México
Hernán Cortés
Toma de Tenochtitlan y últimos años



La huida en la noche triste (1 julio 1520):
Aunque Cortés había regresado con los hombres de Narváez y contaba con 1000 soldados, los aztecas insistieron en sus ataques. Tras la muerte de Moctezuma atacado por su pueblo con piedras y flechas, preparó el abandono en secreto de la ciudad. No hubo peleas por el reparto del tesoro que había reunido Moctezuma I y completado su recién fallecido hijo; del que los soldados llevarían incluso una parte demasiado grande. Cortés dio orden de fabricar un puente transportable, romper el cerco y salir de Tenochtitlan. Acción desesperada si se piensa que un puñado de hombres tenía que abrirse paso a través de un ejército de decenas de miles de guerreros, hizo extender previamente el tesoro ante sus hombres y dijo con desprecio: -Coged lo que queráis. -Y como advertencia desdeñosa añadió: -Pero tened cuidado de no cargaros demasiado. En la noche oscura anda mejor el que va más ligero de carga. El tomó solamente la quinta parte que correspondía a su señor y que podía concederle la gracia de Su Majestad si era derrotado. Su veterana tropa sabía el valor de su consejo y tomaron pocas cosas. Pero los bisoños procedentes de la tropa de Narváez cargaron con joyas y hasta con barras de oro, que se colocaron en el cinturón y en las botas, de tal modo que a la media hora quedaban rezagados a la retaguardia y andaban fatigosamente. La mayor parte del tesoro quedó con seguridad en el palacio. Aquella primera media hora de la noche triste lograron atravesar la ciudad y alcanzar el camino del dique sin que los aztecas, que sentían un temor supersticioso a luchar de noche, se dieran cuenta. Cuando los centinelas dieron la alerta los sacerdotes tocaron tambores en la cima de los teocalis. Los españoles lograron salvar el primer canal con el puente transportable, pero no lograron desprenderlo del fango para volver a utilizarlo. Se lanzaron al siguiente foso en desordenada huida abandonando armas y oro. Los españoles quedaron reducidos quizá a una tercera parte y los tlaxcaltecas, que pudieron perder 2.000 hombres, a la cuarta o quinta parte. Fueron perseguidos hasta que pudieron recuperar fuerzas en Tlaxcala. Se perdieron también todas las armas de fuego, las municiones y gran parte de las ballestas y caballos.

Informe de Cortés a Carlos V sobre la retirada:
Y viendo el peligro en que estábamos y el mucho daño que cada día los indios nos hacían, y temiendo que también deshiciecen aquella calzada como las otras; y deshecha era forzado morir todos; y porque de todos de mi compañía fui requerido muchas veces que me saliese, e porque todos o los más estaban heridos, y tan mal, que no podían pelear, acordé de lo hacer aquella noche e tomé todo el oro y las joyas de Vuestra Majestad que se se podía sacar y púselo en una sala, y allí lo entregué en ciertos líos a los oficiales de Vuestra Alteza que yo en su real nombre tenía señalados, y a los alcaldes y regidores, y a toda la gente que allí estaba, les rogué y requerí que me ayudasen a lo sacar y salvar, e di una yegua mía para ello, a la cual se cargó tanta parte cuanta yo podía llevar... E llegando a las puentes, que los indios tenían quitados, a la primera de ellas se echó la puente que yo traía hecha con poco trabajo, porque no hubo quien la resistiese, excepto ciertas velas que en ellaestaban, las cuales apellidaban tan recio, que antes de llegar a la segunda parte estaba infinito número de gente de los contrarios sobre nosotros, combatiéndonos por todas partes, así desde el agua como desde la llanura; e yo pasé presto con cinco de caballo y con cien peones, con los cuales pasé a nado todas las puentes, y las gané hasta la tierra firme. E dejando aquella gente en la delantera, torné a la rezaga, donde hallé que peleaban reciamente, y que era sin comparación el daño que los nestros recibían, así los españoles como los indios de Tascalteca que con nosotros estaban; y así a todos los mataron, y a muchos naturales, los españoles; e así mismo habían muerto muchos españoles y caballos, y perdido todo el oro y joyas y otras muchas cosas que sacábamos, y toda el artillería. Y recogidos los que estaban vivos, echélos delante, y yo, con tres o cuatro de caballo y hasta veinte peones, que osaron quedar conmigo, me fui a la rezaga, peleando con los indios hasta llegar a una ciudad que se dice Tacuba, que está fuera de toda calzada de que Dios sabe cuánto trabajo y peligro recibí, porque todas las veces que volvía sobre los contrarios, salía lleno de flechas y viras, y apedreado; porque como era agua de la una parte y de otra, herían a su salvo sin temor a los que salían a tierra, luego volvíamos sobre ellos, y saetaban al agua; así que recibían muy poco daño, sino eran algunos que con los muchos estropezaban unos contra otros y caían, y aquellos morían.

La batalla de Otumba (8 julio 1520):
El 8 de julio toda la extensión del hondo valle de Otumba, único camino por donde podían pasar, aparecía llena de guerreros aztecas. En sus ordenadas filas de combate se podían distinguir los príncipes por su abrigos de plumas multicolores de los guerreros que llevaban corazas de algodón blanco. Los españoles no querían ser inmolados como víctimas de guerra ante los dioses aztecas y preferían buscar la muerte avanzado. Toda esperanza estaba perdida, ya que el número de aztecas se cifraba en unos 200.000 contra los que se enfrentaban unos pocos españoles desprovistos de aquellas armas con cuyos truenos y relámpagos habían conseguido sus primeras victorias. Con 20 jinetes formados en tres grupos irrumpe en el frente azteca y abre un hueco. Cortés, que lucha rodeado en vanguardia pierde su caballo y monta otro. Es herido por un golpe en la cabeza pero sigue avanzando. Descubre en una pequeña colina un grupo de guerreros vestidos de forma muy llamativa en torno a una litera en la que se distingue al jefe Cihuacu, que se destaca por el banderín de oro que flamea. Cortés espolea su caballo, espera a que dos o tres de sus hombres se agrupen y empuñando la lanza y manejando la espada, cabalga por entre la tropa azteca hasta su comandante y le atraviesa con la lanza. Agita el banderín de oro y los aztecan emprenden la fuga creyendo al blanco más poderoso que sus dioses.

Toma de Tenochtitlan (1521):
Planeó minuciosamente el asedio de la ciudad. Tenochtitlan soportaba una epidemia de viruela, enfermedad que habían traido los europeos y de la que había muerto el sucesor de Moctezuma, Cuitlahuac. En su lugar fue elegido tlacatecutli el valeroso Quauhtemoc, de 25 años de edad. Sitió la ciudad por agua y por tierra. Disponía de unos 600 españoles y de 10.000 tlaxcaltecas. La lucha se prolongó durante dos meses. En agosto de 1521 se lanza un ataque en el que los tlaxcaltecas provocan una feroz matanza entre los aztecas. No consiguió averiguar el paradero del oro de Moctezuma. La búsqueda en fosos, canales y lagunas sólo pudo localizar pequeños restos diseminados. Después de buscar a fondo rescataron sólo el valor de 130.000 ducados de oro castellanos. Era la quinta parte de la corona. El barco que llevó el tesoro según anunció en carta (15 mayo 1522) fue capturado por otro barco francés y acabó en posesión de Francisco I de Francia.

Cortés pasó 24 años en el en nuevo continente hasta su primer regreso a España, donde fue recibido como un héroe nacional a pesar de que se intrigaba activamente contra él e incluso se indujo al rey a sospechar que pretendía hacer de Nueva España un estado independiente. Como en todos los casos de anteriores conquistadores sustituidos por funcionarios, le fue retirado el título de gobernador a cambio de un marquesado. Durante su estancia en España coincidió con Pizarro al que dio valiosa información sobre la campaña contra los aztecas. Los poderosos y centralizados imperios de los incas y aztecas resultaron más fácilmente conquistados que otros pueblos indígenas menos evolucionados.

Posteriores expediciones:
Durante varios años continuó sus exploraciones y recorrió las costas de California (1530-1539). Aunque su marquesado de Oaxaca incluía cerca de 23.000 vasallos, su prodigalidad y los costes de sus últimas empresas no agregaron nada a su fama y consumieron su fortuna en breve tiempo. En 1540 volvió a España sin recursos y escribió un memorial al rey implorando su auxilio (1544). Había reunido numerosas deudas y litigios.

    Pensé que haber trabajado en la juventud me aprovechara para que en la vejez tuviera descanso, y así ha cuarenta y cinco años que me he ocupado en no dormir, mal comer, y a veces ni bien ni mal; traer las armas a cuesta, poner la persona en peligros, gastar mi hacienda y edad, todo en servicio de Dios, trayendo ovejas a su corral desde lugares muy remotos de nuestro hemisferio, y dilatando el nombre y patrimonio de mi rey. Véome viejo, pobre y cargado de deudas. Paréceme que al coger el fruto de mis trabajos, no debía echarlo en vasijas rotas y dejarlo en juicio de pocos, sino tornar a suplicar a Vuestra Majestad [...] No ha de perderse lo que me otorguéis, porque no tengo ya edad para andar por mesones, sino para recogerme en mi casa a aclarar mi cuenta con Dios, pues la tengo larga, y poca vida para dar los descargos, y será mejor dejar la hacienda que el ánima.

Esperó en vano siete años por alguna muestra de gratitud de la corona. Quiso regresar a México pero la muerte le sorprendió cuando se dirigía a puerto para embarcarse (Castilleja de la Cuesta, Sevilla, 1547). Su última voluntad fue que sus restos fueran trasladados a la tierra que había descubierto.

El paso marítimo al Pacífico:
Veinticuatro años después de haber abandonado España, volvió Cortés a pisar el suelo patrio en 1528. Si bien fue recibido con toda benevolencia por el emperador, no obtuvo nuevamente el nombramiento de gobernador de Méjico. Fueron razones de Estado las que movieron a Carlos V a dejar solamente la autoridad militar a un hombre tan autoritario, obligándole de este modo a dar pábulo a su ambición de gloria fuera de Méjico. Cortés comprendió aquella medida, desde luego, y no cabe duda de que le hirió y afectó en lo más hondo; pero nunca manifestó la menor queja ni irritación. Después de dedicar un tiempo al cuidado de sus propiedades, limitóse exclusivamente a empresas militares que por Nordeste llegaron otra vez hasta California, teniendo todas por finalidad el hallazgo de un paso conducente al Océano Pacífico. Durante varios años fue esta su más viva esperanza: comprendió desde el primer momento la importancia de una vía marítima, natural o artificial, que atravesara el Nuevo Continente, e invirtió grandes cantidades , empeñando incluso las joyas de su esposa, en el propósito. Todo ello en una época que sólo se preocupaba de los valores positivos y reales, lo que prueba la perspicacia y la grandeza de un hombre que sólo una incomprensión absoluta puede tildar de bárbaro. (Paul Herrmann)

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