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Argentina:
Las dos partes de la flota de Pedro de Mendoza (1499-1537) se reunieron en la isla de San Gabriel. Diego de Mendoza había salido antes de Río de Janeiro, y llegados a la orilla meridional del estuario, junto a la desembocadura del Riachuelo, fudaron una ciudad con el nombre de Nuestra Señora del Buen Aire.
El país estaba poblado por indios guaraníes, que pronto se mostraron hostiles. Faltaron los alimentos y Mendoza envió a Gonzalo de Acosta hacia el Brasil y a Ayolas por el Paraná. Este fundó el 15 de junio el fuerte de Corpus Christi. Buen Aire fue atacado por los indios, que llegaron a derrotar a los españoles en el río Luján, muriendo el hermano del gobernador y muchos más. Después pusieron sitio a la ciudad, que sufrieron mucho por el hambre hasta la llegada de Ayolas. Juntos abandonaron Buen Aire para refugiarse en Corpus Christi. Unos 200 expedicionarios murieron de hambre en el camino. Cerca del fuerte Mendoza edificó otro en septiembre de 1536, que llamó Nuestra Señora de Buena Esperanza.
Francisco del Puerto, grumete huérfano:
Paquillo era un chico de la calle. Dormía en las plazas y comía la sopa boba que brindaban los conventos a los menesterosos. En un sofocante día del estío de 1515 el niño formaría parte de la multitud que se agolpara en el Puerto de Sevilla. El acontecimiento convocante, tres carabelas y todo lo que tan portentosas embarcaciones conmocionaban la imaginería popular. Un mendigo y una desenfadada meretriz, anunciaban que el capitán era Solís y que se dirigía a las Molucas y a las Indias, que la expedición había estado preparándose durante años con gran discreción y que las tierras a descubrirse pertenecían a España, la que debía guardar sumo recelo de la codicia de Portugal. Es, en tales circunstancias, en las que aparece en el libro la primera descripción del menor: "Pendiente de sus palabras estaba un desharrapado chicuelo que se había deslizado hasta la primera fila del grupo. Vestido de harapo y descalzo de pie y pierna, su camisa hecha jirones dejaba ver que si el sol andaluz le había curtido y tostado la cara y las extremidades, el resto de sus carnes era totalmente dorado como la piel del melocotón."
Pronto veremos al chiquillo embarcarse en La Portuguesa. El barco sería su hogar y el mar, que al decir del capitán Caillet-Boix hace de los niños hombres y de los hombres héroes, su escuela. Ganaría con denuedo y pasión el honor de ser aceptado en la tripulación: "El rapaz andaba hambriento y casi desnudo porque ya no hallaba tiempo para recorrer las plazas en la hora del mercado para ver de cobrar alguna manducatoria..." Se la pasaba al pie del muelle día y noche asistiendo en cuanto podía los requerimientos de las naves. Una mañana, con los últimos aprestos mediante, Paquillo no pudo esperar más a ser reconocido por sus esfuerzos, interceptó al maestre que llegaba para casi suplicarle que lo enrolara. "En esto quiso su buena suerte que se acercase Rodrigo Rodríguez:
-¡Hola, almirante! -exclamó el criado de Solís-.
¿Todavía no se te ha quitado de la cabeza la idea de ser marino?
-¡Ni se me quitará! -replicó el chico.
-Pues si el maestre quisiera, yo te tomaría para enseñarte el oficio.
-Si es sin soldada... -dijo García.
-A poder, pagara yo encima -afirmó el arrapiezo.
-Pues si Rodrigo te toma bajo su protección, y tu tienes tanta voluntad, no hay más que decir, embarca. Serás grumete de La Portuguesa.
La travesía del Atlántico de la flota de Juan Díaz de Solís fue una de las más apacibles que registrara la época de la conquista. En las horas de ocio, Paquillo no dejaba de maravillarse de cielo y mar, ni de aprender las artes marineras, ni de asombrase de los fabulosos relatos de aventuras corridas por los hombres de mar. Ese era el destino que le esperaría; no más colas en la puerta del convento, ni humillante pasar mendicante, desde ahora su vida tendría un sentido que lo intuía de gloria. Y claro está, la gloria exige sacrificio. Sería secuestrado por charrúas y querandíes en la costa uruguaya, en una artera emboscada en la que incluso entregaría su alma a estas tierras el gran "armirante" de Lepes. Sacrificio: sacrificar significa hacer sagrado. Payró dedica unas palabras llenas de emotividad al niño sin dueño, al chico cimarrón: "Pero, símbolo o vaticinio, el adolescente, el tierno vástago del árbol secular, Francisco del Puerto, cautivo de los indios, quedaba a las orillas del Mar Dulce, donde reverdecería y crecería, como tronco apenas recordado de la primera anónima rama de criollos del Río de la Plata".
(Ricardo Garavito. www.lacelesteyblanca.com/canalricardo.htm)
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