HISTORIA
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República Dominicana



Mapa de La Española La ciudad de Santo Domingo (República Dominicana):
Fue fundada el 4 de agosto de 1496 por Bartolomé Colón en la orilla izquierda del río Ozama. Un huracán la destruyó en 1502 y Nicolás de Ovando decidió su traslado a la margen derecha del río. Durante la primera mitad del siglo XVI Santo Domingo creció espectacularmente y se convirtió en la primera ciudad de tipo europeo del Nuevo Continente. Su situación geográfica hizo de ella el foco principal de la colonización, y de su puerto partieron Hernán Cortés hacia México, Ponce de León a Puerto Rico, Diego Velázquez a Cuba, Pizarro al Perú y Vasco Núñez de Balboa hacia el Pacífico. Fue proclamada obispado en 1512. La conquista de México y el auge del puerto de La Habana, junto con la inquietud provocada por los frecuentes ataques piratas y las luchas del interior de la isla, originaron un proceso de decadencia que duraría desde la segunda mitad del siglo XVI hasta el siglo XIX.

    Atribuido a Colón en su Diario, escrito CIVAO El 24 de noviembre [1492] divisaron la isla que los indígenas llamaban Haití y que Colón puso como nombre La Española, la última tierra que se descubrió en este viaje. Pronto entablaron relación con Guacanagarí, uno de los siete caciques de la isla, que les recibió con cortesía no sin advertirles que en el interior había una región riquísima llamada Cibao. La similitud con el nombre de Cipango hizo creer a Colón que, por fin, había llegado al Japón de Marco Polo y así lo anotó en su Diario. (C.Varela)


Fuertes de Concepción y San Gil Ataque de Francis Drake a Santo Domingo (1586):
[...] Se presentó delante de Santo Domingo con 20 barcos y 8.000 hombres. Nada pudieron hacer los españoles por defenderse con 500 arcabuceros, cien soldados de caballería y una escasa milicia nativa, aquel pirata bajito, tormentoso y malencarado -debido a una cicatriz que le causó una flecha en sus años de negrero en Africa- tomó la ciudad con cierta facilidad. Colocó su cuartel general en la catedral, después de destrozarla y saquear los altares, imágenes y lápidas en busca de todo lo que brillara, mientras los detenidos se amontonaban en la cripta. Un marinero inglés describió esta escena: "Quemamos todas la imágenes de madera. Destruimos todo lo que existía en el interior de las iglesias y encontramos muchas vajillas, monedas y perlas escondidas". Ordenó que en el cementerio, situado en la actual plaza de los Curas, fueran removidas las tumbas por si algunas ocultaban objetos de valor. En la cercana Casa del Cordón instaló una balanza para pesar la cantidad exacta de oro y joyas que cada ciudadano debía entregar hasta completar la cantidad de 25.000 ducados. Este era el precio que él había exigido -a todas luces imposible de pagar- para no arrasar la ciudad y matar a sus habitantes. Las guías y libros anglófonos narran que fueron colgados o pasados por las armas "algunos oficiales españoles". No hablan de los numerosos muertos causados en la población civil -entre ellos, Francisco Tostado, primer profesor nativo de la universidad dominicana- y olvidan la crueldad de Drake incluso con sus propios hombres. Si alguien de su tripulación robaba o escondía la más mínima parte del botín, le cortaba una mano; si mataba, se le ataba junto al muerto y ambos eran arrojados al mar; si era sospechoso de rebeldía, se le cortaban brazos y pies, se le untaba la cabeza con miel y se le dejaba en una playa abandonada. Esa era su ley. La lista de edificios monumentales que resultaron dañados o destruidos es extensa: entre otros, el hospital San Nicolás de Bari, fundado en 1503 gracias a una española piadosa que asistía a los enfermos en su propio bohío; el convento de los Dominicos, con representaciones de dioses paganos similares a los de Medina de Rioseco y la Universidad de Salamanca; el monasterio de San Francisco de Asís, levantado en 1508; las Casas Reales, formadas por el palacio de los Gobernadores y la Real Audiencia; y templos como los de Santa Bárbara, Regina Angelorum, Nuestra Señora del Carmen, de las Mercedes, Santa Clara o la ermita de San Miguel; en resumen: todas las iglesias... Drake no derribó los quince fuertes que rodean la ciudad, tal vez por si algún día debía protegerse en ellos.(Jos Martín)


El barrio de San Carlos de Tenerife:
Cuando visité la República Dominicana me llamó la atención la existencia de un barrio de la capital dominicana, que hasta hace unas décadas fue municipio independiente. Me refiero a San Carlos de Tenerife y de cuya fundación se hace eco Viera y Clavijo. Fue fundado por familias canarias a finales del siglo XVII, cuando el Rey de España autorizó la emigración de familias procedentes de nuestro archipiélago. Los historiadores dominicanos se refieren a los tinerfeños emigrados en términos muy elogiosos. Dicen que eran honrados, fuertes y que ni por rara casualidad se encontraban entre ellos pendencieros, vagos o jugadores. El poblado de San Carlos de Tenerife se fundó el 18 de febrero de 1685 en tiempos del arzobispo Fray Domingo Fernández de Navarrete, cuando este escribió al Rey una carta, anunciándole el asentamiento de los canarios: "Comiénzase a fundar pueblo para las familias que vinieron de las Islas Canarias. Tengo ya sacerdote confesor, que por ahora les asista". En 1692 los moradores de San Carlos tenían una iglesia muy modesta con cura. La importancia del poblado de San Carlos como factor de producción agrícola y poblacional se hizo notar en pocos años. He leído que en abril de 1740 contaba con 882 personas, incluidos 169 esclavos. Disponía de unos 300 hombres de armas, todos blancos y bien armados, por cuenta propia. Según informa el arzobispo Alvarez de Abreu al Rey, en 1740, todos se ejercitaban en la labor y cultivo de los campos, con cuyos frutos abastecían a la ciudad. Estaban fabricando una iglesia a su costa y no la podían acabar por falta de medio. Tenían tres cofradías compuestas de blancos, cura y sacristán mayor. Todos los vecinos, informaba el arzobispo, vivían muy arreglados de modo que entre ellos no se encontraba nota ni vicio grave. Entre los apellidos de este barrio abundan los Acosta, Bello, Díaz, Fajardo, García, González, Hernández, Herrera, Machado, Pereira, Pérez y Rodríguez. (Juan Arencibia)


Llegada a Santo Domingo de La Niña III (1992):
Tuvimos una semana de calmas en la que la singladura del barco se redujo a 3 millas diarias (frente a la normal, unas 90). El mar parecía una gran piscina, sólo se escuchaba el flameo de las velas vacías. La calma nos adormecía; no había nada que hacer, ... no avanzábamos, y nuestros ánimos retrocedían. [...] Poco a poco volvió el viento, y con él cesó la reflexión ante la vuelta del movimiento y la actividad a bordo. Los días parecían iguales, aunque siempre sucediese algo que los marcase: una buena pesca, un chubasco, un barco en el horizonte... Una tarde avistamos una tromba de agua a unas 6 millas a estribor: un gran brazo que saliendo del cielo llegaba al mar elevándolo con espectacular fuerza. Observamos el fenómeno con gran admiración, agradeciendo que no nos hubiera tocado en nuestra ruta, pues como mal menor nos desarbolaría el barco. A los treinta y ocho días de singladura navegábamos junto a Puerto Rico. Podíamos oler la tierra. Estábamos muy contentos pues sabíamos que en uno o dos días pisaríamos Santo Domingo. Así fue: el día 7 de noviembre de 1992 arribamos a tierra por el río Ozama. La aventura llegaba a su fin, un final feliz y enriquecedor... (Jorge L.González Díaz)


Descripción de las costumbres indígenas:
Al lego ermitaño catalán Fray Ramón Pané le encargó Colón que se internase entre los indígenas. Tras residir un año en la comarca de Macoríx se trasladó a la Vega Real, señorío del cacique de Guarionex, donde residió un par de años hasta que, fracasada la conversión de este cacique y de su familia, a fines de 1497 o comienzos de 1498, se trasladó al sur de la isla. Sus estancias entre los indígenas le hicieron aprender las dos lenguas principales de La Española, primero la de los manorijes y más tarde la taína, que se hablaba en toda la isla. Una circunstancia que, hábilmente, aprovechó el almirante para encargarle que averiguase todo lo más posible sobre los indios y pusiera sus anotaciones por escrito. "Esto es lo que he podido saber y entender de las costumbres y los ritos de los indios de La Española... porque de las demás islas no sé cosa alguna, pues no las he visto", parece que le dijo el ermitaño cuando le entregó su manuscrito, Relación acerca de las antigüedades de los Indios, en veintiséis capítulos, "que yo escribí con presura y no tenía papel bastante". El texto, hoy perdido, se conoce gracias a una copia que Hernando Colón incluyó en la Historia del Almirante y a la que efectuó Pedro Mártir en sus Decades. Era Pané un hombre sencillo, "un pobre ermitaño" como se califica a sí mismo, que apenas conocía el castellano -nos dice Las Casas-, per que, sin embargo, nos ha legado un importantísimo documento. Sin su empeño y sagacidad desconoceríamos muchas de las costumbres y creencias de los pobladores de La Española. De su labor evangélica tan sólo sabemos lo que él, humildemente, nos contó al referir, por ejemplo, su alegría cuando en la fortaleza de la Magdalena logró convertir a dieciséis indígenas de una misma familia y cómo, a imitación de éstos, muchos otros se hicieron cristianos. (Consuelo Varela)


Juan Jacobo Dessalines (1758-Puerto Príncipe 1806):
Haitiano, esclavo, participó en la isurrección de 1791, conquistó la libertad personal, hizo rápida carrera militar bajo los franceses revolucionarios. En 1797 era general y combatió valerosamente contra los ingleses. Pero Napoleón quiso restablecer la esclavitud en la isla y estalló la guerra. Dessalines la condujo con decisión extrema hasta la ferocidad; pudo entonces valerse de la ayuda inglesa y acabó por echar a los franceses y hacerse proclamar por los negros gobernador general vitalicio. Exterminó entonces implacablemente a todos los franceses que quedaron y juró odio eterno al nombre francés y excitó a los suyos a la venganza. En 1804 se hizo proclamar emperador de Haití con el título de Jacobo I. La bárbara ferocidad de su carácter se manifestó también contra sus propios fieles, los cuales se sublevaron y lo mataron en una emboscada, a las puertas de Puerto Príncipe.


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