POLITICA
NACIONALISMO 5



El bien común y la nación:
Del latín "natus", significó el nacimiento común, la comunidad de origen. Luego se extendió a significar la comunidad territorial: natio romana. En la literatura antigua, natio (pueblos inciviles) se oponía a "gens" o "populum". Así Roma, desdeñosa del extranjero, se autodenominaba "Populus Romanus". A partir de ahí, nación equivaldrá a comunidad humana con unidad de origen, territorio, cultura, conciencia y destino histórico. La nación no es, empero, la patria o territorio. Los judíos, por ejemplo, no tienen patria por su origen errante, pero pocos pueblos hay más unidos por su sentido de la unidad nacional. La nación tampoco es el estado (rectoría política: Parlamento, Senado, etcétera), ni el suelo (elemento personal y humano). También las naciones pueden resultar clanes, y los nacionalismos auténticos ghettos. En nombre de ciertos nacionalismos se cometen agresiones contra la comunidad internacional y la paz de los pueblos. Frente al nacionalismo imperialista se impone, sin desprecio de la comunidad lingüística, étnica, cultural, etcétera, de cada nación, un vivo internacionalismo: por encima de las naciones está el bien de la humanidad. Intentos de internacionalismo pueden ser los federalismos, siempre que los grupos autónomos de la confederación no busquen su exclusivo egoísmo. Por lo demás, si bien es censurable el separatismo o secesionismo de las regiones, no deja de ser menos censurable, por idénticas razones, el separatismo de algunas naciones respecto a la humanidad. El separatismo sólo podría justificarse (y ello parcialmente) cuando el centralismo absorbiese y aplastase el desarrollo regional. Por lo mismo, el imperialismo es injustificable al pretender aplastar a los otros pueblos. (C.Díaz y J.Montoya)

Fundamentalismo nacional:
[...] Si nos enfrentamos con "nacionalidad" y "nación", hay que dejar claro desde el principio que se trata de términos equívocos, confusos e imprecisos conceptualmente, y que lo son porque se refieren a conceptos políticos indeterminados. Este confusionismo comporta consecuencias negativas, en el plano del análisis técnico y, sobre todo, en el de la vida política, dado que dichos términos se emplean con profusión y para los más variados propósitos. Es indudable que muchos y graves problemas políticos de contenido nacionalista surgen, precisamente, de su seno. No en vano en la Introducción a la edición de sus discursos y conferencias de 1887, entre las que se encontraba aquella pronunciada el 11 de marzo de 1882 en La Sorbona relativa al concepto de nación, Renan nos advertía de tales peligros cuando escribió; "...Espero que estas veinte páginas se recuerden cuando la civilización moderna zozobre como resultado de la desastrosa ambigüedad de las palabras nación, nacionalidad, raza".

¿Cuáles son las causas de la equivocidad conceptual de los términos "nacionalidad" y "nación"? La primera de ellas se encuentra, sin duda, en la deplorable promiscuidad léxica que se da en su empleo. Un caso singularmente relevante y muy frecuente es el uso de "nación" o "país" por Estado, general en lenguas como el inglés y el francés, especialmente en el primero, y muy repetido en castellano. Este uso se extiende, asimismo, a los derivado, de manera que se denomina "nacional" al ciudadano de un Estado o a cualquier hecho relacionado con dicho Estado, "nacionalidad" a la condición de ser ciudadano de un Estado en cuanto situación jurídica y fuente de derechos y obligaciones, y "nacionalizar" al atribuir a un Estado la propiedad de ciertos bienes o servicios. En inglés, por ejemplo, no se suelen formar adjetivos de la palabra "Estado", nation siempre se usa con un sentido estatal, y en los Estados Unidos national viene referido a la Federación, por oposición a lo estatal, que se conecta con los Estados-miembros. La Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas constituyen también notables exponentes de esta confusión terminológica. Pero la incógnita que queremos resolver posee todavía un mayor calado. Más allá de las cuestiones lexicográficas, los términos "nacionalidad" y "nación" siguen siendo indeterminados, lo que nos exige abordar el problema de la posible superación o no de esa indeterminación. En primer lugar, es indispensable tener en cuenta que estos términos recubren conceptos de dimensión sociohistórica y, por consiguiente, cambiantes diacrónicamente. Minogue afirma que requieren una interpretación fundamentalmente histórica, y Renan, en su citada conferencia relativa al concepto de nación, se manifestó en igual sentido: "Las naciones no son eternas. Tuvieron un comienzo y tendrán un fin". Por otro lado, dichos términos presentan, además, un desproporcionado contenido ideológico-cultural, lo que originó como hace tiempo el profesor Díez del Corral formulara la siguiente advertencia en su obra El rapto de Europa: "Pertenece esencialmente a la realidad del fenómeno nacional la posibilidad y aún la tendencia a su tergiversación ideológica".

Al analizar en solitario el término "nacionalidad", las dificultades se acumulan. Debemos prescindir de un primer significado, ya aludido, que no nos sirve para nuestro propósito: la "nacionalidad" condición de ser ciudadano de un Estado. A partir de aquí, las opiniones de los autores divergen. Para algunos es, simplemente, otra forma de decir "nación", y puede que sea el sentido último, pudorosamente velado, que tiene su empleo en la Constitución. Al menos, de esta clave interpretativa resultaría un guiño de complicidad -como el de Rodríguez Zapatero- que el texto constitucional hace a los nacionalistas más radicales y que les permitirían no discrepar de él. En la misma línea, Azkin la concibe en cuanto nación no dominante de un Estado, por contraposición a "nación", que sí sería dominante; dominación política nacional que es extraña al Estado de Derecho, pero que podemos encontrar en muchas áreas del denominado Tercer mundo. A su vez Cuvillier la define como una etapa intermedia entre "pueblo" y "nación", idea que nos pone en contacto de nuevo con la naturaleza histórica y evolutiva de esas realidades políticas, o sea, con las llamadas "construcciones nacionales". Estas perspectivas conceptuales nacionalistas -y otras que se podrían citar- han tenido distintos grados de aceptación entre los nacionalistas periféricos españoles, en su unánime rechazo a la alternativa "región". Sin embargo, los más radicales no se conforman con el calificativo "nacionalidad", y proclaman la condición de "naciones" de sus Comunidades. Los problemas surgen cuando hace su aparición el nominalismo propio de una cultura como la nuestra, en la que por poner un nombre creemos que ya tenemos la cosa o por cambiarlo que ha cambiado la realidad. Cuando el nombre es de por sí equívoco porque tiene un significado indeterminado, los problemas se multiplican. De modo que es fundamental evitar el fundamentalismo nacionalista -y también el antinacionalista-. Y hacer política con fundamento. (Juan Hernández Bravo de Laguna)

Valores propios y unidad de la patria:
[...] Para las minorías de políticos dirigentes no parecía haber otra solución que copiar lo que de fuera nos decían. Copiando, estábamos irremisiblemente condenados a llegar tarde, perdiendo lentamente lo que aún quedaba de enorme patrimonio nacional... Del fondo de los sentimientos españoles se alzaban voces de advertencia... Voces como la de don Marcelino Menéndez Pelayo, que descubrió -y anunció- que la unidad de España obedece a un eje central, hecho de carne, de sangre y de espíritu -sobre todo de espíritu, romano y cristiano-, recordando que si un día esto llegara a perderse volveríamos al cantonalismo de los arévacos o de los vetones, o al de los reinos de tarifas... Al final pareció que España se desintegraba definitivamente... Pues bien, en medio de la locura, un hombre vestido de paisano por respeto al territorio extranjero que sobrevolaba, iba hacia Tetuán. Y al llegar al aeropuerto un teniente coronel, el "rubito" Sáez de Buruaga, le recibió con el gesto normal que indica la tabla: Sin novedad en Marruecos, mi general. Aquel hombre era Francisco Franco, que había tomado sobre sí la responsabilidad de rehacer la unidad de España. Y lo consiguió. (Luis Suárez Fernández, historiador, España, unidad de destino, nº100)


César a sus tropas en defensa de la República:
César, convocando a sus soldados, cuenta los agravios que en todos tiempos le han hecho sus enemigos; de quienes se queja que por envidia y celosos de su gloria hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo, cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido. Quéjase del nuevo mal ejemplo introducido en la República, con haber abolido de mano armada el fuero de los tribunos, que los años pasados se habían restablecido; que Sila, puesto que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos el derecho de protestar libremente; Pompeyo, que parecía haberlo restituido, les ha quitado los privilegios que antes gozaban; cuantas veces se ha decretado que velasen los magistrados sobre que la República no padeciese daño (voz y decreto con que sea alarma el Pueblo Romano) fue por la promulgación de leyes perniciosas, con ocasión de la violencia de los tribunos, de la sublevación del pueblo, apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados ya con los escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora no se ha entablado pretensión alguna con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los exhorta a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya conducta por nueve años han felicísimamente servido a la República, ganado muchísimas batallas, pacificado toda la Galia y la Germania. Los soldados de la legión decimotercera, que se hallaban presentes (que a ésta llámó luego al principio de la revuelta, no habiéndose todavía juntado las otras), todos a una voz responden estar prontos a vengar las injurias de su general y de los tribunos del pueblo. (Julio César, La guerra civil)


La hora marcada por el Destino (10/06/1940):
¡Combatientes de tierra, mar y aire! ¡Camisas Negras de la revolución y de las legiones! ¡Hombres y mujeres de Italia, del Imperio y del Reino de Albania! ¡Escuchad! La hora marcada por el Destino suena en el cielo de nuestra Patria. Es la hora de las decisiones irrevocables. La declaración de guerra ha sido ya entregada a los embajadores de Gran Bretaña y Francia. Entramos en guerra para combatir las democracias plutocráticas y reaccionarias de Occidente, que en todo tiempo, han entorpecido la marcha de Italia, y muchas veces han amenazado incluso la propia existencia del pueblo italiano... Según la ley de la moral fascista, cuando se tiene un amigo se marcha con él hasta el fin. Así lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo con Alemania, con su pueblo, con sus victoriosos Ejércitos. En vísperas de este acontecimiento histórico, dirigimos nuestros pensamientos a la majestad del Rey Emperador, que, como siempre, ha interpretado el alma de la Patria. Y saludamos la voz del Führer, el jefe de la gran Alemania aliada. La Italia proletaria y fascista está en pie por tercera vez, fuerte, orgullosa y unida como nunca. La consigna es una sola, categórica y obligatoria para todo el mundo. Esta consigna ondea ya sobre nosotros y hace palpitar los corazones desde los Alpes hasta el Océano Indico: ¡Vencer! ¡Y venceremos! (Mussolini desde el balcón del Palacio Venecia)


Carta de despedida de Magda Goebbels a su hijo (1945):
En sus habitaciones, frau Goebbels estaba escribiendo a Harald Quand, un hijo suyo habido de un matrimonio anterior, que se hallaba como prisionero de guerra de los Aliados. Le contaba que toda la familia, incluso los seis niños, estaban en el bunker del Führer desde hacía una semana, «con el propósito de dar a nuestra Nacional Socialista existencia el único fin posible y honorable». Afirmó que las «gloriosas ideas» del nazismo estaban llegando a su fin, y «con ellas todo lo hermoso y noble que he conocido en mi vida». Un mundo sin Hitler y sin el Nacional Socialismo no valía la pena de ser vivido. Por eso había llevado a sus hijos al bunker. Eran demasiado perfectos para la vida que seguiría a la derrota «y un Dios misericordioso comprendería las razones que tenía para evitarles tal clase de existencia». Siguió escribiendo que la pasada noche el Führer había prendido su propio emblema del Partido en el vestido de ella, lo cual la llenó de satisfacción y orgullo. «Quiera Dios darme la energía necesaria para llevar a cabo mi última y más difícil tarea —escribió—. Sólo hay una cosa que deseamos, en estos momentos: seguir junto al Führer hasta la muerte, y terminar nuestras vidas con la suya. Tal fin es una bendición que nunca creímos recibir. Querido hijo, ¡vive para Alemania! »


Clase y territorio:
De las alabanzas (inter) nacionalistas al pueblo proletario a las presentes exaltaciones nacionalistas del pueblo vasco, catalán, del pueblo de Cartagena o de Torrero, no media ninguna distancia, ya que en cualquiera de dichas manifestaciones subyace la misma metafísica religiosa y palpitan idénticas promesas sobre hombres y mujeres “redimidos”. Y esta liturgia pagana, que se mantiene con los velos del engaño, permite a cierta casta política esconder su despotismo bajo nebulosas oscurantistas y disimular sus enredos antidemocráticos entre cantos místicos a la lengua materna, a las costumbres locales y a la diosa ‘madre tierra’. Ahora bien, en relación con las estafas ideológicas que, enriqueciendo a unos pocos, ahogan económicamente a la mayoría, solo quiero agregar que Condorcet escribiría una Disertación filosófica y política o reflexión sobre esta cuestión: ¿Es útil para los hombres ser engañados? Elaborado este ensayo en el año 1778, el filósofo y matemático se resistía al uso de la llamada “noble mentira” o derecho del gobernante a embaucar al pueblo. Y se resistía porque los manejos engañosos originaban, a su juicio, opresores y oprimidos. Y, concluía Condorcet, con el uso de ardides “la clase opresora tiene un interés diferente y separado del interés de la clase oprimida y, por eso, se puede decir [...] que estas dos clases deben ser consideradas como dos naciones aunque estén situadas en el mismo territorio”. (Teresa G.Cortés)


Banderas:
Allí donde hay un hombre con una bandera hay alguien dispuesto a obedecer, un siervo. Los mares de banderas los inventaron los fascistas y los recuperaron los regímenes totalitarios de diferentes signos. Un tipo con una bandera es un personaje ridículo, uno de esos disciplinados cómplices a los que la historia describe como figura decisiva en todos los desastres. En general no lo hace gratis, se lo suele cobrar en especies. Los que pagan, los señores, no suelen llevar banderas, las cargan sus criados. Los dirigentes, sean radicales o conservadores, no portan banderas; las flamean a sus espaldas los fieles. [...] Han vuelto las banderas a los balcones, como en el franquismo, cuando se celebraban festejos o los conversos querían demostrar su adhesión inquebrantable. No son signos de integración sino de exclusividad. Quiere decir: en esta casa somos independentistas, o catalanistas, o abertzales, o españolistas. Orgullosos y arrogantes. Están en su derecho, ¿pero qué debe hacer el vecino? ¿Exhibir que es del Español, o del Real Madrid, o del Betis, que vota al PP o que se abstiene? El hecho de que llame la atención quien no ponga nada en el balcón es una muestra de que esta sociedad está llena de conversos del Séptimo Día, pero también de que hay una gente capaz de resistir esa presión y tomárselo con la misma discreción de quien ve ropa tendida en el lugar inadecuado y no llama a la Policía Municipal. (Gregorio Morán)


Metáforas:
Esta crisis no es el resultado de un destino, sino de una política. Ninguna nación, con o sin gigantomaquia, nos ha arrastrado hasta aquí porque hasta aquí sólo nos ha arrastrado una confrontación de programas en la que unos llevan la delantera y otros pierden posiciones. Si Convergencia ha apostado por la independencia y desea convertir esa apuesta en el eje principal de su programa, la responsabilidad que ha asumido le exige hablar a los ciudadanos políticamente, no metafóricamente. Le exige abandonar las alusiones sentimentales a rumbos, surcos, estelas y caminos, y exponer razonadamente sus puntos de vista sobre fronteras, aduanas, cuotas y visados; le exige poner fin a las invocaciones líricas a horizontes radiantes, voluntades de ser, heroicas resistencias y destinos propios, y explicar cómo conjugará las libertades individuales y las exigencias de la construcción nacional. (José María Ridao, 27/09/2012)


Principios elementales de la propaganda de guerra:
[Utilizables en caso de guerra fría, caliente o tibia] 1. Nosotros no queremos la guerra. 2. El adversario es el único responsable. 3. El enemigo tiene el rostro del demonio. 4. Enmascarar los fines reales presentándolos como nobles causas. 5. El enemigo provoca atrocidades a propósito; si nosotros cometemos errores, es involuntariamente. 6. El enemigo utiliza armas no autorizadas. 7. Nosotros sufrimos muy pocas pérdidas; las del enemigo son enormes. 8. Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa. 9. Nuestra causa tiene un carácter sagrado. 10. Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores. (Anne Morelli, resumen inspirado en las enseñanzas de lord Ponsonby)


● Nuestro movimiento entendió el cobarde marxismo y de él extrajo el sentido del socialismo; también extrajo de los cobardes partidos de clase media su nacionalismo. Al arrojarlos a ambos al caldero de nuestro modo de vida emergió, clara como el cristal, la síntesis: el nacionalsocialismo alemán.(Göring en 1933) | ● Al fin y a la postre todas las naciones son en sí narraciones. (Edward W. Said) ● Rompan filas y a engendrar carlistas. |


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