HISTORIA
DOCUMENTOS
Emigración española al Caribe



La emigración española al Caribe. Por Antonio M. Macías Hernández:
Introducción:
El estudio de las migraciones constituye, sin duda alguna, uno de los mejores legados de la historiografía hispana. Se inicia en la segunda mitad del siglo XVIII adquiriendo en este sentido especial relieve la reflexión que suscita el tema entre la minoría ilustrada isleña r y gana amplitud y contenidos a lo largo del período posterior, siguiendo el curso espacial y cronológico del flujo migratorio contemporáneo. Además, en los últimos años, coincidiendo con la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, la temática migratoria ha gozado de un trato privilegiado en la historiografía, tanto de los países receptores de la emigración hispana como sobre todo por parte de la historiografía de las regiones de emisión del contingente emigratorio. Este hecho que revela, por último, hasta que punto los historiadores han considerado al capital humano como el principal aporte hispano a la construcción nacional de los países americanos Esta tesis adquiere especial significado en el caso de la emigración española al Caribe. Fue el primer destino de este flujo emigratorio, y si bien perdió impulso en la segunda mitad del siglo XVI, cuando la búsqueda del mitico Eldorado se trasladó a Tierra Firme, la región caribeña recuperó de nuevo su papel de área receptora de la emigración hispana a lo largo de los siglos XVII y XVIII, hasta convertirse en el siglo XIX en el principal destino del citado contingente emigratorio. Cierto que el Caribe perdió este liderazgo en el último cuarto de esta centuria y primer decenio de la siguiente, cuando la emigración española alcanzó su más elevado guarismo, al incorporarse nuevas regiones al flujo emigratorio exterior, hasta entonces prácticamente ajenas al mismo. Pero no por ello el Caribe dejó de actuar como principal área de atracción para aquellas otras regiones Canarias, Galicia, fachada cantábrica, Cataluña que habían respondido de manera secular a la llamada americana. De ahí que, si admitimos la tesis de que las cadenas migratorias cimentan el éxito de todo flujo migratorio, entonces cabe deducir que fue en el Caribe donde el migrante hispano tuvo mayores oportunidades de "hacer la América". Esto fue al menos lo que ocurrió en el caso de la emigración canaria, a pesar de que la literatura al respecto se debate aún en un mar de contradicciones y de que se han superado algunos tópicos, gracias a la labor de algunos historiadores, convertida en propiedad intelectual de los plagiadores de turno, al tiempo que se silencian aquellas aportaciones que no se entienden o que no convienen al marco ideológico defendido, como puede comprobarse en una publicación reciente, debida al por otra parte diligente investigador M. Hernández González. Sin duda alguna, el Archipiélago fue la región migratoria hispana más temprana y de mayor intensidad, con una destacada presencia en el Caribe y en los procesos de asimilación y sincretismo cultural generados por el proceso migratorio, tanto en las áreas de recepción como de procedencia. Se deduce entonces que los estudios sobre la migración isleña ofrecen una elevada relevancia analítica para la comprensión del proceso migratorio. Un proceso que, por último, se torna cada vez más complejo a medida que se profundiza en su análisis, especialmente en lo que respecta a su causalidad. De ahí que resulte extremadamente dificil realizar un balance exhaustivo y crítico sobre la emigración española al Caribe desde los inicios de su colonización, en el siglo XVI, hasta fechas relativamente recientes; dificultad que resulta aún más notoria si pretendemos que el citado balance tenga además la virtud de mostrar las deficiencias teóricas y empíricas de nuestro actual nivel de conocimientos sobre esta cuestión con la finalidad de suscitar el debate, respondiendo con ello al objetivo prioritario de toda ponencia. Nuestra intención es más modesta; pretende únicamente aportar un marco general de análisis y algunas sugerencias, insistiendo en los mecanismos generadores de la emigración en este lado del Atlántico durante las etapas moderna y contemporánea, pues el tema de la inmigracion será examinado en otra ponencia.

La emigración del período moderno:
El punto de partida de la emigración ultramarina del período moderno se hace coincidir con el Descubrimiento de América. No obstante, se matiza luego esta fecha, al establecerse una primera etapa cuya movilidad estuvo asociada a la empresa de conquista, retrasándose entonces el inicio de la corriente emigratoria en sentido estricto a la segunda mitad del siglo XVI, cuando la citada corriente presentó un guarismo relevante desde el punto de vista poblacional y demográfico, generado además por una causalidad migratoria que obedeció, de una parte, a la atracción generada por el proceso colonizador que siguió a la conquista de los nuevos espacios y, de otra, a la existencia de determinados elementos de expulsión del territorio castellano, asociados a la tan discutida decadencia del siglo XVII. Ahora bien, datar la emigración ultramarina hispana con la fecha del Descubrimiento indiano o, mejor dicho, con el inicio de su atracción colonizadora, induce a infravalorar la existencia de una movilidad muy anterior, es decir, de unidades familiares que incluían la migración de media y larga distancia entre sus estrategias de supervivencia o bien como mecanismo de movilidad social en sentido ascendente. Es decir, se corre el riesgo de infravalorar la existencia de un tejido social, económico y jurídico-institucional favorable a la movilidad en la etapa previa al Descubrimiento de América. En segundo lugar se corre también el riesgo de ofrecer una visión distorsionada del origen del contingente ernigratorio. En este sentido, en vez de hablar de emigrantes andaluces en la primera riada emigratoria indiana, quizás sea más apropiado aludir a emigrantes de otras latitudes y reinos de la Corona de Castilla, cuya región de última vecindad antes de trasladarse a América fue Andalucía. Finalmente, retrasar los inicios de la emigración ultramarina a la segunda mitad del siglo XVI supone minusvalorar el hecho de que la primera experiencia migratoria de Castilla no fueron las Indias sino el Archipiélago canario, cuya repoblación y colonización motivaron las primeras medidas institucionales favorables a la movilidad. Un capítulo éste que ha recibido poca atención entre los estudiosos de las migraciones, preocupados más por medir su guarismo que por aislar el papel desempeñado por los obstáculos intermedios a la movilidad.

La primera corriente emigratoria:
Atendiendo, pues, a estas sugerencias, puede inferirse una primera etapa de intensidad migratoria aún imprecisa y que tuvo como principales áreas de atracción o destino, en primer término, las Islas Canarias, al que se sumó luego las islas de Barlovento. El examen de la procedencia de los inmigrantes en el caso de Canarias, pero también muy probablemente de las islas de Barlovento, dado que de los puertos canarios partían buena parte de las expediciones de colonización del territorio insular indiano, permite sostener la presencia de dos colectivos importantes-castellanos y lusitanos situándose sus áreas de origen en las fachadas atlántica y cantábrica, un colectivo integrado por mercaderes, artesanos, colonos, y que contó incluso con una inmigración temporera lusitana de carácter estacional en el caso de Canarias. Y si agregamos a este colectivo el de procedencia no castellana, vinculado de forma más directa a la expansión del capital mercantil genoveses, normandos, flamencos, podemos concluir que se trataba del contingente emigratorio que nutrió la experiencia colonizadora de este lado del Atlántico durante el siglo xv.

La segunda corriente emigratoria:
La intensidad emigratoria aumentó a partir de la segunda mitad del siglo XVI y, sobre todo, entre el último cuarto de esta centuria y el primer tercio de la siguiente, incorporándose nuevos espacios a la recluta indiana a medida que la información sobre las oportunidades de «hacer la Arnérica» llegaba a un mayor número de hogares. Esta es la tesis que ha sostenido la historiografia desde los días del arbitrismo (Martín Rodríguez, 1986) y que M. Morner intentó cuantificar en un artículo pionero y revelador. Ahora bien, como indicó J. Nadal, yo mismo y el propio Morner en un trabajo reciente, los últimos estudios sobre la demografia y economía de Castilla sugieren la necesidad de corregir al alza las estimaciones sobre el flujo emigratorio de este período, sobre todo desde que V. Pérez Moreda demostró que la sobremortalidad no fue el principal factor responsable de la despoblación castellana. El problema de la procedencia de los emigrantes en esta segunda corriente migratoria no ha sido resuelto aún de manera satisfactoria. A primera vista, la información aportada por Boyd-Bowman, acerca de su mayoritario origen andaluz, se ha visto confirmada por los trabajos sobre la emigración de esta área, a la que se ha agregado la emigración isleña a partir de los resultados obtenidos de la aplicación del método del insigne lingüista americano por A. Borges. Sin embargo, esta procedencia no parece ajustarse totalmente a la realidad que aportan otros datos, que sugieren al menos la necesidad de examinar con mayor rigor la importancia de los movimientos migratorios internos. En primer lugar, el carácter de tierra de repoblación y de tránsito de Andalucía durante este período, como prueban los testimonios acerca de la presencia de un elevado contigente inmigratorio de procedencia no andaluza en ciudades como Córdoba a finales del quinientos, lo cual puede extrapolarse para el caso de Sevilla si consideramos el papel de puerta de América del puerto sevillano. Igual conclusión ofrece la movilidad migratoria que tiene como marco Canarias y sus puertos, convertidos desde un primer momento en lugar de escala obligada para la ruta indiana, con el agregado de que, como veremos luego, el marco institucional fue más favorable aquí que en Sevilla a la hora de realizar los embarques clandestinos. La mayoría de los llamados isleños de América en esta hora eran en realidad extranjeros, sobre todo lusitanos. El destino de esta segunda corriente emigratoria parece más claro. Si la primera tuvo un primer destino insular Canarias y luego las Isla de Barlovento, ahora se dirigió fundamentalmente hacia Tierra Firme, cuya atracción motivó incluso la creciente despoblación de Barlovento. Esta es la tesis general. Pero debemos insistir en dos cuestiones de singular relieve, pues determinaron la continuidad de la cadena migratoria establecida desde un primer momento entre el Caribe y las Canarias. Me refiero, en primer término, al régimen mercantil de los puertos canarios con Indias; una excepcionalidad que persistió a lo largo del período de vigencia del monopolio sevillano, a pesar de las protestas de sus cargadores. Los inicios de este tráfico se filndamentaron en la necesidad de abastecer de productos de primera necesidad a los colonos de las Islas de Barlovento y a la empresa de conquista de Tierra Firme. Y tales fundamentos fueron argumentados luego por la elite local para persistir en su privilegiado comercio indiano. Ahora bien, la ofensiva de los cargadores logró al menos limitar la navegación indiana a las Islas de Barlovento, donde se asentaron los mercaderes isleños para desde sus puertos continuar la negociación con Tierra Firme. Al propio tiempo, la presencia mercantil isleña también se ejerce desde un primer momento con las costas de Venezuela, donde se asienta un capital mercantil de origen isleño en su segunda generación, dedicado a la actividad comercial y a la expansión de sus economias de plantación, como luego veremos. Me refiero, en segundo lugar, a la política migratoria que debió abordar la Corona con objeto de evitar la despoblación de las islas de Barlovento; es decir, a la inexistencia de limitaciones institucionales al flujo migratorio canario-caribeño. Guiada por aquel objetivo, la Corona autorizó a la población avecindada en Canarias, tanto naturales como residentes, su embarque hacia la Española, y en 1558 dispuso que las autoridades locales podían dar licencia para este destino, disposición que derogó parcialmente en 1574 para el caso de los naturales de Gran Canaria y en 1599 para el conjunto del Archipiélago, si bien sus Jueces de Registro continuaron otorgan licencias de salida en fechas posteriores bajo el pretexto de que los solicitantes se dirigían a poblar La Española. Pero lo importante es que esta disposición permitió que la población avecindada en Canarias, tanto natural como extranjera, dado que el Archipiélago estuvo siempre abierto a toda gente y credo, pudiera embarcarse a Indias, incluso con licencia, al tiempo que los puertos insulares se convirtieron en uno de los principales puntos de la emigración ilegal.

La tercera corriente emigratoria:
Todos los autores sostienen un menor volumen emigratorio a partir de 1650, sustentado en un cambio de coyuntura de la economía castellana. La fase de recuperación y expansión económica y demográfica, más acusada en la periferia peninsular, sobre todo en Galicia, la cornisa cantábrica, Cataluña y el Levante, se situó sobre todo en los dos primeros tercios del XVIII, perdiendo intensidad o declinando en algunos casos a partir de 1760, para, a fines de siglo, cambiar bruscamente de signo, ocurriendo repetidas crisis de subsistencias y de mortalidad, síntoma inequívoco del limitado despegue económico del setecientos. Por consiguiente, crecieron los motivos para sentir la poderosa atracción indiana en un momento en que la difusión de ésta fue más acusada como consecuencia de una actividad mercantil que, roto el monopolio, incorporó los principales puertos peninsulares al tráfico con América. Esto significa que hombres y mercancías tenían más cerca ahora el acceso a las Indias. De ahí que pueda sugerirse un perfil migratorio caracterizado por una primera etapa de baja intensidad, entre 1650 y 1750, ante la escasez relativa de fuerza de trabajo, absorbida la disponible por la recuperación y expansión económica ocurrida entre ambas fechas. La ruptura posterior de esta expansión provocó una creciente sobrepoblación relativa, cuya única alternativa fue la emigración, aumentando en consecuencia su intensidad y contribuyendo a explicar el menor ritmo de aumento demográfico e, inclusion su estancamiento en el último cuarto del siglo XVIII. Se trata, no obstante, de un perfil migratorio cuya cuantía resta por examinar, pero que, en todo caso, los testimonios de las áreas de emisión fuerzan a estimar que su volumen fue superior al de la etapa precedente. En principio, los datos procedentes de las áreas de emisión reflejan un aumento de la contribución de Canarias, Galicia) cornisa cantábrica y de Cataluña. Las tasas de masculinidad entre la población con edades comprendidas entre los 16 y 40 años, censadas en 1787, presentan una escala cuyos valores minimos se alcanzan en Canarias, seguida de Galicia, País Vasco y Cataluña (A. Eiras Roel, 1989a: 617), e igual imagen ofrecen los datos de la migración neta calculada por R. Rowland (1988: 95).

La causalidad migratoria del período moderno:
Resumir en una breve nota la causalidad migratoria del período moderno es prácticamente imposible. Tampoco tiene mucho sentido pretender aislar una causalidad migratoria en el caso de la emigración hispana al Caribe, pues no parece que existan elementos que otorguen una cierta especificidad a este flujo emigratorio, a no ser que se insista en el destacado papel ejercido por las cadenas migratorias establecidas entre determinadas regiones de origen y destino del colectivo emigrante, sobre todo a partir del siglo XVIII. Además, el tema de la causalidad migratoria continúa siendo objeto de amplio debate, máxime si consideramos que nuestro conocimiento del período migratorio moderno es todavía muy precario. Porque todos enunciamos con menor o mayor acierto los elementos que intervienen en el proceso, a saber: la ruina de la manufactura y de las actividades urbanas; de la agricultura; la presión rentista, las sostenidas crisis agrarias y, del lado receptor, el estímulo de la plata indiana y luego de la expansión de las actividades generadas por el crecimiento de las economías de plantación. En resumen, factores de atracción y de expulsión cuya incidencia se vio acentuada por la acción de una incipiente migración «en cadena», más intensa a medida que avanza el proceso migratorio, alcanzando pleno significado en algunas regiones migratorias durante el siglo XVIII (J. Ortiz de la Tabla Ducasse, 1981: 450; 1985: 43; E. Otte, 1988: 25-27). Pero ante la dificultad de aislar el peso relativo de cada elemento causala se concluye aludiendo a la compleja y diferenciada causalidad migratoria a nivel espacial y temporal. Sólo unos pocos investigadores se pronuncian en favor de la importancia de los factores de expulsión o bien de los factores de atracción, dependiendo por lo general en cada caso del objeto de análisis, la emigración o la inmigración; más reducida es, por último, la nómina de los que esgrimen el carácter mecánico y economicista del modelo pull/pusch, y proponen como única herramienta analítica las cadenas migratorias, dado que permiten considerar el fenómeno migratorio como un proceso dinámico e interactivo que conecta determinadas regiones de origen y destino. Así pues, carecemos de un modelo dinámico de causalidad migratoria que tenga la virtud de aislar la importancia relativa de cada factor en la secuencia sociotemporal del proceso; modelo que, dado ese carácter sociohistórico, no es único y general, ante el mosaico de economias de la España moderna. Pero toda ponencia que se precie debe sugerir cuestiones que susciten el debate, aún a riesgo de interpretar opiniones ajenas de manera incorrecta o de aportar reflexiones propias todavía inmaduras. Comencemos por concretar la unidad de análisis. En este sentido, si bien el estudio del sujeto emigrante revela su carácter individual, edad temprana y celibato en la mayoría de los casos, la decisión de emigrar forma parte de las estrategias de reproducción de las unidades familiares, de modo que la unidad de análisis no reside en el individuo sino en la familia. La movilidad implica una inversión que no puede afrontar el sujeto emigrante así definido, sino la familia a la que pertenece, y esta última interpreta la movilidad en términos de costes reales y beneficios esperados. ¿Cabe tal grado de eficiencia en la decisión de emigrar de los tiempos modernos? Nuestro análisis de las remesas de emigrantes en el siglo XVIII isleño revela que la media de los giros en concepto de ayuda familiar ascendía a 505 reales de plata, o sea, a 42.900 mrs. castellanos; como el salario medio de los jornaleros era de 127 mrs./día, la ayuda familiar suponía un ingreso anual equivalente a 337 días de trabajo, es decir, una cantidad superior a la renta teórica anual de un peón agrícola2. Una suma cuya importancia se refuerza si consideramos la contracción experimentada por el mercado de trabajo, consecuencia de la regresión vitícola y de la sustitución del régimen directo por la medianería en las haciendas, de modo que la mayor parte de las unidades familiares de pequeños propietarios con excedente de fuerza de trabajo, carecían de empleo fijo anual fuera de la unidad de producción doméstica. Se deduce entonces que la remesa de la migración en concepto de ayuda familiar, era al menos similar al ingreso medio anual que dejaba de percibir la unidad doméstica por el activo que, carente de empleo remunerado en la deprimida economia de este lado del Atlántico, colocaba en la próspera economia del otro lado especialmente en Cuba y Venezuela, abonando su pasaje mediante el préstamo hipotecario, es decir, incluyendo como garantía el corto patrimonio familiar. En resumen, no puede quedar mejor medido el grado de eficiencia mostrado por las unidades familiares migrantes de nuestro siglo XVIII en la asignación de su fuerza de trabajo y, en definitiva, en la adopción de su decisión de emigrar3. Y nada por el momento impide generalizar estas conclusiones para el amplio período anterior, a expensas, por supuesto, de los resultados de futuras investigaciones. Ahora bien, las unidades familiares no son entes autónomos, es decir, no deciden sus estrategias de reproducción o de movilidad social de manera autónoma. Por el contrario, las unidades familiares están inmersas en la dinámica de macromagnitudes de orden económico, social y juridico-institucional, que son las que, en último término, determinan la acción de los factores de expulsión y de atracción que intervienen en la decisión de emigrar. En definitiva, la movilidad implica la existencia de una «economía de la migración», cuyo objetivo básico consiste en conectar los mercados de trabajo de las regiones de procedencia y destino de los contingentes migratorios aportados por las unidades familiares, que se ven afectadas por los mecanismos de reclutamiento, puestos en marcha por la citada «economía de la migración» para generar la movilidad. Y el primer mecanismo de esta «economía de la migración)) es, sin duda alguna, la información acerca de las condiciones de las áreas receptoras (J. Gould, 1 980). En este sentido, sería de interés precisar los canales de difusión de la atracción indiana. Cabe pensar que se tratarían, en una primera fase, de aquellos que articulaban los mercados de trabajo de corta o media distancia en la economia castellana; de las redes que vertebraban el flujo campo-ciudad, de las vías que seguían los artesanos que carecían de la cobertura gremial para ejercer su oficio; en suma, de los derroteros establecidos por los migrantes en la fase previa a la movilidad exterior. A través de ellos penetró la atracción indiana, cuya difusión se vio luego ampliada gracias a la creciente actividad mercantil con la América y a la correspondencia enviada por los allá establecidos. Este papel difusor del comercio colonial queda patente si consideramos la procedencia urbana del colectivo emigrante, reclutado en las ciudades que jalonaban las rutas que, en contacto con Sevilla, abrían el camino a las Indias (P. Boyd-Bowman, 1976: 591-592). Queda también patente en el caso de la dirección del flujo emigratorio vasco o catalán, fundamentado además en la actividad mercantil, e incluso en la emigración canaria~ aunque, al contrario que en el caso de los dos colectivos anteriores, no fue el comercio el unico fundamento de la actividad de su colectivo migrante. Si la dirección prioritaria de la migración isleña fue Cuba y Venezuela, también fue éste el principal destino del comercio canario-americano. Un comercio que captó además el colectivo emigrante que podía haberse enrolado en la oferta de pasaje gratis ofrecido por la política inmigratoria de la Corona, al poner de relieve, junto con la correspondencia, el carácter negativo de los asentamientos promovidos por la citada política, frente a las crecientes oportunidades de las economias coloniales de Cuba y Venezuela. Ahora bien, el mero conocimiento de los factores de atracción no provoca la movilidad. Se requiere la existencia de un excedente de fuerza de trabajo libre en las áreas de emisión cuya capacidad laboral se adecúe a la demanda de mano de obra libre de las actividades coloniales en expansión. Así, las economias de plantación del Caribe requirieron mayordomos para la gestión de sus haciendas esclavistas, además de pequeños productores directos para abastecer de productos hortofrutícolas a las economias urbanas. Y encontraron su correspondiente oferta en el excedente de fuerza de trabajo de las unidades familiares isleñas de pequeños propietarios. La Corona, por su parte, requirió colonos para su política inmigratoria en el Caribe, y los reclutó entre el colectivo campesino isleño que carecía del capital necesario para financiar el coste de su traslado. En otros casos, la conexión entre las regiones de origen y destino no se efectúa únicamente a través del mercado de trabajo, sino también a través de un intercambio de bienes y servicios, desempeñando entonces el factor trabajo migrante el papel de agente de las redes de intercambio. Así ocurrió en el caso de la migración vasca y catalana. La movilidad supone un coste que no siempre se encuentra al alcance de las unidades familiares de potenciales emigrantes. Por consiguiente, es preciso considerar los medios financieros empleados para sufragar el coste del traslado a Indias, relacionando además el precio del flete con la capacidad de ahorro de las unidades familiares y con la extensión de otros medios de pago y crédito para financiar la aventura indiana. En este sentido, la migración del período moderno introdujo innovaciones, las cuales siguieron el ritmo de la intensidad del flujo emigratorio. Porque en un primer momento los señores condujeron a sus vasallos. Así, en el caso de la migración canaria al Caribe, la Corona otorgó asientos para poblar determinadas regiones a miembros de las elites locales, quienes contrataron la mano de obra libre para su proyecto colonizador entre el campesinado con recursos, pero también entre aquellos que únicamente disponían de su capital humano, vendiendo su fuerza de trabajo a cambio del precio del traslado; se trataba en muchos casos de campesinos reclutados entre las unidades familiares de las comunidades aldeanas sometidas a la influencia económica y política de la elite local vinculada al proyecto colonizador. Por su parte, el capital mercantil financió la movilidad del factor trabajo necesario para sostener su expansión, no sólo estrictamente mercantil, de factores comerciales, sino también para lilndar las economias de plantación vinculadas al mismo. El ejemplo de Ponte es ilustrativo al respecto. Su fundador, Bartolomé de Ponte, de origen genovés y procedente de Sevilla, contribuyó con sus dineros a la conquista de Tenerife, recibiendo por ello largas mercedes de tierras y aguas para el cultivo de los cañaverales y de los panes. Con solar en Garachico) el principal puerto insular por estas fechas, la familia creó un gran patrimonio agrario y continuó vinculada al tráfico mercantil con Europa y América. Uno de sus descendientes, Juan de Ponte Rebolledo, y su yerno, el mercader Pedro Blanco Gheeraert, de origen flamenco, enajenaron todas sus pertenencias y embarcaron en 1603 con destino a Venezuela, llevando consigo a todos sus parientes directos, criados, esclavos, semilas de diversos frutales y mercaderías. Transportaban, como vemos, fuerza de trabajo desde esclavos hasta aquéllos que debían gobernarlos, los criados blancos nuevas técnicas agrícolas y capital, acumulado en mercancías 4. El Ayuntamiento caraqueño les hizo repartimiento de tierras aptas para las arboledas de cacao a orillas del Guaires y ambas familias Ponte y Blanco, participaron en la formación de la nobleza criolla de los grandes cacaos, al tiempo que mantuvieron lazos mercantiles con sus parientes de esta orilla. En definitiva, de Génova a Sevilla, luego a Canarias y finalmente, a América; he aquí los progresos espaciales de la migración vinculada al capital mercantil. El ejemplo citado invita también a una segunda reflexión. Emigrar a Indias con provecho, a pesar de los bajos costes relativos de la salida desde Canarias, al menos hasta 1599, implicaba una inversión que sólo estaba al alcance de quienes disponían de capital o podían reunirlo mediante la venta de sus cortas tenencias7. Por su parte, aquéllos que carecían de opción financiera propia, debían contratarse en origen como criados, pagando su pasaje en destino mediante su trabajo personal en las haciendas o en los talleres indianos de sus nuevos amos durante un número determinado de años. Acabado el contrato cabía la posibilidad de trabajar por cuenta propia en los oficios urbanos o convertirse en pequeño hacendado esclavista. Ahora bien, a medida que se intensificaba el flujo migratorio y se acentuaba el nivel de vertebración de las economias de origen y destino, las fórmulas de financiación del tráfico indiano, brillantemente esbozadas por el prof. Bernal en otra sesión de este coloquio, también alcanzaron al colectivo migratorio. Me refiero en el caso isleño al préstamo a riesgo, siendo en este caso la mercancía humana la que se sometía a los vaivenes de la fortuna y a sufragar su flete en Indias a los quince días de llegado el navío -lo cual implica la existencia de un mercado de contratación inmediata de esta fuerza de trabajo-, con la única novedad con respecto al préstamo a riesgo de que la unidad familiar hipotecaba su corto patrimonio como garantía de que la mercancía mueble abonaría su flete en el tiempo estipulado. Finalmente, la información sobre los factores de atracción y, conocidos estos por las unidades familiares de potenciales emigrantes, su propia movilidad, se vio limitada por la existencia de barreras institucionales. Cierto que todos hemos insistido en la cuantía del exodo, pues se acumulaban las referencias sobre el incumplimiento de la normativa migratoria. Pero también es cierto que, si bien los esfuerzos en esta línea de investigación no han concluido, parece cada vez más evidente que la esperanza de encontrar mejores guarismos no alterará de manera sustancial la tesis de que la emigración hispana no alcanzó en términos generales los niveles que cabría esperar de la elevada incidencia de los factores de atracción y expulsión. Es preciso entonces prestar mayor atención al estudio de los obstáculos intermedios a la decisión de emigrar, entre ellos, de la política y legislación migratoria. Se trataría ahora de abordar este estudio desde una nueva perspectiva. En vez de un simple acopio y posterior comentario del disperso material legislativo, es necesario examinar la argumentación política, económica y poblacional defendida por los diversos agentes sociales que intervinieron en la concreción de la política migratoria hispana. Una perspectiva analítica que obligaría a descender al plano regional, pues el fiancionamiento del aparato político antiguoregimental e incluso del primer período liberal revela el destacado papel de las elites locales en la génesis del marco legislativo. Perspectiva analítica que, por último, es absolutamente necesaria por dos razones.

  • Por la inexistencia de un mercado de trabajo único en todo el país que pudiera verse afectado de manera uniforme por la normativa migratoria general; por el contrario, la investigación reciente revela la existencia de un mosaico de economias con una dinámica propia y diferenciada, y cabe pensar que con mercados de trabajo de igual signo y tendencia.
  • Porque el grado de eficacia de la normativa migratoria no puede ser concretado sino en el plano regional, dado que eran sus agentes sociales los responsables de la aplicación de medidas restrictivas o favorables al proceso migratorio, atendiendo en cada caso a su concepción del mercado de trabajo y a su nivel de equilibrio con respecto a las necesidades del aparato productivo.

El ejemplo isleño es pertinente al respecto. Así, cuando en la segunda mitad del siglo XVI el aumento de la demanda de activos en la economia insular colisionó con la generada por las economias coloniales, cuya atracción era muy acusada en el caso de Canarias por los bajos costes de la movilidad y por una política migratoria regia que exceptuaba la migración isleña de su restrictivo marco migratorio, los agentes económicos insulares lograron que la Corona suprimiera su política de colonización del yermo indiano con sangre isleña. Política que, no obstante, tales agentes consideraron acertada cuando, a partir del último cuarto del siglo XVII, la economia insular inició un ciclo regresivo que incrementaba el paro y la tensión social. La migración isleña se convirtió entonces en un elemento esencial en la política migratoria colonial, al participar ahora de manera más activa en la colonización de determinados territorios indianos con objeto de hacer frente a la injerencia extranjera. Pero la intensidad de la atracción indiana sobre los diversos segmentos del potencial migratorio isleño fue de tal magnitud que desequilibrió el mercado de trabajo, a pesar de su reducida capacidad de demanda. Actuando de nuevo en consecuencia, se redactaron por las autoridades locales diversos memoriales para minorar éxodo. Pero, como mostró un destacado ilustrado, imponer restricciones al trabajo, al situarse el nivel salarial de la clase jornalera por debajo del «fondo de subsistencia», era tanto como crear siervos adscripticos sujetos a la tierra, es decir, retornar a los oscuros tiempos del feudalismo. Había llegado la hora de sustituir el concepto de vasallo por el de ciudadano y de reconocer el derecho de éste a buscar en otro lugar el sustento que le niega la patria.

II LA EMIGRACIÓN DEL PERÍODO COMTEMPORÁNEO:
Nuestro conocimiento del proceso migratorio contemporáneo ha mejorado en los últimos años enriquecido con estudios monográficos sobre aquellas comunidades de mayor tradición migratoria y con el empleo de nuevas fuentes y herramientas analíticas. Además, a las aportaciones sobre las regiones de emisión se han sumado textos específicos sobre determinados colectivos del otro lado del Atlántico, seleccionados en filiación de la cuantía del flujo migratorio o por su elevada relevancia analítica, como es el caso de la migración española al Caribe. No obstante, algunas cuestiones carecen aún de una adecuada respuesta.

La primera etapa emigratoria:
En primer lugar, el número de emigrantes. 1860 señala el inicio de la emigración masiva española. Esto es cierto, como que el momento de mayor intensidad de la diáspora no se alcanza sino en el primer decenio del siglo xx. Pero el concepto de emigración masiva se presentó en algunas comunidades antes de 1860, de modo que la primera etapa emigratoria contemporánea transcurre entre 1830 y 1860 aproximadamente. Esta primera etapa reviste mayor importancia si consideramos que buena parte de sus contingentes migratorios se reclutaron en las regiones de mayor tradición migratoria Canarias, Galicia, fachada cantábrica, Cataluña y su principal destino fueron las Antillas, de modo que las guerras coloniales y posterior emancipación no debieron afectar seriamente a esta corriente emigratoria. Se podría incluso sostener la existencia de una cierta continuidad entre el flujo emigratorio del siglo XVIII y éste del xx, interrumpido no tanto por las guerras de emancipación como por la guerra contra el frances En segundo lugar, poco sabemos acerca de la emigración ilegal y quizás sea el contingente isleño, el más influenciado por las salidas clandestinas, el mejor ejemplo de su alcance. La emancipación colonial detuvo la diáspora, pero, una vez resuelta, ni las restricciones a la libertad emigratoria, ni las contiendas civiles que ensangretaron la inmediata génesis de algunas repúblicas, impidieron una creciente emigración en dirección a Uruguay y Venezuela principalmente (E. Guerrero Balfagón, 1960; N. Martínez Díaz 1978, 1984), cuyo punto de partida fue la década de 1830 y que entre este año y 1860 absorbió casi la totalidad del saldo vegetativo anual de la población canaria (A. M. Macías Hernández, 1988: 171-175). La emigración ilegal también afectó a la población de Galicia y de la cornisa cantábrica a partir de 1830-1840 (S. Fernández Arlaud, 1973; G. Ojeda y San Miguel, 1985: 38-42; M. Vaquerizo-Gil, 1979; M. P . Pildain Salazar, 1984: 79-81; E. Fernández de Pinedo, 1988).

La segunda etapa emigratoria:
La segunda fase emigratoria contemporánea se inicia en 1860 y alcanzó su mayor guarismo en la primera década del siglo xx, con la incorporación de nuevas regiones a la diáspora y el desvío de la corriente argelina hacia América. Los prof. César Yañez y Blanca Sánchez han realizado valiosos esfuerzos por cuantificar el éxodo, intentando resolver si el problema de la menor y tardía presencia hispana en la migración de la Europa del Sur obedecía esencialmente a la infravaloración del contingente emigratorio en las estadísticas migratorias españolas, tal como había apuntado en su momento J. Nadal. Pero los esfiuerzos de ambos autores, si bien valiosos, siguen sin resolver el citado problema de manera satisfactoria, pues se requiere contrastar sus resultados con los apontados por un cálculo más riguroso de la migración neta a partir del método de los balances. Un diálogo entre el estudio de las migraciones y el demógrafo que todavía no ha concluido, esencialmente por las dificultades de nuestra documentación demográfica. En cuanto al perfil de los emigrantes, parece fuera de toda duda que los emigrantes eran en su mayoría varones solteros en edades muy tempranas. Pero no estamos en condiciones de poder afirmar que esta elevada proporción de jóvenes varones solteros defina todo el contingente emigratorio contemporáneo. La emigración familiar presentó particular importancia en el flujo emigratorio isleño del período 1830-1860 (A. M. Macías Hernández, 1988: 175-176) e igual fenómeno ha sido apuntado incluso para la tardía corriente migratoria castellano-leonesa (R. Robledo Hernández, 1988: 242-43); las políticas inmigratorias -caso de Cuba, Brasil o Venezuela- también actuaron en favor de una inmigración familiar subvencionada (F. Iglesias García, 1988: 283; J. SouzaMartins, 1988: 259; A. M. Macías Hernández, 1988: 176; J. Hernández García, 1981). Sin embargo, considerando la cronología de esta emigración familiar, fuertemente asociada a los años de mayor intensidad de la corriente emigratoria, parece más apropiado seguir sosteniendo el carácter masculino e individual como perfil secular del colectivo emigratorio contemporáneo. Esta tesis queda clara al menos en el caso de la emigración canaria; la diáspora familiar, asociada no obstante a otra individual y masculina, remitió luego de 1850 y prácticamente desapareció cuando el flujo migratorio adquirió su forma estacional y temporera. La segunda características de este flujo emigratorio es su componente estacional, muy acusado en el caso de la emigración isleña a Cuba, lo que permitiría avalar la participación de la migración ultramarina española en la articulación de un mercado de trabajo de dimensiones atlánticas, las economias domésticas adoptaban la decisión de emigrar de una parte de sus miembros teniendo en cuenta las circunstancias del mercado de trabajo en origen y destino, vertebrando la demanda estacional de mano de obra en ambos lados del atlántico. Si embargo, no parece que esta explicación sea totalmente satisfactoria. La estacionalidad del flujo emigratorio pudo obedecer a factores ajenos a esa meditada y óptima decisión de emigrar. El hecho de que la mayoría de los emigrantes abandonaran el país emisor en determinados meses es propio de un contingente emigratorio como el español, reclutado en el mundo agrario, sobre todo en los momentos de mayor diáspora; la decisión de emigrar de los pequeños propietarios se pospondría hasta la liquidación de su corto matrimonios optimizando sus ingresos hasta ese momento, o hasta las fechas de paro agrícola en el caso de los jornaleros; llegados a los paises receptores y dada la baja cualificación profesional de ambos colectivos, se ocuparían en las faenas agrícolas, optando por el regreso cuando no encuentran trabajo en los meses de paro estacional. En segundo lugar, se duda de que los salarios agrícolas en el país receptor sean lo suficientemente elevados como para generar un sustancial ahorro -motivador de esta decisión de emigrar-, descontados los gastos de transporte -cuyos elevados precios persistieron, a pesar del vapor- y manutención (V. Villanueva, 1984: 274). La duda parece más razonable si consideramos el nivel de sobreexplotación a que se vio sometida, según diversos testimonios, la mano de obra inmigrante asalariada en el latifundio y plantación de sus países receptores (W. 1976; H. Sabato, 1985; F. Iglesias García, 1988; J. Souza-Martins, 1985, 1988; C. Zubillaga, 1988). Y, sin duda, la solución a este problema es doble: por una parte, examinar la diferencial existente en el comportamiento estacional de salarios agrícolas entre países receptores y emisores y los costes totales de la migración, y, por otra, las posibilidades reales de hallar empleo en el país emisor en los momentos de paro estacional en el agro, aspecto éste tan importante como el primero. Los temporeros y la mayor parte del contingente emigratorio de esta hora se reclutaba en el mundo rural. ¿Fue siempre éste el origen del colectivo migratorio? Parece ser que la crisis de la economia colonial y la industrialización generó la emigración entre el colectivo asociado a esta actividad mercantil en los puertos del litoral catalán y entre el artesanado (C. Yañez Gallardo, 1988: 130-140); ambos factores y, sobre todo, el segundo, influyeron en la emigración del artesanado gallego (X. García-Lombardero y X. Carmona Badían 1988: 80-98), faltando por precisarse la sugerencia acerca del artesanado castellano (R. Robledo Hernández, 1988: 239); los artesanos vascos emigraron en la primera década del XX como consecuencia de la definitiva ruina de las ferrerías tradicionales (E. Fernández de Pinedo, 1988: 119-120), proceso ya anunciado en la década de 1880 (R. Robledo Hernández, 1988: 227) y cuya génesis se remonta a este período (E. Fernández de Pinedo, 1984: 313-314). Por último, entre 1850 y 1900, la industrialización trajo consigo un cambio en la geografia industrial y el hundimiento del artesanado, de manera especial en las industrias textiles (J. Nadal, 1987: 23-61). ¿Se podría aventurar entonces la hipótesis de que nos hallamos ante un primer perfil migratorio, caracterizado por una elevada proporción de emigrantes con una cualificación relativamente alta, considerando, en primer término, que el éxodo de braceros y campesinos seria limitado, consecuencia de la estrategia agraria expansiva hilos, escasean las investigaciones al respecto y el proceso modernizador presentó una desigual intensidad espacial y cronológica, de modo que el modelo agrario expuesto o la ruina del artesanado no afectó de manera homogénea a toda la economia del país; hubo regiones, como Canarias, que conocieron una fuerte corriente emigratoria, integrada en su totalidad por jornaleros y campesinos, aunque este contrapunto vale muy poco, por cuanto la terratenencia isleña apostó por el librecambio y la reasignación de los factores productivos, al tiempo que el país careció desde siempre de una manufactura a la que pudiera otorgársele "sensu estricto" el nombre de protoindustria. Ahora bien, entendemos que la formulación de esta hipótesis es necesaria porque, en el supuesto de confirmarse) aislaríamos este perfil migratorio del que ocurre durante la etapa definida de emigración masiva, caracterizado por una mayor proporción de campesinos de baja o nula cualificación, superior al 50 por ciento, constatada incluso en las estadísticas de sus principales países receptores (R. Robledo Hernández, 1988: 223). Aunque el matiz siempre existe y, esta vez, motivado por la elevada proporción de artesanos vascos emigrantes en la primera década del XX, en contraste con el nivel socioprofesional del resto del contingente emigratorio (E. Fernández de Pinedo, 1988: 120).

La tercera etapa emigratoria:
Finalmente, la tercera etapa emigratoria contemporanea en dirección al Caribe se inicia con la diáspora republicana y alcanza su verdadero guarismo a partir de los años finales de la década de 1940. Pero quienes respondieron a la atracción caribeña, fundamentalmente de Cuba, fueron gallegos y canarios y, en menor medida, emigrantes de otras regiones. Se trataba fundamentalmente de una emigración masculina de origen agrario, contanto en una primera fase de un mayor nivel de cualificación socioprofesional. Pero lo importante es que este nuevo destino de la migración hispana, referido únicamente a las citadas regiones, mientras la movilidad de la población del resto del país se orientaba hacia sus centros urbanos e industriales o bien hacia Europa, revela una vez más la importancia de una corriente emigratoria cimentada en la constancia de las cadenas migratorias. Este tema nos lleva a considerar brevemente algunas sugerencias sobre la causalidad del movimiento migratorio contemporáneo.

La causalidad migratoria contemporánea:
En un texto reciente, B. Sánchez Alonso ofrece una síntesis de la causalidad migratoria hispana del período contemporáneo, tanto general como a nivel regional, especialmente para los años 1880-1920. Al referirse a la diversidad regional, la autora sintetiza las diversas causas de la emigración, adelantadas por otros autores, a saber: crecimiento elevado de la población, agricultura atrasada, predominio de la pequeña propiedad, sistema hereditario desigual, tasas de alfabetización no demasiado bajas para poder acceder a la información, bajos niveles salariales, escaso desarrollo urbano o industrial y, por último, tradición migratoria. Examina luego esta causalidad a la luz de las discutibles variables económicas y poblacionales disponibles cuestión que se revela sobre todo en algunas de estas variables, como veremos de inmediato , confirma la causalidad ya apuntada sin esfuerzo econométrico alguno, y concluye, por último, sosteniendo lo que considero como su principal aporte al problema de la causalidad migratoria contemporánea: el destacado papel del acceso a la información, que se convierte así en un elemento esencial para determinar el destino del flujo migratorio y su intensidad. Y, en efecto, no cabe duda alguna acerca de la importancia de la información sobre las oportunidades económicas de la otra orilla, transrnitidas, según la autora, por la correspondencia y por las cadenas migratorias, familiares y amigos, y por los retornados, es decir, por los indianos de leontina y centenes y luises de oro, que tanto deslumbraron a nuestros abuelos. Pero opinamos que el acceso a la información y su bajo coste, no dependen únicamente del grado de alfabetización del colectivo potencial de emigrantes. Porque todos los testimonios disponibles revelan, sin la menor contrariedad, el bajo nivel de alfabetización, por no decir nulo, del colectivo emigrante hispano, sobre todo del que concurrió a la tercera oleada emigratoria, frente al mayor grado de alfabetización de otros colectivos, siendo además este bajo nivel de información una de las razones que explican el precario éxito del inmigrante hispano en los países de la América independendiente. Esto significa que el bajo coste de acceso a la información por parte del colectivo migratorio, que es lo que en realidad, importa, y no tanto su nivel de alfabetización, depende del grado de adecuación de su fuerza de trabajo, en términos de cantidad y calidad, a la demanda de activos que requiere la economía del país receptor. Y la conexión de esta demanda con su correspondiente oferta fue realizada por una selecta minoría de agentes económicos, que es la que, en resumen, transmite la información sobre las oportunidades económicas del país receptor y mueve los sutiles engranajes de la cadena migratoria, compuesta por diversos mecanismos y no sólo por relaciones de vecindad, parentesco y solidaridad campesina. Y, en el caso isleño, conocemos con cierto detalle los miembros de esta selecta minoría. Se trataba, en primer lugar, de pequeños propietarios rurales y artesanos que habían emigrado con cierta fortuna y capital durante la primera fase emigratoria, y creado un patrimonio en la otra orilla cuya gestión y expansión requería el sostenido aporte de mano de obra libre asalariada. Así, entre los contratos de trabajo de los colonos isleños a Cuba de mediados del xix, abundan los paisanos de este lado, estancieros, vendedores de frutos del país, artesanos ligados a la construcción, bodegueros; y lo mismo ocurre en la reciente emigración canaria a Venezuela. Otras regiones migratorias-Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña-aportan ejemplos del papel desempeñado por esta minoría. Ahora bien, junto a ella, desempeñando incluso un papel más activo, debemos situar a la terratenencia americana y a sus enganchadores, reclutados incluso entre la minoría anteriormente citada y con razones de parentesco y vecindad en la isla en la que prestan sus servicios. Y, con respecto a la terratenencia, los contratos de los colonos canarios de mediados del xix en Cuba indican la procedencia canaria de parte de sus miembros, o bien sus relaciones de sangre o de comercio con la terratenencia de este lado, con la que incluso elabora y ejecuta aquella proyectos de colonización con braceros, renteros y medianeros isleños. Por supuesto, entiendo que las unidades familiares que accedieron a la información sobre las mejores oportunidades económicas de la otra orilla, lograron este acceso a través de la cadena migratoria que hemos definido. En segundo lugar, que tales unidades familiares adoptaron su decisión de emigrar después de comparar dichas oportunidades con sus niveles de paro y miseria, y que, por último, conceptualizaron esta al respecto, la literatura en torno a esta temática aporta ya sugestivos modelos econométricos, fundamentados en la más pura ortodoxia marginalista. Ahora bien, de aquí surgen dos cuestiones aún pendientes y de naturaleza teórico-empírica. Primera: ¿la conceptualización de la movilidad contemporánea se basó siempre en los salarios reales? ¿No intervino también la posibilidad de acceder a la tierra libre y fértil o simplemente la garantía de obtener un empleo? ¿Tuvo cada uno de estos elementos un lugar y un tiempo en el largo proceso de la migración contemporánea? Creo que estas preguntas carecen de una respuesta adecuada y creo también y con mayor fervor que el único modo de avanzar en su búsqueda consiste en considerar que la citada conceptualización de la movilidad por parte de las unidades familiares se relaciona estrechamente con aquello que les privaba y con lo que, al propio tiempo, les ofrecía el desarrollo del capitalismo a ambos lados del charco. Así, a mediados del siglo XIX, la posibilidad de acceder a una tierra libre y fértil en la otra orilla mediante la inversión de un corto capital y de la fuerza de trabajo de la unidad doméstica, forjó el concepto de movilidad de las unidades familiares que intentaban reconstruir allá su perdido patrimonio en este lado por los procesos de proletarización campesina desencadenados por el capitalismo. Por su parte, los jóvenes solteros, que se contrataban incluso temporalmente como colonos, es decir, el excedente de fuerza de trabajo que no hallaba ocupación en la unidad doméstica o en la economía local, buscó en la otra orilla un empleo y un salario que le permitiera fundar un patrimonio o bien acumular la fortuna necesaria para el retorno y fundarlo en este lado. La segunda cuestión adquiere mayor relieve si consideramos que la tesis de las cadenas migratorias, así como del cálculo de la rnigración en términos de costes y beneficios, contradice la sostenida tesis de la sobreexplotación absoluta de la fuerza de trabajo emigrante, integrada por aquellos colonos canarios del siglo XIX que sustituirian al esclavo en las plantaciones cubanas y de la terratenencia criolla de Venezuela, y por los temporeros del siglo xx que, año tras año, recalaban en los ingenios y en las haciendas de tabaco de Cuba, y retornaban luego a sus hogares. Porque si el nivel de sobreexplotación alcanza el grado que le otorga la reciente historiografia-al aludir nada menos que a la esclavitud blanca-, entonces no se comprende cómo la cadena migratoria no hacía llegar a las unidades familiares de este colectivo emigrante tal grado de sobreexplotación con objeto de minorar su éxodo, de canalizarle hacia destinos más afortunados, o bien para hacerles ver el grado de subjetividad de la información transmitida. Y como no parece apropiado sostener que el emigrante isleño tuviera un alto nivel de masoquismo, ni tampoco que su bajo nivel de alfabetización le impidiera realizar un cálculo más preciso de los costes y beneficios de su decisión de emigrar, entonces debemos concluir, en primer término, en el elevado grado de control de la información por parte de unas cadenas mlgratorias que incluían los beneficios esperados de la explotación de sus paisanos, frente al empleo de la fuerza de trabajo autóctona, y, en segundo lugar, de que si hubo explotación en términos relativos, también la hubo y más acusada en este lado del charco. La décima guanchera parece pertinente al respecto:
Para la Habana me voy,
madre, a comer plátanos fritos,
que los pobres de aquí,
son esclavos de los ricos.
Finalmente, este último aspecto induce a considerar el hecho de que la información y su bajo coste para el colectivo potencial de emigrantes se encuentra también estrechamente ligado a los intereses de los agentes de la economia del área de emisión. En primer término, de manera positiva, pues la información no sólo ayuda a aligerar el excedente de fuerza de trabajo y su presión sobre la renta social disponible, sino que, además, ayuda a canalizar este excedente hacia aquellos territorios de recepción que ofrecen un mercado para determinados productos de la economia de las regiones de emisión, contribuyendo el flete del emigrante a reducir los costes del transporte de tales productos y a incrementar y difundir su nivel de consumo; la información ayuda también a canalizar este excedente hacia aquellos territorios donde la economia del país de emisión cuenta con una red de intermediarios financieros, pues las remesas de capital emigrante suponen un aporte de capital foráneo neto para las regiones de emisión y, por tanto, desempeñan un papel fundamental en la superación de la crisis que ha motivado el flujo emigratorio. Pero también la información y su bajo coste para el colectivo potencial de emigrantes se encuentra ligado de manera negativa a los intereses de los agentes económicos de las áreas de emisión cuando la cuantía del éxodo desequilibra su mercado de trabajo y amenaza con estrangular las estrategias de crecimiento diseñadas por aquellos agentes para superar la crisis. Entre estas estrategias se encuentra el proteccionismo que caracterizó la economía hispana del XIX, que retuvo fiuerza de trabajo en el sector agrario, en contraposición a un librecambio isleño que llevó a la diáspora a las economias campesinas tradicionales. Es en este contexto cuando se produce una campaña que podríamos llamar de contrainformación, ligada a los obstáculos de carácter institucional. Se trata ahora de detener el flujo emigratorio, especialmente de aquel segmento del mercado de trabajo con mayor demanda en la economia local, y para ello se pinta con los mayores nubarrones la propaganda sobre las condiciones de atracción de la otra orilla. Así, en el caso de la emigración de braceros isleños a Cuba mediante contrata, único modo que tenia este colectivo de costear su movilidad, la prensa local insiste en el carácter denigrante y de explotación de las contratas en los momentos en que la economia local demandaba la contribución de este colectivo potencialmente emigrante para garantizar un aporte de mano de obra barata a su expansión agraria. En resumen, los contenidos de la información sobre las oportunidades de renta y empleo en la otra orilla y su bajo coste, así como la contrainforrnación sobre tales contenidos y en momentos concretos, son elaborados por una "economía de la migración" cuyo objetivo básico consiste en conectar regiones de origen y destino del colectivo emigrante a través de una cadena migratoria. Por consiguiente, debemos reflexionar sobre los diversos componentes de esta cadena, situados a ambos lados del Atlántico~ sobre los efectos que los contenidos de la información generan sobre el colectivo emigrante, y, por último, sobre los mecanismos puestos en marcha para eliminar o bien obstaculizar la movilidad exterior. Desde esta perspectiva analítica, la "economia de la migración" del período tradición migratoria. Me refiero a Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña y Canarias, cuyos contigentes migratorios tuvieron como principal destino el área caribeña, especialmente por lo que respecta a la migración canaria. Y file de tal intensidad este grado de intervención de las cadenas migratorias que recreó una cultura de la migración a ambos lados del charco, garantizando la continuidad de los aportes migratorios hasta el momento presente) si bien su cuantía y naturaleza dependieron de las circunstancias locales y del nivel de atracción de la otra orilla. No obstante, la capacidad de captar nuevas áreas de reclutamiento de migrantes por esta economia de la migración a medida que se incrementaba la demanda de filerza de trabajo en los mercados de los países emisores y se incorporaban otros mercados de trabajo de los países al mercado migratorio atlántico, se vió limitada en el caso hispano porque los factores de atracción que difundían sus canales de información no pudieron vencer los osbtáculos institucionales a la movilidad, dada la estrategia de una terratenencia de este lado en mantener activos a la tierra y la tardía creación de cadenas migratorias en esta área. Y cuando esto fine posible, ocurrieron dos circunstancias: de un lado, los factores de atracción habían periclitado y al propio tiempo el colectivo potencial emigrante contaba con otras oportunidades más baratas y de menor riesgo, como fue la migración interior.

1. Media del salario nominal, que no experimentó variaciones significativas hasta la última década del siglo XVIII, cuando se nota un cierto movimiento al alza, claramente detectado en la primera década de la siguiente centuria. Cfr. al respecto MACÍAS HERNÁNDEZ, A.M., tesis doctoral inédita.
2. Estimada en 33.020 mrs. si computamos un máximo de 260 jornadas anuales.
3. Conclusión que no invalida los resultados reales de la decisión de emigrar, en ocasiones desfavorables para las unidades familiares, pues a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, a medida que aumenta la intensidad del flujo migratorio, se incrementan las denuncias sobre los graves inconvenientes morales y sociales de la migración de hombres casados, que abandonan a sus mujeres e hijos. Cfr. al respecto MACÍAS HERNANDEZ, A. M., La migración..., pp. 57-58. RODRÍGUEZ VICENTE, E., «Notas acerca del paso de canarios a América en el primer cuarto del siglo XIX", en III Coloquio de Historia Canario- Americano(1980), Ediciones del cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1980, t.II, pp.25-42.
4. AHPSCTFE, Protocolos notariales, leg.65, fol 491 y segs . Cada pipa contiene 480 litros y su precio en estos años supera los 300 reales.
5. Macías Hernández(1991b)
6. Nobiliario de Canarias, Santa Cruz de Tenerife, 1959, pp.114-115
7. Así ocurre entre los emigrantes embarcados en 1622 y 1625. Cfr. Díaz Trechuelo(1979)
Universidad de La Laguna

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