Religión
Iglesia católica en España



España: Iglesia católica:
La Iglesia y la reconciliación en la posguerra:
No es cierto que la guerra la perdieran todos los españoles; hubo algunos que la ganaron. Pero en la medida en que era imposible reparar aquel desgarro en el corazón de la patria sin que todos los españoles reconocieran la necesidad de reconstruir la comunidad moral en que consiste toda sociedad, la guerra supondría una quiebra irreparable para todos los españoles. Intentos hubo de reconstruir esa comunidad moral: la Iglesia católica, bajo cuyo control quedaron todas las conciencias individuales y la moral colectiva desde el día siguiente a la victoria de Franco, puso manos a la obra de la "catolización íntegra de la sociedad" con un renovado espíritu de cristiandad. El Estado habría de definirse como católico y la sociedad quedaba obligada a cumplir los preceptos morales de la Iglesia. De esta manera, lo que había sido un tajo profundo que interrumpía y quebraba una historia se convirtió en desgarro permanente: los vencedores excluyeron de la comunidad moral reconstruida por la Iglesia a los perdedores, entre los que se encontraban no ya la clase obrera organizada en sindicatos, sino toda la tradición anarquista, socialista, republicana y liberal que había sido el soporte social y cultural de la República.

Lectura moral del alzamiento militar y enfrentamiento civil:
Fueron, ante todo, los obispos quienes presentaron al mundo la guerra civil como nueva versión del trágico y fatal enfrentamiento de las dos ciudades de San Agustín. En su intento de mostrar al Vaticano y al mundo católico la imposibilidad de una mediación internacional que permitiera iniciar negociaciones de paz bajo los auspicios de las potencias europeas, los obispos interpretaron la guerra como una conmoción tremenda, producto de dos ideologías irreconciliables, una española, que encarnaba el espíritu nacional; otra extranjera, inoculada desde fuera en la vida del Estado. La única nación española, racial y auténtica, madre de naciones, contra una España extranjera, laica, que no era en verdad España: en estos términos comenzó a recitar la Iglesia la historia de las dos Españas. Fuese el virus de origen francés, como sugería el obispo de Salamanca, o procediera de Rusia, como afirmaba la Carta Colectiva del Episcopado, la consecuencia era idéntica: no existía posibilidad alguna de pacificación. La guerra civil devino así "guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra", una cruzada, una obra de redención, y la sangre derramada era como sangre de mártires, el tributo necesario para hallar el camino de la resurrección. Al no poder terminar más que con la victoria de la cruz, la guerra fue necesaria en su origen; hasta tal punto lo fue que se tendrá como un designio de la providencia. (Santos Juliá)

Mengua de la España católica en la posguerra:
A pesar de una educación en colegios regentados por órdenes religiosas, la cuestión religiosa no parece haberles inquietado en absoluto [a los pensadores de después de la generación del 98]. Tal vez Azaña no fue prudente al proclamar en las Cortes de la República que España había dejado de ser católica, pero algo muy parecido escribía poco antes el cardenal Vidal i Barraquer al cardenal Pacelli: Exceptuada alguna región del Norte, hemos de confesar que la España católica, tal como hasta ahora se ha considerado, no respondía a la realidad verdadera del estado social. Habiendo sido tan abrumadora la presencia de órdenes religiosas y contando con unas instituciones educativas por las que pasaban los retoños de las clases medias, es sorprendente hasta qué punto sea laica la cultura mayoritaria en las principales ciudades. La Iglesia había perdido de antiguo a la clase obrera, pero su influjo sobre el sector de la clase media que protagonizaba esa auténtica revolución cultural era realmente nulo. Su posición al finalizar la II Guerra jamás habría podido ser la que resultó de la guerra civil: el Estado español no habría firmado nunca con el Vaticano un concordato que se aproximara ni de lejos al que estuvo en vigor desde 1953. Fue la guerra civil, no el curso normal de la historia española, lo que dejó todo el terreno del debate público bajo el control de la Iglesia y lo que permitió a un intelectual católico escribir que en España prácticamente todos los escritores de nuestra generación- todos los que después de la guerra quedamos aquí, pero también muchos de los que se fueron- hemos sido católicos.

Traslados del padre Escrivá de Balaguer (1936-1939):
Se refugió en casas particulares y en la Embajada de Honduras, de donde viajó a Valencia para organizar una marcha desde Barcelona pasando a Francia a través de Andorra. En 1937 Albareda entró en el Opus Dei. Su padre y su hermano habían sido fusilados en Caspe y otro hermano suyo se disponía a pasar a pie la frontera. Estuvieron cinco días en los bosques de Rialp, coronaron después el monte Obens, descendieron por la otra vertiente, cruzaron ríos, estuvieron a punto de ser descubiertos varias veces y siempre andando de noche, llegaron finalmente a Escaldes, en Andorra, el día 2 de diciembre de 1937. En Burgos amplía la redacción de las Consideraciones espirituales que darían lugar a Camino. Añade algunas máximas que pueden sonar bélico-religiosas: La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. | ¡La guerra! -La guerra tiene una finalidad sobrenatural -me dices- desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros... La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas. | Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar. Sostienes la guerra, las luchas diarias de tu vida interior, en posiciones que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. | El fervor patriótico, indudable, lleva a muchos hombres a hacer de su vida un "servicio", una "milicia". No me olvides que Cristo tiene también "milicias" y gente escogida a su "servicio". Albareda trabajaba en la Secretaría de Cultura de la Junta Técnica donde se encontró con Ibáñez Martín, un encuentro de grandes consecuencias para el ulterior desarrollo del Opus Dei y su papel en la España de la posguerra. La primera edición de Camino, fechado en Valencia MCMXXXIX, tiene el Imprimatur de 8 de septiembre de 1939 firmado por su compañero de tertulia Antonio Rodilla. Al terminar la máxima 999 dice: Se acabó de escribir este libro en Burgos, día de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María, año de 1939, III Triunfal. Año de la Victoria. Finalizada la guerra abre en Madrid una residencia que reúne a los estudiantes que antes de la guerra vivían en la residencia de Ferraz. Allí vive también Albareda que pronto es nombrado secretario general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la base del futuro imperio universitario del Opus Dei. En 1940 obtiene la aprobación inicial del obispo de Madrid-Alcalá y patriarca de las Indias Occidentales, monseñor Eijo Garay. Recibe la aprobación definitiva cuando Pío XII dicta la Constitución Apostólica "Provida Mater Ecclesia" que regula los institutos seculares (1947).

Nacionalcatolicismo:
La Iglesia controlaba, con el apoyo del Estado, determinadas parcelas de la vida política y social española. Su influencia se dejaba sentir en las decisiones del Consejo de Ministros, compuesto, según el momento, de distintas familias del régimen en proporciones determinadas personalmente por el Jefe de Estado. Gran parte de la educación y la moral pública quedaban en manos de la Iglesia, que actuaba en la censura cultural e imponía sus normas sobre determinados comportamientos sociales. Sus raíces están en los intelectuales tradicionalistas —Menéndez y Pelayo o Vázquez de Mella— que identificaban la nación española con el catolicismo (ser español es ser católico). La carta de los obispos de 1937 apoyando a las fuerzas de Franco y la influencia de la Asociación Nacional Católica de Propagandistas (ANCP) sirvieron para imbricar Estado e Iglesia católica, en especial después de la derrota de los fascismos en la II Guerra Mundial, en los cuales el franquismo había centrado su apoyo internacional en la defensa de los valores religiosos católicos. Imbricación que culminaría en el Concordato de 1953.

    El Concordato (27 agosto 1953):
    El ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, Fernando María Castiella, su embajador en el Vaticano y monseñor Domenico Tardini, prosecretario de Estado para Asuntos Extraordinarios, firmaron un Concordato al que sucesivos acuerdos y las transformaciones políticas operadas en España vaciaron luego de contenido. Constaba de 36 artículos y un protocolo final. Su artículo primero especificaba que 'la Religión Católica, Apostólica, Romana, sigue siendo la única de la nación española...'. En el segundo proclamaba que el Estado español reconoce a la Iglesia el carácter de sociedad perfecta.... Confirmaba el viejo sistema de presentación de obispos mediante el cual el jefe del Estado proponía seis nombres de los que el Vaticano elegía a tres y el Estado designaba a uno. Refrendaba la oficialidad de la religión católica, el valor civil del matrimonio canónico, la adaptación de la enseñanza al dogma católico, la intervención de los obispos en materia de censura cuando se tratara de asuntos de fe, la enseñanza religiosa obligatoria, el sostenimiento económico del clero, la exención de impuestos y el restablecimiento de los viejos fueros en cuanto a la jurisdicción de los tribunales de justicia.

A partir de la década de 1960, cuando se produjeron cambios sociales y económicos, ciertos sectores de la Iglesia se desmarcaron del régimen y algunos sacerdotes, obispos y organizaciones obreras se le enfrentaron directamente, conectando con la oposición política. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965), las actuaciones de grupos ligados a la Iglesia católica muestran más abiertamente su distancia con el régimen. La relación entre el Estado y la Iglesia dejó de ser tan estrecha como en el pasado, aunque la posición de privilegio legal del catolicismo no terminó hasta la Constitución de 1978.

Triste España de Caín. Miguel de Unamuno:
[El sino español asociado de forma determinante al papel de la Iglesia].
[No hay referencias a la monarquía, Poder Judicial, militares, obreros...].
Un trozo de planeta por el que cruza
errante la sombra de Caín.
(Antonio Machado)

¡Ay, triste España de Caín, la roja
de sangre hermana y por la bilis gualda,
muerdes porque no comes, y en la espalda
llevas carga de siglos de congoja!
Medra machorra envidia en mente floja
-te enseñó a no pensar Padre Ripalda-
rezagada y vacía está tu falda
e insulto el bien ajeno se te antoja
Democracia frailuna con regüeldo
de refectorio y ojo al chafarote,
¡viva la Virgen!, no hace falta bieldo.
Gobierno de alpargata y de capote,
timba, charada, a fin de mes el sueldo,
y apedrear al loco Don Quijote.
(Unamuno)

La más ignorante:
[En 1782 Masson de Morvilliers afirma en la Encyclopedie méthodique que las fuerzas del oscurantismo hicieron de España “la nación más ignorante de Europa”. En 1876 Menéndez Pelayo contesta a la idea retomada por De la Revilla. Ni éste ni Luis Cañuelo (1872)] negaban la excelencia de los artistas y escritores españoles, sin los que la cultura europea no sería lo que es; su reflexión, su coincidencia parcial con Masson, se refería a la ciencia y, en concreto, a la ciencia experimental, sobre la que Europa estaba construyendo su progreso material al mismo tiempo que su pecado, el sometimiento de los pueblos de ultramar. Era en este punto preciso, en la ciencia experimental, en el que España se encontraba a una insalvable distancia de Europa. La otra posición, la que defenderían Juan Pablo Forner y Menéndez Pelayo, contradecía esta conclusión por la vía de minimizar la ciencia experimental frente a la que consideraban la más importante de todas las ciencias, la ciencia de Dios, en la que España había destacado a lo largo de los siglos. (J.M.Ridao) Cañuelo satiriza la situación en De la congoja de no poderme hacer entender de aquellos bárbaros. Dos personajes encuentran un reloj y se aplican a comprender su funcionamiento. Mientras que uno lo hace argumentando que la materia de la que está hecho el reloj tenía en potencia su forma y que, cuando esta se une a la materia convirtiéndola en un reloj en acto, entonces el reloj ya puede marcar las horas porque “tiene una virtud indicativa de ellas”, el otro descubre que el mecanismo del reloj esconde un muelle comprimido que, al expandirse, mueve la rueda catalina, responsable de que la aguja horaria y el minutero vayan avanzando parsimoniosamente por la esfera.


Beatificaciones de mártires de la fe durante la guerra civil:
[...] Pero esa misma Iglesia que beatifica a sus muertos debía recordar que fue ella -sus cardenales y obispos, sus sacerdotes y religiosos, los militantes de sus organizaciones seglares- la que bendijo y empujó la mano de otros asesinos, de otros verdugos, con el propósito de exterminar a quienes no eran católicos, a quienes no habían cometido más error ni otro crimen que el de ser laicos, masones, socialistas, sindicalistas, republicanos, comunistas. Fue ella, en la persona de sus obispos, la que escribió aquellas tremendas pastorales que legitimaban y expresamente demandaban la aniquilación de la hidra de las siete cabezas, de la horda asiática, del ejército de los hijos de Caín, que eran, entre otras, algunas de las expresiones con las que aquella Iglesia definía, con el resultado que se puede suponer, a otros españoles cuyo sacrificio jamás podrá elevarse, sin embargo, al rango de martirio. Ahí han quedado, para quienes no deseen perder la memoria, las cartas pastorales que excitaban a la muerte, que jamás pidieron clemencia; ahí, los saludos de cardenales y obispos y canónigos y sacerdotes con el brazo en alto a la usanza fascista; ahí, las incitaciones a la violencia asesina en sermones y en la imposición de los célebres detentes. [...] Lo mejor que puede hacerse con ellos es dejarlos en paz, respetar su muerte inútil, tender, como pidió el presidente Azaña -ningún obispo, por cierto, ningún obispo-, un manto de piedad sobre sus cadáveres que la tierra ha hermanado ya en su destino final. En ese propósito, la Iglesia debía tomar la delantera y dejar en paz a sus propios muertos porque esa es la única forma de respetar la paz de todos los demás. Incluso de los que ella misma empujó a la muerte bendiciendo el brazo de sus asesinos.(Santos Juliá, Morir de fe, 1990)

La Iglesia y la Guerra Civil en Tenerife:
El obispo de la diócesis tinerfeña, fray Albino González y Menéndez Reigada, tomó partido por el Movimiento Nacional y su presencia notoria en todos los actos públicos, aún en los de carácter político, que se celebraban iniciales de la guerra civil. Asimismo, en sus intervenciones en los templos y en escritos diversos, dedica palabras elogiosas al nuevo régimen y no duda en levantar la mano, en saludo fascista, en una misa de campaña celebrada en Santa Cruz de Tenerife, junto con el oficiante de las misma. En 1942, la Imprenta Católica publica un breve texto, firmado por fray Albino y titulado El Papa y España, en el que entre otras cosas, dice: "El Papa cree que nuestro pueblo volverá a llevar en el mundo la misión para la cual la destinó la divina providencia", Y afirma que tenía que ser así, "como fruto y premio abundantísimo de inmenso sacrificio realizado por el pueblo español, por Dios y por la patria, la España católica en nuestro glorioso movimiento". En otro lugar de este documento añade: "... tras la pérdida de Gibraltar, las sucesivas derrotas de nuestra escuadra hasta quedar totalmente deshecha en Trafalgar, la consiguiente pérdida de las colonias, la creación de la lotería... la invasión napoleónica con la consiguiente pérdida de inmensos tesoros artísticos y de todo género, guerras civiles y motines y sublevaciones a granel, los desastres infinitos de la Primera República, pérdida de los últimos restos de nuestro imperio colonial, pérdida del sentido unitario de la patria, generación del 98 renegadora de España y de todo lo español, europeización total en el vestir, en el pensar, en el hablar..., con la generación del repudio de todo lo español, sicología de colonia y eclipse cuasi total de la personalidad de España, con la Segunda República y ... delirium tremens de mortal agonía, de los que nos vino a sacar milagrosamente nuestro glorioso Movimiento". Fray Albino marchó a Córdoba en 1946, después de veinte años de obispado en Tenerife. (Gilberto Alemán)


[ Inicio | Sociedad | Cisneros | Heliocentrismo | Galileo | Judea | Israel | Palestina | Fundamentalismo ]