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Giovanni Papini (1881-1956):
Hijo de Luigi Papini (1842-1902) y de Erminia Cardini (1856-1935). Su padre se unió a Garibaldi en Volturno cuando sólo contaba 17 años. Fue herido y hecho prisionero en Aspromonte. A pesar de su ateísmo, su hijo Giovanni fue llevado a escondidas por su madre para ser bautizado. El libro de recuerdos Pasado remoto, publicado en 1948, aporta muchos datos de sus primeros años.
El descubrimiento de las bibliotecas le causó gran impresión y surgió en él un gran deseo de conocimiento. Durante una época abrigó el deseo incumplido de compilar en solitario una enciclopedia completa.
Anima las revistas Leonardo (1903-1907) y La Voce fundada en 1908, y abandona esta última para crear una tercera, Lacerba (1913-1915), que en un principio parece emparentada con el futurismo. Papini, en perpetua búsqueda de nuevas experiencias intelectuales, tras un período de demoledora crítica de todas las filosofías y creencias, se acerca al catolicismo y publica una personalísima Storia di Cristo (1921); después de confirmarse su conversión, su paradójica y agresiva personalidad se muestra en una serie de libros que desarrollan una visión pesimista de la sociedad moderna: Gog (1931) y su continuación Il libro nero (1951), Lettere agli uomini del papa Celestino VI (1946), etc. Otras obras suyas de gran difusión han sido Dante vivo (1933), Il Diavolo (1953) y el Giudizio Universale (1957). Cabe destacar su dedicación especial a las actividades de crítico, narrador y biógrafo.
Carácter católico de su obra:
Sus grandes obras se se producen después de su conversión y tienen asuntos religiosos como tema.
Lettere... es un apasionado llamamiento a las verdades del Evangelio; Il Diavolo un aviso para poner en guardia los hombres contra el Maligno.
Presencia de la poesía:
"La poesía nuestra de cada día, dánosla hoy", escribe en Virilidad.
Sus biografías de Dante y Carducci revelan gran capacidad de emoción unida a una gran erudición. Entre los poetas que admiraba estaba Walt Whitman.
Crítica, narrativa, biografías:
[...] Era preciso derribar muchos ídolos falsos desembarazar de adornos recargados de latón muchas figuras, dar nuevo aliento a la prosa italiana, acartonada en cuatro esquemas fundamentales que se iban repitiendo hasta la náusea. Se requería violencia y audacia. Papini tenía ambas facultades y, además, una prosa contundente, a veces excesivamente desaliñada, otras demasiado retorcida; pero siempre personalísima, capaz de arrastrar por si misma la rémora de tanto convencionalismo y destrozarla con sus aristas y sus puntas. Esta prosa, puesta al servicio de un espíritu altamente polémico, dio por resultado la renovación del ambiente literario italiano; siempre los aspavientos son en vano, y a veces producen el efecto de un ventilador en una habitación enrarecida. Muchas injusticias ha cometido Papini en su vida, pero estas han tenido la virtud de poner de relieve todavía más las cualidades del injustamente atacado. Pero son muchas más las justicias que ha cometido, los ajusticiamientos que ha realizado, e Italia debe agradecerle que haya dado el golpe de gracia a las Arcadias, a los falsos poetas, a los mediocres que la ensuciaban, aunque, por desgracia, como ocurre en todas partes, colee todavía alguno.
También era necesario subvertir. Alterar radicalmente conceptos y opiniones admitidos por pereza por los más, y aun por los menos. Había que llamar al pan, pan, y al vino, vino; desenmascarar a los hipócritas y trastrocar todo un orden de valores basado en el cuchicheo maldiciente y en la voz campanuda magnificante. Se corre el riesgo del ridículo, ya se sabe; pero incluso a costa de parecer un funámbulo, una girándula, como le han llamado repetidas veces, es preciso llevar a cabo esta obra de subversión cuando lo que hay que subvertir no es más que vaciedad montada al aire.
Y había, finalmente, que descubrir. Ponerse al servicio de los buenos y proclamarlos. Ya estuvieran vivos o muertos.
[...] Como narrador, Papini está dentro de la mejor tradición toscana por la contundencia en la descripción de personajes, que recuerda al mejor Boccaccio. Su amor a la pintura de paisajes y lugares, realizada con una prosa vigorosa, precisa y rápida, recuerda al mejor Manzoni, del que también tiene la exacta adjetivación. En su obra narrativa, hace su aparición el cuento introspectivo con personajes que son contrafiguras del autor y también el anticipo pirandelliano del personaje que se ofrece al autor para que le informe y le dé vida; del personaje en busca de su autor (véanse El hombre de mi propiedad y El hombre que se ha perdido a sí mismo, como ejemplos, en Palabras y sangre).
No se puede negar que el Papini biógrafo es siempre el Papini autobiógrafo. Sus personajes biografiados no están escogidos al azar. Carducci es poeta tonante que lanza dardos y venablos contra los mezquinos poetuchos arcádicos y convencionales -Papini pretendía ser, en la época que escribió su biografía, el apóstol de una nueva literatura, y se sentía llamado a continuar la obra del tonante poeta del Himno a Satanás; Dante es el florentino, católico y poeta, que enjuicia en un gran poema desde los Papas a los hombres de la antigüedad-; Papini es el florentino, católico y poeta, que, desde adolescente, tiene el proyecto de un juicio universal cuya próxima aparición nos ha anunciado [1956] en una carta), donde piensa enjuiciar a toda la Humanidad; Miguel Angel es otro católico florentino, de vida arisca y solitaria, de proyectos desmesurados, de magnificencia a veces wagneriana -Papini es el católico florentino, arisco y solitario, de los mil proyectos fantásticos, descomunal en sus aspiraciones San Agustín es un converso filósofo, antiguo hereje y literato-. Papini llega a la conversión después de licenciar a la filosofía y pone su arte de literato al servicio de la religión.
No se crea, sin embargo, que ninguna de estas biografías pierde valor por esta circunstancia. Todo lo contrario. Papini suele ser duro con sus biografiados, como suele serlo consigo mismo. No oculta sus debilidades, sino que las justifica, a veces de forma no del todo convincente. En el caso de Carducci. concretamente, se enfrenta con su biografiado y rebate las opiniones que no le parecen justas. (José Miguel Velloso)
La muerte de la isla:
El cataclismo más apocalíptico al que he podido asistir durante mi larga navegación solitaria fue la destrucción de la isla Desdichada, situada al sur de la Tierra del Fuego.
Esta isla, de siniestro aspecto, estaba deshabitada porque en ella se elevaban siete volcanes de diversa altura que estaban casi siempre en erupción. Solo algunos arbustos medio quemados lograban entre una y otra corriente de lava.
Hasta las mismas aves marinas, aunque estuvieran cansadas en sus vuelos hacia la Antártida, no se posaban jamás sobre aquellas abruptas alturas, sobre aquellos cráteres cenicientos y candentes.
Cuando por espacio de alguna semana reposaban los volcanes y en vez de llamas y piedras sus bocas lanzaban solamente humaredas, la isla era sacudida y agitada por terremotos que abrían abismos en las laderas de los montes y hacían desaparecer en las aguas tumultuosas trozos enteros de costa rocosa.
Parecía que la isla, con el fuego de los volcanes y las convulsiones de los terremotos, quisiese aniquilarse, desaparecer de la faz del Océano. Todos los elementos, el azote impetuoso del viento, el fuego de las pétreas entrañas, el furor obstinado del mar, la amenazaban, la flagelaban, la corroían, como si aquella isla maldita estuviera condenada a la catástrofe.
Parecía, a veces, que los enemigos de la isla estuvieran guerreando entre sí. La furia de las olas sumergía la cima de las escolleras, pero los volcanes más cercanos al agua vomitaban entonces ríos de lava que bajaban hasta el mar, como si quisieran reparar y recubrir las ruinas recientes.Las lluvias, diluviales y furibundas, lograban apagar por un día las erupciones de algunos volcanes, llegando a transformar su cráter en un lago hirviente y fangoso; pero luego algún turbión huracanado procedente del Norte hacía huir a las nubes, desecaba los cráteres y concedía el triunfo a las erupciones.
¡Quién sabe desde cuándo la isla Desdichada era teatro de las contiendas entre los titanes de la Naturaleza! Y, sin embargo, aunque batida, resquebrajada, asolada y herida, la isla seguía allí con sus blancos penachos, sus infernales embudos, sus hendiduras escarpadas, sus valles desiertos y grises, sus escollos descoyuntados y percutidos.
Pero un día el viejo e irascible Océano perdió la paciencia y quiso que la tragedia acabase. Hasta entonces se había ensañado contra la isla con furiosas marejadas, huracanes arrolladores, ciclones devastadores; pero ella, impertérrita siempre, respondía con las salvas de sus volcanes.
Llegado el momento, el Océano reunió todas sus fuerzas y desencadenó su gran tempestad. Todas las que la habían precedido no habían sido más que frágiles y breves cóleras, capaces, todo lo más, de arratrar salientes y despojos. Llegó del mar, aquel día, un viento tan potente y vertiginoso, que consiguió desmochar las montañas y triturar las escolleras como si fueran dunas de arena. No hubo torrentes de lluvia, ni truenos, ni relámpagos. Desde lejos no se oía otra cosa que el horrendo silbido del viento y el mugido ensordecedor del Océano enfurecido.
Tres días y tres noches duró la gran tempestad. El mar alzaba sin descanso muros altos y verdes, coronados por espumas delirantes, y poco a poco inundó los valles, derrocó las montañas, dispersó los escollos, apagó y ahogó los cráteres, todo lo cubrió y sumergió bajo la furia y la baba de las olas fugitivas y resonantes.
Cuando terminó la gran tempestad no quedó de la isla Desdichada más que algún remolino humeante y la imagen de un castigo final.
(G.Papini, de El libro negro)
El invento de Morel:
-Para un perseguido, para usted, sólo hay un lugar en el mundo, pero en ese lugar no se vive. Es una isla. Gente blanca estuvo construyendo, en 1924 más o menos, un museo, una capilla, una pileta de natación. Las obras están concluidas y abandonadas... Ni los piratas chinos, ni el barco pintado de blanco del Instituto Rockefeller la tocan. Es el foco de una enfermedad, aún misteriosa... Los tripulantes de un vapor que había fondeado en la isla estaban despellejados, calvos, sin uñas -todos muertos-, cuando los encontró el crucero japonés Namura. El vapor fue hundido a cañonazos...
Creo que esta isla se llama Villings y que pertenece al archipiélago de las Ellice...
La vegetación de la isla es abundante. Plantas, pastos, flores de primavera, de verano, de otoño, de invierno, van siguiéndose con urgencia, con más urgencia en nacer que en morir, invadiendo unos el tiempo y la tierra de los otros, acumulándose inconteniblemente. En cambio, los árboles están enfermos; tienen las copas secas, los troncos vigorosamente brotados...
En quince días hubo tres grandes inundaciones. Ayer la suerte me salvó de morir ahogado. Casi me sorprende el agua. Ateniéndome a las marcas del árbol, calculé para hoy la marea. Si a la madrugada hubiera domido, habría muerto. Muy pronto el agua estaba subiendo con la decisión que tiene una vez por semana.
(Bioy Casares)
Hölderlin, Federico (1770-1843):
Poeta lírico alemán, entre los mejores, especialmente después de la publicación, realizada en 1916, de los Himnos y fragmentos. Compañero de estudios de Hegel y Schelling en Tubinga, con una intensísima participación espiritual recíproca. Conoció también a Goethe y Schiller. Por el amor hacia Susetta Gontard, idealizada en la figura de Diotina, en Hyperion, nace el poeta de potente originalidad. Helenismo y cristianismo deben, para él, armonizarse en unidad, pero le mantienen el ánimo dividido y combatido entre amores, o, más bien cultos inconciliables. El iluminismo de su tiempo no logra apagar el profundo impulso religioso que lo mueve. En 1802 muere Susetta. La tensión espiritual de Hölderlin, aumenta desmesuradamente; y solo podrá descargarse en la elevación mística o en la locura. Hölderlin conocerá una y otra. La poesía va asumiendo cada vez más el carácter de una visión alucinada en un lenguaje liberado de los vínculos lógicos. Dios y el canto hechos una sola cosa, escribe. Errante, al mismo tiempo, su vida; se hace preceptor en Burdeos para vivir, pero deja el puesto y atraviesa Francia a pie. En 1804 la cohesión de su espíritu se ha roto. Durante años vivirá en la inconsciencia.
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