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A partir de la guerra franco-prusiana de 1870, la disputa sobre Africa entró en una fase muy activa. La formación del imperio alemán alteró el equilibrio político europeo y las potencias intentaron reforzar sus posiciones con grandes dominios económicos en Africa. La pequeña Bélgica, con una población en crecimiento, una industria en expansión y Bismark como vecino, se lanzó a la creación de un Imperio, y para ello escogió la cuenca del Congo. La carrera por la posesión de las bocas del río tomó entonces el aspecto de una competición deportiva; Stanley, dirigiendo una expedición al servicio de los belgas, alcanzó la región en julio de 1881. Pero tuvo la desagradable sorpresa de ver que Brazza, un italiano que conducía una expedición francesa, había llegado primero. Como la bandera francesa ondeaba ya en la margen derecha, los belgas izaron la suya en la izquierda. Nacieron de este modo las ciudades de Brazzaville y Stanleyville, ambas en puntos donde, durante mucho tiempo, se había ejercido la soberanía portuguesa. Después de aquello cambió la actitud inglesa respecto a los portugueses. Desde el punto de vista británico, y una vez perdida por Inglaterra la soberanía del estuario del Zaire, era preferible que permaneciese en manos de Portugal, país aliado y sin mucha fuerza. En 1884, Inglaterra y Portugal acordaron firmar el Tratado del Zaire, que reconocía a Portugal la soberanía sobre ambas márgenes del río, pero garantizaba la libertad de navegación internacional y reservaba aventajas para los ingleses. Los otros interesados protestaron, considrando al tratado una maniobra británica, que se servía de los viejos derechos de los portugueses para dominar la desembocadura del Zaire e impedir de este modo el acceso a los que entretanto se habían instalado en el interior. El tratado no llegó a ser ratificado, y Portugal propuso que el asunto fuese discutido en una reunión internacional, con la participación de todos los interesados. Aquella reunión fue la Conferencia de Berlín (1884-1885). ocupación efectiva: Las potencias signatarias de la presente acta reconocen la obligación de asegurar, en los territorios por ellas ocupados en las costas del continente africano, la existencia de autoridad suficiente para hacer respetar los derechos adquiridos. 'Hacer respetar' significaba imponer el dominio por medio de las armas. El representante americano planteó entonces, por vez primera, una cuestión: la del derecho de las razas indígenas a disponer de sí mismas y del suelo que habían heredado. Pero ese era un asunto que estaba tan lejos de las preocupaciones de los estadistas que ni siquiera mereció ser discutido. Las tradicionales tesis portuguesas de los siglos anteriores y de los hitos manuelinos quedaban enterradas. El derecho a Africa debía probarse por la actual posesión, atestiguada por guarniciones de soldados y no por argumentos históricos. Portugal aceptó jugar en el nuevo tablero y lanzarse a la ocupación efectiva de las regiones comprendidas entre Angola y Mozambique, las cuales entendía que le pertenecía históricamente. Nació de esta manera un nuevo proyecto nacional: el del Mapa Rosa. Esta expresión, que luego asumió un sentido irónico, proviene del hecho de estar dibujado de ese color un mapa anexo al tratado firmado en 1886 entre Portugal y Alemania. Del mismo año, pero anterior, es un mapa idéntico, anexo a un acuerdo luso-francés; para que los franceses estuvieran de acuerdo con él fue preciso cederles la región de Casamansa, en Guinea. Pero ninguno de ellos fue el primero. Ambos tenían como fuente el que había incluido la Sociedad Geográfica de Lisboa en un manifiesto al pueblo portugués en 1881, en el cual se proponía una suscripción nacional para establecer estaciones civilizadoras en los territorios sujetos y adyacentes al dominio portugués en Africa. La Sociedad Geográfica, nacida en 1875, era una iniciativa de intelectuales interesados por los problemas africanos: algunos de ellos eran historiadores, y había sido en la historia donde habían tomado la idea del plano; de hecho, venía de antiguo. En el siglo XVI Diogo do Couto propuso el establecimiento de un imperio desde el Indico al Atlántico. En el siglo XVIII, el embajador don Luís da Cunha mandó dibujar en París un mapa con ese proyecto, y lo envió al Gobierno de Lisboa. Los gobernantes portugueses de 1884 pensaron que había llegado el momento de trasladar al terreno la idea del mapa. Pero Inglaterra, que apenas tuvo conocimiento del mapa adjunto al tratado con Alemania protestó. El área coloreada incluía, según decía la protesta, regiones sobre las que Inglaterra tiene un excepcional interés. Esas regiones son las que forman hoy día Zimbabwe y Zambia. Los ingleses también tenían su mapa rosa: un inmenso dominio que iba desde Egipto hasta el cabo de Buena Esperanza (el Plano del Cabo a El Cairo), y la realización de los dos proyectos, el portugués y el inglés, era incompatible. Esta fue la mayor batalla de la diplomacia portuguesa durante el pasado siglo. Portugal continuó argumentando con derechos históricos, traducidos a ocupación efectiva, cuyas pruebas eran las ruinas de las viejas fortalezas. En un documento que se hizo célebre, los ingleses respondieron que fortalezas en ruinas sólo probaban soberanías arruinadas. Pero mientras los gobiernos discutían, los portugueses hacían en Africa un serio esfuerzo de ocupación militar. En sucesivas operaciones, a partir de Angola y Mozambique, fueron penetrando hacia el interior de Africa. Cuando comenzó el año 1890, los extremos de este movimiento no estaban muy lejos entre sí. En la mañana del 11 de enero de 1890, una nota inglesa exigió al gobierno de Lisboa que, teniendo como límite la tarde de ese día, mandase a retirar las tropas portuguesas que se encontraban en el valle del Chire. Un crucero esperaba la respuesta. El Gobierno cedió. Aquel ultimátum fue uno de los hechos verdaderamente importantes de la historia portuguesa de finales del siglo XIX. El desarrollo de la política portuguesa en Africa, llevado a cabo en un constante desafío frente a los países poderosos, había apasionado a la opinión pública. Era una política oficial que había conseguido una enorme adhesión nacional. Nadie la criticaba y la oposición consistía en decir que, en ese sentido, no se hacía tanto como era necesario. Por ello, el ultimátum tuvo una dolorosa y profunda repercusión en Portugal. Enorme éxito tuvo la Oda a Inglaterra de Junqueiro, en la cual se hacía el contraste entre los objetivos de las colonizaciones inglesa y portuguesa. (Hermano Saraiva) |