Letras
Notas



Letras: Notas:
Inacción de Dios:
[Sobre El manantial de la doncella de Bergman (1958)] La princesa virginal, ahora muerta, en realidad lo era sólo en apariencia; su madre, Märeta, se culpa de lo sucedido “por amarla a ella más que a Dios”, y otro tanto se apunta la descarriada Ingeri, consumida por su condición adoptiva y la disidencia de su culto a Odín, cuando el ente más cercano a la santidad es, claramente, el benjamín de la cuadrilla de asesinos, cuya infancia e inocencia no obstan para que Töre le quite la vida igual que a sus hermanos mayores. Bergman propone también una extraña sensualidad de los opuestos en las escenas previas a la violación, con una Karin que coadyuva sin querer al fatal desenlace mientras se pierde en sus deleites de niña mimada, y unos pastores libidinosos forzando un cortejo imposible mientras los planos se cierran, primero sobre los rostros, y sobre el grupo más tarde. Mientras tanto, Dios, que prefiere divertirse a guardar silencio, deposita en el sapo que la envidiosa Ingeri había introducido en el pan de la joven la revelación del mal que está a punto de acometerse, y que a modo de desquite premonitorio, de negligencia hipócrita, queda a los ojos silenciosos del cuarteto durante el instante previo a la tragedia: “¿Aún no habías visto Mi señal? Pues para ti ya es tarde, hija Mía”, parece excusarse el Creador. En efecto, Dios no calla del todo, pero está sordo y reacciona tarde, y para colmo sólo responde a la voz de los aduladores, de forma que cuando Töre halla el cuerpo de su primogénita y alza sus manos al cielo, prometiendo expiar sus pecados levantando una iglesia en el mismo lugar, el Todopoderoso se despereza con un truco de ilusionista y hace que de allí brote agua, dejando a sus títeres humanos entre el consuelo inútil y el ejercicio de poder implícito en tan inescrutable designio. El manantial de la doncella es, en definitiva, la constatación de un desequilibrio, el de de la omnipotencia del Ser Supremo respecto a su ajenidad y sus caprichosas fluctuaciones. (David Fuentefría)

Oh mar, enorme mar, corazón fiero de ritmo desigual, corazón malo, yo soy más blanda que ese pobre palo que se pudre en tus ondas prisionero. Oh mar, dame tu cólera tremenda, yo me pasé la vida perdonando, porque entendía, mar, yo me fui dando: "Piedad, piedad para el que más ofenda". Vulgaridad, vulgaridad me acosa. Ah, me han comprado la ciudad y el hombre. Hazme tener tu cólera sin nombre: Ya me fatiga esta misión de rosa. ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena, me falta el aire y donde falta quedo, quisiera no entender, pero no puedo: es la vulgaridad que me envenena. Me empobrecí porque entender abruma, me empobrecí porque entender sofoca, ¡Bendecida la fuerza de la roca! Yo tengo el corazón como la espuma. Mar, yo soñaba ser como tú eres, allá en las tardes que la vida mía bajo las horas cálidas se abría... Ah, yo soñaba ser como tú eres. Mírame aquí, pequeña, miserable, todo dolor me vence, todo sueño; mar, dame, dame el inefable empeño de tornarme soberbia, inalcanzable. Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza, ¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo! Desdichada de mí, soy un abrojo, y muero, mar, sucumbo en mi pobreza. Y el alma mía es como el mar, es eso, Ah, la ciudad la pudre y equivoca pequeña vida que dolor provoca, ¡Que pueda libertarme de su peso! Vuele mi empeño, mi esperanza vuele... La vida mía debió ser horrible, debió ser una arteria incontenible y apenas es cicatriz que siempre duele. (Alfonsina Storni, Frente al mar)

Este es el mar El mar con sus olas propias Con sus propios sentidos El mar tratando de romper sus cadenas Queriendo imitar la eternidad Queriendo ser pulmón o neblina de pájaros en pena O el jardín de los astros que pesan en el cielo Sobre las tinieblas que arrastramos O que acaso nos arrastran Cuando vuelan de repente todas las palomas de la luna Y se hace más oscuro que las encrucijadas de la muerte (Vicente Huidobro)

Cedros del Líbano:
Sala de audiencias de Zeker Baal, rey de Biblos, en la costa de Fenicia. «He venido —dice Unamón, sacerdote egipcio— en busca de la madera debida para la construcción del grande y augusto barco de Amón, rey de los dioses». A continuación, el rey y el sacerdote discuten e intentan llegar a un acuerdo que permita a Unamón regresar a Egipto con una de las mercancías más preciadas en la antigüedad: el cedro del Líbano, aunque dicho acuerdo no sea favorable para el egipcio. Conocemos esta transacción desigual gracias a un papiro titulado «El viaje de Unamón», fechado en la Dinastía XXII (c. 950-730 a. C.). Este relato se considera un texto suficientemente creíble, y no se descarta la posibilidad de que fuera un documento oficial verídico, aunque con evidentes libertades literarias. Narra las dificultades de un alto funcionario egipcio en Biblos para adquirir madera para reparar la barca sagrada de Amón. En otros tiempos, el gobernante de Biblos habría ofrecido el material requerido sin ninguna contraprestación; por eso Unamón dice «la madera debida». Sin embargo, por aquel entonces la esplendorosa época de Ramsés y sus hijos había tocado a su fin, sumiendo a Egipto en una profunda decadencia. En consecuencia, Zeker Baal puede exigir a Unamón un pago en metálico. (Blazquez)

Prefacio sobre el Mediterráneo:
Es una historia del mar Mediterráneo, más que una historia de los territorios que lo rodean; más concretamente, es una historia de los pueblos que cruzaron el mar y que vivieron cerca de sus costas, en sus puertos o en las islas. Mi tema es el proceso por el cual el Mediterráneo acabaría integrándose en grados diversos y variables en una única zona comercial, cultural, e incluso (durante la hegemonía romana) política, y cómo estos períodos de integración acabaron en algunos casos en una violenta desintegración a causa de la guerra o de las epidemias. He identificado cinco períodos diferentes: un primer Mediterráneo que se sumió en el caos después del año 1200 a.C., es decir, aproximadamente en la época en la que se dice que cayó Troya; un segundo Mediterráneo que sobrevivió hasta más a menos el año 500 d.C.; un tercer Mediterráneo que emergió lentamente y que sufrió después una gran crisis en la época de la peste negra (1347); un cuarto Mediterráneo que tuvo que enfrentarse a la creciente competencia del Atlántico, y al dominio de las potencias atlánticas, y que terminó en la época aproximada de la apertura del canal de Suez en 1896; y por último, un quinto Mediterráneo que se convertiría en el corredor de acceso al océano Índico, y que encontró una sorprendente nueva identidad en la segunda mitad del siglo XX. Mi «Mediterráneo» es decididamente la superficie del propio mar, sus costas y sus islas, en especial las ciudades portuarias que fueron los principales puntos de partida y de llegada de aquellos que lo cruzaban, una definición más restringida que la del gran precursor de la historia mediterránea, Fernand Braudel, quien abarcaba, en algunas ocasiones lugares más allá del Mediterráneo; pero el Mediterráneo de Braudel, y el de la mayor parte de quienes han seguido sus pasos, era una masa de tierra que se extendía mucho más allá de la línea de la costa, y no solo una cuenca llena de agua, y sigue vigente la tendencia de definir el Mediterráneo con relación al cultivo de la aceituna o a las cuencas de los ríos que lo alimentan. Esta tendencia significa que uno debe examinar las sociedades tradicionales, a menudo sedentarias, de estas cuencas que producían los alimentos y las materias primas fundamentales del comercio transmediterráneo. (Abulafia)

Viaje de una deportada a las colonias norteamericanas:
[Aplicando las duras leyes inglesas se colgaba a un delincuente por un hurto de doce peniques]. Los deportados se vendían a un capitán, que los llevaba en su barco, hacinados como si fueran esclavos, hasta las colonias o las Indias Occidentales; al desembarcar, el capitán los vendía como criados a sueldo de gente que recuperaba su inversión haciéndoles trabajar a destajo hasta el fin de su contrato. Pero al menos no estaban en una cárcel inglesa esperando a que los ahorcaran (pues en aquellos tiempos las cárceles eran el lugar donde permanecían los prisioneros hasta que los liberaban, los deportaban o los ahorcaban: no cumplían sentencia por un determinado periodo de tiempo). [...] La llevaron a la prisión de Newgate y la acusaron de volver antes de cumplir el periodo de deportación. Tras ser declarada culpable, a nadie le sorprendió que Essie alegara estar embarazada para eludir la condena [...] Una vez más, su sentencia de muerte fue conmutada por una pena de deportación, esta vez de por vida. En esta ocasión la embarcaron en el Sea-Maiden. Había doscientos deportados a bordo, hacinados en la bodega como si fueran cerdos camino del mercado. La disentería y la fiebre campaban a sus anchas por el barco; apenas había sitio donde sentarse, y mucho menos aún para tumbarse. Una mujer murió al dar a luz al fondo de la bodega y, como la gente estaba demasiado apretada como para poder sacar el cadáver, madre e hijo fueron arrojados al gris y encabritado mar por un ojo de buey. Essie estaba de ocho meses y parecía un milagro que su embarazo siguiera adelante, pero logró llevarlo a término. Durante el resto de su vida, tuvo pesadillas sobre el tiempo que pasó en aquella bodega, y se despertaba gritando con el sabor y el hedor de la bodega en la garganta. El Sea-Maiden atracó finalmente en Norfolk, Virginia, y Essie fue vendida al propietario de una «pequeña plantación», un productor de tabaco llamado John Richardson cuya esposa había fallecido a consecuencia de una infección una semana después de dar a luz a su hija, por lo que necesitaba un ama de cría y una criada que se hiciera cargo de todas las tareas de su pequeña granja. (Neil Gaiman, American Gods)


Philip T. Hoffman:
En 1800 sólo Inglaterra y los Países Bajos podían alardear de salarios más altos que las zonas más ricas de Asia. En el siglo XVIII, el revestimiento de cobre de los barcos británicos aumentó las velocidades máximas en casi un 20% e incrementó aproximadamente en un tercio el tamaño de la flota, porque las embarcaciones pasaban menos tiempo en dique seco para ser reparados y más tiempo en el mar. El tiempo que podían pasar los buques en el mar también se alargó por cambios que eran menos perceptibles pero no menos importantes: unas condiciones higiénicas más saludables y un mejor aprovisionamiento de los barcos ingleses, y un sistema fiscal británico más sólido, lo cual, a diferencia del sistema fiscal francés, podía permitirse mantener los barcos en servicio. Y como las embarcaciones podían pasar más tiempo en el agua, sus tripulaciones pudieron aprender a trabajar juntas y a ser más eficientes como equipo. Mientras tanto, los capitanes de la armada británica se dedicaban a perfeccionar su pericia como soldados, o esto es lo que sugiere un análisis efectuado por Daniel Benjamin y Anca Tifrea. Entre 1660 y 1815, época en la cual Inglaterra empezó a convertirse en la potencia naval dominante en Europa, la tasa de mortalidad de los capitanes de sus barcos descendió vertiginosamente, como presumiblemente lo hizo la tasa de mortalidad de sus tripulaciones. La drástica reducción de estas tasas no puede explicarse por el dominio naval británico a finales del siglo XVIII, puesto que ya se habían reducido en 1710, antes de que el liderazgo británico fuese abrumador. Más bien fueron el resultado de lo que los capitanes habían asimilado de los errores de sus predecesores; unos errores que les enseñaron cómo combatir y qué estrategias elegir. Por ejemplo, cuándo presentar batalla y cuándo retirarse. Si medimos el aprendizaje por el número de comandantes que murieron antes de que un capitán tomase el mando, entonces este acervo de conocimiento de los errores pasados se convierte en la fuerza que impulsa la disminución de las tasas de mortalidad, incluso cuando tenemos en cuenta la intensidad o la cantidad de los combates a los que el propio capitán acabó exponiéndose. De hecho, si esta intensidad y cantidad de los combates se mantiene constante, entonces el mayor conocimiento de los errores pasados reduce las probabilidades de que un capitán muera desde un 16% en 1670-1690 a solamente una en un millón en 1790-1810. ( Philip T. Hoffman)


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