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Tácito y la guerra de Africa



Tácito. Anales. La guerra de Africa:
Año 20 d.C.:
El mismo año [20 d.C.] Tacfarinate, de quien ya conté que en el verano anterior había sido desbaratado por Camilo, reanuda la guerra en África, primero con saqueos ocasionales que por su carácter sorpresivo quedaron sin castigo, luego arruinando pueblos y arrebatando grueso botín; por último, sitió una cohorte romana no lejos del río Págida. El fuerte estaba al mando de Decrio, un luchador incansable y curtido en la milicia, que consideraba aquel asedio como una vergüenza. Tras arengar a los soldados, despliega su tropa ante la fortificación a fin de dar batalla en lugar abierto. Al primer ataque fue desbaratada la cohorte; él, en medio de los proyectiles, no dejaba de cortar el paso a los que huían, increpando a los portaestandartes por permitir que soldados romanos volvieran la espalda ante una tropa desorganizada de desertores. Entonces recibió varias heridas, pero aún con un ojo vaciado no dejó de plantar cara al enemigo, ni cejó en la lucha hasta que cayó abandonado por los suyos.

Cuando ello llegó a conocimiento de Lucio Apronio -que había sucedido a Camilo-. Más afectado por el deshonor de los suyos que por la gloria del enemigo, recurrió a una práctica rara por aquella época y que recordaba a la antigüedad: diezma a la cohorte deshonrada dando muerte a palos a quienes correspondió por sorteo. Tan grande fue el efecto de la severidad que una bandera de veteranos, que no pasaba de quinientos hombres, desbarató a las mismas tropas de Tacfarinate, que había atacado un fuerte llamado Tala. En este combate un soldado raso llamado Rufo Helvio consiguió el honor de salvar a un ciudadano y fue premiado por Apronio con los brazaletes y la lanza; el César añadió la corona cívica quejándose, aunque no enfadado, de que Apromio no se la hubiera concedido también en virtud de su autoridad proconsular. Pero Tacfarinate, toda vez que los númidas estaban quebrantados y se resistían a plantear asedios, empieza a practicar una guerra de dispersión, cediendo cuando se le presionaba y volviéndose luego para atacar las retaguardias. Y mientras el bárbaro mantuvo tal táctica, sometió al romano, impotente y cansado, a un escarnio impune; pero una vez que se volvió hacia las zonas marítimas y atado por el botín se quedó asentado en campamentos estables, Apromio Cesiano, enviado por su padre con la caballería y las cohortes auxiliares, a las que había añadido a los legionarios más rápidos, libró un combate próspero contra los númidas y los empujó hacia los desiertos. (Tácito. Anales, Libro III, 20-21)

Año 22 d.C.:
En efecto, Tacfarinate, aunque repetidamente desbaratado, había rehecho sus fuerzas en las regiones interiores del Africa, llegando a tal grado de arrogancia que envió legados a Tiberio pidiendo un asentamiento para él y su ejército, y amenazando en caso contrario con una guerra interminable. Cuentan que el César nunca se dolió más de una afrenta a él y al pueblo romano que en esta ocasión, en la que un desertor y bandolero actuaba a la manera de un enemigo. Ni siquiera a Espártaco, que tras derrotar a tantos ejércitos consulares ponía fuego impunemente a Italia, y a pesar de que el estado se hallaba resquebrajado por las tremendas guerras de Sertorio y Mitridates, se le había concedido un armisticio pactado; ¡cuánto menos se iba a comprar con la paz y la concesión de tierras a aquel bandolero de Tacfarinate en un momento de máximo esplendor romano! El caso es que se encargó a Bleso que a los demás tratara de atraerlos a la deposición de las armas a cambio del perdón, y que de la persona del jefe se apoderara del modo que fuera. Esta oferta de amistad fue aceptada por muchos. Luego se hizo la guerra contra las astucias de Tacfarinate empleando las mismas armas.

En efecto, como la fuerza de su ejército era inferior a la nuestra pero mejor para asaltos por sorpresa, y atacaba con varias bandas eludiendo el encuentro para luego tender nuevas emboscadas, se dispusieron tres rutas de ataque y otras tantas columnas. Al frente de una estaba el legado Cornelio Escipión, en la parte en que se producían correrías contra Leptis y donde estaban los lugares de retirada hacia los garamantes; por el otro lado, a fin de que los poblados de los circenses no se vieran expuestos al impune saqueo, condujo su propia tropa el hijo de Bleso; por la zona central, marchando con tropas escogidas, el general en jefe iba estableciendo fuertes y reductos en los lugares idóneos, y había convertido toda la región en lugar incómodo y adverso para el enemigo, dado que tirara hacia donde tirara, se encontraba de frente, de costado y a veces de espaldas a una parte del ejército romano. De este modo fueron muertos o rodeados muchos. Entonces subdividió las tres columnas de su ejército en destacamentos diversos, al mando de centuriones de valía probada. Y, rompiendo la costumbre, no retiró sus tropas al pasar el verano para concentrarse en los campamentos de invierno de la antigua provincia; antes bien, estableció fortines sobre el que, por decirlo así, era el umbral de la guerra, y por medio de tropas ligeras y conocedoras de aquellas soledades hostigaba a Tacfarinate, que iba moviendo sus tiendas; hasta que, tras haber capturado a su hermano, regresó, aunque con más prisa de la que convenía a nuestros aliados, dado que dejaba atrás gentes capaces de resucitar la guerra. Pero Tiberio, dándola por terminada, concedió también a Bleso que fuera saludado por las legiones como imperator, antiguo honor reservado los generales en jefe que, tras haber cumplido con éxito su misión, eran aclamados por el gozo y el ímpetu del ejército vencedor; había al mismo tiempo varios imperatores, que no estaban por encima de la general igualdad. También Augusto concedió a algunos ese título, y Tiberio lo dio entonces a Bleso por última vez. (Tácito. Anales, Libro III, 73-74)

Fin de la guerra de Africa (año 24 d.C.):
Por fin este año libró al pueblo romano de su larga guerra contra el númida Tacfarinate. Pues los generales anteriores, cuando creían que sus hechos eran suficientes para conseguir las insignias del triunfo, daban de lado al enemigo; y ya había tres estatuas laureadas en la ciudad, mientras Tacfarinate seguía saqueando el Africa, reforzado por contingentes de moros que, ante la indolente juventud de Tolomeo, hijo del rey Juba, habían cambiado el gobierno de unos libertos y el imperio de unos esclavos por la guerra. Tenía como encubridor de su botín y compañero en sus pillajes al rey de los garamantes. No es que marchara con su ejército, sino que enviaba tropas ligeras de las que por la distancia se tenía una noticia exagerada; también de la propia provincia se lanzaban allá todos los indigentes y alborotadores, especialmente desde que el César, tras la campaña de Bleso, había mandado volver a la legión IX, como si ya no quedaran enemigos en Africa; el procónsul de aquel año, Publio Dolabela, no se había atrevido a retenerla, temiendo más a las órdenes del príncipe que a las incertidumbres de la guerra.

Así pues, Tacfarinate esparció el rumor de que los romanos se veían desgarrados también por otros pueblos, que por ello se retiraban poco a poco de Africa, y que a los que quedaban se los podía rodear si cuantos preferían la libertad a la servidumbre se lanzaban sobre ellos; con esto aumenta sus fuerzas, y plantando su campamento ante la ciudad de Tubúrsico le pone sitio. Pero Dolabela, reagrupados los soldados disponibles, aprovechando el temor al nombre romano, y como los númidas no son capaces de hacer frente a un dispositivo de infantería, al primer ataque rompió el asedio y fortificó los lugares estratégicos; al mismo tiempo hizo degollar con el hacha a los jefes de los musulamios, que intentaban hacer defección. Después, como por las diversas expediciones contra Tacfarinate se había llegado a la conclusión de que aquel enemigo errante no debía ser atacado con tropas pesadas ni marchando en una sola columna, llamó al rey Tolomeo con su gente y formó cuatro cuerpos, que confió a legados o tribunos; también algunos moros escogidos mandaban bandas destinadas al pillaje; él quedaba para velar por todos.

No mucho después llegó la noticia de que los númidas habían desplegado sus tiendas y acampado junto a un castillo semiderruido que ellos mismos habían incendiado tiempo atrás, llamado Auzea, y que estaban confiados al lugar, porque se hallaba rodeado de vastos barrancos que lo protegían. Entonces se hizo marchar apresuradamente a las cohortes y caballeros, sin impedimenta y sin que supieran adónde iban. En el momento mismo de romper el día cayeron sobre los bárbaros medio dormidos al son de las trompetas y dando feroces gritos, en tanto que los caballos de los númidas se hallaban con los grillos puestos o errando esparcidos por los pastizales. Del lado romano la infantería estaba agrupada, los escuadrones de caballería en orden de combate, todo dispuesto para la batalla; en cambio los enemigos, que nada preveían, no tenían armas, orden ni plan, sino que, como si fueran rebaños, fueron arrastrados, muertos, apresados. Los soldados, irritados por el recuerdo de sus fatigas contra quienes habían eludido la batalla tantas veces ansiada, se hartaban de venganza y de sangre. Se hace circular entre la tropa la consigna de que todos persigan a Tacfarinate, conocido por tantos encuentros; que la guerra no tendría fin si no se mataba al jefe. Pero él, cuando ya había caído su guardia personal a su alrededor y su hijo había sido apresado y los romanos lo rodeaban por todas partes, lanzándose contra los proyectiles enemigos escapó a la cautividad con una muerte no sin venganza. Y así se puso fin a la guerra. (Tácito, Libro IV 23-25)


Control de una estrecha franja costera:
Ni el gobierno cartaginés ni el romano atravesaron el desierto. El Imperio cartaginés no era territorial, sino comercial y marítimo. Las galeras no eran apropiadas para la navegación atlántica. La larga línea costera estéril del Sahara impedía la extensión de sus normales formas de comercio y el asentamiento en ningún punto del sur de Marruecos. Los romanos, aunque solamente fuera por su necesidad de defender su imperio territorial contra los nómadas, estaban interesados en la parte septentrional del Sahara. Pero la realidad es que el oasis de Djerma (el antiguo Garama), en el Fezzan meridional, marca el límite extremo de su ocupación directa. En la Cosmographia de Honorio (siglo IV d.C.) se cuenta que César envió al sabio griego Policlito a acrecentar los conocimientos geográficos sobre Africa, tarea que realizó durante 32 años.

Más al este se denominó Marmárica a la zona costera de Cirenaica Oriental y Egipto Occidental. En tiempos de Augusto, P.Sulpicio Quirino sometió a sus habitantes. En el siglo II era un nomo egipcio, y desde tiempos de Diocleciano formó parte de la provincia de Libia, constituyendo la Libia Inferior con capital en Paretonio.

Traslados forzosos de insurrectos:
Según el arqueólogo José Juan Jiménez, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, el segundo nombre dado a las Islas Canarias, muy parecido al dado por la expedición de Juba II, proviene del grupo étnico norteafricano de los Canarii, trasladados a la fuerza en naves romanas. En las islas debieron adaptarse y en su estancia de 1.300 años dejaron huellas en las actividades de producción, lingüística y costumbres. En el siglo I los indígenas norteafricanos que no aceptaban la paz con Roma se trasladaron a las montañas desde donde hostigaban las actividades del Imperio. Como respuesta a esta segunda insurrección el emperador Claudio envió a Suetonio Paulino, el primer jefe romano en traspasar la cordillera del Atlas y describir los parajes donde alcanzó a los miembros de la tribu de los Canarii. Las tribus irredentas sometidas eran deportadas a lugares alejados por rutas terrestres y marítimas. El Senado Romano aprobó el desplazamiento de miles de personas.


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