HISTORIA
NAVEGACION
Gibraltar s.XX



Gibraltar Gibraltar:
Sus 6 km cuadrados de superficie están dominados por un gran peñón calcáreo de 425 m de altitud, que cuenta con numerosas grutas y túneles. En algunas de estas cuevas se han encontrado restos del hombre de Neanderthal. A estas formaciones naturales se han añadido los numerosos túneles y galerías construidos para diversos fines, como por ejemplo para el abastecimiento de agua. Al no existir prácticamente aguas subterráneas, los gibraltareños deben almacenar las procedentes de las lluvias en un complejo sistema subterráneo, cuya capacidad total es de 50 millones de litros. A pesar de que su valor estratégico ha disminuido en los últimos años, continúa siendo una importante base militar. Su nombre procede del árabe Yabal-Tariq o roca de Taric, fue fundada en 725 por este general moro y estuvo en poder de los musulmanes hasta 1462, año en que fue conquistado por el duque de Medinasidonia e incorporada a la Corona de Castilla. En 1704, durante la guerra de Sucesión de España, fue ocupada por tropas inglesas. A pesar del continuo asedio a que fue sometida por parte de los ejércitos de Felipe V entre 1705 y 1707, la roca siguió en poder de Gran Bretaña. En 1969 España decidió cerrar la frontera y la ONU presionó al gobierno de Londres para que terminara con la situación colonial y entrara en negociaciones. La frontera fue abierta de nuevo en 1982. Durante la II Guerra Mundial numerosos submarinos consiguieron atravesar el estrecho en ambas direcciones aprovechando las fuertes corrientes (submarinas hacia el Atlántico y superficiales hacia el Mediterráneo) sin necesidad de usar los motores.


Submarino Plan de ataque de la Wehrmacht (1941):
En septiembre de 1939 las defensas británicas del Peñón de Gibraltar estaban constituidas por dos batallones británicos, el Segundo Regimiento Real y el Segundo Regimiento de Infantería Ligera. El 4to regimiento Devonshire llegó a Gibraltar en mayo de 1940 y el 4to de Vigilantes Negros en julio de 1940.. Las unidades de Artillería del 3er regimiento Costero contaba con 8 cañones de 9.2", 7 de 6" y 6 de 6-libras. Contaba además con las baterías antiaéreas 9 y 19. El 82 Regimiento de Artillería Antiaérea Pesada llegó a Gibraltar en julio de 1940 con tres baterías incluyendo cañones Bofors de 8x40mm y un equipo de radar. En julio se les unió la 3ra Batería de Reflectores. Las defensas no contaban con aviación, ni había facilidades para ello. El plan de ataque alemán, llamado operación Félix estuvo listo en otoño (1940), después de intensas labores de espionaje y reconocimiento in situ desde territorio español por oficiales vestidos de civil y desde el mar. La operación estaba prevista para el 10 de enero de 1941 pero las repetidas dilaciones Franco la retrasaron hasta que los efectivos fueron trasladados al frente del este, en principio de forma transitoria, pero la marcha de la guerra no hizo posible su regreso. Bajo el mando del Mariscal de Campo Walter von Richenau, dos cuerpos de ejército debían pasar a territorio español. El XLIX Cuerpo de Ejército del General Ludwig Kuebler llevaría a efecto el ataque con el Regimiento de Infantería Grossdeutschland, el 98 Regimiento de la 1ra División de Montaña y 26 batallones de artillería mediana y pesada. Habría tres batallones de observación, tres batallones de ingenieros, dos batallones de humo, un destacamento de 150 brandenburgueses y 150 tanques enanos a control remoto tipo Goliath cargados de explosivos. Dos divisiones adicionales estarían listas para cruzar el estrecho de Gibraltar y proteger Marruecos. El XXXIX Cuerpo de Ejército cubriría los flancos del asalto. La 16 División Motorizada se concentraría en Valladolid, la 16 División Panzer en los alrededores de Cáceres y la División SS Totenkopf en las cercanías de Sevilla. La Luftwaffe proporcionaría dos grupos de JU-88, cuatro grupos de Stukas, dos grupos de Messerschmitts, tres batallones de Antiaéreos ligeros y tres batallones de antiaéreos pesados. La Kriegsmarine tendría a su cargo el hostigamiento marítimo por medio de U-boots para interferir con la evacuación de los ingleses de Gibraltar y también transportarían baterías costeras para impedir el acercamiento de unidades navales británicas. Desde sus lugares de emplazamiento en la frontera española cerca a Bayona, las tropas terrestres cruzarían simultáneamente con un ataque aéreo de Junkers 88 volando desde sus bases en Burdeos contra los barcos fondeados en la bahía de Gibraltar. Simultáneamente Stukas Ju-87 y Me-109 se moverían a sus nuevas bases en Sevilla y completarían el ataque a los buques británicos. El XLIX Cuerpo de Ejércitos se movería a su posición de ataque protegido por el XXXIX Cuerpo de Ejércitos. El fuego de artillería barrería todas las posiciones inglesas conocidas, seguido del ataque de los Stukas mientras se aproximan las fuerzas terrestres. La artillería seguiría demoliendo los puestos de defensa mientras se lanzan salvas de humo para cubrir el avance del Regimiento de Infantería Grossdeutschland y del 98 regimiento de Montaña. Debido a lo estrecho del frente, solamente se emplearían esos efectivos apoyados por un regimiento de ingenieros.


HMS Ark Royal (1937-1941) Submarinos:
Durante la II Guerra Mundial numerosos submarinos consiguieron atravesar el estrecho en ambas direcciones aprovechando las fuertes corrientes (submarinas hacia el Atlántico y superficiales hacia el Mediterráneo) sin necesidad de usar los motores. El 14 de febrero de 1941 un torpedo disparado desde un U-boat Tipo VIIC alemán, el U81, hundió al Ark Royal cerca de Gibraltar. El primer portaaviones construido para la armada británica había prestado un excelente servicio como parte de la Fuerza H, en el Mediterráneo. Uno de sus aviones había inutilizado al Bismarck seis meses antes. El torpedo que recibió abrió un enorme agujero de 40 metros en el costado de estribor. Fue lanzado muy profundo y logró evitar el cinturón blindado. El portaaviones volcó y tardó en hundirse 14 horas.


Gibraltar¿Gibraltar español? (2004):
El contencioso de Gibraltar tiene mala solución, al menos en lo que respecta a nuestro país. No sólo por los 300 años de litigio, más latente que visible, entre Madrid y Londres, y que desembocan ahora [2004] en una conmemoración que ha avinagrado de nuevo las relaciones bilaterales; no sólo por que Gran Bretaña, desde que ocupó la Roca en 1704, ha desoído sistemáticamente las reivindicaciones españolas. No sólo porque las demandas de nuestro país únicamente encuentran acomodo en las Naciones Unidas, cuya autoridad moral es inversamente proporcional a su capacidad disuasoria. El problema de Gibraltar, fundamentalmente, pinta en bastos porque sus pobladores han reiterado una y otra vez que no tienen la menor intención de renunciar a su pasaporte británico para favorecer el reencuentro con un país del que, cultural y anímicamente, se han divorciado hace mucho tiempo. Por todo ello, y ante episodio tan conflictivo como el que nos ocupa, es necesario abordar el problema con una sobredosis de racionalidad, lo que implica dejar a un lado toda parafernalia emocional que suele acompañar las discusiones sobre el destino del Peñón. Para empezar, los gibraltareños debían haber participado con voz y voto en las negociaciones sobre el futuro de la Roca. Hasta ahora, los sucesivos gobiernos españoles han preferido marginar a los llanitos con tal de no reconocer jurisdicción alguna a sus autoridades. Y en este sentido, hay que dar la bienvenida a la sugerencia, inédita, que ha realizado el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Angel Moratinos, aunque sólo sea por la destrabazón que procura. "Es un hecho evidente que una negociación en profundidad sobre soberanía no puede desarrollarse adecuadamente en un ambiente de confrontación [...] porque en ella deben participar los gibraltareños, con la fórmula que se convenga, si se quiere que sirva en la práctica para algo", escribía recientemente Moratinos. Esta opinión es compartida por otros miembros del Gobierno, quienes consideran que a los gibraltareños no se les puede seguir negando protagonismo. Sin embargo, la rectificación llega, al parecer, demasiado tarde. Los habitantes del Peñón aspiran ahora no sólo a disfrutar de la categoría de interlocutores, sino a estar en condiciones de vetar cualquier acuerdo que no les satisfaga plenamente. La Asamblea Legislativa de Gibraltar tramita ya una resolución que prohíbe a Londres y a Madrid negociar cualquier cesión de soberanía sin que la colonia lo solicite previamente.

[Política británica de extensión de la presencia:]
Así las cosas, España difícilmente puede convencer al Reino Unido de que desista de ejercer una tutela que ha venido delegando desde hace años conforme a una muy sofisticada interpretación de la trascendencia imperial. El planeta se encuentra plagado de realidades prácticamente inamovibles que tuvieron su origen en una fenomenal injusticia, con Londres ejerciendo de comadrona en muchas ocasiones. Sin forzar demasiado las neuronas, ahí están las Malvinas, que los ingleses ocuparon a despecho de Argentina para poblarlas seguidamente de auctóctonos que con el transcurso de los años se reafirmaron como magníficos vasallos de Su Graciosa Majestad, mientras se convertían en adversarios acérrimos del país desgajado. Algo similar ocurrió en Irlanda del Norte y, desde luego, en Gibraltar. El método de colonización empleado por Gran Bretaña para garantizar a largo plazo la adhesión al imperio, apenas varía. Las reivindicaciones de Argentina, Irlanda y España son convenientemente enfriadas cada cierto tiempo. A Londres le basta con airear el derecho a la autodeterminación de sus colonias para desarmar las tesis del contrario. En el caso de Gibraltar, los habitantes del Peñón son además conscientes de que en estos 300 años se han ahorrado unos cuantos disgustos gracias a la verja, como una guerra civil y una prolongada dictadura. Es cierto que la prosperidad de la Roca se debe en buena parte a su condición de paraíso fiscal. Y también que a España le asisten sobradas razones legales en el proceso que se sigue desde el siglo XVIII para fijar las señas de identidad de Gibraltar. Pero estas constataciones no bastan para enmendar la plana a la historia. Al imperio británico, arrogante donde los haya, se le pueden hacer muchas recriminaciones morales; sin embargo, las invasiones mediante las que ha perpetuado su presencia hasta el día de hoy en territorios que originalmente le eran hostiles, han resultado ser extremadamente eficaces en términos de rentabilidad política. Malvinas, Irlanda del Norte y Gibraltar son tres buenos ejemplos de esta manipulación colonial. (Luis Méndez, 2004)

Incidentes en los límites de las aguas territoriales:
Para qué diablos quiere Peter Caruana más barcos de la Navy en Gibraltar. Como se viene demostrando desde hace tiempo, a la policía gibraltareña le bastan un par de modestas lanchas para defender sus aguas territoriales con extrema eficacia. Digo sus aguas territoriales, no porque crea que deban serlo, sino porque en la práctica lo son.[...] Y que por eso, entre otras muchas cosas, el Peñón pertenece a quienes desde hace tres siglos lo defienden con tesón y eficacia: los llanitos y sus cínicos compadres, los ingleses. Lo demás son milongas. Por supuesto que Gibraltar tiene aguas territoriales: las que se ha ido atribuyendo con la complicidad infame de las autoridades españolas y la cobarde inhibición de los ministerios de Exteriores y de Interior, que llevan toda la puta vida «también en tiempos del Pepé y el amigo Ánsar, cuando no todo el monte fue perejil» permitiendo sin mover un dedo que la Guardia Civil y el Servicio de Vigilancia Aduanera sean acosados, vejados y expulsados de aquellas aguas. Tragando día tras día, poniendo buena cara y sonrisa estúpida a un rosario de humillaciones y desplantes que llegan ya a la violencia física y los golpes entre embarcaciones. Y cada vez, cuando los desamparados agentes españoles solicitan instrucciones para actuar, la respuesta «cuando llega, porque muchas veces hay silencio» es siempre la misma: retirarse, evitar incidentes, dejar el campo libre. Y de la marina de guerra española «dicho sea lo de guerra sin connotación bélica, naturalmente, sino afectuosa y humanitaria en plan Heidi», ni hablamos. Ocupadísima en el Índico, o en el quinto carajo, con ese portaaviones que acabamos de botar, el Juan Carlos Primero o como se llame. ¿Se la imaginan en la bahía de Algeciras o frente a Punta Europa, afirmando el pabellón? A ésa, ni está ni se la espera. Así que díganme para qué necesita Gibraltar más Armada Real. A los llanitos les basta una zódiac de goma con parches como las que usan los contrabandistas, un walkie-talkie y una bandera inglesa para dar por saco de Sotogrande a Tarifa. Porque pueden. Porque saben. Porque, con Moratinos o sin él, hace trescientos años que le tienen tomado el pulso a esta España acomplejada y llorona. (Pérez Reverte 08/11/2010)


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