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Marruecos



Marruecos: Intervención española (1904)
Tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, con una acusada sensación de frustración y crisis política, unas fuerzas económicas ansiosas por hallar nuevas áreas de expansión y un ejército hipertrofiado y en paro, España dirige su atención a Africa como cauce de su futura proyección internacional. Por el Protocolo de París (1901), España había obtenido de Francia el reconocimiento de sus derechos en Ifni, Río de Oro y Río Muni, y desde 1902 ambos países sostuvieron una serie de contactos diplomáticos para delimitar las respectivas áreas de influencia en el norte de Africa. Sin intervenir directamente en la negociación, Gran Bretaña también tenía cartas en el asunto: se jugaba con Francia la hegemonía en Egipto y no deseaba que una potencia fuerte se instalase ante el Peñón. La intención de España era fortalecer su posición a ambos lados del estrecho de Gibraltar, penetrando pacíficamente en Marruecos, un país inmerso en la anarquía política y la bancarrota económica. El 7 de octubre los gobiernos de España y Francia anuncian la firma de un Tratado sobre el protectorado de Marruecos que garantiza la soberanía española sobre el Rif y reconoce a Francia el derecho de vigilar y asistir al sultán, al que sin embargo se le reconoce la soberanía sobre el territorio. Se asegura que no existe ninguna cláusula de carácter militar y que Tánger queda comprendida en la esfera de influencia de España, a cambio de que Francia amplíe su papel de simple protector de Marruecos. La aventura norteafricana española se iniciaba con fortuna. En 1904, mediante la Entente cordial, París y Londres acordaron mantener la hegemonía de Francia en Marruecos. El 31 de marzo de 1905, en una visita a Tánger, el káiser Guillermo II firma la soberanía de Marruecos. Con su acción, que lleva a Europa al borde de la guerra, Alemania pretende reafirmar su situación económica y su posición como potencia mundial. En 1906, tras la conferencia de Algeciras promovida por el emperador alemán, la zona otorgada a España en el reparto o rebatiña de Marruecos quedará sensiblemente reducida con respecto a lo acordado en 1904. Y pocos años después, la supuesta penetración pacífica empezaría a mostrar su verdadero rostro: la cuestión marroquí, una sangría humana y económica que iba a marcar además la política española a lo largo de más de medio siglo. El Alto Mando mantenía la visión de que un ejército industrializado podía arrasar a un enemigo con recursos tercermundistas. La adaptación de los efectivos al clima, orografía y cultura de guerra del pueblo a conquistar parecía de importancia secundaria. Los rifeños tenían una largamente establecida cultura guerrera. Combatían, soportando durísimas condiciones, hasta las últimas consecuencias, sin reparos convencionales y sin cuartel.

Campaña de 1909:
Se inició a comienzos de julio, cuando los rifeños atacaron a los obreros europeos de la Compañía minera del Rif y se acercaron peligrosamente a Melilla. El general marina pidió refuerzos a la península y emprendió operaciones a gran escala, que si bien al principio le permitieron ocupar algunas posiciones, acabaron obligándole a abandonarlas con graves pérdidas. El desastre culminó el 27 de julio, al encargarse el general Pintos de la ocupación de unas lomas en la falda del monte Gurugú; penetró descuidadamente en territorio enemigo y fue atacado en el barranco del Lobo, sin posibilidad de defensa, y sufrió gran número de bajas. La noticia de esta sangrienta derrota y la movilización de los reservistas produjo manifestaciones contra la guerra en toda España, que revistieron particular gravedad en Barcelona, donde desembocaron en los sucesos revolucionarios de las Semana trágica. En Marruecos continuaron las operaciones militares y se consiguió dominar puntos clave como la península de Tres Forcas y el monte Gurugú, pero un nuevo levantamiento de los rifeños patentizó la escasa consistencia de estas victorias. En consecuencia se optó por una política de penetración pacífica y en noviembre se concluyó la paz con los insurrectos. El desastre de Annual de 1921 anuló los avances de los doce años anteriores, y desde 1924 las tropas rifeñas habían intensificado sus ataques.

El desastre de Annual (1921):
En 1919 el general Berenguer había diseñado un plan para liquidar militarmente el problema de marruecos. Su objetivo era ocupar la zona occidental del protectorado mientras el general Fernández Silvestre ocupaba la oriental. La operación decisiva era la conquista de la bahía de Alhucemas, que permitiría unir las comandancias de Ceuta y Melilla. Berenguer consiguió capturar Xauen en 1920 y tomar la iniciativa, pero el plan se hundió en la zona oriental, por no haber previsto la operatividad de las cabilas y las dotes de estratega de Abd el Krim. En el verano de 1921 la posición española era muy vulnerable, pues el ataque rifeño rompía su comunicación con la retaguardia. Las tropas concentradas en Annual, unos 100 km al oeste de Melilla, se vieron cercadas por las cabilas de Abd el Krim. La retirada ordenada por el general Silvestre el 22 de julio se convirtió en una desbandada: Annual, Bend-Tied, Igueriben, Monte Arruit, Dar Drius, todas las posiciones quedaron desprotegidas. Abd el Krim avanzó hasta el monte Gurugú, con lo que hasta la propia Melilla quedó al alcance de las cabilas. Por el camino, cerca de trece mil soldados del ejército español yacían masacrados.

Expediente Picasso (1922):
Redactado por el general Picasso para esclarecer los antecedentes y circunstancias que ocasionaron el desastre de Annual. Ante la presión de las Cortes, el jefe del Gobierno, Sánchez Guerra, decidió la formación de una comisión parlamentaria sobre las responsabilidades de los distintos Gobiernos implicados en las campañas de Marruecos. Con el Golpe de Estado decretado en Barcelona por Primo de Rivera (septiembre 1923) se detuvo el proceso investigador. Hay suficientes pruebas sobre los bombardeos aéreos llevados a cabo en 1924 empleando gases tóxicos sobre zonas civiles. El tipo de operación da la impresión de ser una venganza por la violencia y ensañamiento empleados por las cabilas. No fueron numerosos, intensos ni de suficiente efectividad pero el empleo de gases estaba prohibido a partir de 1919.

El desembarco en Alhucemas (1925):
Primo de Rivera necesitaba dominar Marruecos, una de sus promesas al tomar el poder, pero para eso necesitaba la alianza con el ejército francés. El error de Abd el Krim al atacar posiciones francesas propició la firma del pacto de cooperación francoespañola. El plan español para una operación conjunta se presentó en julio de 1925 a Francia. El proyecto preveía el desembarco en las playas de Ixdaín y la Cebadilla, tras la bahía de Alhucemas y Axdir, capital de Abd el Krim. El 28 de agosto comenzó el embarque de las tropas y el 7 de septiembre el convoy llegó a su destino. Al oscurecer, los buques se situaron frente a los objetivos y la mañana del 8 de septiembre se inició el desembarco. Aunque no se pudo desembarcar los carros de asalto, los legionarios de Franco y los regulares de Tetuán y Larache iniciaron el asalto a Punta de los Frailes y Morro Nuevo, dejando indefenso el flanco izquierdo rifeño. El efecto sorpresa había sido un éxito. El día 12 de madrugada las fuerzas rifeñas se retiraron en desorden hacia las alturas del monte Malmusí y Las Palomas y el 13 se logró liberar Kudi Tahar. El 22 se lanzó un ataque sobre el monte Malmusí, que no dio resultado, y el 23 las columnas españolas lanzaron un ataque concéntrico sobre las defensas del Malmusí y avanzaron hacia Morro Viejo y Cala del Quemado, en un combate de extrema violencia, sin prisioneros. Con la ocupación el día 30 de septiembre de Las Palomas, Monte Cónico y la Rocosa por las columnas de Franco, Martín y Goded, y la del vértice Buyibar por Vera, la derrota de las harcas rifeñas puede considerarse definitiva. La rendición de Abd el Krim se produjo el 27 de junio de 1926.

Agitaciones reclamando la independencia (1953-1956):
Frente a esta situación las autoridades francesas depusieron al sultán (1953) y le sustituyeron por Muhammad ibn Arafa. Atentados y matanzas ensangrentaron las ciudades y el Rif se sublevó. El gobierno francés, que había desterrado a Muhammad V a Córcega, y luego a Madagascar, autorizó su restauración (1955). El regreso triunfal del sultán le convirtió en jefe indiscutido de los marroquíes. Obtuvo de Francia y de España el reconocimiento de la independencia (1956) e hizo abolir el estatuto internacional de Tánger. Marruecos fue admitido en la ONU en 1956, se convirtió en reino. El sultán pasó a ser rey en 1957 y exigió la apertura de negociaciones sobre el problema de sus fronteras con Argelia y reivindicó Mauritania (1958). España, que cedió la zona de Tarfaya (1958), continuó conservando los territorios de Ifni y Sahara y las plazas de Ceuta y Melilla, que Marruecos reclamaba. Hasta su muerte (1961) Muhamad V mantuvo su prestigio. Su hijo y sucesor Hasan II formó un gobierno en el que desempeñaba la jefatura con el apoyo del Istiqlal, pero muy pronto este partido rompió con el autoritario monarca y pasó a la oposición.

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