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Búsqueda de oro



El oro americano:
La explotación de varias minas permitió a Cortés los 2.000 ducados con que se organizó la conquista de Nueva España. En su reparto de tierras había dicho que no había llegado a La Española a labrar la tierra sino a buscar oro. Sabemos que desde 1503 hasta 1510 llegaron unos 5000 kilos de oro a Sevilla y más de 9000 entre 1511 y 1520, como cantidades legalmente transportadas según consta en los registros de la Casa de Contratación, conservados en el Archivo General de Indias. Si se añadiese el que llegó entre 1493 y 1502, y el que se trajo de contrabando, la cifra total desde 1493 hasta 1520 ascendería a unos 30.000 kilos.

Ubicación de las principales minas:
Los yacimientos de Nueva España, de Nueva Granada y de Perú proporcionaron cantidades cuyas cuantías nos son conocidas gracias a recientes investigaciones, como las de Te Paske. Ya en el siglo XVIII, los yacimientos brasileños añadirán una importante corriente de oro del Nuevo al Viejo Mundo. Los yacimientos de plata se hallaron en Nueva España y se explotaron entre 1546 y 1556. Los más famosos son los de Zacatecas, Guanajuato, Pachuca, Real del Monte y Sombrerete. En algunos de ellos se alcanzará la máxima producción en el siglo XVIII. Las minas de Porco, lo mismo que otras que hallaron los castellanos en tierras de Perú, estaban abiertas, y a la vista las vetas de donde se sacaba el mineral. Las que se hallaron en el Cerro del Potosí fueron descubiertas en 1547. Comenzó la explotación, por su parte alta, en cinco vetas riquísimas. Fue tan grande su fama que "de todas partes comarcanas venían indios para sacar plata". El padre Acosta calculaba que en su tiempo se vendrían a sacar cada día "obra de treinta mil pesos". También se extraía plata "que no era marcada ni quintada", y que solía ser "toda la que andaba entre indios". Llega a la conclusión de que "el tercio de la riqueza del Potosí, si ya no era la mitad, no se manifestaba ni quintaba".

Oro Cerro de Potosí. Agustín de Zárate


Presentación: Polvo, pepitas y filones:
Los alquimistas estuvieron durante siglos buscando sin conseguirlo la piedra filosofal que transformara los metales en oro. El oro se presenta en formaciones rocosas y en depósitos aluviales o placeres, que pueden ser de origen reciente y estar cerca de la superficie, o profundos y antiguos y hallarse cubiertos con rocas depositadas posteriormente. En los placeres, el oro metálico aparece mezclado con guijos, arena o arcilla, al haber sido transportado desde su lugar de origen por la acción del agua y depositado en su nuevo emplazamiento por acción mecánica, por deposición química o por una y otra. En los depósitos aluviales se presenta en fragmentos de tamaño variable desde el de partículas pulverulentas hasta el de grandes pepitas. Los depósitos auríferos que desencadenaron las riadas humanas hacia California, Australia y Alaska, eran aluviales, al igual que los yacimientos de los Urales en Siberia. En la más importante fuente de oro de Africa del Sur, que produce la mayor parte de las existencias mundiales de este metal, aparece formando venas o filones.

Cantidades llevadas a Europa:
Conocemos las cantidades de oro y plata llegadas a Sevilla desde 1503 hasta 1660 gracias a las investigaciones de Earl J. Hamilton. Llegaron, entre los años señalados, oro y plata por valor de unos 448 millones de pesos de 450 maravedíes. De esa cifra total, unos 330 millones correspondieron a particulares. El resto -117 millones, más de la cuarta parte-, a la Real Hacienda. Medida en peso, la cuantía de los metales preciosos que vinieron de América ascendió a unos 17 millones de kilos de plata y a 181.000 de oro (siempre entre 1503 y 1660).

[...] Según Braudel, el almacenamiento de oro en Europa en 1500 vendría a ser de unas 5.000 toneladas. El de plata, de 60.000. El metal precioso de procedencia americana habría añadido 18.000 toneladas de plata y 200 de oro, entre 1500 y 1650. El almacenamiento inicial se habría duplicado sólo a comienzos de del siglo XIX al alcanzar la cifra de 160.000 toneladas de equivalente en plata. Las cantidades de metales preciosos llegados a Europa procedentes de América se acrecientan durante el siglo XVIII: al de las Indias españolas se sumó el oro brasileño de Minas Gerais. Aumentaron también las cantidades de oro extraídas tanto en Nueva España como en Nueva Granada. El oro obtenido en as Indias pasó de un valor medio anual de unos seis millones de pesos de 272 maravedíes en el siglo XVII a 22.468.000 entre 1701 y 1810 (como media anual).(Gonzalo Anes)

Influencia sobre los precios en Europa:
En Europa el oro y plata circularon en mayor cantidad a pesar de la parte empleada en la importación de productos del Oriente. Como ese aumento fue superior al de la producción de bienes y servicios, tendieron a aumentar los precios y los salarios, sobre todo en España.

    El oro viene ocupando un papel mítico en el desarrollo de la economía de cambio, desde hace ya varios milenios, constituyendo, por lo tanto el pivote fundamental de la vida comercial de los pueblos. Este papel, en el más estricto sentido de la palabra, se ha mantenido hasta la I Guerra Mundial en que prevalecía el sistema de patrón-oro o gold standard, que consistía en la convertibilidad total entre el oro y los billetes en circulación. En este sistema, el oro era el único medio de efectuar las liquidaciones entre los bancos centrales. Las entradas o salidas de oro repercutían en el equilibrio interno modificando la oferta monetaria y, consecuentemente, los precios, es decir, que al bajar los precios aumentaban las exportaciones y disminuían las importaciones y, al subir los precios, ocurría el fenómeno inverso. Al darse este hecho en todos los países, el equilibrio internacional tendía a restablecerse automáticamente. (J.Dorao)

Importación de oro propiedad de particulares (60%) y de la Corona (40%):
Los cargamentos de metales preciosos que llegaban a Sevilla pertenecían, en parte, a la Corona, y en parte a particulares. De acuerdo con las leyes promulgadas por Alfonso X y Alfonso XI, todas las minas descubiertas en tierras pertenecientes al patrimonio real era considerada como parte integrante de éste, pero los riesgos y las dificultades inherentes a la explotación de las minas americanas indujeron a la Corona española a renunciar a sus derechos y a arrendar o transferir aquélla, a cambio de una participación en los beneficios, fijada finalmente en una quinta parte. Parece ser que la Corona se quedaba con cerca de un 40% del total de los cargamentos de metales preciosos que llegaban a Sevilla, ya que estos beneficios procedían en parte de los intereses citados y en parte a las sumas enviadas en pago de las contribuciones introducidas por la Corona en las Indias. Una parte de las importaciones pertenecientes al sector privado era propiedad de particulares que habían hecho fortuna en el Nuevo Mundo y regresaban con ella a España, pero probablemente la mayor parte del oro y la plata fuese remitido a los comerciantes sevillanos por sus colegas americanos, para pagar los cargamentos enviados al Nuevo Mundo, ya que, a pesar de que la posteridad se ha fijado casi exclusivamente en las espectaculares importaciones de metales preciosos, el comercio español con las Indias fue siempre bilateral. (Helliott)

Hernán Cortes Llegada de Cortés a Veracruz


Cortés encuentra el oro de Moctezuma:
Los españoles, mientras tanto, iban estudiando el terreno y pronto observaron que en una parte de los viejos muros de aquella estancia se veían huellas recientes de argamasa, y con la experiencia adquirida por muchos hallazgos sospecharon al punto que allí se ocultaba una puerta. Y aunque por el momento eran huéspedes del emperador, sin el menor escrúpulo de conciencia comenzaron a derribar el muro. Pronto descubrieron, en efecto, una puerta, que abrieron inmediatamente, y fueron en busca de Cortés. Cuando éste echó una mirada a la estancia recién abierta tuvo que cerrar los ojos. Se hallaba ante una sala llena de las más ricas telas, de joyas, de toda clase de enseres preciosos, y plata y oro, no solamente en objetos maravillosamente labrados, sino en lingotes. Bernal Díaz, el cronista, escribe: "Yo era muy joven y me parecía que todas las riquezas del mundo se hallaban en aquella estancia". Estaban ante el tesoro de Moctezuma; mejor dicho, el del padre de Moctezuma, aumentado por las adquisiciones del hijo. Cortés demostró gran inteligencia al ordenar que fuera tapada inmediatamente la puerta, pues él no se hacía ilusiones respecto a lo arriesgado de la situación.

 [...] Cuando Cortés hubo hecho prisionero a Moctezuma, ya no vio motivo alguno que le impidiera tocar el tesoro. El infeliz emperador intentó conservar su dignidad manifestando que regalaba todo aquel tesoro al gran soberano de Cortés -a su Majestad hispana-, uniendo a ello el juramento de ser su fiel vasallo, cosa que no representaba gran mérito habida cuenta de su situación. Cortés mandó a trasladar el tesoro a una de las grandes salas, para valorarlo. Los españoles tuvieron que construir ellos mismos las balanzas y pesas, pues los aztecas, grandes matemáticos, no conocían los sistemas de peso ni el valor total. Y así hallaron que era de unos 162.000 pesos oro, suma que, según cálculo hecho el siglo pasado, equivalía a unos 6.300.000 dólares. En el siglo XVI era esto una cantidad tan fabulosa que podemos suponer con bastante fundamento que ningún soberano europeo tenía atesorada tal suma en aquella época. ¿Era extraño, pues, que los soldados se volvieran locos al calcular su participación proporcional?. Pero llegado este momento, Cortés se opuso a una participación igualitaria. ¿Era injusto? Por lo menos fue hábil. Desde luego, él había marchado a Ultramar por encargo de su Majestad el rey, que con razón tenía derecho a una participación; pero él, Cortés, había equipado los barcos con su dinero, contrayendo muchas deudas que un día tendría que pagar. Por eso, Cortés dispuso que una quinta parte del tesoro correspondería al rey de España, otra quinta parte a él; otra quinta parte la reservaba a Velázquez, como gobernador que era, y para aplacarlo, ya que no había obedecido sus órdenes, huyendo de su jurisdicción con todos los barcos; otra quinta parte, para los caballeros, artilleros, arcabuceros, ballesteros y la guarnición que había dejado en la costa de Veracruz. Quedaba, pues, una quinta parte para repartirla entre los soldados, a cada uno de los cuales tocaba 100 pesos oro. ¿Aquello era una miseria para lo que habían hecho, una limosna para quienes habían contemplado todo el tesoro! (C.W.Ceram. Dioses, tumbas y sabios)


La flota refugiada en Rande (1702):
El traslado de la plata. Por Manuel Touron Yebra:
El 27 de septiembre de 1702, cinco días después de que fondeara en la Ría de Vigo la flota procedente de Nueva España, el Consejo de Indias expedía unas detalladas y precisas instrucciones sobre la forma en que se debería desembarcar la plata que en ella venía y las estrictas comprobaciones que deberían hacer el Príncipe de Barbanzón, el conde de Chateaurenaud y los Diputados del Comercio de Sevilla. Esta decisión del Consejo, que se producía ya con un cierto retraso, estaba inspirada en las recomendaciones que Barbanzón había formulado a la reina, temeroso de un ataque enemigo y sin querer aceptar la gran responsabilidad que suponía decidir por su cuenta la descarga de la plata. Con la autorización real y conociendo que el Consejo de Indias había comisionado al consejero don Juan de Larrea para que supervisara la operación y dispusiera lo que creyera conveniente, el mismo 27 de septiembre, Barbanzón comunicó al Reino y especialmente a la provincia de Tuy, que de inmediato se iniciaría el desembarco de la plata y ordenó la comparecencia en Redondela, punto de descarga, de quinientos carros para transportar la plata, pues los anteriores ya estaban cargados, por lo que no tendrían detención alguna y además recibirían por adelantado la paga de un ducado por legua. Estas actuaciones de Barbanzón, plenamente documentadas, concuerdan con la cronología recogida en el Memorial enviado al rey después de la batalla y que, en definitiva, viene a confirmar que en el momento del ataque enemigo se había logrado desembarcar la mayor parte de la plata y algunos géneros, pero la mayoría de éstos se encontraban aún en los galeones y su pérdida fue inevitable. En realidad, y pese a que Barbanzón había informado a don Juan de Larrea el 14 de octubre que toda la plata estaba desembarcada (probablemente el príncipe estaba convencido de ello), la situación era muy distinta a causa del fraude que existía en el comercio de Indias. La actuación de Larrea durante la batalla así lo confirma:

    ... ynmediatamente que vi este funesto suceso (el ataque enemigo) que dista desde la parte que sucedió aun no quarto de legua a Redondela donde me hallava travaxe con incesante desvelo aque saliese de ella la plata que de diferentes particulares se sacaron de las naos pocas oras antes de su fatal paradero, y en medio de la confusión, griterío y lamentos que se experimentavan por todas sus calles, conseguí se librase toda la mayor parte de ella y que se conduxese aun Monasterio de Religiosos Bernardos llamado Melón,

Un posterior informe del consejero de Indias incide en las mismas cuestiones: ... ordenó este General (Chateaurenaud) se quemasen todos los navíos, como se efectuó, excepto algunos, que por haverles faltado las minas de la polvora no se prendieron, con que lograron los contrarios hazer buena presa en grana, algún dinero y plata labrada... Parece evidente que, en contra del informe oficial, el día 23 de octubre quedaba en los galeones un importante cargamento de géneros y una cantidad de plata difícilmente calculable. El primer problema que se presenta a la hora de estudiar las cantidades que se salvaron, se hundieron o fueron capturadas por ingleses y holandeses de la flota de don Manuel de Velasco, es el desconocimiento de la suma total de valores embarcados en Veracruz, y aunque esta cifra se hubiera conocido, habría que aceptarla con las naturales reservas que imponía el habitual fraude. El hecho de que la flota viniera esta vez escoltada por una escuadra francesa favorecía considerablemente esta situación, ya que se podía embarcar plata y oro en los navíos franceses sin pagar los derechos reales ni los de travesía. Ingleses y holandeses, una vez que abandonaron Vigo, demostraron un enorme interés en que se conociera su victoria y la importancia del tesoro capturado, especialmente los ingleses, muy interesados en acallar las protestas que los excesivos gastos de la expedición habían hecho surgir en Inglaterra. Se gloriaron aquellos que el valor de lo apresado subía a la suma de cuatro millones de pesos; más de ocho es cierto que perdió el Comercio de Cádiz, donde quedaban ocultamente incluidos los mismos enemigos, y así, no era todo ajeno lo que tomaron y echaron a perder. Ciertamente, la idea que apunta el marqués de San Felipe era una sospecha que ya antes del ataque a la flota tomaba cuerpo en la corte.

    Teniendo noticias fijas de que la flota de Nueba España que ha llegado a sigo, vienen grandes cantidades pertenecientes a ingleses y olandeses de géneros que embarcaron en ella, y siendo conbeniente que se haga represalia en estos efectos en la forma que dispone el huso de la Guerra, Mando al Consejo de Indias me informe de las penas que le pareze deben imponerse en el Vando que se huviere de publicar para su aberiguación â más delas ordinarias dispuestas por las Leyes...

Era entonces habitual que las dos potencias marítimas, imposibilitadas de comerciar directamente con los territorios americanos de la Corona de España, lo hicieran a través de otras personas y esta situación, conocida o sospechada por las autoridades, se favorecería por la impunidad que ofrecían las ciudades de Cádiz y Sevilla, receptoras y controladoras de las flotas que llegaban de Indias. Si los ingleses y holandeses capturaron en Vigo siete u ocho millones de pesos como manifestaron (cifra superior a la estimada posteriormente por el rey) hay que considerar que las dos terceras partes de estas cifras pertenecían a mercaderes de las mismas nacionalidades, con lo que los aprehensores arruinaron a sus propios compatriotas. El Consejo de Indias conocía la cifra que venía consignada a la Real Hacienda, como lo demuestra el hecho de que en el estado final de cuentas que se realizará en Segovia en 1703, se detalle esta cifra exactamente, además, era preciso conocer dicha cifra para poder afirmar, como lo hace don Juan de Larrea, que la plata perteneciente a la Corona se recuperó en su totalidad y se remitió a la corte. Lo que desconocía el Consejo (al menos en noviembre de 1702) era la plata consignada a particulares y, probablemente, nunca llegó a conocer con exactitud tal cifra, pese a los intentos realizados para ello. Don Manuel de Velasco apunta la cantidad de 3.650 cajones de plata que transportaron sus buques. En cuanto al valor de cada cajón, es el mismo Velasco el que advierte de la posibilidad de un cargamento adicional fraudulento:

    Sr. mio en carta de 21 del pasado que acaba de resevir me expresa V.S. que deseando la Reina Nuestra Señora saber el caudal poco más o menos que bino en la flota i lo que de él puede pertenesser a Ingleses i Olandeses... debo desir a V.S. que en quanto a lo primero se ofreze la dificultad deque abra cajones que traigan a tres mil pesos muchos a quatro i alguno que passe de seis... y en quanto al segundo punto puedo asegurar a V.S. la imposibilidad de aberiguarlo ique siempre se ahallado esta misma en otras ocasiones...

Aunque haya que considerar las siguientes manifestaciones con ciertas reservas, que vendrían impuestas por la ausencia en la documentación consultada de otras referencias que permitirían contrastar su veracidad, el embajador de España en Portugal apunta una posible clave para desentrañar el problema del fraude:

    Por su leal vassallo de V. Mag. he entendido como en la flota presente hay un gran fraude a su parezer y en los Reales Haveres de V. Mag. asigurándome que los más caxones que vienen reputados a tres mil pessos, trahen tres mil doblones de a ocho, por ser igual su bulto y pesso y estar confiados los comerciantes de no ser registrados en virtud de los privilegios y merzedes que estan concedidas a la Casa de Contratazión y Comercio...

3.650 cajones a 3.000 pesos de plata cada uno, arrojan una cifra de 10.950.000,-- pesos. Si la mayoría de esos cajones transportan 3.000 doblones de a ocho, equivalentes cada uno a algo más de cinco pesos de plata, la cifra total se puede elevar a una cantidad enormemente superior. Finalmente, el total de caudales transportados por la flota se estimó en 13.639.230,-- pesos de plata, de los cuales 6.994.293,- fueron directamente a las arcas reales, convirtiendo a Felipe V en el primer monarca español que recibió una suma tan elevada de América, aunque fuera perjudicando a los comerciantes sevillanos y gaditanos o a los que en su nombre realizaban en realidad los negocios. La cifra total estimada no aclara sino el destino de los caudales controlados por don Juan de Larrea y transportados desde Galicia, en sucesivas etapas, hasta el alcázar de Segovia, pero sin ninguna pista que indique el montante de lo capturado por el enemigo y lo que pudo hundirse en la Ría, sin olvidar lo que pudo escapar de Galicia y situarse a salvo del control del consejero de Indias, parte que no debe desdeñarse ya que existen pruebas de esta circulación fraudulenta. En relación con los posibles caudales hundidos es preciso reseñar que después de la batalla, y tanto por parte de los enemigos como por parte española, se buceó en los pecios, extrayendo diferentes cantidades de plata y géneros que aún no había corrompido el agua. A lo largo de los siglos XVIII, XIX e incluso en el XX, continuaron las exploraciones submarinas de los galeones de Rande; algunas, como la de Alejandro Goubert en 1728, la de Juan Antonio Rivero en 1732 y la de M. Isaac Dickson en 1825, con resultados un tanto decepcionantes; otras, como la de Hípólito Magen, con más éxito, pero sin que lo extraído justifique de ninguna forma las enormes inversiones efectuadas y el empeño de los más adelantados medios técnicos del momento. Pese a todo, la leyenda continúa aún en nuestros días y será difícil para cualquier estudioso del tema apartar de su imaginación esos supuestos tesoros que yacen enterrados en el fango de la ensenada de San Simón. (Manuel Touron Yebra)


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