Historia
Reino de Aragón



Reino de Aragón:
Reconquista:
Los inicios de la independencia se sitúan en los valles altos pirenaicos a comienzos del s.IX, pero los avances más importantes se realizaron en tiempo de Sancho Ramírez (conquista de Graus y Monzón) y Pedro I (toma de Huesca y Barbastro). El avance más decisivo lo realizó Alfonso I el Batallador, que se apoderó del valle del Ebro, con Zaragoza (1118), y de las cuencas del Jalón y del Jiloca. A fines del s.XII el reino de Aragón completó su reconquista con la ocupación de las tierras de Teruel y del macizo de Albarracín. Los reyes de Aragón habían heredado de los condes de Barcelona la presencia en el mundo feudal del sur de Francia. Los lazos culturales que unían ambas vertientes pirenaicas apuntaban a la constitución de un imperio occitano (el lugar donde se hablaba la lengua de oc y dominaba la cultura provenzal). Pedro II el Católico, participante en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), estaba vinculado por razones familiares con la nobleza del sur de Francia y acudió en ayuda de las tierras amenazadas por la cruzada de Simón de Monfort contra la herejía. El rey aragonés murió en la batalla de Muret (1213) y la proyección catalana sobre el país occitano finalizó. Le sucedió su hijo Jaime I el Conquistador (1208-1276). Después de anexionar las Baleares (1229-1231) y Levante (1234-1238), acordó el límite entre Castilla y Aragón con el tratado de Almizra (1244), que fijó la línea de demarcación en Alicante.

Pedro III (reinó de 1276 a 1285) sucedió a su padre Jaime I el Conquistador como rey de Aragón, Cataluña y Valencia, mientras que su hermano Jaime heredó Mallorca, el Rosellón, la Cerdaña y Montpellier. Tras las Vísperas sicilianas (1282), Pedro añadió Sicilia a sus dominios, junto con algunas plazas en el sur de Italia. Martín IV, papa (1281-1283) de origen francés, excomulgó a Pedro, relevó a sus súbditos de la fidelidad debida y nombró rey de Aragón a Carlos de Valois, hijo segundo del rey de Francia Felipe III el Atrevido. Se organizó una cruzada contra el monarca aragonés, en la que participaron Felipe III, Carlos de Anjou, Martín IV y Jaime de Mallorca, que facilitó el paso por el Rosellón. El pueblo aragonés, temeroso del poderoso ejército coaligado y abrumado por los impuestos para financiar la guerra, arrancó al rey el Privilegio general, confirmación de anteriores privilegios de los nobles de Aragón con límites considerables sobre el poder del rey. Los franceses llegaron a Gerona y avanzaron por el Ampurdán, pero al derrotar Roger de Lauria a la escuadra francesa, el ejército se quedó sin provisiones. Una epidemia obligó a los invasores a retirarse. Los almogávares diezmaron la retaguardia durante la retirada. En 1276 murieron Pedro III, Felipe el Atrevido y Carlos de Anjou. La presencia aragonesa en el Mediterráneo se mantuvo pero la angevina quedó eliminada definitivamente. El excomulgado Pedro III, antes de morir, había decidido devolver Sicilia al Papa. Alfonso III heredó Aragón (1285) y Jaime Sicilia. Antes de que surtiese efecto el tratado de Tarascón (1291) muere Alfonso III, y Jaime II hereda todos los territorios y se aviene a devolver Sicilia. Firma el tratado de Anagni (1297) comprometiéndose a obligar a su hermano Fadrique a devolver Sicilia a cambio de la isla de Cerdeña. Jaime II (1260-1327), rey desde 1291, prosiguió la expansión mediterránea. Tras el reinado de Alfonso IV el Benigno (1299-1336) accedió al trono Pedro IV el Ceremonioso (1319-1387), que revestía de cortesía y legalidad sus acciones más crueles. Anexionó el reino de Mallorca arrebatándoselo a Jaime III (Batalla de Lluchmajor, 1349). En Epila venció a la nobleza aragonesa que seguía defendiendo el privilegio de la Unión, arrancado a Pedro III aprovechando su difícil situación. Atizó cuanto pudo las luchas civiles que se desarrollaban en Castilla. Al final de su reinado incorporó Sicilia y los ducados de Atenas y Neopatria en la península griega. Le sucedió su hijo Juan I (1350-1395) en 1377, más interesado por la poesía, la música y la caza que por los asuntos de Estado. A su muerte, en 1395, le sucedió su hermano Martín I el Humano (1356-1410), que murió sin descendencia. En Caspe se reunieron representantes de los reinos de Aragón y Valencia y del principado de Cataluña, que llegaron a un Compromiso (1412) por el que se instauraba la casa de los Trastámara, nombrando rey a Fernando de Antequera (1379-1416), hijo de Juan I de Castilla y nieto de Pedro IV de Aragón. Fernando I fue sucedido por su hijo Alfonso V el Magnánimo en 1416. Conquistó Nápoles y se instaló en su capital, donde ejerció un importante mecenazgo sobre notables humanistas.


Relatos con sesgo sobre preeminencias:
Desde aquel lejano siglo onceno en que Ramiro I, contemporáneo del Cid, sentaba las bases de un reino que abarcaría Aragón, Valencia, las Mallorcas, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas, Neopatria, el Rosellón y la Cerdaña, y terminó formando la actual España en 1469, gracias al enlace entre su rey Fernando II de Aragón e Isabel, reina de Castilla. Ése es el hecho cierto, y no lo cambian ni el mucho morro ni el reescribir la Historia; incluido el manejo exclusivista y fraudulento de las famosas barras que eran Senyal Real no de un reino o territorio, sino de una familia o casa reinante que, como matizó Pedro IV en el siglo XIV, tiene Aragón como título y nombre principal. Casa reinante que absorbió a la casa de Barcelona, extinguida en 1150 por mutua conveniencia y deseo del titular de esta última, el conde Ramón Berenguer; que al casarse con Petronila, hija de Ramiro el Monje, rey de Aragón, adquirió como propio un linaje superior, pero renunciando al suyo, no titulándose más que princeps junto a su esposa regina; de modo que el hijo de ambos, ya con Barcelona incorporada a la corona, se tituló rex de Aragón, y nunca de Cataluña. Por suerte no todos los archivos han caído en manos de quien yo me sé —tiemblo al pensar qué será de ellos—, y aún quedan documentos donde comprobar lo evidente. Que por cierto, en cuanto a la propiedad histórica de las famosas barras, no está de más recordar que en 1285 la crónica de Bernard Desclot precisaba aquello de: «No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, sino que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón». (Arturo Pérez-Reverte)


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