentro implica vivir la situación, sentirla y enfrentarla a lo histórico vivido. Pero qué sucede cuando esta Hasbará se malinterpreta o, lo que es peor, se secciona en partes para utilizar de ella lo que interesa a una posición política o a un odio milenario, como sucede con tantos columnistas y periodistas que "leen" el conflicto palestino-israelí desde la parte que les interesa y no desde el todo, que sería lo objetivo.

Esto de la parte y el todo, que Emmanuel Levinás leyó bajo el concepto Rostro, siendo el rostro lo que nos rodea y ve y nosotros quienes nos reflejamos en ese rostro y por eso a veces nos da miedo y lo negamos (lo mentimos), lo trabajó usted Martín en términos de Yo y Tu, determinando que el yo se afirma en el tu (en el otro) cuando asume la tolerancia (el conocimiento pleno del otro) o destruye el tu cuando el ejercicio es de intolerancia, o sea de imaginación acerca de lo que es el otro y lo que hace. En otros términos, cuando no se está dentro de la información sino fuera de ella, inventándola y, por eso, mintiéndola.

La mentira, como sostiene Jacques Derridá, es la negación de la verdad o de parte de la verdad (que es la mentira maliciosa) y por eso hace tanto daño. Es negarse a la Hasbará, a la información y, negada la información, asumir la creación conciente de la mentira para afectar un colectivo. En este punto, Martín, recuerdo el libro de Arturo Pérez-Reverte, titulado Territorio Comanche donde este periodista y escritor español cuenta como se confecciona una noticia en un lugar en guerra. Dice Pérez-Reverte que la noticia se construye con elementos horrendos (y si no los hay se crean), a fin de poderla vender bien, sin que importe cuánto contenido de mentira tenga y a quién afecte. No hay Hasbará sino Met (muerte), que es lo que niega ya toda posibilidad de ser.

Decía Jesús de Nazareth, que el peor de los pecados es el escándalo, o se la utilización de la mentira para dañar a vida de otro o romperle sus valores, creándole un estado de desesperación (de falta de esperanza). Esto me lleva a pensar Martín, que muchos de los que "interpretan" lo que pasa en el Medio Oriente, buscan con sus escritos sembrar la desesperanza a fin de que el conflicto se agudice y ellos tengan siempre de qué escribir y contra quién escribir, soltando todo el veneno contra el Rostro que los mira, que es la Hasbará completa que ellos no interpretan. Martín Buber, a veces me pregunto por qué usted no alcanzó a dar una respuesta completa en su libro ¿Qué es el hombre? O si la dio y no es más que aquel que se mira en el Rostro y lo escupe.

26. A SARAMAGO:
Olvidadizo, José. No han sido afortunadas tus últimas declaraciones públicas, quizás por aquello de que el que mucho habla mucho yerra. Estás en todo, buen hombre, y eso, a tus años, debe cansar mucho, a más de afectar tu memoria reciente y, por tu vicio de desvirtuar la historia, la lejana. Imagino que a estas alturas de tu vida, realidad y fantasía se han mezclado peligrosamente, como ya proponías en uno de tus libros: Todos los nombres.

Desmemoriado José, esto de hacer de la historia un elemento con el que se puede jugar, es válido en literatura. A fin de cuentas, para la imaginación lo histórico es sólo un referente que permite fabulaciones sin límites. Ya, en sus folletines, lo hizo Alejandro Dumas padre, burlándose de la corte de Luis XIV y del pobre cardenal Richelieu que, a costa de Los tres mosqueteros, acabó como el malo de la película. Y pasa igual con Arturo Pérez-Reverte que, en su serie del capitán Alatriste, usa la historia como comodín, más para ambientar lo que le sucede a su personaje que para ilustrar lo que realmente pasó. Literariamente, la técnica es buena y funciona bien, porque esa historia marginal vieja ya no ofende a nadie, a no ser a algunos especialistas.

Cuando leí El memorial del convento, El cerco de Lisboa y El evangelio según Jesucristo, tres libros en los cuales usted, olvidadizo amigo, hace de la historia lo que quiere, contando algo distinto a lo que realmente sucedió, sonreí varias veces. Cómo se notaba que su interés era escandalizar y no más. O sí buscaba más, porque esos descréditos históricos le dieron buena prensa y, como resultado, excelentes ventas de sus libros. Es usted un viejo pícaro y con arrestos de malo, José (como dice el profesor Gildardo Lotero). Y lo verde lo ha sublimado en marketing.

Alguna vez dije que usted, José (¿sí se acuerda que ese es su nombre?), fue quien mejor leyó la historia personal del hombre del siglo XX. Y no me retracto. Como lector de individuos, usted es maravilloso. Basta leer El ensayo sobre la ceguera y La caverna. Pero como lector de colectivos, es un desastre. Quizás porque todavía maneja esquemas de la izquierda y la derecha viejas, donde lo importante era el descrédito del otro (a través de la calumnia) y no el análisis objetivo de la situación. En este sentido usted es un desafortunado, como las islas españolas aquellas, llamadas así por lo estériles y secas.

Desmemoriado (o mal intencionado) amigo, creo que confundir Auschwitz con la situación palestina se sale de la raya y le hace el juego al antisemitismo más atroz. ¿Lo hizo por llamar la atención o porque en su desmemoria ha mezclado su izquierdismo con nazismo?

27. A WISEL:
Apreciado Elí, parodiando El manifiesto del partido comunista, negros nubarrones se ciernen sobre Europa. Pero no para los europeos sino para los judíos y los inmigrantes. En Francia, donde nació la teoría racista y el antisemitismo "científico", por estos días se quemaron dos sinagogas, se han dañado varios cementerios hebreos y vuelven a pulular folletos perversos donde se señala y se pide excluir a todos aquellos que se consideran "nocivos" para la vieja cultura racionalista y romántica. Y poco se protesta por esto. Hay mayores prioridades, eso se dice.

Elí, usted fue el rimero que utilizó la palabra Holocausto, para significar con ella el genocidio más atroz de que da cuenta la historia. En ese Holocausto, se llevó a millones de judíos (y con ellos centenares de miles de gitanos y otros excluidos) a las cámaras de gas y a los laboratorios donde utilizaron seres vivos para hacer experimentos y, como resultado de estos ensayos, producir jabones (de cebo humano), sacos de invierno (de pelo), lámparas de piel, a más de otras atrocidades donde los conejillos de indias fueron hombre, mujeres y niños vivos a los que, sin usar ninguna anestesia, se les abría el vientre o se les quebraban los huesos o se los sentaba en bloques de hielo o se los ahogaba con gas ciklón B o con monóxido de carbono para ver cuánto duraban así. En ese Holocausto, la muerte se convirtió en una industria "normal" que incluyó desde la logística para el traslado de las víctimas hasta la utilización técnica y científica de cada una de las partes de sus cuerpos, a fin de lograr índices de calidad y rentabilidad en ese genocidio. Esta demostración de odio y criminalidad inverosímil, que se llamó la solución final, fue el inicio del fracaso de la razón.

Elí, usted, como Primo Levy (el escritor italiano que escribió esa novela maravillosa que se llama Cristo se detuvo en Éboli), como Simón Wisenthal (el cazador de criminales de guerra), León Poliakov y otros no descansó nunca de denunciar estas atrocidades, esta Shoá (genocidio inmenso y brutal). Pero todo parece indicar que esa Alma negra de Europa (como se nombra al antisemitismo), está tergiversando la historia para convertir el Holocausto en una simple Intifada y hacer percibir (ante la opinión) el derecho a la legítima defensa como un nazismo moderno. Y es claro que esta tergiversación le interesa a Europa porque el Holocausto no sólo lo propiciaron y pusieron en marcha los nazis alemanes sino todos los colaboracionistas directos de esta ideología brutal (ucranianos, rumanos, húngaros, colaboracionistas franceses, polacos etc.); y los indirectos, esos que sabían lo que pasaba pero no hicieron nada (Inglaterra entre ellos). Con una historia que se confunde y en la confusión minimiza el crimen, la vieja Europa se lava el pecado y hasta mira con dignidad. Elí Wisel, es terrible lo que sucede, es La noche el alba y el día, pero al revés. Ya no se lucha por la dignidad sino que se legitima la indignidad.

28. AL RAMBAM:
Apreciado y respetado Moshé ben Maimón, no son claros los días que vivimos y más parece que flotamos en ese caos a donde nos precipitó el exceso de información y la mala gramática utilizada. Ya se habla sin memoria y dando por cierto cualquier acontecimiento, como si las cosas o los hechos se dieran de manera espontánea, sin causa y sin historia. Hay, como dice Jung, una neurosis por saber y actuar sin determinar si esto que sabemos o las acciones que generamos tienen sentido o no. En otros términos, se actúa por impulso, presumiendo lo que son los hechos y no entrando en ellos, en sus significados y referentes, que es lo que legitima la construcción que produjo el resultado. Querido Mamónides, como usted planteó en su Moré Nebujim (Guía de perplejos), estamos confusos y se hace necesario aclarar de nuevo los conceptos y las definiciones, volver a la correcta escritura y, sabiendo cómo se expresan la ideas, pensar en orden.

La perplejidad, este saber sin entender qué es lo que se sabe, nos coloca en un espacio confuso donde nos asombramos sin entender el asombro. Como le pasa a los animales que nos miran, que saben que estamos ahí y nos movemos, pero no entienden porque ocupamos ese espacio ni a que se debe nuestro movimiento. Están perplejos frente a nosotros, presumiéndonos con memoria corta, estimulándose con lo que hacemos, pero sin entender nada. Con razón, querido y leído amigo, el animal mira y en la mirada se le nota la tristeza. Es que le faltan datos y sus ideas y expresiones están inconclusas. En términos de Spinoza, está triste porque sólo tiene ideas inadecuadas. De aquí la confusión y el lagrimeo.

En la Mishné Torá (repetición de la Torá), usted RamBam (Rabi Moshé ben Maimón) aboga por volver a las bases que nos rigen. Así, regresando a los fundamentos, podremos regresar de nuevo al pensamiento lógico y estructural que hizo posible que el mundo que habitamos exista. Pero antes, hay que salir de la confusión, determinando el sentido de cada cosa y hecho, el alcance de cada palabra y la lógica del pensamiento. Debemos regresar al rigor. Para esta tarea se hace necesario sumar lo que hay y, lograda la suma, destilar lo que realmente sirve. En otras palabras, como cuenta Isaac Bashevis Singer en Escoria, hay que pulir y purificar, no agregar más cosas. La escoria es lo que sobra cuando un metal se ha fundido debidamente, dejando de lado impurezas y basuras.

Querido RamBam, todos los excesos llevan al caos. No es de extrañar que en su Tratado sobre las hemorroides, dedicado a Saladino, le recomiende a este califa un orden diario en el aseo, el vestuario y la comida. Y en las lecturas. Y si bien su Tratado no cura las hemorroides, si cura bien la mala manera de pensar.

29. A NIETZSCHE:
Desesperado y dolorido Frederich, su Zarathustra aparece ahora por todos los lugares, pero ya sin voz y apenas evidenciando unos enormes ojos de loco o de ciego enloquecido, igual que un sufí después de una bomba atómica. Su criatura (símil del Zoroastro persa) es un testigo de lo que pasa y siente y, a la vez, de lo que no pasa y entonces, para más dolor, imagina. Y si bien Apolo lo asiste un rato, ordenándole el camino y las ideas, de inmediato llega Dionisos y destruye con sus juergas y demencias lo poco construido. Quizás ésta sea la razón-sin razón de la posmodernidad: ordenar elementos sobre una mesa para de inmediato tirar del mantel y que todo caiga y se desordene de nuevo. Un juego de bufones delirantes, como en los relatos de Alfred Kubin, el maravilloso ilustrador checo.

Su teoría de lo dionisiaco (el desorden) y lo apolíneo (el orden) como dos elementos permanentemente conectados e interdependientes, que actúan el uno sobre el otro en igualdad de fuerzas (creo que en física le dicen a esto entropía) está hoy manifiesta en las actitudes de los gobiernos y las economías, de las ciencias y las filosofías. Todo esto a lo que asistimos en calidad de testigos-oidores, como sostiene Elías Canetti en Cincuenta caracteres, está regido por la acción-reacción, pero no en los términos de Jacobo Bohéme cuando habla de los opuestos (donde lo uno no puede darse sin su opuesto; lo blanco no existe sin lo negro etc.), sino, más bien, bajo el modelo de las películas de Rocky. En estos filmes, a un golpe se responde con dos golpes (reafirmados por sonidos secos) y los primeros planos se enfocan sobre la sangre que salta y los dientes que vuelan. Y el orden desaparece para darle entrada a un desorden donde priman salvajadas, ignorancias y emociones.

Dionisos, ese dios borracho que sólo se interesa en el caos mientras levanta la copa y busca a quién seducir, que se burla y excrementa sin recato, es hoy el ídolo de estos tiempos. Ya usted, mostachudo Frederich, lo había previsto, pronosticando la muerte de Apolo y con él la del orden. La inercia de su siglo, que por efecto de aceleración creó el desmadre del nuestro, legitima a un Dionisos crecido que permite todos los desórdenes, siendo el desorden el lugar propicio para esconder errores y desviar sentidos; para asumir el materialismo más ruin y escupir sobre lo que antes fue pulimento de mármol. En otras palabras, para justificar el fracaso.

Amigo Nietzsche, hoy Apolo es la representación del olvido. Para qué el orden, diría usted, si la naturaleza misma (apolínea en sus principios) manifiesta ahora el más completo desorden. Entonces, que abran camino a Dionisos, el borrachín lúbrico que confunde, que vive los placeres cortos y, como está borracho, no se acuerda de lo que dice ni lo que hace. Y ahí va.

30. A HITLER:
Adolf, su terrible semilla vuelve a crecer y a reproducirse en Occidente. Y es que a sus restos ideológicos, como en Jurasic Park, les cae encima esa lluvia envenenada de la propaganda haciendo renacer todo lo terrible de las épocas más perversas del siglo XX. Volvemos a los días de la exclusión y la intolerancia, a esos tiempos del señalamiento y del odio que, suponíamos, ya deberían estar superados en términos de razón y de política. Pero no es así y usted, en los infiernos, debe estar celebrando con los demonios este aggiornamento (puesta al día) de su pensamiento maldito.

Hoy, como en 1930, las condiciones son propicias para buscar chivos emisarios (aquel chivo bíblico al que se le echaban encima todos los pecados) y buscar en un solo elemento (sea un pueblo, un grupo de personas etc.) todas las razones de los males. En el 30, año de pobreza inmensa debido a la depresión económica, los descontentos sociales (los que tenían hambre y carecían de empleo, los políticamente engañados y por eso excluidos de las instituciones y el ejercicio del poder) conformaron masas inmensas y desesperadas, muy propicias para ser engañadas con propuestas mesiánicas y teorías que activaban el mecanismo narcisista de la superioridad racial o cultural, lo que implicaba diferencias hacia el otro en términos de figura y capacidad intelectual.

Goebbels, aquel genio escabroso de la propaganda nazi, entendió muy bien que a un desesperado se lo conduce por cualquier camino si se le propone alguien a quien señalar. El sistema es fácil: exceso de información, imágenes repetitivas, velocidad en plantear ideas que, aunque sean incoherentes, distorsionen la historia y la conviertan en un hoy sin pasado, lo que hace que lo informado sea muy difícil reflexionar porque la inmediatez (a Goebbels le encantaba la radio) supera toda capacidad de análisis y así hay percepciones (emociones) en lugar conocimiento profundo. Y en ese juego de entrar y salir por una boca que traga y escupe, reina el caos y la perversidad.

Hoy, un ultraderechismo como el de Le Pen, apoyado por la información acelerada y excluyente que los medios propician (sólo ven y reafirman la cara que les interesa, como en el caso de la información sobre Israel), se legitima en el señalamiento (en decir que hay un malo) y así no es el sistema el culpable sino ese otro que es conveniente señalar para que los reclamos se desvíen y así el señalado asuma las culpas de quien lo señala. Es una estrategia demoníaca, como las que diseñó su oficina de propaganda, Adolf Hitler.

Hoy campea el antisemitismo de nuevo, luego vendrán otros tópicos como el antisudamericanismo, el antiafricanismo y al final, la fiesta de la muerte en nombre de la razón. Debe estar que baila, asqueroso Hitler.

31. A BERGSON:
Querido Henri, los tiempos que vivimos dan pie a todas las propensiones. Y, como no anota usted en ese libro maravilloso que es La risa, la realidad sufre cambios nacidos del corto producido por el contacto entre el yo y el afuera. O sea por la lectura que hacemos de lo que está ahí (la realidad) y la confrontación con lo que sabemos y entendemos en calidad de espectadores-intérpretes. Ya lo ha dicho Freud: somos un compuesto de pasado, de realidad presente y de deseos. Y como ni en el presente ni en el pasado se puede confiar, porque son más las fabulaciones que los aciertos, todo presente siempre es un desconcierto. Y un malestar que transformamos en risa o en angustia risible. No es de extrañar que en los momentos malos abunden los chistes que desacralizan lo que nos asusta. Con la risa liberamos carga negativa y, como dice un libro sobre el cerebro que leí hace un tiempo, si llegamos a la carcajada nos colocamos en el preámbulo de un derrame cerebral. Como ve, siempre hay un susto presente aun en el mejor momento.

Pero no es sobre La risa el asunto de esta carta sino sobre sus textos de Memoria y vida, donde usted, querido Henri, plantea que somos la memoria que tenemos, el tejido que hemos ido construyendo para que el Yo y el entorno tengan un sentido y una correspondencia. Con la memoria entendemos la realidad. Ahora, ¿qué sucede si no hay memoria? ¿O si nos negamos a esa memoria? Creo, entonces, que nos sumimos en el deseo, que es falso porque plantea lo unívoco (lo que creo que es mi certeza). O visto desde otro ángulo, todo deseo exalta el egoísmo (el yo que reclama derechos para él sin haber cumplido con ningún deber) y niega las posibilidades del otro, destruyendo así la realidad para construir una fábula. Y como sucede con toda fabulación, un enfrentamiento.

La memoria, elemento que ha permitido construir el mundo que tenemos, se ha ido perdiendo en los últimos días. Ya no se revisa la historia sino que se pasa por encima de ella desconociendo todo lo que esa historia dice sobre errores y aciertos, causas y efectos. Y, partiendo de este desconocimiento, de esta desmemoria, asumimos el riesgo y el azar. Nos pasa lo que a Adán cuando salió el Paraíso: creamos de nuevo el mundo y, para esta creación, nos hundimos en el primitivismo y en la lucha contra lo desconocido.

Henri Bergson (hijo de la montaña, traduciría su apellido en yidish y por extensión en alemán) la falta de memoria implica quedar en el vacío, no saber cuáles son las direcciones correctas; angustiare porque, en la desmemoria, no sabemos siquiera qué buscamos. Y si lo presumimos, carecemos de fundamentos para calcular las consecuencias. Y no creo que esto de risa.

32. A FROMM:
Leído, admirado, dejado y de nuevo recuperado, Erich. Todo indica que volvemos a los días del diluvio, pero sin que se hayan construido arcas para prever la supervivencia de la humanidad o al menos de unos pocos sabios, ojalá como Aristóteles, con su zoológico y herbolario particulares, lo que daría pie a una nueva ecología y poética sobre los restos del planeta. Ya no existen los justos como Noé, que tenía la virtud de escuchar las palabras de la divinidad (lo que la naturaleza y el sentido común explican) para ponerlas en práctica. Hoy se oyen más los resultados de las bolsas y las carreras de caballos, las retóricas plagadas de lugares comunes de los nombramientos y la información continuada sobre quiénes son los buenos y cuáles los malos. En otras palabras, sólo escuchamos nuestros temores y, para que no crezcan, los disfrazamos de carnaval. Hay que ver los circos (ya no alegres sino góticos) que entran todos los días a las casas a través del televisor, caja que no fue la ventana que nos permitiría mirar la aldea global (como sostenía Marshall McLuhan) sino que muestra el miedo mundial y el afán de consumo para sublimarlo creándose fantasías frente al espejo.

Erich, en su libro, Ser y tener, donde se lee una especie de resumen de muchos de sus libros anteriores, la libertad, el amor, el Talmud, la conciencia de nuestros días y las ideas económicas de Marx, configuran una mixtura que da pie para hacerse una pregunta: ¿Ser o tener? Ser implica saber de qué están compuestas las cosas y los individuos y las relaciones posibles y sin dolor entre lo que hay y lo que somos. Tener, no es más que acumular para, al momento de intentar movernos, no poder hacerlo porque eso que tenemos, que ocupa un lugar y tiene un peso, se convierte en un estorbo que nos ancla al lugar de donde queremos salir. Imagínese usted, Erich, si de repente ese Noé poco posible apareciera y escuchara a Dios en esto de hacer un arca. Seguro la construiría con todas las técnicas alcanzadas en los astilleros y con las asesorías más especializadas, lo que permitiría teorizar no sólo sobre su capacidad de flotación sino en torno a su enorme nivel de bodegaje. Ahora, construida esa arca moderna, ¿qué subiríamos a ella? Aquí es donde viene el problema, porque querrían montarle tantas cosas que al final todo se iría en ampliar el arca y en discutir sobre más espacios y derechos hasta el punto de hacer algo que sería más un ancla que una estructura navegable sobre el agua lluvia que hoy nos da abundantemente el efecto invernadero.

Erich Fromm, si tuviéramos más capacidad de ser que de tener, los miedos y las cosas que tenemos (de las que sabríamos más y por eso no serían tan abundantes, porque en lugar de ocupar espacio ocuparían entendimiento) no serían un estorbo y, como tal, una manera de dominación permanente. Pero, y esto se entiende desde el psicoanálisis, si no tengo entendimiento tengo cosas. Y, al tenerlas, me anclo y llega el diluvio y ya no hay forma de salir a flote. Y saber que todo comenzó con una cera en el oído.

33. A SAVATER:
Don Fernando, lo percibo a usted con su camisa tropical, el habano en la mano y sus anteojos de marco colorido, seguro al lado de una buena revista y al olor de una buena infusión Y tras su figura, un hombre que se da a la tarea de pensar su entorno, su contexto y el siglo o como se llame este tiempo tan contradictorio, propagandístico y frívolo, donde se le da más fuerza al deseo que a la acción y hay más disfraz que cuerpo. Con usted me une aquello de que pensar es un acto individual y que la razón se debate y no se obedece. Imagino que esta desobediencia se debe a los santos herejes que vagan por ahí pidiendo vela o al menos un rezo que les refresque el abandono que purgan.

Y bueno, el motivo de esta carta es su concepto de felicidad o, mejor dicho, de egoísmo. Dice usted que buscar la felicidad o el bienestar es un acto completamente egoísta donde se excluye al otro y sólo se tienen en cuenta deseos personales, legitimando así el estado de naturaleza y socavando el sentido de comunidad. Y como la paz hace parte de la felicidad del hombre, entonces esa paz que buscamos (desde el egoísmo) resultará produciendo intolerancia, exclusión y señalamiento. No es entonces la paz que produce felicidad lo que debemos buscar sino la paz colectiva donde los deberes están por encima de los derechos y el compromiso adquirido es más importante que el logro mismo.

Don Fernando (llamándolo así me acuerdo de la novela de un mafioso, claro que este recuerdo mío no le compromete a usted con nada, es sólo una trampa de la memoria), esto de la paz que haremos o que buscamos (no que deseamos, porque al desearla se convierte en un mero egoísmo) necesita de una educación ética previa y de un concepto de ciudadanía claro, a fin de saber qué es lo que realmente buscamos y cómo vamos a sostener y administrar esa paz cuando llegue. No es entonces un querer la paz sino construirla y en esa construcción, demostrar que sirve.

Las palabras, don Fernando Savater son encantadoras, pero tienen el problema que de que disuelven en el aire con una facilidad maravillosa. Lo que necesitamos son hechos, pero no sé si dejen.

34. A HOUDINI:
Apreciado y asombroso Harry, cada vez que uno lee sobre usted y su ilusionismo y facilidad de manos, sus salidas casi imposibles de ríos y de cajas o barriles donde estaba atado con cadenas y candados, así como de su afán por desenmascarar mediums y otros tratantes con el más allá, no puedo más que pensar en la poca calidad de tantos que hoy actúan en los escenarios públicos. Y no hablo de payasos o de goliardos, tampoco de tragafuegos y acróbatas capaces de atravesar un aro repleto de cuchillos. No, esos siempre han hecho lo que han podido y lo poco que se ganan lo logran decentemente. Hablo de esos otros que tratan de ilusionara la gente con un manejo de manos equivocado, cínico y descarado. De los que roban sin mover un solo músculo, de los que mienten mirando de frente, de esos que sonríen y posan de inocentes manejando el estar y no estar al mismo tiempo, para descrédito de Aristóteles.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, libro corto y delicioso, Stefan Zweig habla de esos jugadores que no delatan nada en la cara porque ya tienen controlado en ella cada músculo. Entonces, sugiere que hay que mirar las manos, que esas si delatan porque casi tienen vida propia. Hay que ver las que usted tenía, Harry, para desanudar nudos severos, de esos que llaman de marinero, y abrir candados de dobles y triples llaves. Y su capacidad de leer las manos de los otros, no en la palma sino en los dedos.

¿Y a que viene todo esto? Harry, amigo mío, a que hay que volver a sus días, a los locos veintes, para descubrir al otro por el juego de manos, que ya no son de arista ni de ratero clásico (como dos dedos, el del tango), sino de desvergonzado. Hay que ver cómo se roba en América Latina, cómo crece la corrupción, cómo se mete la mano sin desenfado y a los ojos de todos, sin el más mínimo ilusionismo. Diríamos que se ha perdido el arte y a cambio, Harry Houdini, vemos los espectáculos más bochornosos y absurdos. Ya no hay un Raffles, que seduce y a la vez se cobra. No, lo que ahora vemos es un cuadro decadente y diletante. Houdini, ya no hay clase. Y no hay manos sino garras.

35. A PESSOA:
Don Fernando, vivimos tiempos de suplantaciones, de disfraces, de calumnias y de todo esto que usted tan bien describe en el Libro del desasosiego de Bernardo Soares. Es como si dar la cara ya no fuera una condición de reconocimiento del otro, de participar desde el otro (como dice Lévinas en su teoría sobre la necesidad de un rostro) sino una forma vil de esconderse para dar rienda suelta a odios y miedos contenidos o ejercidos desde el complejo de no ser reconocido. Entonces, muchos no dan la cara sino que la esconden asumiendo una que no les pertenece. Y en esta transferencia, se destruyen. Es que no hay peor temor que no ser el que se quiere ser. O lo que es más terrible, no ser porque definitivamente ya no se es.

Hay una palabra que me gusta mucho y es escondidijo, porque reta a encontrar. Usted la usó mucho, don Fernando, con sus heterónimos. Por eso fue usted Ricardo Reis (que lo sobrevive a su muerte, según el libro de Saramago), Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares. Estos nombre sonoros, de su invención, los usó usted para descubrir nuevos mundos, para hacerse preguntas, para ser usted desde otras dimensiones. Es que los nombres, como dice Gabriel García Márquez en su autobiografía, determinan quién es el personaje. Pero los suplantadores de estos días no son buscadores sino gente que habita mal el escondidijo, no retándose a encontrar sino creando la confusión. Y, en términos de Naipaul, sufriendo porque han perdido su identidad y ya no tienen otra.

Don Fernando Pessoa, revivimos el desasosiego. Y el derecho a ser felices, como sostiene Savater, da miedo porque exige un comportamiento ético, una actitud moral, una participación en el espacio público (que es el que nos evita ser parias, como dice Hannah Arendt). Vivimos entonces tiempos sucios, de unos que actúan desde las sombras y pierden su condición de ser porque se niegan a la inteligencia del debate. Hay mucha gente escondida, don Fernando. Y sola. Y como carece de palabras, suplanta. Y en la suplantación queda sin rostro, como en El grito de Munch.

36. A MICO:
Apreciado Carlos Mario (¿de los Gallego de dónde?), he reído mucho tu libro de caricaturas. Y lo he compartido para que otros rían, que reír ya es un ejercicio difícil en nuestro medio y por eso se ven tantas caras cuadradas o caídas. Y si bien muchas son producto de las dietas que se aplican, otras se dan porque los músculos faciales no se mueven. Si mi tía Josefina estuviera viva, diría que hacer reír es una obra de caridad. Así que, amigo Mico, usted ya está haciendo sus pinitos en el mundo del psicoanálisis para latinoamericanos, que en lugar de traumas lo que cargan es sustos y chistes.

Pero hay algo más detrás de la risa que producen esas caricaturas y es la realidad que vivimos; la que nos mentimos con reinados de belleza y finales futboleras, ejercicios chópricos (posibilidades de salir de líos mediante viajes astrales) y discusiones sobre matrimonios gays. En su libro, Mico, hay mucho del horror diario y del terror que produce. Y como estamos en una situación extrema, todo esto que tememos se vuelve risa. Es la ley de los contrarios, como lo planteó Jacob Bohème.

En uno de los libros de Imre Kertész, Yo, otro (crónica del cambio), hay una pregunta que, aunque simple, en este momento tiene mucha validez: Has cambiado ¿A qué se debe?. Y esta pregunta es la que le da una razón al libro. ¿Por qué cambia la víctima? ¿O realmente si cambia? ¿O es que el miedo se nos ha vuelto tan necesario para vivir que sin él no sabríamos determinar si estamos vivos? Lo que plantea Kertész, esto de que no hay cambio sino aceptación de la condición de víctima y lo que es peor, necesidad de ser víctima, me parece que tiene mucha unión con el sentido de su libro, amigo Mico. Su humor negro risible hasta la carcajada (yo mismo reí hasta las lágrimas), el hecho de la aceptación del absurdo, da una visión del mundo que nos ha tocado, donde el hombre ya no es lo más útil para el hombre (como sostiene Spinoza), sino lo más peligroso. Y en este peligro ambulante, es que vivimos, dice Kertész. Bueno, Mico, saludes a Tola y Maruja. Y gracias por el libro.

37. A MELQUÍADES:
Apreciado y fantástico Melquíades. Como ya termina el año y poco sabemos del que viene, que en esto de predecir los únicos que se arriesgan son los que hacen uso de las Cuartetas de Nostradamus (textos confusos éstos que, aplicando la ley de caos, permiten ver lo que vendrá, o sea que más que profecías son una cuestión matemática que se vale de la teoría de probabilidades de Laplace), sería bueno hacer un balance sucinto de las cosas que nos trajo éste y que no fueron realmente los diamantes más grandes del mundo ni la caja de dientes ni los aparatos adecuados para entender el cielo. Es que el mundo ya no está por fuera de Macondo ni en el exterior se cuecen habas que nosotros ya no tengamos calientes en la boca.

Este año, Melquíades, nos trajo la incoherencia en la que anda el Banco Mundial, que amenaza y asesora, pero recula cuando le dan la cara para decirle que no le pagan. Lo extraño es que muchos le hagan caso a gente así, que vive de predicar cómo aguantar hambre. También nos trajo los tambores de guerra que hacen sonarlos dirigentes norteamericanos para ver si así ese país produce más (imagino que armamentos) y gasta lo que gana en cosas que realmente no necesita. Es increíble que una racionalización del consumismo esté acabado con una economía. Y también trajo una supuesta clonación de una descendiente de extraterrestres.

Melquíades, amigo mío, además de los conflictos eternos y la paradoja de salario mínimo, de las demencias políticas y la confusión legitimada que siempre han movido este mundo, el año no trajo nada especial, siempre y cuando no hablemos de contaminación ambiental y moral. Y de gente que habla con D’s y le conoce el nombre y por eso espera el fin, refutando así, al menos por medio del deseo, a Lavoiser. Melquíades, gitano encantador, los días de los asombros han pasado. Ya, debido a la comunicación y a la devaluación, nada es nuevo. Y si algo lo es, hay que mirar con sospecha: hay que ver cómo sacan "novedades" del mercado de las pulgas.

38. A MANN:
Apreciado Thomas, todavía hay gente que le vende el alma al diablo. Y así como Leverkuhn, el personaje de su novela Doctor Faustus, el miedo lleva a percibir posibilidades en un miedo mayor, que es la competencia desmesurada por ser el mejor e medio de la destrucción. Y en ese abandonarse al diablo (en el caso de que este exista), las pasiones se excitan y toda racionalidad se deja a un lado. Es que pocos, querido Thomas, tienen el valor de Dalton Trumbo, que luchó con el demonio, primero en una novela titulada Johnny cogió su fusil y luego en otra que no puso terminar: La noche del Uro, donde analizó sin tapujos la erótica del poder, esa necesidad de acabar con otro sintiendo placer en la tarea. Dicen que el demonio le ganó la pelea.

El diablo, según la tesis de Charles Baudelaire, usa la estratagema de pasar por inexistente y así seduce más. Pero no creo en esto y me inclino más por pensar que cada tiempo el poder de los grandes construye un demonio y llegan Los años de perro, como tan bien relata Günther Grass. Días de incertidumbre y miedo, de frivolidad magnificada que esconde o disfraza la certidumbre y de patriotismos peligrosos que conducen al abismo y si no, a un desprecio muy grande por la inteligencia y por la vida. Este es el temor que tengo, leído Thomas, que ahora vuele sobre nosotros uno de esos diablos nacidos del huevo de la intolerancia y la obsesión.

La obsesión, como en el caso de Lutero (con perdón) y de tantos otros tocados por el basilisco, crea diablos. Y esos diablos, vitalizados por el hecho obsesivo, convierten los errores en virtudes y la ceguera en la única posibilidad de ver. Vuelvo, entonces, a Leverkun, el violinista de su Doctor Faustus, que algunos emulan con Paganini y otros al violinista del Talmud, que toca sólo cuando vienen desgracias. Y vuelvo a él porque usted lo ubica en una época donde se cocieron los peores pecados, que son aquellos que reactivan la muerte, la peste, las bestias y la guerra, como en los Jinetes del Apocalipsis de Durero. Mire el camino hacia Irak, querido Thomas Mann.

39. A JACOB:
Respetado patriarca, tiene usted sus historias. Unas bellas, otras tristes, las más emocionantes porque cuando usted andaba por ahí el mundo se estaba creando y había poca polución en el aire, casi siempre venida de los sacrificios humanos hechos por sumerios y cananeos, gente esta que adoró al gato y al cerdo. Misteriosamente no se menciona al perro, quizás porque servía de medicina para curar llagas. Pero lo más interesante fue esa historia suya donde usted soñó y en el sueño peleó con el ángel de D’s. Y de esa pelea salió con otro nombre, Israel, lo que lo llevó a ser otro porque asumió responsabilidades para con usted y los otros y miró de frente. Quizás usted haya sido el primer hombre realmente libre.

En José y sus hermanos, la tetralogía de Thomas Mann, el primer libro está dedicado a Las historias de Jacob (así, con doble a). Y si bien en este texto la novela y la historia se funden (como casi siempre pasa en la historia), hay una teoría muy bella sobre la realidad: es lo que nos hace jóvenes. Porque la realidad está ahí y no tiene tiempo y si la vemos y sentimos, entonces somos en nosotros y en el proyecto que construyamos. Por eso su historia, Jacob, es la más larga del libro de Bereshit (el Génesis), y es la que prepara el entendimiento de la realidad para que haya leyes e instrucciones de cómo usarla bien. Es una historia de la vida.

Negarnos la realidad, Jacob, es envejecer y morir. En este sentido la Torá es muy sabia: y llegó a los tantos años y murió, cuando ya no había más realidad. Por esto habla de gente que vive mucho y otra que vive poco. Por esto, Jacob, me da risa de los que tratan de rejuvenecerse con hormonas y barros verdes, dietas drásticas y ejercicios torpes. Son muertos embalsamados. Ya se sabe, Jacob ben Itzjac, la libertad está en asumir lo que hay y no en huir de esto que nos pasa. Y en la aceptación de la realidad está la juventud, cosa que no entendió Ponce de León ni tantos otros que buscaron la fuente que revitalizaba. Es que soñaron pero evitaron pelear con el ángel de D’s.

40. A GARIBALDI:
Apreciado don Giuseppe, ex gaucho, viajero y varias veces exilado. A usted se le debe la unión y creación política de Italia, la derrota a los Borbones y la úlcera y gastralgia del rey Víctor Manuel II. O sea que para muchos sectores políticos y de la historia, usted no es bienvenido y ojalá le borraran la memoria. Pero no es de esto lo que voy a tratar sino de las guerras entre ricos y pobres, entre poderes heredados y los nuevos poderes que se establecen. Es que vivimos de nuevo tiempos de revueltas, sobre todo en esta América Latina que usted tanto cabalgó por los lados del Sur, cuando las guerras de Rosas y la muerte o desaparición del abuelo de Borges. Otra vez se mueven las masas proletarias (las que sólo tienen prole para supervivir) y suenan los tambores.

Lo que hoy vemos en Venezuela, en Ecuador, en Brasil y Bolivia (para ceñirnos apenas a la actualidad) es un enfrentamiento de pobres contra ricos; de negros, indios y mestizos contra blancos o que se hacen; en términos de Franz Fanón, de condenados de la tierra contra poderes corruptos y serviles. En otras palabras, don Giuseppe, de lo que se trató de no ver y hoy se ve marchando contra lo que se hacía ver en los medios y las grandes reuniones y no actuó como era debido. Las cosas no se dan por castigo de D’s sino por malos manejos. Como escribía y dibujaba el humorista catalán, Jaume Perich, el bosque se quema, señor conde.

Pero hay algo más terrible, don Giuseppe, que los meros enfrentamientos y es la falta de una ideología clara en los bandos que se enfrentan. Las viejas izquierdas decrépitas tratan de pescar algo, lo mismo que las derechas. Pero ninguno evidencia qué es lo que se quiere ni cómo. Como niños, se pegan y luego esconden la mano; gritan, chillan, se niegan a mirarse. Y en este juego de fuerzas enfrentadas y posmodernas, los países se destruyen en medio de la algarabía, la confusión y la propaganda. Don Giuseppe Garibaldi, la pasión ideológica se ha convertido en la pasión spinoziana, es decir, en la defensa del error. De ahí que usted sea, en México, una plaza para turistas y mariachis.<

41. A UN HINCHA:
Querido y alborotado hincha del DIM, hoy podría ser el día más especial de su vida, algo como la salida de Egipto de los judíos o la liberación de Auschwitz por parte del ejército rojo. Cuarenta y cinco años esperando el título de campeón son más que el promedio de vida en algunos países africanos y, utilizando los rangos sociológicos, son dos generaciones de individuos esperantes y pacientes, forjados en la ilusión y el desengaño, la alegría incierta y momentánea y el dolor que se recibe de frente, como aquel Cambrone el de Los Miserables, que le puso el pecho a un cañón porque el honor era más importante que la rendición. Bueno, es difícil expresar lo que es este domingo para usted, amigo hincha del DIM.

El fútbol, como bien lo han aclarado Albert Camus en La peste, Augusto Roa Bastos en ese cuento maravilloso que se llama El krack y Oswaldo Soriano y Javier Marías en múltiples crónicas, es algo más que una mera pasión (estoy hablando de ese fútbol que tiene hinchas creyentes en su equipo y con fe en mantener alto el honor, hinchas que no se tuercen y asisten a lo que sea, así sea a un cuatro a cero en contra). Y es que como sostiene Gershon Scholem, que sabía más de kabaláh que de fútbol, una pasión que se vive y donde la noción del error (del dolor) se convierte en certeza, deja de ser una pasión y se convierte en una virtud, en el ensayo-error popperiasno que sabe que la posible verdad podría ser una mentira. Y esta es la grandeza de usted, hincha del DIM, que si se hace una ilusión, también se hace una contra-ilusión. No hay triunfalismos sino un parto complicado.

Hace 70 años, un equipo de fútbol de un campo de concentración, conformado por jugadores judíos del Dinamo de Kiev, se enfrentó a otro integrado por miembros de las SS. Su tarea era jugar y dejarse ganar. Pero no se dejaron ganar y esto les valió el fusilamiento. Fue cuestión de honor. El ejercicio de la pasión-virtud donde se asume la derrota o el triunfo sin más pretensiones que ser la vida. Ánimo DIM.

42. A ABRAHAM:
Querido Abraham abinu (padre nuestro), pocos tiene su valor en estos tiempos. Es que no queremos ser libres. Los ídolos, las ansias de poder, el miedo, la necesidad apremiante de traicionar (desviación de la personalidad), la industrialización del engaño y la mentira, el deseo de ser reconocidos como héroes sin haber hecho nada importante, son actos cotidianos. En términos de Adler y de Sennet, existe una terrible corrosión del carácter que lleva a toda clase de paranoias y sicosis, de transferencias insanas y de dependencias atroces. Como sostiene Erich From en El miedo a la libertad y en Ser y tener, y Espinoza en la Éthica, asumimos la esclavitud de las pasiones y nos alejamos de la libertad de obrar. Padecemos y no obramos.

La libertad, esto de abandonar lo que nos duele o disminuye (lo que nos reduce y esclaviza), es una palabra a la que le volteamos la espalda. La iniciativa, el oír a un D’s que no nos pide depender de él sino accionar con él, ser imagen de él y por lo tanto creadores y ordenadores de todo lo que es bueno (extensión y pensamiento en palabras de Spinoza), nos da miedo. Y en este miedo (que es la madre de las aberraciones), no accionamos sino que nos damos a padecer en límites cada vez menores y más estrechos. Abraham, hay un temor a salir y a dejar los ídolos, esto que nos reduce y empobrece, y mejor creamos otros que son más débiles y por ello más peligrosos.

Cuando usted sale de Ur, Abraham, deja atrás lo que lo disminuye como hombre. Y oye una voz interna (la de D’s, dice el Génesis) que le pide ir hacia un lugar donde no hay incertidumbres ni odios, ídolos de barro ni dependencias ilusorias. Y usted, que es libre y no le teme a la libertad, hace lo que D’s le dice. Se quita de encima lo que lo atribula y asume la inmensidad de la condición humana digna. Y ahí está el lugar prometido, donde usted, su mujer, sus hijos, sus siervos y sus animales cumplen con la tarea de obrar sin padecer. Salir de Ur, respetado Abraham, fue dejar las pasiones y las miopías para asumir un orden, no para ejercer un poder sino para ser digno en ese poder.

43. A BUITRAGO:
Querido Guillermo, con tanto colorido y muchachas bonitas, estos vuelven a ser sus días. Y, como alguna vez dijo Reinaldo Spitaletta, si usted no está en la fiesta, no hay fiesta. Es que si hay baile debe haber alegría y son para hacer las figuras correctas, esas que permiten el lucimiento sin generar cansancio ni empellones, como pasa con el merengue dominicano y con otras músicas que no permiten saber ni con quién se está bailando. Y es que su música, Guillermo, la de su guitarra y guacharaca, le da al ambiente ese aire de los cuarenta donde era necesario saber bailar y lucir el paso. Y ejercer el enamoramiento furtivo para tener después de qué confesarse. Quizás yo sea un romántico, pero es que hay que saber cómo y a quién se toca.

Guillermo, usted es una especie de Gardel de la música tropical; uno de esos símbolos que permanecen vivos en el inconsciente colectivo y al que al final acaban todos copiando porque, por lo visto, el magín de los compositores de ahora está completamente seco (imagino que no leen ni caminan) y ya no cuentan historias sino que repiten frases como cualquier político en estado de síndrome de Lampedusa. Desde el año 1949, el de su muerte, usted reaparece los diciembres y le da alegría a estos calores (hoy trocados en inviernos). Y todavía cantamos (como en la canción de Víctor Heredia) y ya damos ese grito vagabundo con el que usted convirtió la política colombiana un acontecimiento bailable. Es que si no hay qué decir o construir, bailemos, como en el caso de Alexis Zorba, el griego.

García Márquez, en algún artículo en El Heraldo, sostuvo que su música, Guillermo, no era costeña. Y razón tenía, no era de la costa (estaba tocada de ese son parrandero antioqueño) sino de todo el trópico y de todo este desborde de locura que nos acredita. Y de la necesidad de bailar canciones con sentido, alegres y contadoras de historias donde uno se vea comprometido. Guillermo Buitrago, estos son sus días. Y lo bailaremos de nuevo, así la araña nos pique. Es que resistimos bailando.

44. A SENNETT:
Estudiado y acotado Richard, suceden cosas en las ciudades. Y como usted es un experto en leer la ciudad y al ciudadano (que en último término es quien construye y moldea la ciudad), tomo algunas reflexiones sobre lo suyo para esta carta. Y el primero y más importante es cómo nos movemos en la ciudad, cómo entendemos los espacios y qué fin le estamos dando a esa movilidad. En el Génesis, antes de que D’s cree nada, ya existe el movimiento, el Ruáj o alma de vida que dota de ánimo y conforma un sistema que permite un ordenamiento de avances y lugares específicos para que eso avances (creaciones) se den manera ordenada. Aristóteles crea la palabra animal para definir lo que se mueve (lo que tiene ánima) y por lo tanto actúa y crea lugares.

Pero acontece, querido Richard, que esos movimientos que se preveían ordenados porque conformaban un sistema, se han desordenado y lo que sería una espacialidad acogedora y hospitalaria (entender al otro y lo otro, según Emmanuel Lévinas), se ha ido corroyendo y entonces el concepto aristotélico de ciudad segura ya no se presenta sino que va siendo reemplazado por el desorden y una carencia de ciudadanía que se debe a que no hay una educación con relación al entorno sino una esclavitud desenfrenada para lograr algo, lo que sea, y luego salir a consumir mal los resultados de ese algo que se logra. Es lo que usted llama La corrosión del carácter.

Cortázar, en La casa tomada habla de un proceso de pérdida constante del espacio. Usted, en La corrosión del carácter, habla de una pérdida constante del sentido humano. Si sumamos estos dos conceptos, no espacio y no humanidad, es decir, no ciudad ni ciudadano, obtenemos el caos donde si bien hay un movimiento, no hay una razón clara sobre el destino de esa movilidad. Esto se debe a la carencia de una educación para vivir la ciudad, el espacio público y el privado, que es el que permite la convivencia, única razón de la ciudad. Pero, Richard Sennett, ya no hay una comunicación de Carne y piedra sino una serie de avisos donde se anuncia la exclusión.

45. A PEREZ-REVERTE:
Leído y admirado Arturo, felicitaciones por su nombramiento como miembro de la Real Academia de la lengua española o castellana, porque el español como tal no existe sino que es el nombre que se le dio a la lengua de Castilla cuando esta se convirtió en el idioma oficial de España. Ya se sabe que en su país se habla Gallego (galego), Catalán (catalá), Vasco (euskera) y otra buena cantidad de dialectos además del Castellano. Este alegato (o mejor esta claridad) lo han asumido autores como Julio Caro Baroja, Américo Castro y otros tratantes de la herejía. Pero esto, en su caso, no viene a mientes, que cada país tiene su gobierno y oficios para definirse como quiera. Lo que sí toca al análisis es qué hace usted en ese lugar donde se pule, da brillo y enaltece etcétera.

Hasta hace unos años, la Real Academia de la Lengua estaba habitada por una serie de señores acartonados y conservadores que se defendían gramática y catecismo en mano contra todas aquellas palabras que iban brotando de la calle, cárceles y antros donde se criaban denuestos y revesinos, términos de puerto y palabras que iban colando los que estaban aprendiendo inglés o posaban de haber vivido en París. Pero como todo lo que se defiende con mucho celo cae (eso se le aprendió a Saladino que a defensa impuso paciencia), a la Real Academia fueron entrando autores que producían palabras y giros gramaticales que los mismos académicos odiaban: Camilo José cela, Muñoz Molina etc.

Imagino que su presencia allí, estimado Arturo Pérez-Reverte, se deba a sus excelentes novelas de aventuras (excepto las dos últimas, donde bajó la guardia, cosa rara en un buen espadachín), a sus crónicas radiales y a la serie de artículos donde usted se manifiesta en la lengua de los puti-clubs y la corte de los milagros, para diversión del lector de la calle y escándalo de señoras franquistas, que no de señores de esa mentalidad, que tienen muy claro que el que peca y reza empata. Lo que me inquieta querido Arturo es si usted va a pulir y dar brillo o a emprenderla contra tanta palabra y definición ociosa y hasta perniciosa. Lo digo por el capitán Alatriste, por eso.

46. A RUIZ GOMEZ:
Querido Darío, además de leído, conversado y reído amigo. En tu discurso con motivo de la Medalla categoría oro de la alcaldía de Medellín que recibiste, hubo algo que es muy extraño entre nosotros y en especial entre los intelectuales: generosidad. Y dignidad. No fue un discurso zalamero ni de esos que llenan de flores al establecimiento dador de la condecoración. Fue, si oí bien, un llamado de atención acerca de un oficio que es casi subversivo en la ciudad: la literatura, esto de contar las calles y las casas que nos tocan, de vivirlas en sus espacios, de no mentirlas y narrarlas en cada recoveco sin más objeto que sentirse vivo y con una posición honesta frente a los lugares y los personajes contados. Como dice Borges, si hay una ciudad narrada, hay una ciudad.

La literatura, querido Darío, es hoy un ejercicio urbano, un ojo que ve y detalla lo que pasa. Y algo más: es una educación sentimental que trata de sobrevivir en medio del caos y la confusión, que lee los desórdenes ya la vez las pequeñas dignidades de aquellos que dotan su espacio de momentos bellos que protestan (o se enfrentan) contra la iniquidad y el desasosiego de las premuras, la esclavitud y los deseos vanos. En esa literatura hay una ciudad que vive lejos de las tecnocracias o que las burla, que ama, sueña y se rebela contra la condición de ser un mero documento de identificación. Hay entonces una ciudad generosa que no se ve, pero está ahí y habla.

Darío Ruiz Gómez, en tu discurso hubo generosidad, porque no hablaste de tu ciudad sino de esa que hemos creado entre muchos, de la que nos toca a todos los que escribimos, de la que describimos y sentimos los que ejercemos el despreciado oficio de la literatura, que es el más digno porque sólo obedece a la libertad. Y eso fue lo que más hermoso de tus palabras: que hablaste de la ciudad libre de los escritores, de esa que no se teme ni se disfraza, de la que está viva porque en ella todavía se siente. Palabras peligrosas para muchos, las tuyas, pero revestidas de una dignidad enorme. Y de una generosidad que sólo un hombre libre puede prodigar. Gracias Darío.

47. A PERICLES:
Admirado Pericles. Decía Voltaire, que sólo leyendo cuatros siglos de la humanidad lograríamos entender los logros reales alcanzados por el hombre. El filósofo francés situaba su siglo, Pericles (el V AE), el siglo de Augusto (I DE ), el siglo de los Médicis (Renacimiento) y los días de Luis XIV de Francia, en los que el viejo cínico vivió, gozó, sufrió y rabió. Si hubiera vivido en nuestros días, se habría inclinado también por los primeros años de Walter Benjamin, donde la burguesía crea su estética, y por los conceptos de Bauhaus. Y esto que decía Voltaire, el tolerante-intolerante, tiene su razón de ser: fue el momento en que el ser humano se preocupó por la dignidad. En términos de los jesuitas, a los que el autor de Cándido odiaba, hablaríamos de aseo, orden y disciplina.

Las ciudades, querido Pericles, son el logro de la inteligencia de sus ciudadanos. Así, la ciudad no es un desborde de objetos y sujetos sino un ordenamiento de actitudes y aptitudes que se convocan en torno a una construcción segura, amable y con posibilidades de generar futuro. Y en esta construcción debe evidenciarse el gusto a la vista, el tacto y el espíritu. Así, la ciudad no es una suma de actos y rutinarios ni de acontecimientos programados sino un acontecimiento colectivo que lleva a pensar y sentirse bien participando del espacio público y de lo que allí se debate para bien de todos. La ciudad entonces, es un centro de participación, construcción y carácter de ciudadano libre.

Querido Pericles, su siglo fue el de la gran Atenas, el de la creación del pensamiento y la magnificación del arte, el de la creación de ciudadanía y el de los grandes debates en torno a la creación de ciudad. Y el de la concepción de política como el gobierno debido de la ciudad y de los ciudadanos, donde la norma clara y los beneficios de ciudadanía estaban manifiestos en los conceptos de comunicación permanente y clara y la participación con logros colectivos e individuales. De aquí el asombro de Voltaire, que vio en su siglo, Pericles, la oportunidad de sentir la vida como un espacio ordenado, digno y creador de oportunidades nacidas de una educación (paideia, como dice Werner Jaeger) enaltecedora.

48. A RUSSELL:
Apreciado y estudiado, Bertrand. En medio de la violencia de este mundo, legitimada por la política y los intereses económicos e imperiales de los mejor armados, aparece de nuevo la débil luz del pacifismo. Y si bien las armas de los pacifistas no son otra cosa que los desfiles, las protestas y el humor, algo se hace. Claro que con mucho peligro, como le pasó a usted Bertrand, que por pacifista fue acusado de traición, segregado y convertido en criminal o al menos en presidiario. Hombre de prontuarios usted. Sin embargo, la lógica de sus ideas prevaleció sobre el ardor guerrero (como se burla Muñoz Molina) de tantos que sólo ven en la destrucción del otro la única posibilidad de trascender. Es cuestión de represión, diría Freud.

En la Antología que de sus escritos hace Fernanda Navarro, hay mucha tela de donde cortar para darse cuenta de que la paz es la única opción humana para llegar a algo positivo. Las guerras sólo traen destrucción, venganza, incertidumbre y retraso. Y sí bien algunos desde Plotino sostienen que la guerra es un factor de desarrollo porque allí se prueban muchas cosas que en tiempos de paz serían acciones criminales, no es el avance tecnológico y científico lo que nos permite vivir mejor (ya hemos visto el fracaso del siglo XX), sino la convivencia entre nosotros y el otro. La guerra, entonces, no es un acto necesario sino una respuesta brutal cuando el otro ha sido excluido.

Amigo Bertrand Russell, en sus Ideales politicos y en Cómo se podría organizar el mundo, campea la lógica del vivir con dignidad y sin modelos de violencia (tanta estatua que hay en los parques incitando a ella, como decía Albert Camus). Y en esa lógica (usted era matemático) la noción de error es un motivo de aprendizaje y no de reacción violenta. Es un inicio de paz mejor, no de dolor y no-futuro. Pero esto lo entienden poco lo señores de la guerra, que viven el caos en ellos mismos. Ya lo decía Gandhi, si estás en paz contigo mismo, ya hay al menos un lugar pacífico en la tierra. Pero esto en nuestros días es un exabrupto. Qué tristeza, Bertrand Russell.

49. A KAZANTZAKIS:
Apreciado y leído Nikos. En la sociedad consumista en que vivimos, ya la materia está por encima de la sensibilidad. Y esto es terrible porque dependemos de lo finito, de lo que se acaba y genera dolor, de lo que estorba y hay que cargar. Y si bien lo sensible (lo espiritual) no se come ni alimenta en términos orgánicos, al menos si hace la vida más agradable y con mayor capacidad de aprovechar lo que tenemos. Como dice Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento, hemos convertidos los medios en fines y esto, en lugar de procurar tranquilidad, genera pasiones insanas, cortedad en las apreciaciones, estados lamentables, sueños desordenados y citas donde el psicólogo sí no donde el especialista en úlceras y gastralgias.

En su novela Alexis Zorba el griego, que tuvo también una maravillosa versión cinematográfica, las pasiones cortas y por su cortedad desmesuradas y dementes, se mueven marginales al personaje inglés y a Georgius Zorba, hombre de buena comida y bebida, gustador de señoras y llevador de la vida por el lado bueno que tiene, que es lo que D’s ha dado a cada uno para goce del cuerpo y del alma. Y de los días que aparecen cada uno con su afán. En esta novela, la riqueza es la sensibilidad, la espiritualidad del Pireo, el estar vivos. Y si algún desastre pasa, si algo se derrumba, la vida se recupera en la danza, en el ejercicio del movimiento en el espacio.

Claudio Magris, en Desencanto y utopía, hace una propuesta: hay que volver a creer para no dejar que las voces solas se aprovechen del escepticismo de la mayoría, del temor a pensar y tomar decisiones. Hay que asumir la inconformidad como equilibrio necesario. Es que se hace necesario ir más allá, aún cometiendo errores. Y esa inconformidad está en no dar nada por terminado ni preso en una verdad absoluta. Hay que asumir entonces la utopía, esa danza que no se detiene, que lleva a sentir y luego a pensar. Y como usted dice, Nikos Kazantzakis, en ese pequeño libro que se llama Simposium, hay que renacer para protestar tanta muerte.

Pancho Villa 50. A VILLA:
Apreciado, cantado, motivo de tertulia y hasta de caricatura, Pancho. Usted, con Emiliano Zapata y su ejército de soldaderas, tuvieron sus días de revolución, tequila, jalapeños y tacos con fríjoles refritos. Y si bien John Reed no los deja bien parados en el libro México insurgente, los autores e intérpretes de corridos y rancheras si los han situado en la mente de un montón de gente que canta sus hazañas (otros dirán que sus crímenes), sus dolores y malos humores, seguro consecuencia de tanto ají, sal y cócteles margarita. Y claro, el calor y la falta de afeitada, cosa que molesta mucho cuando el baño no es diario. Pero el motivo de esta carta, Pancho, no es criticarlo sino poner de manifiesto la cría de complots que con tanta efervescencia crece en estas tierras, donde tanta cosa se mueve por debajo.

A usted Doroteo Arango (su alias fue Pancho Villa), le hicieron muchos complots y le acertaron con el último, eso se sabe. También le pasó a Emiliano Zapata y al mismo Porfirio Diaz (su enemigo natural), sólo que este último terminó en París y no como centro de un velorio. Y bueno, ¿qué es esto de la manía de complotar permanentemente en América Latina? Según algunos, se debe a la lectura de Julio César, la obra de Shakespeare, donde Bruto racionaliza y legitima el magnicidio. Y claro, acaba matando a Cesar, haciéndose el que lo abraza. Otros sostienen que es una herencia de la educación francesa del siglo XIX, donde el complot era una especie de juego ciencia.

Pancho Villa (dicen que su Arango proviene del Oriente de Antioquia), vivimos días de reuniones secretas, de delirio por el poder, de calor intenso y, como consecuencia, de pasiones desmesuradas. Y el que se monta en el caballo está en medio de todas las miras y lo que salga por la boca. Días intensos estos, entonces, desde el Río Grande hasta la tierra del Fuego, donde (como alguien dijo en una película de vaqueros norteamericana) el "pancho" ajitomatado, el de sombrero grande y ojos de mirar dudoso, se enardece para crear confusiones, estados delirantes y lo que los sicólogos llaman salida a la represión. Y es divertido esto, pero también peligroso. Como torear, como beber más de la cuenta.

51. A BILL:
Recordado Pecos, espero que siga siendo el vaquero más auténtico que existió. Y ya que hablamos de vaqueros y por extensión de pistoleros, es bueno recordar a otro Bill, apodado Búfalo, que se encargó de acabar (sin necesidad y más por deporte de tiro) con cuanto bisonte vio en la pradera, para queja de los indios pieles rojas y oídos sordos del gobierno y del general Custer. Hoy diríamos que este Búfalo fue el primer símbolo antiecológico que se legitimó en Norteamérica y que desde entonces sigue vigente, como bien se expresó en la conferencia de Kioto, cuando se acusó al presidente Bush de colocar la producción económica de EEUU por encima de la salud del planeta. Pero bueno, el Búfalo Bill tuvo un fin circense: terminó sus días haciendo demostraciones sobre cómo enlazar vacas bravas y saltar sobre potros cerreros. También se dice que con él se hizo mucha propaganda y publicidad, pero al fin fue más la bulla que el contenido.

Pecos, vaquero amigo (y enemigo, según sea el caso) volvemos a las andadas del Oeste, al Sheriff que impone la ley (su ley) con el revólver (un Colt largo) y del rifle Winchester, pero esta vez no a bandidos locales sino a forasteros, y no con revólveres de tambor para seis balas y rifles de repetición sino con armamentos casi de ficción, con los que se harán demostraciones televisivas para luego entrar a la labor de venta. Lo único que se mantiene es el desierto, el calor y los malos bigotudos, que si bien son malos, los hay peores.

Poco han cambiado los días de Billy the Kid, amigo Pecos. Seguimos en los tiempos de las recompensas, los carteles de se busca, las invasiones a territorio ajeno y los juicios amañados donde opera la frase aquella de mi revolver es más largo que el tuyo y por lo tanto la razón la tengo yo. El problema, Pecos Bill, es que la pandilla (como sostiene Philiph Roth) se está disolviendo y el héroe y la muchacha se quedan solos para enfrentar al bigotudo, tan parecido a PanchoLópez. ¿Qué pasara? Según la película, gana el bueno. Pero, Pecos, temo que el western se vuelva un spaghetti y entonces sean los malos y los feos los que ganen. Y ahí sí, habrá que beberse todo el río Grande.

52. A TOFFLER:
Leído y discutido Alvin (tan distinto usted al de las tiras cómicas), se acabaron los tiempos de las teorías y megatendencias. El mundo es como es y no como quisiéramos que fuera. En otras palabras, poco ha cambiado el discurso (al menos en su concepción política) desde que un hombre lleno de pelos en desorden sale de una caverna con un palo y le pega a otro. Obviamente, el palo que lleva el hombre peludo es grande (como un basto) y el que recibe el golpe se defiende con una avispa venenosa que tiene entre los dedos. El resultado ya se prevé: un asustado menos y un apaleador más. Y no es el principio de la historia ni el fin sino el ciclo de apaleadores y apaleados, de invasiones para procurarse unos recursos y de gruñidos. Y el que gana la pelea (el del palo más grande), escribe la historia.

En sus teorías, Alvin, usted habla de tres fases, una antes que la otra, necesarias para la construcción de civilización: 1. Las armas. 2. El dinero. 3. El conocimiento, centrando en cada una los focos de poder político o al menos los puntales de este poder. A las armas le asigna el estado primitivo (el hombre feroz en el monte), al dinero el desarrollo de la burguesía (el hombre gordo en la fábrica) y al conocimiento el gobierno de los sabios (los hombres en dieta y haciendo realidad La República de Platón). En teoría su propuesta funciona, pero en el plano de lo real la cantata es otra. Primero armas, luego armas y dinero; tercero, armas y conocimiento en busca de dinero. ¡Ugh!

Querido Alvin Toffler, debe estar usted buscando entre sus olas una que le sirva para explicar el enredo en que vivimos, donde un hombre con un palo y un clavo se sirve de la informática y la más variada tecnología nuclear para obtener el botín (no hablo de zapato sino de acciones piratas) que esconde bajo las nalgas un babilonio que le reza, neurótico, a un Dios sordo, que para colmos no habla inglés como el Dios del otro. Y en medio de esta sopa que llamamos modernidad, acreditamos el más variopinto primitivismo, como en las tiras cómicas de Turok. Y la historia avanza, pero al revés. Por esto no será extraño que el próximo discurso televisivo diga: yo, kriga, targamani, bundolo...

53. A BENJAMIN:
Estudiado Walter, usted vuelve a ponerse de moda con aquello de La última palabra. Y si bien esa palabra es muy difícil de definir, porque sería una palabra que en su definición contuviera la significación de las demás palabras (algo así como el nombre de D’s, que contiene dentro de sí todos los nombres y por eso es imposible de nombrar), algunos dicen tenerla o al menos la propaganda dice que la tienen. Y esta última palabra, que contendría la decisión necesaria, la viabilidad correcta, el hecho del que no se duda, legitimaría lo que pasa y lo que necesariamente tiene que hacer quien la pronuncia. Estaríamos hablando entonces de la certeza, de la verdad absoluta y de la negación de toda contradicción.

Harold Bloom, en El canon occidental, habla del agón (esto que contiene el menos que, el igual a y el más que), indicando que toda ideología lo es en sí misma y por ello construye lo último que hay que hacer, es decir, se da la orden y la justifica en no ver ni comparar sino en un hacer necesario. Y todo aquel que se oponga a esa certidumbre, como en 1984 de Orwell, debe ser reeducado y debidamente centrado. O definitivamente excluido. Ahora, lo peligroso de darse la orden, como sostiene Imre Kertész, es que la orden dada carece de voz inicial, de causa conocida, de alguien que dé la orden, lo que permite decir cumplíamos órdenes, así que lo que pase no será un caso de conciencia sino de obediencia.

La última palabra, Walter Benjamín (usted la vivió bajo el nazismo hasta que lo obligaron al suicidio), determina la acción directa, el desconocimiento de lo otro, la intolerancia plena, el ejercicio totalitario del poder y, en términos de Hannah Arendt, la aparición del paria, de ese que no existe porque no se incluye y por lo tanto no hace parte de nada ni nadie responde por él. Esa última palabra, entonces, es la que define un nuevo orden dirigido por el sí mismo, persistiendo en ser sólo él, generando el agón terrible: el menos que, el igual a, el más que.

54. A ARQUÍMEDES:
Recordado y comprobado Arquímedes, hoy vuelvo a su principio o teoría de la gravedad específica: todo cuerpo sumergido en agua desborda su peso en líquido. Esta prueba, que la hizo usted para comprobar si la corona de Hierón, rey de Siracusa, era de oro o no, ahora me sirve como analogía para ver la guerra que vivimos. O sea que si para acabar con el terrorismo se mete en el asunto una dosis igual de él, lo que entra terminará desbordando la misma cantidad de eso que se buscaba erradicar. Sería algo así como la razón del equilibrio de la que hablan algunos especialistas que, con sus desmesuras armadas y propagandísticas terminan siendo tan terroristas como aquellos que acusan del hecho. Asistimos a clases de terrorismo, querido Arquímedes.

Cuando los psiquiatras dan un perfil del terrorista, los datos son: desadaptación, odio incremental contra algo (a veces contra la madre), inteligencia destructiva, paranoia (miedo permanente), complejo de inferioridad y posibles fallas en el ejercicio amatorio. Un cuadro lamentable, por cierto, y muy difícil de acreditar como un don de D’s. Pues bien, desde la prensa y la televisión no hemos leído y visto más que terrorismo planificado y como resultado niños mutilados, periodistas muertos, mujeres en desbandada, animales destrozados, gran cantidad de chatarra y ladrillos y soldados disparando como locos a todo lo que se mueva. Cosa de gravedad específica, querido Arquímedes.

Lo triste de todo esto, Arquímedes siracusano, es el papel que la ciencia cumple este cometido destructivo: bombas inteligentes, mísiles teleguiados, la informática al servicio de la destrucción sistemática etcétera. Incluso la imaginación puesta en el lugar de la razón. Recuerdo