Textos sobre el mar
Tormentas



Textos: Tormentas:
Los riesgos que se deben afrontar al embarcarse están presentes en textos muy antiguos. Sócrates en el diálogo entre Laques y Nicias reflexiona sobre el significado de valentía. Además de reconocer a quien rechaza a los enemigos firme en su formación menciona a continuación a los que son valientes en los peligros del mar. En la literatura no aparecen descripciones del mar y sus tormentas hasta el siglo XVI. Rabelais describe brevemente el viaje a la India de Pantagruel a través de una pretendida ruta por el paso del noroeste de cuatro meses de duración. Consiguió una cierta veracidad de la terribilità de las tormentas marinas, a pesar de que el autor nunca salió al mar. Repentinamente, la mar comenzó a hincharse y a hervir desde el fondo de los abismos, las olas batían los flancos de los navíos; el mistral, acompañado de un torbellino desenfrenado, de negras borrascas, se puso a silbar a través de los cordajes, relampagueaba, llovía, granizaba, el aire perdía su transparencia, se hacía opaco, tenebroso, oscuro.

El faro del fin del mundo. Julio Verne:
El Century, velero de tres palos y de quinientas cincuenta toneladas, del puerto de Mobile, había dejado veinte días antes la costa americana. Su tripulación se componía del capitán, Harry Steward; el segundo, John Davis, y doce hombres, incluidos un grumete y un cocinero. Iba cargado de níquel y de otros objetos para Melbourne, Australia. El viaje fue excelente hasta el grado cincuenta y cinco de latitud Sur en el Atlántico. Entonces sobrevino la violenta borrasca que desde la víspera turbaba aquellos parajes. El Century fue sorprendido por la tempestad y una enorme ola barrió el puente, llevándose dos marineros con su enorme empuje. El capitán Steward había querido buscar un abrigo detrás de la isla de los Estados, en el estrecho de Lemaire. Por la noche redobló la borrasca. No hubo más remedio que picar los palos para sortearla. El capitán creía estar a más de veinte millas de tierra, y no le parecía peligroso remontarse hasta divisar la luz del faro. Dejándolo al Sur, no corría riesgo de arrojarse sobre los arrecifes del cabo de San Juan, y llegaría al estrecho. El Century continuó navegando. Harry Steward no dudaba que antes de una hora vería la luz del faro, puesto que sus destellos tenían un radio de quince millas. Pero aquella noche el faro no lucía, y cuando el capitán del Century se consideraba a gran distancia de la isla, prodújose un espantoso choque. Todos se sintieron lanzados al encrespado mar y envueltos en la resaca. (Julio Verne)


Charles Dickens. David Copperfield. Rescate de una goleta:
Tenía la goleta uno de los palos rotos a unos seis a ocho pies del puente, tumbado por encima de uno de los lados, enredado en un laberinto de cuerdas y velas; y toda esta ruina, con el balanceo y el cabeceo del barco, que eran de una violencia inconcebible, golpeaba el flanco del barco como si quisiera destrozarlo. Como que estaban haciendo esfuerzos aún entonces para cortarlos, y al volverse la goleta, con el balance, hacía nosotros vi claramente a su tripulación, que trabajaba a hachazos, especialmente un muchacho muy activo, con el pelo muy largo y rizado, que sobresalía entre todos los demás. Pero en aquel momento un grito enorme, que se oyó por encima del ruido de la tormenta, salió de la playa; el mar había barrido el puente, llevándose hombres, maderas, toneles, tablones, armaduras y montones de esas bagatelas dentro de sus olas bullentes. El otro palo seguía en pie, con los trapos de su rasgada vela y un tremendo enredo de cordajes que le golpeaban en todos los sentidos. «La ha cabeceado por primera vez», me dijo roncamente al oído el marinero que estaba a mi lado; pero se alzó y volvió a cabecear. Me pareció que añadía que se estaba hundiendo, como era de suponer, porque los golpes de mar y el balanceo eran tan tremendos que ninguna obra humana podría soportarlos durante mucho tiempo. Mientras hablaba se oyó otro grito de compasión, que salía de la playa; cuatro hombres salieron a flote con los restos del barco, trepando por los aparejos del último mástil que quedaba; iba el primero el activo muchacho de cabellos rizados. Había una campana a bordo; y mientras la goleta, como una criatura que se hubiera vuelto loca, furiosa cabeceaba y se bamboleaba, enseñándonos tan pronto la quilla como el puente desierto, la campana parecía tocar a muerte. Volvió a desaparecer y volvió a alzarse. Faltaban otros dos hombres. La angustia de las gentes de la playa aumentó. Los hombres gemían y se apretaban las manos; las mujeres gritaban volviendo la cabeza. Algunos corrían de arriba abajo en la playa, pidiendo socorro, cuando no se podía socorrer. Yo me encontraba entre ellos, implorando como loco, a un grupo de marineros que conocía, que no dejasen perecer a aquellas dos criaturas delante de nuestros ojos. Ellos me explicaban con mucha agitación (no sé cómo, pues lo poco que oía no estaba casi en disposición de entenderlo) que el bote salvavidas había intentado con valentía socorrerlos hacía una hora, pero que no pudo hacer nada; y como ningún hombre estaba tan desesperado como para arriesgarse a llegar nadando con una cuerda y establecer una comunicación con la playa, nada quedaba por intentar. Entonces noté que se armaba un revuelo entre la gente, y vi adelantarse a Ham, abriéndose paso por entre los grupos. Corrí hacia él (puede que a repetir mi demanda de socorro); pero aunque estaba muy aturdido por un espectáculo tan terrible y tan nuevo para mí, la determinación pintada en su rostro y en su mirada fija en el mar (exactamente la misma mirada que tenía la mañana después de la fuga de Emily) me hicieron comprender el peligro que corría. Le sujeté con los dos brazos, implorando a los hombres con quienes había estado hablando que no le escucharan, que no cometieran un asesinato, que no le dejaran moverse de la playa. Otro grito se elevó de entre la multitud, y al mirar a los restos de la goleta vimos que la vela cruel, a fuerza de golpes, había arrancado al hombre que estaba más bajo, de los dos que quedaban, y envolvía de nuevo la figura activa que quedaba ya sola en el mástil. Contra aquel espectáculo y contra la determinación de un hombre tranquilo, acostumbrado a imponerse a la mitad de la gente allí reunida, todo era inútil; lo mismo podía amenazar al viento. (Charles Dickens. David Copperfield)


Guillermo Brown [personaje de Richmal Crompton]:
[...] Basta con haberle conocido a tiempo, cuando teníamos esos once años incorruptibles que él eterniza, para conservarle siempre sentado en la alfombra del alma, jugando con su escopeta de corchos o chupando pensativamente una enorme barra de regaliz. Sería blasfemo considerarle sencillamente como un acierto literario, lo que, indudablemente, también es; pues ante todo Guillermo es la esperanza misma de que nunca nos faltará ánimo para salir del hoyo, el nombre del ímpetu que libera lo irremediable, la voz del clarín que nos reclama para la liza y nos convoca a la victoria. Extra Guillermo nulla salus: tal es la divisa de quienes juramos por el único anarquista triunfante que los tiempos han consentido, el capitán indiscutible de los proscritos. [...] Precisamente, porque era de los nuestros podíamos admirar su espléndida peculiaridad; el hecho de que compartiese nuestros gustos, nuestros deberes y nuestras limitaciones, nos permitía gozar como propios de sus triunfos. Todo lo que le alejase de nuestra cotidianidad le debilitaba, tendía a hacerlo un fenómeno propio de tierras remotas. Mowgli era asombroso, pero había que tener en cuenta que era indio y había sido criado entre lobos; Ivanhoe era inolvidable, pero no todo el mundo tiene la suerte de haber nacido en la Corte hurtada a Ricardo Corazón de León. Con esos personajes se podía soñar o incluso imitarlos, pero salvando siempre las distancias: las aventuras de Guillermo estaban hechas para ser vividas plenamente.

[El punto de vista del héroe:]
En cada caso, en todo momento, Guillermo es capaz de adoptar el punto de vista del héroe. La leyenda que incesantemente cuenta, a los suyos y a sí mismo, está narrada desde el punto más alto, desde la cima triunfal, en la que todo adquiere enérgico sentido, incluso -principalmente- la derrota. Sus enemigos, los míseros Hubertos Lanes y Heribertos Franks que corren por el mundo, juegan con todas las ventajas que da el dinero adquirido sin mérito ni astucia y el apoyo incondicional de lo estatuido; pero carecen de lo más importante, de lo indispensable para la victoria, del ánimo que inmortaliza: no logran adoptar en sus manejos el punto de vista del héroe. Es una perspectiva máximamente arriesgada, que bordea constantemente lo desesperado, que debe estar incesantemente dispuesta a jugarse el todo por todo, a no guardarse las espaldas, pero es la única que puede aspirar a la definitiva recompensa, al premio que no le viene de fuera, sino que forma parte de ella, que es ella misma. [...] El punto de vista del héroe: ahí está el secreto. Sin él, sólo se puede ser persona de provecho, hombre de mundo, reformador bienintencionado de la sociedad; pero con él se puede ser todo eso y cualquier cosa: pirata, piel roja, oso, conquistador, detective, dragón, rebelde, proscrito, incomprendido, genial, como Guillermo Brown. (Fernando Savater, El triunfo de los proscritos)

Y lo curioso es que la idea de Inglaterra permaneció después de convivir con Inglaterra misma, como si el territorio marcado por los libros y las películas e incluso por los tópicos no pudiera destruirlo ni siquiera la realidad. En esa idea caben Holmes y Watson y los personajes de Conrad y Stevenson, Guillermo Brown y las cumbres borrascosas, Dickens y Shakespeare, aventuras marinas sin fin y el ya anciano Peter Pan. (Javier Marías)


El origen de la novela El peligro de Richard Hughes:
Se encontraba Hughes un día departiendo en el club con otros aficionados a la literatura y se cantaba la grandeza de los viejos narradores del mar. Nadie como Melville ha descrito la furia de la tempestad y el terror de los navegantes, decía uno. Ninguno como Conrad nos permite sentir la muerte que se abate sobre los marineros durante el tifón, terciaba otro. En la actualidad eso es imposible, decía un tercero: los modernos navíos llevan tal cantidad de instrumentos técnicos que el peligro es inverosímil. Hughes mostró su desacuerdo. No es el avance técnico de la navegación lo que hace inverosímil el peligro, dijo, sino el alma moderna, tan tecnificada como la máquina, pero un alma poética puede transmitir el pavor y el horror de la tempestad actual como Homero. Sus compañeros se reían de él. ¡Como Homero! Entonces Hughes les dijo que ese mismo día se pondría a escribir la épica y el pavor del buque moderno. (Félix de Azúa, 2016)


Sinopsis de Huracán en Jamaica:
Un grupo de niños viaja a Inglaterra en un barco de vela para recibir una educación al estilo británico. Al poco de iniciarse la travesía son capturados por los últimos y patéticos bucaneros que, en las costas de Cuba, han logrado sobrevivir hasta la época victoriana. El mar y la vida a bordo son el escenario sobre el que se proyecta la melancólica sátira de unos piratas que terminan por ser víctimas de sus pequeños pasajeros. Además de un entretenido relato de aventuras Richard Hughes logró un perfecto análisis de la mentalidad infantil: su capacidad para vivir en el presente, su exquisito sentido de la justicia, pero también su crueldad y su egocentrismo se ponen de manifiesto en toda su crudeza y nos hacen sospechar que los niños siguen a sus mayores con el mismo afecto que las gaviotas a un barco. La novela dio origen a la película Viento en las velas con Anthony Quinn y James Coburn. Al igual que los Viajes de Gulliver, se lee tanto por el placer que produce su argumento como por la preocupación que suscita la ética que describe.


El Pequod en el mar de Japón:
La espléndida Cuba conoce ciclones que jamás barren los mansos países norteños. Así también ocurre que en esos resplandecientes mares del Japón el navegante encuentra la más terrible de todas las tormentas, el tifón. A veces estalla desde ese cielo sin nubes, como una bomba que estalla sobre una ciudad deslumbrada y soñolienta. Hacia la caída de la tarde de ese día, el Pequod tenía desgarrado el velamen, y quedó a palo seco para combatir contra un tifón que le había golpeado directamente de cara. Cuando llegó la tiniebla, el cielo y el mar rugían y se partían de truenos, y destellaban de rayos que mostraban los palos inutilizados, ondeando acá y allá los jirones que la primera furia de la tempestad había dejado para divertirse después. Agarrado a un obenque, Starbuck estaba en el alcázar, y a cada, destello de los rayos miraba arriba para ver qué nuevo desastre podría haber ocurrido entre los intrincados aparejos de allá, mientras Stubb y Flask dirigían a los marineros que izaban más alto y amarraban más firme las lanchas. Pero todos sus trabajos parecían inútiles. Aunque elevada hasta el extremo de sus pescantes, la lancha de popa a sotavento (la de Ahab) no se salvó. Una gran ola levantada, lanzándose desde muy alto contra el elevado costado del barco tambaleante, destrozó el fondo de la lancha por la popa, y la dejó luego toda goteante como un cedazo. (Melville)


Choque y hundimiento del Sparwehr en el Mar Amarillo:
Y en estas condiciones fuimos alcanzados por un huracán que sacudió nuestras almas durante cuarenta y ocho horas. Dirigimos el barco hacia tierra firme bajo la fría luz de un atardecer tormentoso, a través de un oleaje tan alto como las montañas. Era invierno, y a través de las ráfagas de nieve vislumbramos la imponente costa; si se le puede llamar costa a un grupo de rocas tan accidentado. Había islas e islotes rocosos, y más allá, montañas oscuras cubiertas de nieve, y elevados acantilados por todas partes, demasiado abruptos para que la nieve reposara en ellos, con salientes de cabos, cumbres y pedazos de roca que se veían sobre el mar revuelto. El lugar hacia el que nos dirigíamos no tenía nombre, y nada parecía indicar que hubiera sido visitado por navegantes. Sus costas aparecían como simples líneas en nuestros mapas. De todo ello podíamos deducir que sus habitantes serían tan poco hospitalarios como el pedazo de tierra que podíamos ver. El Sparwehr dirigió la proa hacia el acantilado. El fondo escarpado suponía un grave peligro, y finalmente el prominente bauprés de nuestra nave chocó contra las rocas y se partió brusca y rápidamente. Los tablones que sujetaban el trinquete cedieron, y entre un estrepitoso estallido de sogas y vergas nos precipitamos contra el acantilado. Una gran oleada nos arrastró a Johannes Maartens y a mí y rodamos sobre la cubierta hasta el centro del barco, desde donde nos abrimos paso hasta el extremo alto del castillo de proa. Otros se unieron a nosotros. Nos amarramos con rapidez y nos contamos. Éramos dieciocho, el resto había desaparecido. Johannes Maartens me tocó en el hombro y señaló hacia arriba a través de la cascada de agua salada que nos escupía el arrecife. Entendí lo que trataba de decirme. Veinte pies por debajo de la cofa, el trinquete rechinaba y crujía al chocar contra una roca del acantilado. Más arriba de la roca había una hendidura. Quería saber si yo podía saltar desde el mástil hasta la hendidura. La distancia era a veces de seis pies, y a veces de hasta veinte, ya que el mástil se tambaleaba con los golpes del casco sobre el que se apoyaba su extremo astillado. Comencé el ascenso. Los demás no esperaron; uno a uno se fueron desatando y me siguieron en la escalada por el peligroso mástil. Teníamos motivos para apresurarnos, ya que en cualquier momento el Sparwehr podía hundirse en las profundidades de las aguas. Calculé mi salto y me lancé, planeando sobre la hendidura torpemente, y al caer me preparé para echar una mano a los que saltaran después. El trabajo era lento. Estábamos empapados y medio congelados por el viento helado. Además, teníamos que calcular los saltos atentos a los movimientos del casco y a la oscilación del mástil. El cocinero fue el primero en caer. Se precipitó desde el extremo del mástil y dio varias volteretas en su caída. Un golpe de mar le lanzó contra el acantilado. El grumete, un joven barbudo de unos veinte años, resbaló, se balanceó unos segundos colgado del mástil y se estampó contra las rocas. Otros dos siguieron el camino del cocinero. El capitán Johannes Maartens fue el último en llegar. Una hora más tarde el Sparwehr se hundió, desapareciendo en las profundidades marinas. (Jack London)


Golfo de Gascuña:
Impetuosa es la Mancha con su estrecho donde se sumerge el flujo del Océano del Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de sus cortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan a Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En dirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo, un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara a un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose de allí bajo espantosa presión, se eleva a alturas de que no hay otro ejemplo en nuestros mares. La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto más Norte empuja hacia el fondo del golfo, va a aplastar San Juan de Luz. Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al infortunado Cordouan. No se conoce bastante a ese respetable personaje, a ese mártir de los mares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solo puede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas la diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada tranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse de las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado continuamente de agua. En verdad que fue mucha audacia edificar sobre la misma onda, ¿qué digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno combate de un río y un mar semejantes. Estos, le prodigan a cada momento o sendos latigazos o pesados bofetones que truenan sobre él como un cañonazo. Aquello es un eterno asalto. El mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de los Pirineos, combate por momentos a ese portero del paso, como si fuera responsable de los obstáculos que le opone el Océano. Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar: todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al navegante, ni hay un solo punto de abrigo. (Jules Michelet, La Mer)

Dioses de las tormentas:
El dios principal de Fenicia era el cruel Dios Soberano de la Tormenta. Los asentamientos fenicios rara vez se adentraban más allá de quince kilómetros hacia el interior desde la costa. Nos legaron el alfabeto a pesar de que sus manifestaciones culturales no eran muy destacadas a excepción de sus diseños navales. El término libro deriva de la ciudad de Biblos. Entre las tres cualidades más importantes del dios del cielo de los incas estaba la generación de tormentas. Se manifestaa como Viracocha, el creador del universo, Inti, el dios del sol, e Illapa, «el dios asociado a las tormentas y el clima en general». Las configuraciones de los dioses del Nuevo Mundo eran más complejas que las más definidas entidades occidentales. Podían modificar sus atributos y poderes en función del momento y el lugar. Los incas solían dibujar líneas en zigzag semejando rayos sobre los niños sacrificados. Los sacrificos infantiles eran numerosos y aumentaban su frecuencia ante fenómenos meteorológicos como tormentas o granizo.


El peregrino de barba curtida:
Se encontraba, además, en el grupo un Marino que vivía en la parte occidental del país; me imagino que procedía de Dartmouth. Cabalgaba lo mejor que podía, montado sobre un caballo de granja y vestía una túnica de basta sarga que le llegaba a las rodillas. Bajo el brazo llevaba una daga colgada de una correa que le rodeaba el cuello. El cálido verano había tostado su piel; era todo un pillastre, capaz de echarse al coleto cualquier cantidad de vino de Burdeos mientras los mercaderes dormían. No tenía escrúpulos de ningún género: si luchaba y vencía, arrojaba a sus prisioneros por la borda y les enviaba a casa por mar, procedieran de donde fuera. Desde Hull a Cartagena no había quien le igualara en conocimientos marinos para calcular mareas, corrientes y calibrar los peligros que le rodeaban; o en su experiencia de puertos, navegación y cambios de la Luna. Era un aventurero intrépido y astuto; su barba había recibido el azote de muchas tormentas y galernas. Conocía todos los puertos existentes entre Gottland (Suecia) y el cabo Finisterre y todas las ensenadas de Bretaña y España. Su barco se llamaba Magdalena. (Chaucer, Cuentos de Canterbury)


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