MAR
Plancton



Zooplancton Plancton:
Conjunto heterogéneo de organismos que viven en suspensión en las aguas de los océanos, lagos, estanques y ríos. Como son incapaces de moverse, o a lo sumo realizan movimientos erráticos, están a merced de las corrientes y de las olas. Pueden dividirse en dos grupos principales:

Fitoplancton:
Compuesto de vegetales, cuyos componentes son todos microscópicos. Tanto de mar como de agua dulce comprende bacterias, organismos afines a ellas y plantas verdes (algas) en forma de células aisladas o pequeñas colonias. La densidad del fitoplancton marino es determinable gracias a su pigmentación. La clorofila absorbe la luz solar y el dióxido de carbono atmosférico, sintetizando alimento orgánico. La luz reflejada por la clorofila de las plantas microscópicas marinas permite que los detectores de algunos satélites puedan medirla con bastante exactitud. Los científicos pueden conocer medir la concentración de fitoplancton de los océanos y mares, así como la cantidad de dióxido de carbono absorbida por aquellos. El resultado es una auténtica radiografía del aparato respiratorio del planeta. El plancton crece espectacularmente en primavera en el Atlántico Norte.

    Krill: Pequeños camarones eufásidos El hierro y el crecimiento del fitoplancton:
    En la costa antártica, todos los años, durante los seis meses de luz solar, el fitoplancton florece en una estrecha zona a lo largo de de la costa. Constituye el alimento de inmensos cardúmenes de krill, que son a su vez el alimento diario de focas, pingüinos y ballenas. Lejos de la costa el Océano Antártico es mucho menos fértil aunque están presentes los principales nutrientes, y tanto la temperatura como la luz solar son similares. Parece ser que la falta de hierro es lo que determina el escaso crecimiento del fitoplancton. El hierro es muy poco soluble en agua marina y tiende agruparse en torno a partículas orgánicas que se hunden hasta el fondo. En cada partícula de suciedad hay un cinco por ciento de hierro. El hombre usa el hierro para todo. Más de la mitad del hierro que hay en el mar abierto procede del polvo de la atmósfera que se deposita allí y no de las corrientes que ascienden con los nutrientes. En el Atlántico ecuatorial los vientos que barren el Sahara llevan el polvo muy lejos hasta Barbados. A lo largo de esta ruta no hay escasez de hierro en el agua. Pero los que soplan sobre el Antártico no cruzan casi ninguna tierra que no esté cubierta de hielo, de modo que apenas llevan polvo ni hierro al océano.

Zooplancton:
Compuesto de animales, con excepciones son microscópicos o escasamente visibles a simple vista. El de agua dulce está integrado principalmente por protozoos (animales unicelulares) y rotíferos, que miden entre diez milésimas de milímetros y 0,5 mm de largo, junto con gran variedad de pequeños crustáceos, cuya longitud oscila entre los 0,50 y 0,25 mm. Protozoos y crustáceos son también los elementos dominantes del zooplancton marino, acompañados de medusas, algunos gusanos, moluscos diminutos y microscópicas fases larvarias de muchos animales que viven en el fondo del mar cuando son adultos.

Distribución:
Las mayores poblaciones se hallan en altas latitudes y en aguas alejadas de la costa o en alta mar. Las llamadas mareas rojas se deben a grandes cantidades de protozoos. Apenas hay organismos vivientes por debajo de los 200 metros de profundidad. Las poblaciones máximas aparecen entre los meses de abril y octubre. Las invernales suelen ser inferiores al 20 por ciento de la máxima de verano. Algunos crustáceos establecen ciclos migratorios verticales cada 24 horas. Comienzan a descender al amanecer y ascienden al atardecer. Los residuos digestivos y los cadáveres son convertidos por las bacterias en alimento del fitoplancton, alimento principal del zooplancton.


Larva de camarón El sabor del plancton:
El biólogo marino doctor A.D.Bajkov nos sugirió la idea y nos envió una manga a la medida de los seres que íbamos a cazar. La "manga" era una tela de seda, con casi mil intersticios por centímetro cuadrado; tenía la forma de un gran embudo, con la boca cosida a un aro de acero de cincuenta centímetros de diámetro, y la remolcábamos detrás de la balsa. Como en cualquier clase de pesca, el resultado variaba según el tiempo y el lugar. A medida que el mar se volvía más caliente en nuestro avance hacia el oeste, iban disminuyendo las capturas y siempre alcanzamos los mejores resultados por la noche, porque parece que muchas especies se sumergen más cuando brilla el sol. De no haber tenido otra manera de matar el tiempo a bordo de la balsa, hubiera sido entretenimiento bastante el estar echados con las narices en la manga. No por el olor, que es detestable, ni porque la vista fuera apetitosa, pues aparecía como un horrible revoltijo, sino porque extendíamos el plancton en una tabla y examinábamos a simple vista cada uno de esos bichejos por separado, teníamos ante nosotros las más fantásticas variedades de formas y colores. La mayor parte eran pequeñísimos crustáceos en forma de camarones (copépodos) o huevos de pescado que flotaban en la superficie; pero había también larvas de peces y moluscos, curiosos cangrejos miniatura de todos los colores, medusillas y una variedad infinita de pequeños seres que podían haber sido sacados de la Fantasía de Walt Disney. Algunos parecían veteados en todas direcciones, fantasmillas recortados en papel celofán, mientras que otros semejaban pequeñísimos pajarillos de pico rojizo, con conchas duras en lugar de plumas. No había fin para la extravagante inventiva de la naturaleza en el mundo del plancton. Cualquier pintor surrealista se hubiera dado aquí por vencido. En le punto en que la corriente de Humboldt vira hacia el oeste, al sur de la línea ecuatorial, podíamos sacar de la manga varias libras de puré de plancton en pocas horas. El plancton salía como un pastel, con capas de distintos colores: pardo, rojo, gris y verde, según los diferentes campos que habíamos atravesado. De noche, cuando había fosforescencia, era como tirar de un saco de centelleantes alhajas. Pero cuando las sacábamos, este tesoro de piratas se convertía en pequeños y brillantes camarones, cangrejos, y larvas fosforescentes de pescado, que brillaban en la oscuridad como un montón de brasas. Cuando poníamos en una vasija el blando mejunje, se extendía como un manjar mágico compuesto de pequeñas luciérnagas. Nuestra cosecha nocturna era tan repugnante de cerca como linda y atractiva había sido de lejos. Pero aunque oliera mal, tenía en cambio un sabor muy agradable, si uno tenía el valor de meterse en la boca una buena cucharada de fósforo. Si la cucharada contenía camarones enanos, sabía a pasta de camarones, langosta o cangrejos, y si consistía sobre todo en huevos de peces profundos, sabía a caviar y a veces a ostras. (Thor Heyerdahl. La expedición de la Kon-Tiki)


Récords de los Peces:
El pez óseo más largo es el huso (Huso huso) o beluga, un esturión del mar Caspio. Alcanza 7,2 m de longitud y 1360 kg de peso. El pez óseo más pesado es el pez luna (Mola mola), que alcanza 2 toneladas. El pez más pequeño, y también el menor de los vertebrados, es Pandaka pygmaea, que frecuenta las aguas dulces en Filipinas y las islas Marshall; nunca sopbrepasa los 12,5 mm. El tiburón (orden Selachii con 200 especies) más grande (y el mayor de los peces) es el tiburón ballena (Rhincodon typhus), que alcanza 18 m de longitud y 15 toneladas de peso. Las rayas (orden Batoidea con 350 especies) más grandes son las cornudas (Mobula mobular), de hasta 6 m de anchura. Vuelan en el agua ondulando las aletas pectorales como alas y pueden dar saltos considerables fuera del agua.

Una concha de almeja gigante Tridacna gigas, que vive en los océanos Indico y Pacífico, llega a pesar 300 kilos. La hembra del gusano marino de la especie Bonellia viridis pesa 100 millones de veces más que el macho. Los hipocampos, o caballitos de mar, macho son los que traen los hijos al mundo. La hembra agrede sexualmente a su compañero, y deposita los huevos en una especie de bolsa. El macho produce una especie de placenta y alimenta a las crías. Una mañana de mayo de 1942, las sirenas de alarma antisubmarinas de la bahía de Chesapeake -la entrada hacia Washington- alertaron a los destructores y buques de vigilancia de ruidos submarinos, como si una flota de guerra hubiese cercado a las posiciones norteamericanas. Se trataba de 300 millones de peces tigres croadores, que todos los años acuden a desovar en la bahía, emitiendo un sonido rítmico.


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