DOCUMENTOS
Tesoros
Americanos



Azul:
Ved más allá aquellos pequeños gnomos fornidos, de luengas barbas grises, con el hacha al cinto y caperuzas encarnadas. ¿Mundo fantástico, mundo alemán de Kobolt y Níquel?, de gnomos que conocen el secreto de las montañas, y saben en qué entraña de la tierra está escondido el tesoro de los Nibelungos. Ajitado y revuelto hierve ese submundo de los pigmeos, porque el hombre, en su audacia creciente ha osado sacar de sus crisoles el zafiro y los rubíes, que ellos custodian noche y día en sus yacimientos seculares. ¿Queréis saber la leyenda del rojo rubí, de ése brillante como el ojo sanguinolento de una divinidad infernal? -Escuchad al viejo gnomo; él os va a contar... (Rubén Darío, Azul)


Tom Sawyer (Un pirata intrépido):
[...] Pero aún le reservaba el destino algo más grande; sería pirata. Ya estaba trazado su porvenir, tan deslumbrante, que haría estremecer a la gente y llenaría el mundo con su nombre. ¡Qué maravilla cruzar los mares procelosos en un velero rápido, alargado y negro, un Genio de la Tempestad de terrible bandera ondeando en la popa! [...] Sí; estaba decidido a fijar de una vez su destino. A la mañana abandonaría su casa para lanzarse a la gran aventura. Debía prepararse, y para esto era necesario juntar primeramente sus tesoros. Avanzó hacia un tronco caído y empezó a escarbar en él con su famosa navaja Barlow.

[...] -¿Cuáles son las obligaciones de los piratas?- indagó Huck. A lo cual Tom respondió:
-Pues pasarlo lo mejor que puedan, apresando barcos y quemándolos, cogiendo dinero y enterrándolo en su isla, y matando a todos los tripulantes. (Cap. VIII)

[...] -Apuesto cualquier cosa a que ha habido piratas en esta isla. Deberíamos explorarla de nuevo, porque con seguridad habrán escondido tesoros por aquí. ¿Qué diríais si encontrásemos un cofre apolillado lleno de oro y de plata? (Cap.XIV)

Llega un momento en la vida de todo muchacho rectamente constituido en que siente un devorador deseo de ir a cualquier parte y excavar en busca de tesoros. Un día, repentinamente, le entró a Tom ese deseo. Se echó a la calle para buscar a Joe Harper, pero fracasó en su empeño. Después trató de encontrar a Ben Rogers: se había ido de pesca. Entonces se topó con Huck Finn, el de las Manos Rojas. Huck serviría para el caso. Tom se lo llevó a un lugar apartado y le explicó el asunto confidencialmente. Huck estaba presto. Huck estaba siempre presto para echar una mano en cualquier empresa que ofreciese entretenimiento sin exigir capital, pues tenía una abrumadora superabundancia de esa clase de tiempo que no es oro. -¿En dónde hemos de cavar? -¡Bah!, en cualquier parte. -¿Qué?, los hay por todos lados. -No, no los hay. Están escondidos en los sitios más raros...; unas veces, en islas; otras, en cofres carcomidos, debajo de la punta de una rama de un árbol muy viejo, justo donde su sombra cae a media noche; pero la mayor parte, en el suelo de casas encantadas. -¿Y quién los esconde? -Pues los bandidos, por supuesto. ¿Quiénes creías que iban a ser? ¿Superintendentes de escuelas dominicales? -No sé. Si fuera mío el dinero no lo escondería. Me lo gastaría para pasarlo en grande. -Lo mismo haría yo; pero a los ladrones no les da por ahí: siempre lo esconden y allí lo dejan. -¿Y no vuelven más a buscarlo? -No; creen que van a volver, pero casi siempre se les olvidan las señales, o se mueren. De todos modos, allí se queda mucho tiempo, y se pone roñoso; y después alguno se encuentra un papel amarillento donde dice cómo se han de encontrar las señales..., un papel que hay que estar descifrando casi una semana porque casi todo son signos y jeroglíficos. -Jero... qué? Jeroglíficos...: dibujos y cosas, ¿sabes?, que parece que no quieren decir nada. -¿Tienes tú algún papel de esos, Tom? -No. -Pues entonces ¿cómo vas a encontrar las señales? -No necesito señales. Siempre lo entierran debajo del piso de casas con duendes, o en una isla, o debajo de un árbol seco que tenga una rama que sobresalga. Bueno, pues ya hemos rebuscado un poco por la Isla de Jackson, y podemos hacer la prueba otra vez; y ahí tenemos aquella casa vieja encantada junto al arroyo de la destilería, y la mar de árboles con ramas secas..., ¡carretadas de ellos! (Cap.XXV) (Mark Twain)


William Kidd:
Bien; habrá usted oído hablar de muchas historias que corren, de esos mil vagos rumores acerca de tesoros enterrados en algún lugar de la costa del Atlántico por Kidd y sus compañeros. Esos rumores desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, ello se debía, a mi juicio, tan sólo a la circunstancia de que el tesoro enterrado permanecía enterrado. Si Kidd hubiese escondido su botín durante cierto tiempo y lo hubiera recuperado después, no habrían llegado tales rumores hasta nosotros en su invariable forma actual. Observe que esas historias giran todas alrededor de buscadores, no de descubridores de tesoros. Si el pirata hubiera recuperado su botín, el asunto habría terminado allí. Parecíame que algún accidente -por ejemplo, la pérdida de la nota que indicaba el lugar preciso- debía de haberle privado de los medios para recuperarlo, llegando ese accidente a conocimiento de sus compañeros, quienes, de otro modo, no hubiesen podido saber nunca que un tesoro había sido escondido y que con sus búsquedas infructuosas, por carecer de guía al intentar recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por entonces, y a las noticias tan corrientes ahora. (E.A.Poe, El escarabajo de oro)

Los sueños de Dick (A sangre fría):
Desde la infancia y durante más de la mitad de los treinta y un años que tenía, había ido pidiendo folletos por correspondencia («Fortunas en el fondo del mar. Entrénese en su propia casa en sus ratos libres. Hágase rico pronto practicando la inmersión con equipo y a pulmón libre. Folletos gratis... »), contestando anuncios («Tesoro hundido. Cincuenta mapas auténticos. Oferta increíble...») que alimentaban el deseo ardiente de correr de veras la aventura que su imaginación le permitía experimentar una y otra vez: el sueño de sumergirse hasta lo más profundo en aguas desconocidas, de zambullirse en la verde oscuridad marina, deslizándose más allá de los escamosos centinelas de ojos salvajes, hasta llegar al casco de un buque que se perfilaba ante él, un galeón español naufragado, con una carga de perlas y diamantes y montañas de cofres de oro. (Truman Capote)


Alcázares y moriscos (s.XIX):
El tema más popular y persistente y con mayor raigambre en el país, es el de los tesoros enterrados por los moros. Al atravesar las escarpadas sierras, escenario de antiguas hazañas y acciones de guerra, se ve alguna atalaya morisca levantada sobre peñascos o dominando alguna aldea construida sobre las rocas; si sentís curiosidad por saber algo de ella y preguntáis a vuestro arriero, dejará de fumar su cigarrillo para relataros alguna leyenda de un tesoro musulmán oculto bajo sus cimientos; y los alcázares ruinosos de cualquier ciudad, tienen todos su dorada tradición que se transmite de generación en generación por las gentes humildes del contorno. Estas tradiciones, como la mayoría de las ficciones populares están basadas en algún fundamento por pequeño que sea. Durante las guerras entre moros y cristianos, que turbaron esta comarca por espacio de siglos, ciudades y castillos se veían expuestos a cambiar de dueño bruscamente, y sus habitantes, mientras duraba el sitio y los asaltos, tenían que ocultar su dinero y alhajas en la tierra, o esconderlo en las bóvedas y en los pozos, como se hace hoy todavía frecuentemente en los batalladores y despóticos países del Oriente. Una vez expulsados los moriscos, muchos ocultaron también sus bienes más preciados, creyendo que su exilio sería pasajero y que podrían regresar en un futuro no muy lejano, a recuperar sus tesoros. Hay constancia de que se ha descubierto casualmente, de vez en cuando, algún que otro escondrijo de oro y plata, después de muchos siglos, entre las ruinas de las fortalezas y viviendas árabes: motivo son, hechos aisladosde esta índole, para dar nacimiento a un sinnúmero de fábulas. Las leyendas así nacidas se caracterizan por su matiz oriental y se distinguen por esa mezcla de muslím y cristiano que, en mi opinión, es la característica principal de España, sobre todo en las provincias del Sur. Los tesoros ocultos se hallan casi siempre bajo el poder de un mágico hechizo o guardados por un encantamiento o talismán, unas veces custodiados por monstruos extraños o fieros gradones, y otras, por moros encantados sentados junto a ellos, con su armadura y desenvainadas las espadas, pero inmóviles como estatuas, montando una perenne guardia durante siglos. (Washington Irving, Leyendas de La Alhambra, 1832)


Washington Irving (1783-1859):
En uno de sus primeros escritos, Historia de Nueva York, satiriza a los primeros colonizadores holandeses de Nueva Amsterdam. Abandona los negocios y se traslada a Londres para dedicarse a escribir. Llegó por primera vez a España en 1826 y comienza en Madrid su clásica biografía de Colón. The life and voyages of Christopher Columbus (1828), Chronicle of the conquest of Granada (1829) y Voyages of the companions of Columbus (1831). Fue nombrado Secretario de la Legación en Londres y debe dedicar cada vez más tiempo a sus obligaciones diplomáticas. De regreso a Estados Unidos, visita las vastas regiones del Oeste y publica dos libros: Expedición a las praderas de America y Astoria. Regresa como embajador a una España muy cambiada. Durante su primer viaje el país estaba en manos de Fernando VII. Acababan de fusilar al Empecinado, al que seguirían Torrijos y María Pineda. La España que le recibe por segunda vez tiene una reina menor de edad, Isabel II, con el brusco Espartero de regente. Permaneció cuatro años en la España de Larra y de sus amores. Años poco productivos en los que revisa el manuscrito de su Vida de Mahoma (1850), iniciado en su primera época madrileña. Retirado a las riberas del Hudson, murió cuatro años después de finalizar la biografía de Washington, que pretendía fuera la de mayor importancia. En su volumen póstumo Spanish Papers da especial atención a las ciudades que más le habían seducido, Toledo, Sevilla y Granada.

La aguja de Étretat:
Con un aire de cosa indestructible contra la cual los asaltos furiosos de las olas y de las tempestades no podían prevalecer. Todo ello era definitivo, inmanente, grandioso, a pesar de la grandeza de la muralla de acantilados que lo dominaba; inmenso, a pesar de la inmensidad del espacio donde se erguía. […] Un reino invisible, en el seno de las aguas y a diez brazas de la tierra… Una fortaleza ignorada, más alta que las torres de Notre-Dame y construida sobre una base de granito más amplia que una plaza pública… ¡Qué fuerza y qué seguridad! De París al mar por el Sena. Allí, El Havre, ciudad nueva, ciudad necesaria. Y a siete leguas de allí, la aguja hueca, ¿no es acaso el asilo inexpugnable? Es el asilo y es también el formidable escondrijo. Todos los tesoros de los reyes, engrosados de siglo en siglo, todo el oro de Francia, todo lo que se extrae del pueblo, todo lo que se arranca al clero, todo el botín recogido sobre los campos de batalla de Europa, está en la caverna real donde se amontona. Viejas monedas de oro, escudos relucientes, doblones, florines y guineas, y las piedras, los diamantes y todas las joyas…, todo está allí. ¿Quién lo descubrirá? ¿Quién sabrá jamás el impenetrable secreto de la aguja? Nadie. (Maurice Leblanc, La aguja hueca, 1909)


Recuperación: Veracruz:
En 1601 los vientos del Norte de una tempestad hundieron 14 galeones del general Malgarejo que se encontraban en la rada de Veracruz. Se perdieron 1.000 hombres y dos millones de ducados en metales preciosos. En 1713 la flota del general Juan de Esteban de Ubilla, atrapada por un ciclón en el canal de Florida tuvo que abandonar entre los corales de la costa baja de Florida y de las Bahamas una enorme cantidad de barras de oro. Se depositaron a pocos metros de profundidad 350.000 monedas de oro. El pirata galés Jennings, apostado en la zona, recuperó buena parte y se cree que la escondió en una de las numerosas cavernas de la isla de Mona, situada entre La Hispaniola y Puerto Rico. La azarosa vida de Jennings no le dio ocasión de recoger el tesoro escondido.


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