Historia
Peste Negra



La peste negra (1347):
El siglo XIV había comenzado su andadura con los más lúgubres horizontes. Europa se encontraba inmersa en un cúmulo de dificultades políticas y religiosas, a las que vino a sumarse una profunda crisis económica acompañada de feroces hambrunas, paro y miseria. Pero los europeos a los que le tocó vivir el sombrío epílogo de la Edad Media aún no había conocido la peor de las calamidades: una aterradora epidemia de peste. Parece que la enfermedad vino a bordo de un navío mercante genovés que en 1347 arribó al puerto siciliano de Mesina, procedente de Kaffa, con varios de sus marineros ya contagiados. Con imparable celeridad, la epidemia se extendió por Italia, Francia y España durante 1348, para alcanzar Suiza, Alemania, Países Bajos, Austria, Hungría e Inglaterra en 1349, y un año después, a Escandinavia y Escocia.

Su recorrido inicial se extendió por el arco que forma la costa oeste mediterránea: Génova, Provenza, Languedoc, Cataluña y Valencia. Los años de 1348 y 1349 fueron los de mayor virulencia, pero la epidemia tuvo rebrotes muy graves durante más de un siglo. Provocó un descenso brusco y duradero de la población rural y un retroceso en la ocupación del suelo. Algunas aglomeraciones rurales quedaron abandonadas para siempre. El bosque y la maleza recuperaron el terreno que habían perdido en la oleada de roturaciones de los siglos XI y XII. El descenso de la producción elevó el nivel de los precios, que decayeron hacia 1370 por la escasez de demanda. Las explotaciones señoriales sufrieron los efectos de las pérdidas demográficas y del aumento de los salarios.

Los aterrados europeos, que dieron el nombre de peste negra a la enfermedad por las manchas oscuras que aparecían en la piel de los afectados, se sentían inermes ante aquella calamidad. La insuficiente alimentación, la falta de higiene, especialmnte en las ciudades, y la total ignorancia de los médicos hicieron que un tercio de la población sucumbiera víctima de la peste, lo que equivale a decir que murieron alrededor de veinticinco millones de personas. Durante cuatro largos años la muerte se enseñoreó del continente, alcanzando a gentes de toda edad y condición, pobres, ricos, nobles y clérigos. Convencidos de que se trataba de un castigo por sus pecados muchos se entregaron a un fervor religioso supersticioso y fanático, y mientras unos se lanzaban a la calle a escuchar los sermones de los predicadores de turno y corrían los campos y las ciudades azotándose para expiar sus pecados, otros optaban por desahogar su miedo quemando en la hoguera a los judíos o a los moriscos -en los reinos hispanos-, a los que hacían responsables de la plaga. Murales y dibujos tenebrosos, en los que la muerte aparecía representada como un esqueleto portador de una guadaña, o que reproducían danzas macabras, irrumpieron con fuerza en el ámbito del arte junto a las Vírgenes dolorosas que aparecían sosteniendo en sus brazo a Cristo yacente, demostrando de forma gráfica y palpable que la muerte se había convertido en una auténtica obsesión.

Mallorca siguió sufriendo brotes durante toda la segunda mitad del siglo XV (en 1467, 1481 y 1493). Su población formaba una comunidad dividida que durante el siglo XV hizo vivir a la ciudad reiteradas explosiones políticas. Se fue incrementando la rivalidad entre los habitantes de la capital y los forenses (extranjeros) que vivían en el resto de la isla. Durante la ausencia de Alfonso V de sus territorios españoles los conflictos se agudizaron y los forenses pusieron sitio a la ciudad de Mallorca. En tierras catalanas los cambios demográficos consecuencia de la peste produjeron notables cambios económicos y sociales, con acusadas tensiones entre las zonas rurales y las ciudades.


Hambre y enfermedades:
Sobre todo, la agricultura era vulnerable a la meteorología; dos malas cosechas seguidas a comienzos del siglo XIV redujeron la población de Ypres en un 10 por ciento. La hambruna a escala local casi nunca podía compensarse mediante importaciones. Los caminos se habían deteriorado desde la época romana, las carretas eran rudimentarias y, en su mayor parte, las mercancías debían transportarse a lomos de caballos o mulas. El transporte por vía marítima o fluvial era más barato y rápido, pero casi nunca podía satisfacer las necesidades. El comercio también podía tener sus dificultades políticas; la invasión otomana causó una recesión gradual en el comercio con Oriente en el siglo XV. La demanda era todavía lo bastante reducida como para que un cambio muy pequeño determinase el destino de las ciudades; así, la producción de tejidos en Florencia e Ypres se redujo en dos tercios en el siglo XIV.

[...] En el siglo XIV tuvo lugar un retroceso grande y acumulativo. Se registró un súbito aumento de la mortalidad, que no se produjo en todas partes al mismo tiempo, pero que fue notable en muchos lugares tras una serie de malas cosechas hacia el año 1320. El fenómeno se inició con un lento descenso de la población, que súbitamente se convirtió en una catástrofe con la aparición de enfermedades epidémicas a las que a menudo se denomina con el nombre de una de ellas, la «peste negra» de 1348-1350, que fue el brote más mortífero pero que sin duda ocultó muchas otras enfermedades mortales que azotaron Europa al mismo tiempo y en fechas posteriores. Los europeos también morían de tifus, gripe y viruela, enfermedades que contribuyeron a una gran catástrofe demográfica. En algunas zonas llegó a morir la mitad o un tercio de la población; se ha calculado que, en Europa en conjunto, el total de víctimas mortales ascendió a la cuarta parte de la población. Una investigación papal situó la cifra en más de 40 millones. Toulouse era una ciudad de 30.000 habitantes en 1335, y un siglo después solo vivían en ella 8.000 personas; 1.400 murieron en tres días en Aviñón.

No había un modelo universal, pero toda Europa se estremeció bajo estos golpes. En casos extremos, estalló una especie de locura colectiva. Los pogromos de judíos eran una expresión corriente de la búsqueda de chivos expiatorios o de los culpables de propagar la peste; la ejecución en la hoguera de brujas y herejes fue otra. La psique europea llevó una cicatriz durante el resto de la Edad Media, que vivió obsesionada por las imágenes de la muerte y la condenación en la pintura, la escultura y la literatura. La fragilidad del orden establecido ilustraba la precariedad del equilibrio entre alimentos y población. Cuando las enfermedades mataban a un número suficiente de personas, la producción agrícola podía hundirse, y entonces los habitantes de las ciudades podían morir de hambre si no lo habían hecho ya de peste. Es probable que un período de estancamiento de la productividad se hubiese alcanzado ya hacia el año 1300. Tanto las técnicas disponibles como las nuevas tierras fácilmente accesibles para el cultivo habían llegado a un límite, y algunos estudiosos han encontrado indicios de que la presión demográfica seguía de cerca los pasos de los recursos ya en esa fecha. De todo esto se derivó el enorme retroceso del siglo XIV y, después, la lenta recuperación en el XV. (Roberts)

● [En Europa las ratas negras, Rattus rattus] vivieron sus mejores tiempos en una época en que todo estaba todavía bastante desordenado y sucio, es decir, antes de que se introdujera la canalización de aguas residuales y la recogida regular de basuras. Durante siglos las ratas negras pudieron encargarse sobre todo de la propagación de enfermedades mortales. [...] Desde el siglo XVIII, la rata negra está siendo desplazada por la llamada rata común, la Rattus norvegicus, que es más robusta y se desenvuelve mucho mejor en las modernas metrópolis. (K.Passig y A.Scholz)


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