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El bien común y la nación:
Del latín "natus", significó el nacimiento común, la comunidad de origen. Luego se extendió a significar la comunidad territorial: natio romana. En la literatura antigua, natio (pueblos inciviles) se oponía a "gens" o "populum". Así Roma, desdeñosa del extranjero, se autodenominaba "Populus Romanus".
A partir de ahí, nación equivaldrá a comunidad humana con unidad de origen, territorio, cultura, conciencia y destino histórico. La nación no es, empero, la patria o territorio. Los judíos, por ejemplo, no tienen patria por su origen errante, pero pocos pueblos hay más unidos por su sentido de la unidad nacional. La nación tampoco es el estado (rectoría política: Parlamento, Senado, etcétera), ni el suelo (elemento personal y humano).
También las naciones pueden resultar clanes, y los nacionalismos auténticos ghettos. En nombre de ciertos nacionalismos se cometen agresiones contra la comunidad internacional y la paz de los pueblos. Frente al nacionalismo imperialista se impone, sin desprecio de la comunidad lingüística, étnica, cultural, etcétera, de cada nación, un vivo internacionalismo: por encima de las naciones está el bien de la humanidad. Intentos de internacionalismo pueden ser los federalismos, siempre que los grupos autónomos de la confederación no busquen su exclusivo egoísmo. Por lo demás, si bien es censurable el separatismo o secesionismo de las regiones, no deja de ser menos censurable, por idénticas razones, el separatismo de algunas naciones respecto a la humanidad. El separatismo sólo podría justificarse (y ello parcialmente) cuando el centralismo absorbiese y aplastase el desarrollo regional. Por lo mismo, el imperialismo es injustificable al pretender aplastar a los otros pueblos. (C.Díaz y J.Montoya)
Fundamentalismo nacional:
[...] Si nos enfrentamos con "nacionalidad" y "nación", hay que dejar claro desde el principio que se trata de términos equívocos, confusos e imprecisos conceptualmente, y que lo son porque se refieren a conceptos políticos indeterminados.
Este confusionismo comporta consecuencias negativas, en el plano del análisis técnico y, sobre todo, en el de la vida política, dado que dichos términos se emplean con profusión y para los más variados propósitos. Es indudable que muchos y graves problemas políticos de contenido nacionalista surgen, precisamente, de su seno. No en vano en la Introducción a la edición de sus discursos y conferencias de 1887, entre las que se encontraba aquella pronunciada el 11 de marzo de 1882 en La Sorbona relativa al concepto de nación, Renan nos advertía de tales peligros cuando escribió; "...Espero que estas veinte páginas se recuerden cuando la civilización moderna zozobre como resultado de la desastrosa ambigüedad de las palabras nación, nacionalidad, raza".
¿Cuáles son las causas de la equivocidad conceptual de los términos "nacionalidad" y "nación"? La primera de ellas se encuentra, sin duda, en la deplorable promiscuidad léxica que se da en su empleo. Un caso singularmente relevante y muy frecuente es el uso de "nación" o "país" por Estado, general en lenguas como el inglés y el francés, especialmente en el primero, y muy repetido en castellano. Este uso se extiende, asimismo, a los derivado, de manera que se denomina "nacional" al ciudadano de un Estado o a cualquier hecho relacionado con dicho Estado, "nacionalidad" a la condición de ser ciudadano de un Estado en cuanto situación jurídica y fuente de derechos y obligaciones, y "nacionalizar" al atribuir a un Estado la propiedad de ciertos bienes o servicios. En inglés, por ejemplo, no se suelen formar adjetivos de la palabra "Estado", nation siempre se usa con un sentido estatal, y en los Estados Unidos national viene referido a la Federación, por oposición a lo estatal, que se conecta con los Estados-miembros. La Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas constituyen también notables exponentes de esta confusión terminológica.
Pero la incógnita que queremos resolver posee todavía un mayor calado. Más allá de las cuestiones lexicográficas, los términos "nacionalidad" y "nación" siguen siendo indeterminados, lo que nos exige abordar el problema de la posible superación o no de esa indeterminación. En primer lugar, es indispensable tener en cuenta que estos términos recubren conceptos de dimensión sociohistórica y, por consiguiente, cambiantes diacrónicamente. Minogue afirma que requieren una interpretación fundamentalmente histórica, y Renan, en su citada conferencia relativa al concepto de nación, se manifestó en igual sentido: "Las naciones no son eternas. Tuvieron un comienzo y tendrán un fin". Por otro lado, dichos términos presentan, además, un desproporcionado contenido ideológico-cultural, lo que originó como hace tiempo el profesor Díez del Corral formulara la siguiente advertencia en su obra El rapto de Europa: "Pertenece esencialmente a la realidad del fenómeno nacional la posibilidad y aún la tendencia a su tergiversación ideológica".
Al analizar en solitario el término "nacionalidad", las dificultades se acumulan. Debemos prescindir de un primer significado, ya aludido, que no nos sirve para nuestro propósito: la "nacionalidad" condición de ser ciudadano de un Estado. A partir de aquí, las opiniones de los autores divergen. Para algunos es, simplemente, otra forma de decir "nación", y puede que sea el sentido último, pudorosamente velado, que tiene su empleo en la Constitución. Al menos, de esta clave interpretativa resultaría un guiño de complicidad -como el de Rodríguez Zapatero- que el texto constitucional hace a los nacionalistas más radicales y que les permitirían no discrepar de él. En la misma línea, Azkin la concibe en cuanto nación no dominante de un Estado, por contraposición a "nación", que sí sería dominante; dominación política nacional que es extraña al Estado de Derecho, pero que podemos encontrar en muchas áreas del denominado Tercer mundo. A su vez Cuvillier la define como una etapa intermedia entre "pueblo" y "nación", idea que nos pone en contacto de nuevo con la naturaleza histórica y evolutiva de esas realidades políticas, o sea, con las llamadas "construcciones nacionales".
Estas perspectivas conceptuales nacionalistas -y otras que se podrían citar- han tenido distintos grados de aceptación entre los nacionalistas periféricos españoles, en su unánime rechazo a la alternativa "región". Sin embargo, los más radicales no se conforman con el calificativo "nacionalidad", y proclaman la condición de "naciones" de sus Comunidades. Los problemas surgen cuando hace su aparición el nominalismo propio de una cultura como la nuestra, en la que por poner un nombre creemos que ya tenemos la cosa o por cambiarlo que ha cambiado la realidad. Cuando el nombre es de por sí equívoco porque tiene un significado indeterminado, los problemas se multiplican. De modo que es fundamental evitar el fundamentalismo nacionalista -y también el antinacionalista-. Y hacer política con fundamento.
(Juan Hernández Bravo de Laguna)
Valores propios y unidad de la patria:
[...]
Para las minorías de políticos dirigentes no parecía haber otra solución que copiar lo que de fuera nos decían. Copiando, estábamos irremisiblemente condenados a llegar tarde, perdiendo lentamente lo que aún quedaba de enorme patrimonio nacional... Del fondo de los sentimientos españoles se alzaban voces de advertencia... Voces como la de don Marcelino Menéndez Pelayo, que descubrió -y anunció- que la unidad de España obedece a un eje central, hecho de carne, de sangre y de espíritu -sobre todo de espíritu, romano y cristiano-, recordando que si un día esto llegara a perderse volveríamos al cantonalismo de los arévacos o de los vetones, o al de los reinos de tarifas... Al final pareció que España se desintegraba definitivamente... Pues bien, en medio de la locura, un hombre vestido de paisano por respeto al territorio extranjero que sobrevolaba, iba hacia Tetuán. Y al llegar al aeropuerto un teniente coronel, el "rubito" Sáez de Buruaga, le recibió con el gesto normal que indica la tabla: Sin novedad en Marruecos, mi general. Aquel hombre era Francisco Franco, que había tomado sobre sí la responsabilidad de rehacer la unidad de España. Y lo consiguió.
(Luis Suárez Fernández, historiador, España, unidad de destino, nº100)
El regreso del rey:
¡Seguid en posición! ¡Hacedles frente! ¡Hijos de Gondor y de Rohan! ¡Mis hermanos! Veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pudiera llegar el día en que el valor de los Hombres decayera, en que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad, pero hoy no es ese día... en que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la Edad de los Hombres, ¡pero hoy no es ese día! ¡En este día lucharemos! ¡Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra os llamo a luchar, Hombres del Oeste!
Guerra y paz:
¿Qué es la guerra? ¿Qué se necesita para tener éxito en las operaciones militares? ¿Cuáles son las costumbres de la sociedad militar? La finalidad de la guerra es el homicidio; sus instrumentos el espionaje, la traición, la ruina de los habitantes, el saqueo y el robo para aprovisionar al ejército, el engaño y la mentira, llamadas astucias militares; las costumbres de la clase militar son la disciplina, el ocio, la ignorancia, la crueldad, el libertinaje y la borrachera, es decir, la falta de libertad. A pesar de esto, esa clase superior es respetada por todos. Todos los reyes, excepto el de China, llevan el uniforme militar, y se conceden las mayores recompensas al que ha matado a más gente... Los soldados se reúnen, como por ejemplo sucederá mañana, para matarse unos a otros. Se matarán y mutilarán decenas de miles de hombres, y después se celebrarán misas de acción de gracias porque se ha exterminado a mucha gente (cuyo número se suele exagerar) y se proclamará la victoria creyendo que cuantos más hombres se ha matado mayor es el mérito. (Lev Tolstoi)
Braveheart:
[...] estoy viendo a un ejército de paisanos míos, aquí reunidos contra la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres. Y hombres libres sois. ¿Qué haríais sin libertad?
[...] Luchad y puede que muráis. Huid y viviréis. Un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy, por una oportunidad, solo una oportunidad de volver aquí a matar a nuestros enemigos? Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad.
[...] Estas son las condiciones de Escocia. Volved a Inglaterra parando en todas las casas para pedir perdón por cientos de años de asesinatos, robos y violaciones. Obedeced y vuestros hombres vivirán. Si no lo hacéis, todos moriréis hoy aquí.
(Guión de Randall Wallace)
El Príncipe. Maquiavelo (1513):
No se deje pasar esta ocasión de que Italia, al cabo de tanto tiempo, vea un redentor. Ni puedo expresar con cuánto amor sería recibido por todas aquellas provincias que tanto han sufrido a consecuencia de las invasiones extrajeras; con qué sed de venganza, con qué obstinada fe, con cuánta piedad, con cuántas lágrimas. ¿Qué puertas no se le abrirían? ¿Qué pueblos le negarían obediencia? ¿Qué envidias le saldrían al paso? ¿Qué italiano le negaría sumisión? A todos turba el hedor del bárbaro dominio. (Maquiavelo)
César a sus tropas en defensa de la República:
César, convocando a sus soldados, cuenta los agravios que en todos tiempos le han hecho sus enemigos; de quienes se queja que por envidia y celosos de su gloria hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo, cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido. Quéjase del nuevo mal ejemplo introducido en la República, con haber abolido de mano armada el fuero de los tribunos, que los años pasados se habían restablecido; que Sila, puesto que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos el derecho de protestar libremente; Pompeyo, que parecía haberlo restituido, les ha quitado los privilegios que antes gozaban; cuantas veces se ha decretado que velasen los magistrados sobre que la República no padeciese daño (voz y decreto con que sea alarma el Pueblo Romano) fue por la promulgación de leyes perniciosas, con ocasión de la violencia de los tribunos, de la sublevación del pueblo, apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados ya con los escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora no se ha entablado pretensión alguna con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los exhorta a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya conducta por nueve años han felicísimamente servido a la República, ganado muchísimas batallas, pacificado toda la Galia y la Germania. Los soldados de la legión decimotercera, que se hallaban presentes (que a ésta llámó luego al principio de la revuelta, no habiéndose todavía juntado las otras), todos a una voz responden estar prontos a vengar las injurias de su general y de los tribunos del pueblo. (Julio César, La guerra civil)
Documental. J.M.Caballero Bonald:
[...]
¿A quién le pediremos
cuentas, qué tribunal podría
purgar la podredumbre de la historia?
¿Para qué tantos símbolos
de fraudulentas crónicas de fe?
Nadie tan inhumano que represe
su pensamiento y juzgue
distribuyendo justicia en códigos
frente a tantas fatídicas culturas,
repugnantes banderas.
[...]
(José Manuel Caballero Bonald, de Pliegos de cordel)
Rompan filas y a engendrar carlistas.
Poned la enseña nacional/
bien alta y bien al aire./
Cuanto más alta la pongáis,/
más alta la tendréis/
y más al aire.
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