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La Eneida: Caribdis y Escila



Ulises y Caribdis, Johann Heinrich Caribdis en la mitología griega:
En griego Khárubdis, succionador. Horrible monstruo marino, hija de Poseidón y Gea, que tragaba enormes cantidades de agua tres veces al día y las devolvía otras tantas veces, adoptando así la forma de un remolino que devoraba todo lo que se ponía a su alcance. Había sido una ninfa marina que inundó la tierra para ampliar el reino submarino de su padre, hasta que Zeus la transformó. Habitaba junto al monstruo Escila en el estrecho de Mesina, paso entre Sicilia y la península itálica. Los dos lados del estrecho estaban al alcance de una flecha, tan cercanos que los marineros que intentaban evitar a Caribdis pasaban demasiado cerca de Escila y viceversa. La expresión entre Escila y Caribdis ha llegado a significar estar en entre dos peligros de forma que alejarse de uno hace que se caiga en el otro. Los argonautas fueron capaces de evitar ambos peligros gracias a que los guió Tetis, una de las nereidas.

Homero:
Ulises no contó con la ayuda de Tetis. Eligió arriesgarse con Escila a costa de parte de su tripulación antes que perder el barco completo con Caribdis (Homero, La Odisea, libro XII). Tradicionalmente, la ubicación de Caribdis en el estrecho de Mesina hace que se le asocie con el remolino que forman las corrientes que se encuentran en la zona, pero rara vez es peligroso. Para R.Graves el país de las sirenas, las Rocas Chocantes, Escila y Caribdis son todos lugares que se hallan cerca de Sicilia, pasada la cual el Argo fue sacudido por el violento viento nordeste. Investigaciones recientes sugieren que un origen más probable de la historia podría hallarse cerca del cabo Skilla, al noroeste de Grecia. En la época de Homero estaba en boca de todo el mundo un ciclo de romances acerca del viaje del Argo al país de Eetes. Homero sitúa a los Planktai o Simplégadas -por las que el barco había pasado incluso antes que Ulises- cerca de las Islas de las Sirenas y no lejos de Escila y Caribdis. Todos estos peligros aparecen en los relatos más completos del regreso del Argo de Cólquide.


Nereida sobre un delfín Caribdis en La Eneida:
[...]
Entonces aparece a lo lejos entre las olas el Etna trinacrio,
y el ingente gemido del mar y las rocas batidas
escuchamos de lejos y voces quebradas nos llegan de la costa,
y se agitan los vados y la arena se revuelve en el remolino.
Y el padre Anquises: "Esto es, sin duda, aquella Caribdis:
estos escollos anunciaba Héleno, estos horrendos peñascos.
Escapad, compañeros, y empujad a la vez los remos".
No de otro modo obedecen y el primero la rugiente
proa vuelve Palinuro a las aguas de la izquierda;
la izquierda buscó con vientos y remos la flota entera.
Al cielo nos lanza el mar hinchado y luego,
al bajar la ola, nos hunde hasta los Mares más profundos.
Tres veces los escollos lanzaron su grito entre huecos peñascos,
tres veces vimos la espuma hecha pedazos y los astros rociándonos.
Entretanto el viento con el sol nos abandonó agotados,
y perdido el rumbo arribamos a las costas de los Ciclopes.
»Es este puerto grande y está libre del acoso
de los vientos, mas cerca ruge el Etna en horrible ruina
y, si no, lanza hacia el cielo negra nube
que humea con negra pez y ascuas escendidas,
y forma remolinos de llamas y lame las estrellas

Tetis [...]
Apenas había hablado cuando en lo alto del monte descubrimos
al propio Polifemo, pastor de sus ganados, moviéndose
con su vasta mole en dirección a las conocidas riberas,
monstruo horrendo, informe y gigantesco, sin su ojo.
Un pino cortado gobierna sus pasos y les sirve de apoyo;
le siguen sus lanígeras ovejas, que era éste su solo placer
y el consuelo de su desgracia.
Luego que tocó las aguas profundas y llegó al mar,
de su ojo atravesado lavó la líquida sangre
rechinando los dientes en un gemido, y camina ya en medio
de las aguas sin que las olas mojen sus altos costados.
Así que nosotros aceleramos la huida temblorosos, merecidamente
acogiendo al suplicante, y en silencio cortamos las cuerdas
y nos lanzamos al mar empeñados en un combate de remos.
Se dio cuenta, y encaminó sus pasos hacia el sonido de las voces.
Cuando por fin se queda sin poder alcanzarnos con su mano
ni es capaz de igualar a las olas jonias con sus pasos,
lanza un grito terrible con el que el mar y todas
las olas se agitaron y tembló de lo profundo la tierra
de Italia y el Etna mugió por sus curvas cavernas.
Y a su llamada acude corriendo de los bosques y las cumbres
la raza de los Ciclopes al puerto y llenan las riberas.
Allí de pie los vemos en vano con su torvo ojo,
a los hermanos del Etna tocando el cielo con sus altas cabezas,
horrendo concilio: cuales con la copa erguida
las aéreas encinas o los coníferos cipreses
se yerguen, alta selva de Jove o bosque sagrado de Diana.
Un agudo miedo nos lanza a sacudir las jarcias
hacia donde sea y a tender las velas a vientos favorables.
En contra están los avisos de Héleno, que entre Escila y
Caribdis, camino de muerte a uno y otro lado en pequeño trecho,
no haga pasar mi rumbo: es más seguro volver las velas.
Y hete aquí que se presenta Bóreas escapado de su angosto encierro
del Peloro: dejo atrás las bocas en roca viva
de Pantagia y el golfo de Mégara y la tendida Tapso.
Tales costas nos mostraba el compañero del infortunado Ulises,
Aqueménides, quien ya las surcara en sentido contrario.

Costa rocosa [...]
Mas he aquí que volvía de la Argos del Ínaco
la cruel esposa de Júpiter y volaba por los aires,
y divisó a los lejos desde el cielo al feliz Eneas
y a la flota dardania por encima del sículo Paquino.
Ve cómo se alzan ya las casas, que se entregan confiados a la tierra,
que han abandonado los barcos; clavada se quedó de aguda rabia.
Sacudiendo entonces la cabeza estas palabras saca de su pecho:
«¡Ay raza odiada y a nuestros hados contrarios
hados de los frigios! ¿Así que no cayeron en los campos sigeos,
no pudieron tampoco caer prisioneros, ni quemó el incendio
de Troya a sus guerreros? En plena batalla y entre el fuego
supieron hallar una salida. Así que, ya veo, al fin mi numen
yace agotado, o saciado mi odio me he cruzado de brazos.
¡Para eso me lancé a perseguirlos, arrojados de su patria,
con vehemencia por las aguas y a impedir por todo el mar su huida!
Agotado se han las fuerzas del mar y del cielo contra los teucros.
¿De qué me sirvieron las Sirtes o Escila, de qué Caribdis
enorme? Ya se refugian en el ansiado cauce del Tiber
sin miedo del piélago o de mí. Fue Marte capaz de perder
al pueblo de los Lápitas gigantes; el propio padre de los dioses
entregó la antigua Calidón a la ira de Diana,
¿y qué delito cometieron Lápitas y Calidón para merecerlo?
Y heme aquí, la gran esposa de Jove que, pobre de mí,
nada dejé por intentar, que a todo me he lanzado,
vencida ahora por Eneas. Pues bien, si mi numen
no es bastante, no he de dudar ciertamente en implorar donde sea:
si domeñar no puedo a los de arriba, moveré al Aqueronte.
No me será dado alejarlos del reino latino -sea-
sin cambio sigue por el destino la esposa Lavinia;
mas añadir y acumular obstáculos puedo a cosas tan grandes,
en dos puedo dividir a los pueblos de estos reyes.
(Virgilio. La Eneida)


Escila y Niso:
Minos fue el primer rey que dominó el mar Mediterráneo, el cual limpió de piratas, y en Creta era el regente de más de noventa ciudades. Cuando los atenienses asesinaron a su hijo Androgeo decidió vengarse de ellos y navegó por el Egeo reuniendo barcos y reclutas armados. Algunos isleños accedieron a ayudarle, otros se negaron. Sifnos le fue cedido por mediación de la princesa Arne, a la que sobornó con oro, pero los dioses la transformaron en una corneja amante del oro y de todas las cosas brillantes. Luego hizo una alianza con el pueblo de Ánafe, pero el rey Éaco de Egina le desairó y se marchó jurando venganza. Luego Éaco respondió afirmativamente a la llamada de los atenienses de unirse a ellos para combatir a Minos. Entretanto, Minos asolaba el istmo de Corinto. Puso sitio a Nisa, gobernada por Niso el egipcio, quien tenía una hija llamada Escila. En la ciudad se alzaba una torre construida por Apolo [¿y Posidón?] y a sus pies yacía una piedra musical que, cuando se le arrojaban guijarros desde arriba, sonaba como una lira porque Apolo en una ocasión había dejado allí su lira mientras trabajaba como albañil. Escila solía pasar mucho tiempo en lo alto de la torre, haciendo sonar melodías en la piedra arrojando puñaditos de guijarros; allí subía cada día cuando comenzó la guerra, para observar el combate. El asedio de Nisa se prolongó y Escila pronto llegó a conocer los nombres de todos los guerreros cretenses. Fascinada por la belleza de Minos, y por su magnífica indumentaria y corcel blanco, se enamoró perversamente de él. Algunos dicen que Afrodita así lo quiso; otros culpan a Hera.

Una noche Escila entró sigilosamente en la cámara de su padre y le cortó el famoso bucle dorado del que dependían su vida y el trono; luego, arrebatándole las llaves de la puerta de la ciudad, la abrió y salió. Se dirigió directamente a la tienda de Minos y le ofreció el bucle dorado a cambio de su amor. «¡Trato hecho!», exclamó Minos, y esa misma noche, después de entrar en la ciudad y saquearla, yació con Escila, pero no la llevó consigo a Creta porque aborrecía el parricidio. Sin embargo, Escila fue nadando tras su barco y se aferró a la popa hasta que el alma de su padre Niso se abalanzó sobre ella en forma de águila pescadora con sus garras y su pico curvado. Escita, aterrada, se soltó de la popa y se ahogó; su alma salió volando en forma de ciris, conocido por su pecho purpúreo y sus patas rojas. Pero algunos dicen que Minos dio la orden de que ahogaran a Escila; y otros, que su alma se convirtió en un pez ciris, no en el pájaro que lleva el mismo nombre. Nisa recibió después el nombre de Megara en honor de Megareo, hijo de Énope e Hipómenes. Megareo había sido aliado de Niso y se había casado con su hija Ifínoe, y, según se dice, le sucedió en el trono. Esta guerra se prolongó hasta que Minos, dándose cuenta de que no podía someter Atenas, rogó a Zeus que vengara la muerte de su hijo Androgeo; en consecuencia, toda Grecia se vio azorada por terremotos y hambruna. Los reyes de varias ciudades-estado se reunieron en Delfos para consultar el oráculo, y recibieron instrucciones para que Éaco hiciera ofrendas en nombre de todos. Cuando esto se cumplió cesaron los terremotos en todas partes menos en el Ática. Los atenienses buscaron entonces la forma de redimirse a sí mismos de la maldición y decidieron sacrificar a Perséfone las hijas de Jacinto -a saber, Antéis, Egléis, Litea y Ortea- sobre la tumba del cíclope Geresto. Estas chicas habían llegado a Atenas desde Esparta. Pero los terremotos continuaron y cuando los atenienses decidieron consultar de nuevo al Oráculo de Delfos, éste les dijo que satisficieran las demandas de Minos, cualesquiera que fuesen; resultó ser el sacrificio de siete jóvenes muchachos y siete doncellas que debían ser enviados cada nueve años a Creta para ser devorados por el Minotauro Minos regresó entonces a Cnosos, donde sacrificó una hecatombe de toros en agradecimiento por su triunfo, pero al noveno año murió. (R.Graves)


Ketos De Caribdis a Escila:
Anochece muy pronto en enero y cuando Gringoire salió del palacio, las calles estaban ya desiertas. Aquella oscuridad le agradó y se impacientaba ya por llegar a alguna callejuela sombría y desierta, para poder allí meditar a sus anchas y para que el filósofo hiciera la primera cura en la herida abierta del poeta. En aquellos momentos la filosofía era su único refugio, pues además no sabía a dónde ir. Después del estrepitoso fracaso de su intento teatral no se atrevía a volver a la habitación que ocupaba en la calle Grenier-sur-l'Eau frente al Port-au-Foin. El pobre hombre había contado con lo que el preboste le pagaría por su epitalamio para, a su vez, liquidar con maese Guillaume DoulxSire, encargado de los arbitrios de las reses de pezuña partida de París, los seis meses de alquiler que le debía; es decir, doce sueldos parisinos. Doce veces más que todo lo que él tenía, incluidas sus calzas y su camisa. Después de pensar un momento, cobijado provisionalmente bajo el portillo de la prisión del tesorero de la Santa Capilla, en qué lugar podría pasar aquella noche, teniendo como tenía a su disposición todos los empedrados de París, se acordó de que la semana anterior había visto en la calle de la Savaterie, a la puerta de un consejero del parlamento, una de esas piedras que sirven de escalones para poder subirse a las mulas, y de haber pensado que, en caso de necesidad, podría servir de almohada a un mendigo o a un poeta, y dio gracias a la providencia por haberle sugerido tan buena idea; pero, cuando se preparaba para atravesar la plaza del palacio y adentrarse en aquel tortuoso laberinto de las calles de la Cité, por donde serpentean todas esas viejas hermanas que son las calles de la Barilleirie, de la Vieille Draperie, de la Savaterie, de la juiverie, etc., que aún se mantienen hoy con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, enfilando casi su mismo camino, con acompañamiento de gran griterío de antorchas encendidas, y la orquestilla del pobre Gringoire. A su vista se reavivaron las heridas de su amor propio y huyó. En la amarga desgracia de su aventura dramática, todo recuerdo de ese día le agriaba y le abría de nuevo su llaga. Quiso pasar entonces por el puente de Saint-Michel por el que corrían unos muchachuelos tirando petardos y cohetes. -¡Al diablo todos los cohetes! -dijo Gringoire y se encaminó hacia el Pont-au-Change. Habían colgado, en las casas situadas a la entrada del puente, tres telas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flandes, y otros seis paños más pintados esta vez con retratos del duque de Austria del cardenal de Borbón, del señor de Beaujeu, de doña Juana de Francia así como del bastardo del Borbón y no sé qué otro más; todos ellos iluminados con antorchas para ser vistos por la multitud. -¡Buen pintor ese Jean Fourbault! -dijo Gringoire con un profundo suspiro, dando la espalda a todas aquellas pinturas para adentrarse en una calle oscura que surgía ante él. Tan solitaria parecía que pensó que, metiéndose en ella, podría escapar a todo el bullicio y a todos los ruidos de la fiesta.

Apenas hubo dado unos pasos, cuando sus pies tropezaron contra algo y cayó al suelo, era el ramo del mayo que los de la curia habían depositado por la mañana a la puerta del presidente del parlamento, en honor a la solemnidad de aquel día. Gringoire aguantó heroicamente aquel contratiempo y levantándose se dirigió hacia el río. Después de dejar tras de sí la torrecilla civil y la torre de lo criminal, caminó a lo largo del muro de los jardines reales por la orilla no pavimentada, en donde el barro le llegaba hasta los tobillos; llegó a la parte occidental de la isla de la Cité, se paró a mirar el islote del Passeur-aux-Vaches, desaparecido actualmente, con el caballo de bronce y el Pont-Neuf. Entre las sombras de aquel islote, parecía como una masa negra al otro lado del estrecho paso de agua blancuzca que le separaba de ella. Podía adivinarse por los rayos de una lucecita, una especie de cabaña en forma de colmena, en donde el barquero del ganado se cobijaba por las noches. -¡Ay feliz barquero que no sueñas con la gloria ni compones epitalamios! -pensó Gringoire-. ¿Qué te importan a ti las bodas de los reyes o las duquesas de Borgoña! ¡Para ti no hay más margaritas que las que crecen en el campo y que sirven de alimento a tus vacas! Y a mí, poeta, me abuchean y paso frío y debo doce sueldos por el alquiler, y las suelas de mis zapatos están tan gastadas y transparentes que podrían muy bien utilizarse como cristales para tu farol. ¡Gracias, barquero del ganado, porque tu cabaña me permite descansar la vista y me hace olvidar París! La explosión de un doble petardo, surgido bruscamente de la cabaña del barquero, le despertó de aquella especie de ensueño lírico en que se había sumido. Se trataba del barquero que sin duda quería también participar en las alegrías de aquella fecha y que había lanzado un cohete artificial. Aquella explosión puso a Gringoire la piel de gallina. -¡Maldita fiesta! ¿No podré librarme de ti ni siquiera aquí, junto al barquero? Luego miró cómo el Sena corría a sus pies y un terrible pensamiento cruzó por su mente. -¡Con cuanto placer me lanzaría al agua si no estuviera tan fría! -y tuvo entonces una reacción desesperada; puesto que no podía escapar ni al papa de los locos ni a las pinturas de Jehan Fourbault, ni a los ramos del «mayo» ni a los petardos, ni a los cohetes, lo mejor sería participar de lleno en la fiesta y acercarse a la plaza de Gréve. Al menos, pensaba, allí podré encontrar un tizón de la fogata para calentarme y podré cenar algunas migas de los tres enormes escudos de armas hechos con azúcar que habrán colocado presidiendo la mesa para el banquete público de la villa. (Víctor Hugo. Nuestra Señora de París)

    (*) El islote: actualmente la punta o el extremo del Vert-Galant en donde termina, río abajo, la isla de la Cité. La estatua de Enrique IV a la que se hace alusión fue erigida en 1614. Era la primera vez que se exponía en Francia, a la veneración pública, la representación de un personaje contemporáneo (Enrique IV, primer monarca de la casa de Borbón, rey de Navarra abjuró, recuérdese su frase París bien vale una misa, y fue nombrado Rey de Francia en 1583). Promulgó en 1598 el Edicto de Nantes, garantizando a los protestantes la libertad de culto. Fue asesinado por Ravaillac en 1610.


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