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Miguel Angel y la música




Miguel Angel y la música:
Miguel Angel, que se sintió subyugado y arrebatado por todas las manifestaciones de la belleza y, más que nada, por las artes todas, debió de amar también la música. Una de sus primeras amistades juveniles fue, como ya hemos visto, la de un tocador de viola, en casa de Lorenzo el Magnífico. Y si más tarde se sintió atraído por Luigi Pulci, no fue solo por su bella presencia, sino por la maestría con que cantaba y tocaba. También fueron amigos suyos otros músicos; por encima de todos, quizá, aquel Bartolommeo Tromboncino, buen compositor, que, aunque nacido en la Corte de los Gonzaga, en Mantua -donde en 1499 había matado a su mujer y al amante de esta-, había pasado a Ferrara (1513) y, algún tiempo después, a Florencia, donde murió en 1563. El Tromboncino revistió de notas uno de los más famosos madrigales de Miguel Angel:

    Com'arò dunque ardire
    Sanza vo'má, mio ben, tenermi in vita,
    S'io non posso al partir chiedervi aita?

Al amigo Tromboncino se debe la primera impresión de una poesía de Miguel Angel, pues aquel madrigal con música fue incluido en una recopilación titulada Fioretti di frottole barzellete capitoli strambotti sonetti, que un tal Giovanni Martini di Bologna publicó en Nápoles en 1518. Más tarde, en Roma, otros compositores célebres pusieron música a versos suyos. En una carta de 1533, escrita en Florencia, dice a su amigo Sebastiano del Piombo: "He recibido dos madrigales y Ser Giovan Francesco los ha hecho cantar varias veces, y, según lo que me dice, son tenidos por cosa admirable en cuanto al canto: no merecían tanto las palabras. Así, pues, os ruego que me aconsejéis cómo he de gobernar en esto, pues quisiera parecer lo menos ignorante e ingrato posible". Por la carta de Sebastiano de 25 de julio vemos que aquellos madrigales habían sido revestidos con sonidos por Costanzo Festa y Concilion. No eran estos unos recién llegados: Festa era cantor de la Capilla Pontificia desde 1517, y, junto con el famoso Willaert, fue el primero que compuso madrigales al estilo "de capilla"; es decir, a varias voces. El que fra Bastiano llama Concilion era Jean de Conseil, venido de París en 1526 para formar parte de la Capilla papal; era excelente compositor de música sacra y profana. Pero el músico más grande con el que tuvo trato Miguel Angel al establecerse en Roma fue el célebre Jacob Arcadelt; este flamenco, nacido en 1514, vino muy pronto a Italia, y, tras una breve estancia en Florencia, entró a formar parte, en 1539, de la Capilla Julia, y de 1540 a 1549, de la Capilla Real. Arcadelt fue uno de los mayores y más inspirados y originales autores de madrigales de su época; los componía a tres y cuatro voces. Debió de conocer al Buonarroti mientras este trabajaba en El Juicio, y por Luigi del Riccio obtuvo copias de algunos de sus versos. Efectivamente: en su Primo libro de'Madrigali, a cuatro voces, editado en Venecia en 1543 y reimpreso varias veces, se encuentran dos madrigales de Miguel Angel:

  • Deh dimmi Amor se l'alma di costei
  • Io dico che fra voi potenti dei

Estas músicas de Arcadelt sobre versos de Buonarroti debieron de hacerse pronto populares, pues Giannotti, en sus Diálogos, apostrofa a Miguel Angel: "¿No escuchamos acaso cantar a los más excelentes músicos, entre otros, ese madrigal vuestro Deh dimmi Amor?... También esta vez se preocupó Miguel Angel, como en 1533, de no aparecer "ignorante e ingrato", y quiso compensar al amigo músico. Deseó hacerle un presente y recurrió a los buenos oficios de Luigi del Riccio. "El canto de Arcadente -le escribe en 1542- es tenido por cosa bella, y puesto que, según sus palabras, no cree causar menos placer a mí que a vos, que se lo pedisteis, no querría pasar por desagradecido. Os ruego que penséis qué podría regalarle, si telas o dinero, y lo que decís, que no tendré inconveniente en hacerlo." Parece ser que Arcadelt no quiso recibir dinero, pues poco después Miguel Angel escribe de nuevo al amigo Del Riccio repitiendo que no quiere "parecer desagradecido al Arcadente", y añade: Tengo en casa una pieza de raso para jubón...; si os parece, os la mandaré para dársela." También, Miguel Angel sabía ser, en ocasiones, mecenas. Obsérvese, de paso, su modestia. Tanto en el caso de los madrigales de Festa y Concilion como en los de Arcadelt, él, que con tanta seguridad emitía sus juicios en las otras artes, no se arriesgaba a juzgar aquellos cantos. "Son tenidos por cosa admirable", escribe a Sebastiano. "Es tenido por cosa bella", escribe a Del Riccio. Son, pues, los demás quienes alaban aquellas músicas; él se limita a consignar esos elogios. O no se fía de su criterio en cuestiones musicales, o bien, por tratarse de melodías inspiradas en versos, no quiere, por esquivo pudor, encomiar su belleza. Tanto en un caso como en otro, tenemos aquí una prueba más de la humildad del soberbio Buonarroti. Y se comprende mejor su retraimiento si se piensa que eran cantos de amor y que él, aunque siempre había sido un ardoroso amante del amor, debía de sentirse violento al oír cantar a extraños o desconocidos las palabras que le habían salido de lo más hondo del corazón, y que ahora, envueltas en la melodía, ya no le parecían suyas. Y es posible que, aunque se dejase vencer alguna vez por el encanto de los sonidos, considerase a la música como un arte inferior a las del dibujo, como un arte demasiado aérea, indefinida y femenina, frente a la robusta y latina corporeidad de la escultura, ante la razonada expresividad de la poesía. Y entonces, para no parecer ignorante o descortés, refería los elogios ajenos y volvía, no del todo convencido, a dibujar, a pintar, a esculpir. (G.Papini, Vida de Miguel Angel)


Jacob Arcadelt:
Compositor franco-flamenco, pasó la mayor parte de su vida en Italia, a donde llegó cuando se estaba desarrollando la nueva forma profana del madrigal, al que dio un carácter contrapuntístico que enriqueció sus posibilidades. Fue cantor de la Capella Giulia, de Roma, y luego maestro de la misma. Ocupó otros cargos en Roma y finalmente regresó a París, donde trabajó para el duque de Guisa. A partir de 1539 fue publicando varios volúmenes de madrigales, el primero de los cuales se reeditó más de treinta veces en el espacio de un siglo, prueba irrefutable de su inmensa popularidad. Además de estos volúmenes de madrigales, la mayoría a cuatro voces, pero algunos a tres voces, escribió motetes, canciones, misas, etc. La popularidad de estos madrigales de carácter profano se explica por el gran auge de las cortes nobiliarias en Italia; cortes de primer orden, de segundo, e incluso algunas de familias simplemente acaudaladas, que pasaban sus ratos de ocio cantando y aprendiendo a cantar los madrigales que se publicaban, y que permitían un gracioso solaz musical colectivo.

Costanzo Festa (1480-1545):
Primer autor italiano de madrigales, aunque a veces eran a tres voces, generalmente usan cuatro, y en la notación tiende a haber valores más bien rápidos. Aunque los madrigales de la primera etapa italiana utilizan con frecuencia la imitación, tienen un espíritu básicamente homofónico y su expresión es pausada y tranquila. Posteriormente destacaron los compositores Andrea Gabrieli (discípulo de Willaert) y Giovanni da Palestrina. Su escritura musical se estructura en un número mayor de voces (entre cuatro y seis), con una clara preferencia por los madrigales a cinco voces. Más genuinamente polifónicos, los madrigales de esta época se aproximan al estilo de los motetes; la expresión se acerca más al sentido del texto y suele tener una mayor intensidad.

Julio II (Juliano de la Rovere, Albissola 1445-1513):
Papa desde 1503. El nombre escogido eludía a César, o sea a la voluntad de realizar una obra de restauración y de conquista. No puede olvidarse la actividad de reforma interna de la Iglesia, pero sin comparación más imponente la encaminada a robustecer el poder temporal de Estado entre Estados (aunque sea como garantía de la independencia espiritual) y el esplendor externo, a través de la cultura y las artes, de las cuales fue inteligente promotor. Participó, incluso personalmente (famoso su comportamiento en el asedio de Mirandola), en la guerra, primero contra Venecia y luego contra los franceses (con el célebre grito de "¡Fuera los bárbaros!"). Encargó para sí a Miguel Angel un gigantesco monumento sepulcral (nunca terminado), así como la bóveda de la Sixtina; al Bramante, la nueva iglesia de San Pedro; a Rafael, las Estancias Vaticanas.

Miguel Angel (1475-1564) | Rasgos únicos


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