Textos sobre el mar
Costas



Textos: Costas:
Asentamiento de inmigrantes (s.XIX):
¡Sabes que hay gitanos de mar? En los alrededores de Tamaris, entre rocas perdidas, grandes barcas bien resguardadas, mujeres, niños, una pequeña población marinera, de piel muy tostada, que pesca para comer, son poco comerciantes y hablan una lengua que no comprende la gente de la zona. Se alojan sólo en esas grandes barcas varadas sobre la arena cuando la tempestad les pone en apuros en las ensenadas. Se casan entre ellos, son inofensivos y sombríos, tímidos o salvajes y no contestan cuando se les habla. No sé cómo los llaman . He olvidado el nombre que me dijeron, pero podría conseguir que me lo recordaran. Por supuesto, la gente de la zona abomina de ellos y dice que no tienen ninguna religión. De ser así, son superiores a nosotros. Sola, me aventuré en medio de ellos. "Buenos días señores". Por respuesta, un pequeño cabeceo. Observo su campamento, nadie se molesta. Parece como si no me vieran. Les pregunto si mi curiosidad les disgusta. Se encogen de hombros como diciendo ¿y qué nos importa? Me dirijo a un muchacho que cosía con mucha habilidad las redes. Le enseño una moneda de oro de cinco francos. Mira hacia otro lado. Le enseño una de plata. Se digna mirarla. "¿La quieres?". Fija la vista sobre su trabajo. La dejo a su lado. No se mueve. Me alejo. Me sigue con la mirada. Cuando cree que ya no le veo, coge la moneda y va a hablar con un grupo. Ignoro lo que ocurre. Imagino que la ingresarán en un fondo común. A cierta distancia, pero a la vista, me pongo a herborizar para saber si vendrán a pedirme algo más o a agradecérmelo. Nadie se mueve. Como quien no quiere la cosa, vuelvo hacia ellos. El mismo silencio, la misma indiferencia. Una hora después me hallaba en lo alto del acantilado y le pregunté al vigilante de la costa quién era esa gente que no habla ni francés, ni italiano, ni dialecto alguno. Entonces, me dijo ese nombre que no he retenido. Según él, eran moros que se habían quedado en la costa desde la época de las grandes invasiones de la Provenza y quizá tuviera razón. Me dijo que, desde lo alto de su puesto de centinela, me había visto con ellos y que no debía hacerlo, porque era gente capaz de todo. Cuando le pregunté qué daño hacían, me confesó que ninguno. Vivían del producto de su pesca y, sobre todo, de los restos de naufragios que sabían rescatar antes que los más diestros. Eran objeto del más absoluto desprecio. ¿Por qué? Siempre la misma historia: el que no actúa como todo el mundo sólo puede hacer el mal. (Carta de George Sand a Flaubert) (*) Tamaris es un pueblo cercano a Tulón. Google Earth:Tamaris

Isla de hierro Bocas de Ceniza. Desembocadura del río Magdalena. Barranquilla está entre Cartagena y Santa Marta. Por la zona norte de Colombia, hacia ambos márgenes del Magdalena, hay una gran profusión de pequeños lagos. Iglesia de Batopilas. México Núñez de la Vela

Tiempos del cólera:
Almorzaba casi siempre en su casa, hacía una siesta de diez minutos sentado en la terraza del patio, oyendo en sueños las canciones de las sirvientas bajo la fronda de los mangos, oyendo los pregones de la calle, el fragor de aceites y motores de la bahía, cuyos efluvios aleteaban por el ámbito de la casa en las tardes de calor como un ángel condenado a la podredumbre. [...] En verano, un polvo invisible, áspero como de tiza al rojo vivo, se metía hasta por los resquicios más protegidos de la imaginación, alborotado por unos vientos locos que desentechaban casas y se llevaban a los niños por los aires. Los sábados, la pobrería mulata abandonaba en tumulto los ranchos de cartones y latón de las orillas de las ciénagas, con sus animales domésticos y sus trastos de comer y beber, y se tomaban en un asalto de júbilo las playas pedregosas del sector colonial. Algunos, entre los más viejos, llevaban hasta hacía pocos años la marca real de los esclavos, impresa con hierros candentes en el pecho. Durante el fin de semana bailaban sin demencia, se emborrachaban a muerte con alcoholes de alambiques caseros, hacían amores libres entre los matorrales de icaco, y a la media noche del domingo desbarataban sus propios fandangos con trifulcas sangrientas de todos contra todos. Era la misma muchedumbre impetuosa que el resto de la semana se infiltraba en las plazas y callejuelas de los barrios antiguos, con ventorrillos de cuanto fuera posible comprar y vender, y le infundían a la ciudad muerta un frenesí de feria humana olorosa a pescado frito: una vida nueva. La independencia del dominio español, y luego la abolición de la esclavitud, precipitaron el estado de decadencia honorable en que nació y creció el doctor Juvenal Urbino.

[...] Su comercio había sido el más próspero del Caribe en el siglo XVIII, sobre todo por el privilegio ingrato de ser el más grande mercado de esclavos africanos en las Américas. Fue además la residencia habitual de los virreyes del Nuevo Reino de Granada, que preferían gobernar desde aquí, frente al océano del mundo, y no en la capital distante y helada cuya llovizna de siglos les trastornaba el sentido de la realidad. Varias veces al año se concentraban en la bahía las flotas de galeones cargados con los caudales de Potosí, de Quito, de Veracruz, y la ciudad vivía entonces los que fueron sus años de gloria. El viernes 8 de junio de 1708 a las cuatro de la tarde, el galeón San José que acababa de zarpar para Cádiz con un cargamento de piedras y metales preciosos por medio millón de millones de pesos de la época, fue hundido por una escuadra inglesa frente a la entrada del puerto, y dos siglos largos después no había sido aún rescatado. Aquella fortuna yacente en fondos de corales, con el cadáver del comandante flotando de medio lado en el puesto de mando, solía ser evocada por los historiadores como el emblema de la ciudad ahogada en los recuerdos. Al otro lado de la bahía, en el barrio residencial de La Manga, la casa del doctor Juvenal Urbino estaba en otro tiempo. Era grande y fresca, de una sola planta, y con un pórtico de columnas dóricas en la terraza exterior, desde la cual se dominaba el estanque de miasmas y escombros de naufragios de la bahía. El piso estaba cubierto de baldosas ajedrezadas, blancas y negras, desde la puerta de entrada hasta la cocina, y esto se había atribuido más de una vez a la pasión dominante del doctor Urbino, sin recordar que era una debilidad común de los maestros de obra catalanes que construyeron a principios de este siglo aquel barrio de ricos recientes. (G.García Márquez)


Maniobra de fondeo temeraria:
«¿Ve usted aquel barco grande y pesado con los palos macho de color blanco? Pues voy a fondear entre él y la costa. Encárguese de que los hombres estén listos y salgan disparados a la primera orden». Yo respondí «Sí, señor», y en verdad creí que aquella sería una bella maniobra. Velozmente nos lanzamos por entre la flota con magnífico estilo. Debía de haber muchas bocas abiertas y miradas pendientes a bordo de aquellos barcos —holandeses, ingleses, con algún que otro americano espolvoreado aquí y allá y un alemán o dos— que a las ocho en punto habían izado todas sus banderas como en homenaje a nuestra arribada. Habría sido una bella maniobra si hubiera salido, pero no salió. Por un arranque de egocentrismo aquel modesto artista de sólidos méritos fue infiel a su temperamento. En su caso no había arte por el arte: era arte por mor de sí mismo; y el precio que hubo de pagar por aquel pecado, el mayor de cuantos hay, fue un estrepitoso fracaso. Pudo haber sido aún más alto, pero a fin de cuentas no nos metimos con el navío en tierra ni le abrimos un enorme boquete al barco grande que llevaba los palos macho pintados de blanco. Pero fue un milagro que no se rompieran los cables de nuestras dos anclas, pues, como puede imaginarse, no me hice de rogar ante la orden de «¡Larga!», que me llegó en una voz trémula, enteramente desconocida, procedente de sus temblorosos labios. Largué las dos con una celeridad que todavía hoy asombra a mi memoria. Jamás se habrán largado las anclas de un buque mercante regular con habilidad y rapidez tan portentosas. Y ambas aferraron. (Joseph Conrad)


Mar interior de Utopía:
La isla de los Utópicos mide doscientas millas en su parte central, que es la más ancha; durante un gran trecho no disminuye su latitud, pero luego se estrecha paulatinamente y por ambos lados hacia los extremos. Estos, como trazados a compás en un perímetro de quinientas millas, dan a la totalidad de la isla el aspecto de una luna en creciente. Un brazo de once millas poco más o menos separa ambos extremos y va a perderse luego en el inmenso vacío. Las montañas que por todos lados rodean la isla la protegen de los vientos, y el mar, lejos de encresparse, se estanca como un gran lago, convierte en un puerto toda aquella concavidad de la tierra y permite que las naves circulen en todas direcciones, con gran provecho para los habitantes. Las entradas son muy peligrosas, de una parte por los bajíos y por los escollos de otra. Casi en la mitad del brazo se yergue una roca inofensiva, donde tienen edificada una torre, a modo de atalaya. Las demás están ocultas y son peligrosas. Solo los naturales conocen los pasos y por esto, y no sin motivo, ningún extranjero se atreve a penetrar en el golfo, a no ser con guías utópicos. Su entrada, en efecto, sería muy poco segura, incluso para estos, si desde la orilla no les mostrasen el camino ciertas señales que, con solo cambiarse de lugar, atraerían fácilmente a la ruina a cualquier escuadra enemiga, por numerosa que fuese.

Los puertos son abundantes a un extremo de la isla y sus desembarcaderos están protegidos por doquier con tantos medios ya naturales ya artificiales, que unos cuantos defensores bastarían para rechazar a un ejército poderoso. Cuéntase, y la configuración misma del lugar lo comprueba, que aquella tierra no estuvo antiguamente rodeada por el mar; que Utopo (de quien, triunfante, recibió nombre la isla, antes llamada Abraxa, y que logró elevar a una multitud ignorante y agreste a un grado tal de civilización y cultura que sobrepasa actualmente a la de casi todos los mortales), apenas alcanzó la victoria en su primer desembarco, mandó cortar el istmo de quince millas que la unía al continente, dejando que el mar la circundase. Ocupó en este trabajo a los habitantes todos de la isla, para que nadie lo considerase afrenta, así como a la totalidad de sus soldados, con lo cual, distribuida entre tanta gente, la obra llevose a cabo con increíble rapidez y la admiración y el terror por el éxito obtenido sobrecogió a los pueblos colindantes, que al principio se mofaban del intento. (Tomás Moro, Utopía, 1516)


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