HISTORIA
EXPEDICIONES
El paso del nordeste



Rompehielos Sampo El paso del nordeste (1930):
La ruta marítima septentrional:
Los exploradores occidentales confiaron durante mucho tiempo, aunque sin lograrlo, el poder abrir el paso del nordeste de Europa a Oriente, desde el Atlántico norte hasta el Pacífico a través del mar Artico y el estrecho de Bering. El éxito de la URSS, a partir de 1930, en lograr la apertura de esta ruta marítima septentrional, se logró mediante notables esfuerzos y sin escatimar gastos, y sobre todo, por razones de prestigio. Estaba en dependencia el desarrollo tecnológico y recibió una ayuda modesta por parte de la naturaleza, debido a que, entre los años 1920 y 1940, los mares árticos elevaron algunos grados la temperatura de sus aguas. En 1932 se demostró por vez primera la viabilidad de la ruta al efectuar su primera travesía sin interrupción el rompehielos Sibiryakov. Los terminales de la ruta son, en el oeste Murmansk y Arkhangel, y en el este los puertos soviéticos del Pacífico, especialmente Vladivostok, con una distancia intermedia de unos 11.270 km. La navegación se limita a los períodos estivales de aguas abiertas en los mares que flanquean las costas del Artico y del Pacífico en la URSS. La estación se prolonga durante cuatro meses en el oeste, y tan sólo tres en el este. Las expediciones marítimas tienen que estar altamente organizadas y colaboran en ellas estaciones meteorológicas costeras, con aviones de reconocimiento que vuelan anticipadamente para volver con información sobre las condiciones del hielo, así como rompehielos, algunos con energía nuclear, que ayudan a mantener despejado el canal para el convoy de varios centenares de buques de carga especialmente preparados. Tan sólo se puede realizar una expedición en cada estación, pero los submarinos pueden navegar bajo el hielo durante todo el año, y gracias a ello desplazarse libremente entre los océanos Atlántico y Pacífico. Hasta ahora, el mar septentrional sigue siendo virtualmente una vía fluvial interior de la URSS.


Mapa de Nicolo Zeno (1558) Muestra Islandia, la costa noruega y el límite conocido Tres siglos de expediciones:
La primera se organizó en 1523, bajo la dirección de Francisco Sebastián Cabot, y componíase de tres buques, al mando del malogrado sir Hugh Willoughby, que pereció en Laponia con toda la tripulación. Uno de sus tenientes, Chancellor, fue al principio más feliz y pudo abrirse camino directamente por los mares árticos, entre la Mancha y Rusia; pero él también debía naufragar y perecer en una segunda tentativa. Un capitán enviado en su busca, Stephen Borough, consiguió franquear el estrecho que separa Nueva Zembla de la isla Waigate, penetrando en el mar de Kara; pero los hielos y las brumas le impidieron ir más lejos... Dos expediciones intentadas en 1580 fueron igualmente infructuosas. Mas no por eso se desistió del proyecto quince años más tarde. Esta vez fueron los holandeses los que organizaron sucesivamente tres expediciones al mando de Barentz para buscar el paso nordeste; pero Barentz pereció en 1596 en los hielos de Nueva Zembla... Diez años más tarde, Henry Hudson, enviado por la Compañía Holandesa de las Indias, fracasa en su empresa del mismo modo después de tres expediciones sucesivas... Los daneses no fueron más felices en 1653. En 1676, el capitán John Wood sufre la misma suerte. Desde entonces, juzgándose irrealizable la empresa, todas las potencias marítimas renuncian a ella... Rusia persistió, porque le interesaba muchísimo, así como a todas las naciones septentrionales, hallar una vía marítima directa entre sus costas y la Siberia. En el espacio de un siglo no han enviado menos de dieciocho expediciones sucesivas para explorar Nueva Zembla, el mar de Kara y las regiones orientales y occidentales de Siberia; pero si esas expediciones dieron a conocer mejor aquellos parajes, también se reconoció la imposibilidad de abrir un paso continuo por el gran mar Artico. El académico van Baër, que intentó la aventura por última vez en 1837, después del almirante Lütke y Pachtusow, declaró públicamente que aquel océano no es mas que un simple glaciar tan impracticable para los buques como puede serlo un continente. (Julio Verne. El Naufragio del Cynthia)

Embarque viaje Ultimos días de la expedición de Willoughby:
La bahía en la que habían decidido invernar pronto se transformó en un desierto desolado. La pesca era imposible debido al espesor del hielo, y con las primeras nieves desaparecieron los animales salvajes. Incluso las aves, conscientes de la proximidad del invierno, migraron a unos climas más cálidos. Pronto los témpanos de hielo atraparon primero y luego oprimieron a los barcos, y no hubo escapatoria. La tripulación estaba cada día más hambrienta, y Willoughby envió partidas en busca de alimentos, de gente, de ayuda. Sir Hugh escribió: "Enviamos tres hombres en dirección sud-sudoeste, en busca de gente, pero no pudieron encontrar a nadie".Un último equipo de exploradores confirmó lo que Willoughby había temido, que estaban aprisionados en un desierto deshabitado. Transcurrieron más de cinco años antes de que un buque que partió de Inglaterra en su búsqueda descubriera por fin lo que les había sucedido al Bona Esperanza y al Confidentia. Al penetrar en la bahía donde Willoughby decidiera invernar, los navegantes que acudían con la intención de rescatarle tropezaron con los cascos fantasmales y deteriorados de las dos naves, que habían acabado sus días como osarios. Los últimos y sombríos meses de las tripulaciones siguen envueltos en el misterio, pues Willoughby, roído por el hambre, dejó de efectuar las anotaciones cotidianas en el diario de navegación. (Giles Milton)

Tercer viaje de Barents (1596):
Poco después de pasar Nueva Zembla quedó bloqueado por el hielo no muy lejos de donde se había bloqueado durante su primer viaje en 1594. La nave resultó dañada y con ella construyeron una casa en la orilla, donde pasaron el invierno. Barents dibujó unos mapas muy precisos que serían aprovechados por Nordenskiöld en su exitoso viaje (1878-1890). En primavera, con sólo dos bajas por el escorbuto, retomaron el camino hacia el sur en dos botes. El 20 de junio Barents murió y fue enterrado en Nueva Zembla. El resto del grupo alcanzó la costa del continente a finales de agosto, donde, por azar, fueron rescatados por una nave comandada por Corneliszoon Riip. Marino que había partido con Barents y se había separado para explorar la isla de Svalbard.

Pedro el Grande El estrecho de Bering:
El estrecho tiene 92 km de ancho entre el cabo Dezhnev (llamado a así en honor del descubridor del estrecho en 1648) y el cabo Príncipe de Gales, en la península Seward, en Alaska. Las aguas son muy poco profundas (60 m en el umbral) y, en tiempos remotos, antes de derretirse los últimos hielos interiores, existía una extensión de tierra que unía ambos continentes. El estrecho conecta el océano Artico con el mar de Bering, delimitado por las islas Aleutianas, en la región más septentrional del océano Pacífico. La zona nordoriental de este mar rara vez sobrepasa los 100 m de profundidad. El estrecho de Bering debe su nombre a Vitus Johansen Bering (1681-1741), oficial ruso de origen danés que, en 1724, fue nombrado por Pedro el Grande jefe de una expedición que debía determinar si existía o no comunicación por tierra entre Asia y América del Norte. Bering Partió de San Petersburgo y atravesó Siberia hasta la península de Kamchatka, de donde zarpó en 1728. Navegó por el estrecho en dirección norte, a lo largo del litoral siberiano, pero no encontró tierra hacia el este y, por ello, no pudo establecer con certeza si los continentes estaban completamente separados.

Nave San Pedro, bajo el mando de Bering (1741) Segundo viaje (1733-1741):
Después de varios años de preparativos, realizó un nuevo intento saliendo de Petropavlovsk, en Kamchatka, siguiendo en esta ocasión un rumbo más oriental, a bordo de las naves San Pedro y San Pablo. En 1741 alcanzó la costa meridional de Alaska, tras lo cual emprendió el viaje de regreso a lo largo de la línea de las islas Aleutianas, descubiertas también en esta expedición. Un temporal le obligó a detener la nave en la que posteriormente se llamaría isla de Bering, donde el explorador murió el 10 de diciembre, víctima del escorbuto. El resto de la expedición logró regresar a Kamchatka al año siguiente, construyendo una embarcación con los restos del San Pedro, varado tras chocar con un arrecife. Pudieron pasar el invierno gracias a la caza de leones marinos, focas, morsas y vacas marinas. El naturalista alemán Steller fue de gran ayuda al recolectar plantas para evitar el escorbuto en lo posible. Fue también un acierto el tipo de cabañas semisubterráneas en las que lograron preservarse del frío. Gracias a Bering las tierras a ambos lados del estrecho pasaron a ser territorio ruso.

En 1867 Rusia vendió Alaska a los Estados Unidos por 7.200.000 dólares. El secretario de Estado norteamericano William H. Seward, que había llevado a cabo las negociaciones, recibió duras críticas por haber comprado "una gigantesca nevera"; sin embargo, la gente no tardó en descubrir el inmenso caudal de recursos naturales de Alaska; madera, piel, salmón y, más tarde, oro, aceite, gas natural, etc. Pero, por encima de todo, se reconoció la importancia vital que tuvo el que los rusos hubieran perdido su único enclave en el continente americano.


Los rusos en tiempos de Pedro I y Catalina II:
Existen en algún sitio del norte del Océano Pacífico, no lejos del Círculo Ártico, dos pequeños islotes, el Gran Diomedes y el Pequeño Diomedes, separados 5 kilómetros uno de otro y por la línea internacional del cambio de fecha; el segundo es norteamericano y el otro es ruso. Son los últimos puestos fronterizos que separan a dos gigantes que se observan. Basta echar una mirada al mapa para comprender el interés que ambos países tienen por estas regiones polares. Los norteamericanos no se dieron cuenta de la importancia del Ártico hasta el siglo pasado; su «vocación polar» es reciente. No sucede lo mismo con los rusos, que ya en 1948 festejaron el tricentenario de los descubrimientos del cosaco Dezhnev. «Más que cualquier otro país -se lee en la memoria presentada en 1902 al Ministerio de Hacienda ruso por el gran químico Mendeleiev-, Rusia está llamada a desear la verdadera conquista de los hielos polares».

    En 1724, el zar Pedro I el Grande llamó a uno de sus mejores navegantes, el danés Vitus Bering, a San Petersburgo, para pedirle ayuda en el intento de dibujar la carta de Siberia. Bering partió con dos oficiales y treinta hombres, con la orden de hallar un «establecimiento europeo». El zar murió a comienzos de 1725 pero el Senado dio cumplimiento a sus órdenes; Bering partió, pues, hacia Okhotsk, vía Yakutsk, a donde llegaría a mediados de 1726. Este viaje constituía ya una hazaña; a través de inmensas extensiones de nieve, de marismas, de ríos, de estepas, fueron, transportadas toneladas de material a veces a hombros o en carros, a caballo y en trineos que servían a los exploradores rusos para reconocer los territorios descubiertos. Ya en la costa, se construyeron dos pequeñas naves con las que Bering llegó a la península de Kamchatka y se instaló en la costa este; descubrió la isla de San Lorenzo y los dos islotes Diomedes. En contra de la opinión de Chirikov, que le acompañaba, Bering rehusó arriesgarse más hacia el Norte y, habiendo reconocido, a pesar de la niebla, que un estrecho separaba los dos continentes, dio orden de regresar. Cincuenta años más tarde, el capitán Cook seguiría el mismo camino, pero con la diferencia de que tendría la suerte de ver levantarse el velo de bruma y poder así contemplar las dos puntas de Asia y América. Después de una tentativa de llegar a las costas americanas, que fracasó a causa de una tempestad, Bering regresó a San Petersburgo en 1730 y presentó su informe al gobierno, pero al observar éste que Bering no había cumplido su misión, "navegar hasta encontrar un establecimiento europeo", se negó a pagarle el salario convenido. Bering realizó otra expedición en 1741, en la que descubrió la isla que lleva su nombre y donde invernó, muriendo él y dos tercios de la tripulación a consecuencia del escorbuto.

Mientras tanto, por tierra y hacia 1733, se organizaron expediciones que, descendiendo por el Lena en trineo, exploraron el litoral del mar Glacial. Dos nombres destacan: el de Laptev de 1736 a 1740, y el de Prutchitchev en 1735 y 1736. Finalmente, en 1742, Tcheliuskin alcanzó la extremidad norte de Asia llegando al cabo que hoy lleva su nombre. Unos cuarenta años más tarde Catalina II se propuso continuar los proyectos de Pedro I el Grande, impaciente como aquél por situar su inmenso país al nivel de la civilización europea. Pero como la misma Catalina sólo conocía imperfectamente las vastas provincias de su dilatado imperio, uno de sus primeros pensamientos fue ejecutar simultáneamente, en toda la extensión del Imperio, una exploración perfectamente organizada, cuyo plan redactó la Academia Imperial, y designó de su propio seno los miembros que debían componerla. Ésta comenzó en 1768 y duró hasta 1774. Los encargados de practicarla fueron Samuel Gmelin, Pallas, Geergi, Falk, Lepekhin y Guldenstoedt, cada uno de los cuales era jefe de una expedición distinta, a la que se agregaron tantos auxiliares y ayudantes como tan vasta empresa merecía. Pallas estuvo encargado de completar en la Siberia las observaciones llevadas a cabo por Jorge Omelin, padre del que formaba la expedición. La exploración de los países caucásicos fue encomendada a Guldenstoedt. La emperatriz quiso que el reconocimiento náutico del litoral marchase a la par que la exploración de las provincias, y navegantes rusos, igualmente provistos de instrucciones de la Academia de las Ciencias, practicaron el reconocimiento de gran parte de la costa siberiana, desde la gran isla de Nueva Zembla hasta las riberas del mar de Okhotsk. Debemos advertir, sin embargo, que estos reconocimientos no cambiaron notablemente la forma de la costa septentrional de Asia, cuyo con torno se ve ya en el mapa de d’Anville, excepto pequeñas modificaciones de detalle que encontramos en los mejores mapas rusos y alemanes de fecha más reciente.


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