LIBROS
Joseph Conrad
Lord Jim



Lord Jim:
A Lord Jim sólo le importa haberse fallado a sí mismo. El que eso traiga conflictos con la sociedad o no, es secundario. Si el ser fiel a sí mismo le conduce a la muerte, es cuestión sin importancia. En Lord Jim se trata, además, de la casi permanente incomprensión o desprecio de este tipo de persona radical y los constantes malentendidos que provoca su naturaleza insólita e indómita. Una dolorosa condición de extranjero, de condenado a la situación clandestina, a sentirse exiliado, marcado por causa de creer en lo que nadie cree: el sentido del universo, del destino personal. Una vida desde, con y para el Mar (en todas las acepciones de la palabra incluyendo el simbólico). (Tesa Duncan)

    [...] Trabó, naturalmente, relaciones con gentes de su profesión que halló en el puerto. De dos clases eran éstas. Algunas, pocas en verdad, y rara vez vistas en aquellas tierras, llevaban una vida misteriosa, adivinándose en ellas indestructible y concentrada energía, con carácter de pirata y ojos de soñador. Parecían vivir en alocado laberinto de proyectos, esperanzas, peligros y grandes empresas, como avanzadas de la civilización en los oscuros senderos del mar; y su muerte era el único acontecimiento de su fantástica existencia que se presentaba, pensando razonablemente, como de segura realización. (Joseph Conrad)

Joseph Conrad Emigrantes en cubierta

El Patna:
Era un vapor del país, viejo como las colinas, flaco como un galgo, comido de óxido como un depósito de agua en desuso. Era propiedad de un chino, lo fletaba un árabe y lo mandaba una especie de renegado alemán de Nueva Gales del Sur que maldecía a su patria seimpre que podía, pero que, tal vez sintiéndose respaldado por la política victoriosa de Bismarck, trataba brutalmente a aquellos que no temía y se daba unos aires de canciller de hierro que iban bien con su nariz colorada y su bigote rojo... En cuanto el Patna estuvo pintado por fuera y enjabelgado por dentro, unos ochocientos peregrinos (más o menos) subieron a él mientras permanecía atracado a un muelle de madera, con la caldera encendida. Accedieron al barco por tres planchas de embarque, en tropel, empujados por la fe y la esperanza del paraíso, con un ruido continuado de pies desnudos, sin decir palabra, sin un murmullo, sin mirar atrás. Y cuando pasaron las barandillas que encauzaban la corriente humana, se derramaron por cubierta en todas direcciones, de popa a proa, precipitándose por las escotillas abiertas y ocupando hasta el último recoveco, como agua que llena una cisterna, que se cuela por grietas y rendijas, que sube en silencio hasta igualarse al filo del recipiente. Ochocientos hombres y mujeres se habían congregado allí, cada uno con su fe y sus esperanzas, sus afectos y sus recuerdos. Venían del norte, del sur, de las regiones extremas del este. Habían recorrido a pie los senderos de la selva, descendido ríos, navegado en prahus a lo largo de costas cuajadas de arrecifes. Habían pasado en piraguas de isla en isla, habían soportado toda clase de sufrimientos y visto lo nunca visto, acosados por extraños temores, sostenidos por un único deseo. (Cap.2)

Gavieros A toda máquina

Conrad sobre la creación de Lord Jim:
Cuando esta novela apareció por primera vez en forma de libro, se esparció por ahí la idea de que me había dejado devorar por la historia. Algunos críticos mantenían que la obra, planteada originalmente como narración breve, se le había ido de las manos al autor. Uno o dos de ellos descubrieron pruebas de ese hecho en el texto mismo, lo que pareció divertirles. Señalaron entonces las limitaciones a que está sujeto el formato de la narración. Argumentaban que nadie podía pretender que un hombre no parara de hablar, mientras otros no cesaban de escucharle. No resultaba, según decían, muy creíble. Tras llevar dándole vueltas a la cuestión durante algo así como dieciséis años, pienso que yo no estaría tan seguro. Se sabe de personas, tanto en los trópicos como en la zona templada, que han estado despiertos media noche «intercambiando cuentos». En este caso, sin embargo, se trata de un solo cuento, aunque con interrupciones que permiten ciertos respiros; y, en cuanto a la resistencia de los oyentes, se tendrá que aceptar el postulado de que la historia sí era interesante. Se trata de una suposición preliminar necesaria. Si yo no hubiera creído que sí era interesante, nunca habría podido empezar a escribirla siquiera. En lo que respecta a la mera posibilidad física, todo sabemos que algunos discursos parlamentarios han precisado casi seis horas para ser pronunciados; mientras que toda la parte del libro que constituye la narración de Marlow se puede leer en voz alta de punta a cabo en, diría yo, menos de tres horas. Además, aunque he excluido de la novela todos los detalles irrelevantes de ese tipo, podemos presumir que debieron consumirse algunos refrescos esa noche: un vaso de agua mineral, o algo por el estilo, que le facilitara la tarea al narrador. Pero, ahora hablando en serio, la verdad del caso es que mi primera idea fue la de escribir una narración breve, centrada únicamente en el episodio del barco de los peregrinos, y nada más. Y se trataba de un planteamiento perfectamente legítimo. Tras escribir unas pocas páginas, sin embargo, me sentí descontento por alguna razón y las dejé a un lado. No volví a sacarlas del cajón hasta que el malogrado señor William Blackwood me sugirió que volviera a entregarle algo para su revista. Sólo entonces fue cuando me di cuenta de que el episodio del barco de peregrinos era un buen punto de partida para una narración libre y móvil; de que se trataba, además, de un suceso que se prestaba bien a dar el tono de todo el «sentimiento de la vida» de un personaje sencillo y sensible. Pero todos aquellos estados de ánimo y agitaciones espirituales preliminares resultaron bastante oscuros en su momento, y no aparecen más claros ante mí ahora, después del lapso propio de tantos años como han pasado. Las escasas páginas que había dejado de lado no carecían de peso en cuanto a la elección del tema. Pero volví a escribirlas todas deliberadamente. Cuando me senté para hacerlo sabía que iba a ser un libro largo, aunque no acerté a prever que iba a extenderse a lo largo de trece números de «Maga».

[Libro favorito:]
A veces me han preguntado si no era éste el libro mío que más me gustaba. Soy enemigo declarado de los actos de favoritismo en público, en privado, e incluso en la delicada relación que mantiene el autor con sus obras. Por principio me niego a tener favoritos; pero no llego hasta el punto de sentirme agraviado o enojado por la preferencia que algunos otorgan a mi Lord Jim. No voy a decir siquiera que «No acierto a comprender...». ¡No! Pero en una ocasión tuve la oportunidad de sentirme confuso y sorprendido. Un amigo mío que volvía de Italia había hablado allí con una dama a la que no le gustaba el libro. Para mí, eso era lamentable, por supuesto, pero lo que me sorprendió fue la razón en que se fundaba aquel rechazo. «¿Sabe usted? -dijo la señora-, es todo tan morboso.» Aquel pronunciamiento me dio pie para estar una hora entera sumido en ansiosos pensamientos. Finalmente, llegué a la conclusión de que, haciendo todas las salvedades necesarias debido a que el propio tema está bastante alejado de la sensibilidad normal de las mujeres, aquella dama no podía haber sido italiana. Y me pregunto si era europea siquiera. En cualquier caso, un temperamento latino no podía haber detectado nada de morboso en la aguda conciencia del honor perdido. Una conciencia de ese tipo puede ser equivocada, o acertada, o se la puede condenar por artificial, y, tal vez, mi Jim no sea un arquetipo de los más comunes. Pero, sin posibilidad de error, les puedo asegurar a mis lectores que no se trata del producto de un pensamiento frío y pervertido. No es tampoco una figura procedente de las Nieblas del Norte. Una mañana soleada, en el ambiente vulgar de una rada oriental, lo vi pasar: conmovedor, relevante, envuelto entre sombras y absolutamente silencioso. Como debe ser. Me correspondía a mí, con toda la comprensión y afecto de los que fuese capaz, buscar las palabras apropiadas para lo que él representaba. Era «uno de los nuestros». (Joseph Conrad, 1917)


Una vía de agua:
[...] No sé decirles cuánto tiempo estuvo parado junto a la escotilla, sin moverse, esperando sentir de un momento a otro cómo el barco se hundía bajo sus pies y el empuje del agua lo atrapaba y lo zarandeaba de un lado al otro como a un pedazo de madera | El mundo seguía inmóvil ante sus ojos. Nada le impedía imaginarse el brusco salto hacia arriba del horizonte oscuro, el repentino revolcarse de la inmensa llanura marina, la rápida subida del nivel de las aguas, el revolcón brutal, el abrazo del abismo, la lucha en vano, la luz de las estrellas cerrándose para siempre sobre su cabeza como la losa de una tumba. (Cap.8)

Yo me decía: ¡Húndete, maldito seas! ¡Húndete!

La vergonzosa huída de la tripulación del Patna:
[...] No tenían tiempo de pararse a admirar esta especie de heroísmo pasivo y sentir el reproche de su abstención. El bote pesaba lo suyo; a los que lo empujaban por la proa no les quedaba aliento para animar a nadie. Pero, créanme, ese mismo terror confuso que había desperdigado, como paja que se lleva el viento, su capacidad de controlarse, convertía sus esfuerzos desesperados en payasadas de títeres de cachiporra. Empujaban con las manos y las cabezas; empujaban para salvar sus vidas, con todo el peso de sus cuerpos y todo el empuje de sus almas... Y en cuanto consiguieron empujar la roda un poco más allá del pescante salieron corriendo todos a una y comenzó una furiosa rebatiña por meterse dentro. El resultado fue que el bote osciló bruscamente y cayeron todos de espaldas, dándose empellones y codazos.


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