Exploraciones
Isla de Pascua



Isla de Pascua:
El poblamiento de las Islas Marquesas se produjo hacia el 200 d.C. y el de Hawai e isla de Pascua entre el 300 y el 400 d.C.

Jakob Roggeveen:
La Compañía Holandesa de las Indias Occidentales no estaba muy satisfecha de su capitán Roggeveen. Le había enviado lejos, al mar del Sur, para que tratara de encontrar la fabulosa tierra de Davis, que se decía que contenía grandes riquezas; pero, en lugar de ello, Roggeveen sólo les dio cuenta de un archipiélago insignificante. Una de estas tierras -a la que llegó el domingo de Pascua y, que por eso bautizó con el nombre de Isla de Pascua, aunque, en realidad se llamaba Te Pito o te Henua- le había llamado especialmente la atención porque encontró en ella unos "ídolos de piedra, de unos nueve metros de altura y el correspondiente grueso", ante los cuales, los indígenas se agachaban y levantaban repetidamente los brazos. Pero a los sacos de pimienta de la Compañía de las Indias Occidentales no les interesaban las grandes estatuas de piedra, y Jakob Roggeveen tuvo que terminar sus días en Middelburg, sin volver a ver el mar del Sur ni la isla de Pascua. La fabulosa tierra de Davis fue identificada más tarde con la isla de Pascua y actualmente se la identifica con la isla Mangareva. El pirata inglés Edward Davis, que hacia 1687 había tenido su campo de acción entre Sudamérica y el archipiélago polinesio, donde se dedicaba a apresar buques españoles cargados de oro, había echado un rápido vistazo a los agrestes arrecifes y los vastos pastos de unas islas situadas en el Pacífico oriental; creyó que se trataba de la punta de un nuevo continente meridional y dio a sus compatriotas los informes correspondientes. Como consecuencia de ellos, creció en Inglaterra la idea -fruto de fuentes españolas- de que existía un "continente meridional", al que se atribuyeron toda clase de tesoros y maravillas y al que -por lo menos en Gran Bretaña- se bautizó, provisionalmente, con el nombre de Davis. Y hasta los viajes de Cook no había de ponerse en claro que no existe tal continente meridional, sino únicamente un Antártico cubierto por hielos eternos.

Friedrich Behrens:
Apenas sabríamos nada de Roggeveen y del descubrimiento de la isla de Pascua, si no se hubiese encontrado a bordo del barco holandés un soldado escritor de ;eckleburgo, Carl Friedrich Behrens, quien en 1737 y 1738 publicó dos libros sobre sus pacíficas experiencias: Viaje por los países del Sur y alrededor del Mundo y El experimentado navegante de los mares del Sur. Contrariamente a los empresarios comerciales de Jakob Roggeveen, Behrens encontró que la isla de Pascua era muy interesante. Lo mismo que en todas las demás partes de Polinesia, los indígenas se agruparon llenos de curiosidad alrededor de los recién llegados extranjeros. Como Roggeveen no era Cook, dio a sus soldados orden de disparar. "La confusión -escribió Behrens- fue enorme; cayó mucha gente. ¡Sus hijos y sus nietos tendrán algo que contar acerca de nosotros!" Los isleños que habían tenido este primer contacto con la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, fueron descritos por Behrens como gente morena, alegre, amable y de aspecto agradable, aunque algo recelosa, lo cual no es de extrañar dada la salva de fusiles de Roggeveen. En Te Pito o te Henua no había armas de ninguna clase; los indígenas "confiaban por completo en sus dioses y su ídolos".

La migración sudamericana según Heyerdahl:
Los misteriosos monolitos de la isla de Pascua y todas las demás reliquias de origen desconocido encontradas en este pedazo de tierra, situado en el más completo aislamiento, a medio camino entre la isla más próxima y las costas de Sudamérica, han dado origen a toda clase de especulaciones. Muchos observaron que los hallazgos de la isla de Pascua recuerdan en muchos aspectos los restos de las civilizaciones prehistóricas de Sudamérica. ¿Quién sabe si alguna vez existió un puente de tierra sobre el mar, que se ha hundido después? ¿Quién sabe si la isla de Pascua y las demás islas de los mares del Sur que tienen monumentos análogos es lo único visible hoy de lo que fuera otrora un continente hundido en el Pacífico? Esta última ha sido una teoría muy popular, aceptable desde luego para el profano, pero los geólogos y otros hombres de ciencia no la favorecen. Es más: los zoólogos prueban en la forma más simple, mediante el estudio de los insectos y caracoles encontrados en las islas de los mares del Sur, que éstas han estado a través de toda la historia tan completamente aisladas una de otra y de los continentes que las rodean como lo están al presente. por consiguiente, sabemos con absoluta certeza que la raza original de la Polinesia debe haber venido alguna vez, voluntaria o involuntariamente, a estas remotas islas, flotando a la deriva o navegando a vela. Y un examen cuidadoso de los habitantes de los mares del Sur muestra que no pueden haber pasado muchos siglos desde que esto ocurrió. Porque, aun cuando los polinesios viven desparramados sobre un área de mar cuatro veces mayor que Europa entera, las lenguas habladas en las diferentes islas no se han diversificado todavía. hay miles de millas de por medio entre Hawaii al norte y Nueva Zelanda al sur, desde Samoa en el oeste hasta la isla de Pascua en el este; y, sin embargo, todas estas tribus aisladas hablan dialectos de un lenguaje común, que nosotros hemos llamado polinesio. La escritura era desconocida en todas las islas, con excepción de algunas tablillas encontradas en la de Pascua, con jeroglíficos incomprensibles que los nativos han conservado cuidadosamente, a pesar de que ni ellos ni nadie ha podido descifrarlos. Pero tenían escuelas, cuya función esencial era la enseñanza poética de la historia, ya que en Polinesia la historia se confundía con la religión. Se practicaba el culto de los antepasados; adoraban a sus jefes muertos, remontándose hasta Tiki, del cual decían que era hijo del Sol. Casi sin excepción, en cada una de las islas, los hombres ilustrados podían enumerar los nombres de sus jefes hasta el momento del primer desembarco.

[...] Allí [Perú, 500 años antes de la Era Cristiana] vivió una vez un pueblo desconocido, fundador de una de las más extrañas civilizaciones del mundo, y que desapareció de pronto mucho tiempo atrás, como barrido de la superficie de la tierra. Este pueblo dejó tras sí enormes estatuas de piedra en forma de imágenes humanas, que recuerdan las encontradas en Pitcairn, en las Marquesas o en la isla de Pascua, y grandes pirámides construidas en escalones como las de Tahití y Samoa. Estos hombres con sus hachas de sílice cortaban de las montañas grandes bloques de piedra del tamaño de vagones de ferrocarril y los transportaban a muchos kilómetros de distancia, colocándolos de pie o uno sobre otro para formar portadas, muros enormes y terrazas, exactamente como los que vemos en algunas islas del Pacífico. (Thor Heyerdahl).


Teoría sobre la isla de Pascua. von Däniken:
En casi todas las islas habitables del Pacífico meridional se encuentran restos de grandiosas culturas desconocidas. Estos productos de una técnica remotísima, y manifiestamente muy perfeccionada, inquietan a todo visitante que no se contenta con tomar de ellas unas cuantas fotos para su álbum de recuerdos, desterrando tercamente de su espíritu toda otra consideración sobre tales testimonios del pasado. Los pétreos documentos dan pie, en efecto, a especulaciones e hipótesis diversas. La isla de Pascua [...] Cuenta con una población aproximada de 1.000 habitantes [año 1973] en una superficie de unos 118 km cuadrados, sin árboles; llega a elevarse hasta los 615 metros, y en ella pueden verse aún dos cráteres apagados. La isla de Pascua es una piedr angular en el mosaico de mi cosmovisión. Aludimos a los centenares de estatuas que aparecen plantadas por toda la superficie de la isla y a cuya mirada fija e incesante uno no puede escapar. Conozco las teorías de Thor Heyerdhal, a quien tengo en alta estima. Con todo, las dos prolongadas visitas a la isla y a la vista de los hechos absolutamente descarnados, considero insostenible la teoría del pico o hacha de sílex. En el cráter Rano Baraku encontramos en todas las posiciones, vertical, horizontal y en zigzag, una serie de estatuas recién empezadas y a medio terminar. Medí la distancia que había entre la lava y cada una de las estatuas, comprobando que el espacio entre ambas cosas llegaba a alcanzar hasta 1,84 metros, y ello a todo lo largo del coloso, que medía casi 32 metros. De ninguna manera se puede admitir que tan enormes trozos de lava hayan sido despejados con primitivas y diminutas hachas de piedra. Es cierto que Heyerdhal halló al pie del cráter algunas de estas hachas, lo que parecía probar que en la isla se trabajó con tales herramientas. He aquí mi propia hipótesis: cosmonautas de otro mundo visitaron a los nativos y les suministraron herramientas perfeccionadas, que podían manejar los sacerdotes o hechiceros; éstos extrajeron de la lava las grandes masas de piedra y les dieron forma. Los extraños visitantes se marcharon. Como toda herramienta abandonada, también éstas se fueron enmoheciendo hasta quedar inservibles. Considero verosímil que los isleños que habían aprendido a utilizarlas emigraran a otros lugares o murieran. Sus descendientes de cultura primitiva, eran incapaces de fabricar nuevos instrumentos de ese calibre. El hecho es que el trabajo comenzado se fue aplazando de un día para otro, no volviéndose jamás a reaunudar. Cerca de 200 estatuas inacabadas se quedaron definitivamente pegadas a las paredes del cráter. y un día, de repente, los nativos tuvieron la loca ambición de concluir la obra antaño comenzada. al faltarles las antiguas herramientas, atacaron la lava con las suyas propias: los picos y las hachas de sílex. Día tras día resonaba en toda la isla el eco alegre de un martilleo procedente del cráter. Pero en vano. Las hachas de piedra perdieron su filo, y las estatuas seguían adheridas a las paredes del volcán. los hombres acabaron por resignarse y renunciar a sus esfuerzos; sus primitivas herramientas quedaron abandonadas y esparcidas a cientos por las cercanías del cráter.

La teoría de Heyerdhal:
Contrariamente a lo que supone Heyerdhal, veo yo en el hallazgo de las hachas de sílex precisamente la prueba de que con estas herramientas no pudo realizarse el trabajo. Pero todavía hay otro indicio importante que habla contra esta teoría. Admitamos por un instante la posibilidad (fantástica) de que los isleños hubieran trabajado efectivamente la lava y fabricado las estatuas con sus primitivas hachas de piedra. Allí donde se cepilla o se desguaza quedan virutas por lo menos¿Dónde están esos restos? Aún el mejor de los escultores, y no digamos nada de los picapedreros, difícilmemte habrían podido evitar que se les astillara algún labio, que alguna nariz presentara leves rasguños o que algún párpado se le partiera por descuido al golpear la roca. Y sin embargo los obreros de la isla de Pascua oarecen haber llevado a cabo su colosal empresa sin el menor fallo: cada golpe de pico debió ser perfecto, ya que en ninguna de las estatuas se ha descubierto ni siquiewra una sombra de error. Más aún: he mencionado ya la distancia que medía entre el lecho de lava y las estatuas que todavía permanecen en el cráter. Los desperdicios correspondientes a varios espacios vacíos de 2 x 32 metros no pueden haberse esfumado en el aire. ¿Dónde están? En Rano Baraku no hay nada. La teoría de los picos y las hachas de sílex podría como mucho aceptarse para algunas estatuas más pequeñas que se fabricaron en época posterior. A mi juicio, y el de muchos visitantes de la isla, dicha teoría no nos proporciona en modo alguno la clave del misterio principal, a saber: cómo pudo la materia prima ser extarída de la roca volcánica. basta con una simple ojeada a esas ciclópeas figuras de hasta 20 metros de altura y 50 toneladas de peso para hacernos una idea siquiera aproximada del volumen que debieron tener aquellas macizas moles de piedra que fueron esculpidas. Si se toma como base que los polinesios fueron los verdaderos autores de las estatuas, queda por explicar cuál fue su fuente de inspiración para las formas y expresiones de tales figuras, cuyas características no se encuentran entre los miembros de ninguna tribu polinesia: narices largas y rectas, bocas apretadas, labios finos, ojos hundidos, frentes estrechas. Tampoco hay nadie que sepa decirnos a quién o a quienes podían representar, ni siquiera, por desgracia Thor Heyerdhal. (Erich von Däniken)


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