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Dante Alighieri



¿Dónde está ahora Dante?:
Creo que pocos han pensado o piensan en el destino actual, ultraterreno de Dante. Aquellos pocos huesos y polvo, que es lo último que queda de lo que fue su cuerpo, está encerrado en el mediocre templete de Ravena; pero su alma, ¿dónde está? Aquel que recorrió, antes de la muerte, por derecho de genio y de fe, como peregrino soñador, los tres reinos de los muertos, ¿de qué reino es hoy huésped auténtico y estable? Para los no católicos esta pregunta no tiene sentido y puede parecer ociosa y risible; pero para un católico este problema, aunque necesariamente insoluble, tiene su significado y su razón. Yo mismo, dirigiéndome a él en verso, en el VI centenario de su muerte, di por cierto que estaba en el Paraíso: Ora se tu dalla stanza serena dove fiammeggi insieme a Beatrice degno conviva dell'eterna cena rigolvi il viso... Ahora, si desde la estancia serena - donde llameas junto a Beatrice, - digno invitado a la eterna cena, - vuelves el rostro... Pero ¿podemos estar verdaderamente seguros de que goza ya de aquella visión beatífica que con tan admirable aproximación cantó en el tercer canto? Dante no fue santo, ni siquiera -si tenemos presente la moral evangélica en su totalidad- un cristiano perfecto. Fue, como todos nosotros, pecador de muchas maneras, no solo por lo que sabemos de su vida, sino también por lo que se puede deducir de sus obras. Tuvo -y tal vez todavía tiene- que expiar.

Queda excluido, por lo que es dado a los hombres escrutar la inescrutable justicia divina, que esté entre los condenados al Infierno. Sus culpas, aunque graves, no fueron tales como para hacerle merecer, nos parece, el eterno dolor. Pero es más que probable que haya tenido que residir en el Purgatorio. ¿Está todavía allí en este momento, o bien la misericordia infinita de aquel Dios que él amó y cantó le ha sacado ya para llevarle arriba, a formar parte, como una gota más, del río fulgurante de fulgor? ¿Habrán sido bastantes seis siglos de Purgatorio para hacerle ciudadano de aquella Roma celestial donde Cristo es romano? ¿Tenemos que rezar todavía por él y ofrecer sacrificios para su liberación, o bien podemos esperar que no tenga ya necesidad de nuestro amor orante? ¿Sufre todavía o está lleno, finalmente, de aquel júbilo eterno que él representó en el esplendor de los beatos? Y en uno u otro caso, ¿qué pensará de su máxima obra?, ¿qué sentimientos -de estupor o de vergüenza- habrá tenido cuando pudo confrontar por primera vez la visión de su fantasía con la realidad absoluta que se le ofrecía? ¿Y en qué círculo del Purgatorio presumiblemente distinto de aquel imaginado por él habrán transcurrido los largos años (o siglos) de su expiación? ¿Habrá encontrado verdaderamente allá arriba algunas de aquellas almas que él colocó allí con legítimo arbitrio de poeta? ¿Y cuáles habrán sido sus conversaciones con los nuevos compañeros, con aquellos que conoció en la tierra o con los que han llegado mucho después que él?

Una cosa, sobre todo, quisiera saber: ¿qué opinión tendrá hoy, despojado ya de todas las pasiones y ambiciones, de su poema? ¿Se sonreirá de su orgullo de artista, de sus animosidades de partidista? ¿Guardará todavía en su alma, liberada de la cárcel de los miembros, un afecto cualquiera hacia aquella obra magna que durante tantos años le enflaqueció, o bien, siguiendo demasiado tarde el ejemplo de los santos, la juzgará indigna de su argumento, injusta y reprochable, montón de rimas vanas, ciego desahogo de soberbias, intento inadecuado y fracasado de conducir a los hombres a la luz, de encerrar en palabras demasiado humanas una sola chispa de la divina verdad? La Divina Comedia, en suma, ¿le parecerá todavía un título de mérito espiritual, o bien será motivo de remordimiento y de humillación para él? ¿La contemplará desde lo alto con nostalgia de poeta no radicalmente purificado, o le parecerá, desde el inefable llamear del Empíreo, un pobre cuaderno cubierto de signos ineficaces y efímeros?

Pero sea cual sea la forma en que la gran sombra juzgue su obra, nosotros sabemos, nosotros, arrastrados todavía por aquella vida, que es un correr hacia la muerte, lo que ha sido para millones de almas y es todavía para nosotros: uno de los intentos más temerarios y felices de renovar la nocturna visión de Jacob. La Commedia, aunque sea una obra humana, es una escalera entre la selva de los malvados y el huerto de flores y llamas. Y nosotros, cristianos, nosotros, poetas, no podemos pensar en Dante sin sentir nuestra alma inundada por una oleada de reconocido amor. Se olvidan sus pecados, se perdonan todos sus errores; no se recuerdan más que las desventuras y las grandezas: nos conmueve siempre, y siempre más, siempre más milagroso de su poesía rupestre y metafísica. Y en cualquier región del imperio de los muertos, sufra o goce nuestro Dante, sentimos el impulso de rezar: de rezar por él si todavía no le ha sido dado contemplar la trina luz que vio ya en su ficción; de rezarle como benigno intercesor de los poetas entre los santos, si la Virgen Madre, a la que tanto amó, le ha hecho subir a la eterna ciudad de su Hijo. [...] (G.P.)


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