LAS CRUZADAS
La orden del Temple



Jerusalén. Santo Sepulcro. Destruido en 1009 por el califa fatimita de Egipto

La Orden de los Templarios:
Fundada en Jerusalén en 1118 por Hugo de Payns y otros ocho caballeros franceses, con el nombre de pobres caballeros de Cristo. Su misión era proteger a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares. Más tarde, el rey de Jerusalén, Balduino II, los instaló en un palacio cercano al antiguo templo de Salomón, por lo que cambiaron su nombre por el de caballeros del Temple. Durante la época de las Cruzadas, los templarios participaron muy activamente en la defensa de Palestina, donde poseían numerosas fortalezas. Al mismo tiempo actuaron como banqueros de los peregrinos, por lo que obtuvieron grandes riquezas. Al ser expulsados los cristianos de Palestina, los templarios se retiraron a Chipre. En la península Ibérica se establecieron durante el siglo XII; primero en Cataluña, Aragón y Navarra. Tenían a su cargo la defensa de las fronteras y participaron en numerosas expediciones contra los musulmanes (conquista de Lérida, Tortosa, Valencia, Mallorca, etc.). A la muerte de Alfonso I el Batallador fueron nombrados herederos, junto con otras órdenes militares, del reino de Aragón; a cambio de su renuncia a la herencia recibieron diversas fortalezas. Todo ello contribuyó a que el predominio económico y social de los templarios fuera cada vez en aumento, de forma que en los siglos XIII y XIV eran dueños de extensos señoríos en la zona oriental de la Península. En el reino castellanoleonés se establecieron poco después que en Aragón, colaborando igualmente en la tarea de la Reconquista. Alfonso VII les concedió la fortaleza de Calatrava; colaboraron en la toma de Cuenca, en la famosa batalla de las Navas de Tolosa (1212) y en la conquista de Sevilla. En Francia, los templarios se habían convertido en banqueros de los reyes. Felipe IV el Hermoso, dedicado a apoderarse de sus bienes, convenció al papa Clemente V de que iniciase un proceso contra los templarios, acusándolos de impiedad (1307). El gran maestre de la orden, Jaques de Molay, y 140 miembros fueron arrestados. Considerados inocentes en el Concilio de Vienne (1311), Clemente V disolvió la orden y creó una comisión que reeprendió el proceso. Fueron condenados a prisión, pero el consejo real de Felipe IV los sentenció a muerte por relapsos. El rey se apoderó de sus bienes mobiliarios y entregó sus posesiones a los hospitalarios. En los otros países europeos no prosperaron las acusaciones, pero, a raíz de la disolución de la orden, los templarios fueron dispersados y sus bienes pasaron a la Corona (Castilla), a otras órdenes de nueva fundación (Montesa en Valencia y de Jesucristo en Portugal).

Cruzadas: DesembarcoEmporio marítimo:
La orden llegó a tener más de veinte mil miembros repartidos entre sus propiedades en Tierra Santa, y las extendidas por gran parte de Europa, producto de donaciones. Gracias a una buena gestión, producían todos los artículos que necesitaban en sus casas en tierra de infieles. Su riqueza creció hasta límites insospechados llegando a convertirse en importantísimos banqueros capaces, incluso, de conceder préstamos a reyes y nobles. Posibilitaron la circulación de una gran cantidad de plata por Europa en una época en que había cierta escasez de ese metal. La orden dispuso de suficientes recursos como para financiar la construcción de setenta iglesias y casi ochenta catedrales durante la Edad Media. Sus crecientes desplazamientos de mercancías, tropas y caballos precisaban hacerlos en barcos que para la ocasión alquilaban, pero llegó el momento en que la magnitud del volumen de transporte les inclinó a construir sus propios barcos, más adecuados a sus cargas específicas y siempre disponibles. Surgieron por lo tanto astilleros, además de buenos puertos y muelles en todos sus territorios costeros. Fue así como los mares se llenaron de carracas, de construcción sólida, equipadas con un armamento limitado porque se diseñaban principalmente para el transporte de mercancías. También eran numerosas las taridas, de gran casco apropiadas para la carga de tropas y su equipamiento, incluidos caballos. Y muy importantes eran las urcas y las naos para el transporte de pasajeros. De hecho, se calcula que el Temple transportaba unos seis mil peregrinos al año a Tierra Santa desde diversos puertos de Europa, y es comprensible que prefiriesen viajar en estos barcos ya que iban escoltados por galeras armadas que les protegían de la presencia de piratas sarracenos en el Mediterráneo. Autorizados y exentos de impuestos aduaneros por bulas papales, también se dedicaban al comercio de especias, tinturas, tejidos, porcelanas, cristales y lana. Esta importante flota operaba mayoritariamente en el Mediterráneo, la ida y vuelta a Tierra Santa era su ruta más importante siendo el puerto de Marsella el de más relevancia, En el Atlántico mantenían un importante tráfico con Inglaterra con La Rochelle como base a la que se llegaba gracias a una red de comunicación por tierra que lo unía con los puertos del Mediterráneo. Una mercancía procedente de Inglaterra o el Norte de Europa podía llegar hasta La Rochelle, ser descargada, trasladada por tierra hasta un puerto del Mediterráneo, embarcada nuevamente y llevada a Tierra Santa sorteando los peligros de las aguas del Estrecho de Gibraltar plagadas de piratas sarracenos. A lo largo del Sena dispusieron de una pequeña flota fluvial que conectaba sus casas convento. Sus barcos no estaban sujetos al pago de peaje y ni eran registrados.

En el Occidente europeo, la función militar fue sustituida por la económica, aunque en la península Ibérica la función fue doble; por una parte, intervinieron en las campañas de los reyes cristianos contra los musulmanes y, por otra, llevaron a cabo una serie de actividades económicas destinadas a sufragar la guerra en Tierra Santa... La Orden creció rápidamente en los primeros tiempos gracias a las donaciones de todo tipo: tierras, castillos, molinos, ciudades, iglesias, rentas, permisos de explotación. Con frecuencia, los bienes iban acompañados de personas, que ingresaban en la orden como frailes o como donados. También aumentaron el patrimonio con una política de concentración de tierras mediante permutas, compras, ventas y cualquier otro medio. Se constituyeron en explotadores modélicos de sus propiedades, ya que la tendencia a la concentración les permitía administrarlas de manera centralizada. El sistema de administración se basaba en las encomiendas y subencomiendas o dependencias. A menudo, sólo trabajaban directamente una parte de sus tierras, las más cercanas y sobre todo las más productivas. El resto lo cedían con diferentes tipos de contratos. (Carme Plaza)

Jacques de MolayJacques de Molay (1243-1314):
Ultimo Gran Maestre de la Orden de los Templarios. Esta había llegado, entre el siglo XIII y el XIV, a la cima de la potencia económica (con los templarios se había iniciado el gran tráfico bancario y en sus castillos se custodiaban los tesoros de reyes y de príncipes) y de la influencia política (a través de las empresas militares, las vastísimas posesiones territoriales, el mismo poderío económico). Su ostentosa independencia frente a la Iglesia y el Estado determinó un fácil acuerdo entre Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, y el papa Clemente V (ya en Aviñón y, por consiguiente, bajo directa "protección" del rey). Llamado con un pretexto a Francia desde Chipre, donde residía, Molay fue detenido a traición en 1307 y sometido al escandaloso proceso de herejía que Dante selló con versos famosos (Purgatorio, XX 92 y sgs.) y que determinó la supresión de la Orden. Obligado por la tortura a confesar las culpas más infamantes, ante la hoguera se retractó valerosamente, citando al rey y al Papa ante el tribunal de Dios. La muerte en el mismo año de uno y de otro pareció reforzar la convicción pública de que había sido víctima de una enorme injusticia. (G.P.)

Detención de los templarios:
Felipe IV presentó ante el papa una denuncia contra la Orden el Temple conformada por 127 puntos entre los que destacaban la posesión de más poder y riqueza que la Iglesia, la toma de juramentos a sus miembros para defender y enriquecer a la Orden a toda costa, las relaciones clandestinas mantenidas con los musulmanes, ritos de iniciación en los que se obligaba a los neófitos a cometer sacrilegio contra la Cruz, asesinato de los que revelaban secretos de la Orden, profanación de los sacramentos y eliminación de palabras en la Consagración de la misa, sodomía y adoración de ídolos paganos como el del misterioso Bafomet. El viernes 13 de octubre de 1307 el rey Felipe IV ordenó detener a todos los caballeros templarios que estuviesen en el territorio francés. Y su mandato se cumplió, simultáneamente, en todos las propiedades templarias de Francia donde se practicaron diversas detenciones. Felipe IV intentó convencer a otros monarcas para que se secundaran sus intenciones; algunos dieron crédito a sus escandalosas noticias sobre el “depravado” comportamiento de los templarios, a otros les pesó mucho más el prestigio del Temple que las denuncias de un rey corrupto. Siete años duró el proceso que finalmente terminó con muchos caballeros en la hoguera y la disolución de la orden.

Feijoo, Voltaire y Scott:
Voltaire (principalmente en Essai sur le moeurs), reconoce también la responsabilidad directa del Rey de Francia en el proceso, pero inculpa igualmente al papado y a sus inquisidores, ya que actuaron con gran severidad contra los templarios. Aunque Voltaire está ideológicamente en contra de las órdenes militares, acepta la inocencia de los templarios, por los que, sin embargo, no siente ninguna simpatía. El análisis crítico que realiza de los motivos de su condena está dirigido, más que a proclamar su inocencia, a condenar la actuación del Papa y los tribunales eclesiásticos, hecho que acentía su vena anticlerical. Para Walter Scott los templarios son unos personajes siniestros y malvados, y en buena parte comulga con las acusaciones del proceso. Los motivos de la aversión de Scott a la Orden hay que buscarlos en referentes extraliterarios. Scott era un antirrevolucionario contrario a la Revolución Francesa, a la que se relacionaba con las conspiraciones de los masones y, naturalmente, de sus antepasados los templarios (en el siglo XIX, algunos de los movimientos francmasones ya habían incorporado el templarismo a su doctrina). Era natural, por lo tanto, que un novelista admitiera la culpabilidad de los templarios, puesto que éstos podían estar en el origen de los movimientos revolucionarios. (Joan Fuguet y Carme Plaza)


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