HISTORIA
Canarias
Mestizaje en Venezuela



Mapa Venezuela Mestizaje:
El vocablo significa cruzamiento biológico entre individuos pertenecientes a razas diferentes, y por extensión a la mezcla de culturas diferentes, aunque para esto último se utiliza la palabra «aculturación» y con más propiedad la de «transculturación». Mestizo se denominó en la América colonial al hijo de un español y una india, y en términos amplios, a quien descendía de ancestros españoles e indígenas en algún grado, por lo que el mestizaje calificó usualmente el intercambio entre españoles e indios, si bien el término es igualmente válido para cualquier otro tipo de cruzamiento biológico interétnico. De aquí que el término <(raza)> sea tan controvertido, ya que no existe ninguna pura o propiamente dicha. Se acepta no obstante la existencia de 3 grupos raciales, que son los caucasoides o blancos, los mongoloides o amarillos, y los africánidos o negros, pero es imposible establecer subdivisiones raciales dentro de ellos, como han pretendido algunos planteamientos políticos racistas. Los 3 troncos raciales se han conformado mediante un largo proceso de interacción genética en el que han influido elementos mutacionales, de selección y de influencia ambiental, que han producido ciertas variantes de tipo fisico, transmisibles parcialmente de padres a hijos, según las leyes de a herencia. El mestizaje interétnico es un fenómeno que se produce desde la Prehistoria. En Europa fue particularmente importante a comienzos de la Edad Media, con grandes migraciones de pueblos nórdicos y asiáticos, y continuó luego ininterrumpidamente, produciendo verdaderos complejos étnicos. La ampliación del mundo, producida por el descubrimiento de América a fines del siglo XV, activó aún más el mestizaje, especialmente en el Nuevo Continente, en donde afluyeron grupos muy diversos: españoles, portugueses, franceses, africanos, etc. El mestizaje fundamental se dio, como señalamos, entre los españoles, los indios y los negros, ninguno de los cuales era obviamente una raza; los españoles, por ejemplo, procedían de ancestros muy diversos: indoeuropeos, semitas y camitas y los indios eran producto del cruzamiento de grupos mongoloides, australianos, malayo-polinésicos y del sureste asiático. El mestizaje de españoles e indios se inició en el primer viaje de Cristóbal Colón y aumentó con el proceso de colonización, por razones muy diversas: el escaso número de mujeres españolas durante los primeros años de colonización (apenas un 10% de los hombres): los factores de prestigio favorables a la unión de mujer india con el español: los escasos prejuicios raciales de éste (el español tenía muchos prejuicios religiosos y hasta sociales, pero no raciales): los regalos de mujeres indígenas a los conquistadores como garantía de tratados de paz; la juventud de los pobladores ibéricos (su promedio de 20 años); y la ruptura de los rígidos patrones culturales ibéricos en el medio americano. La aparición de los mestizos fue una sorpresa para la Corona, que había pensado en una sociedad indiana bipolar de españoles e indios, pero fue interpretada como una unión de las 2 «razas», que consolidaba, en definitiva, el dominio español. Los mestizos gozaron de gran prestigio a comienzos de la colonización pues sus padres eran conquistadores, y a menudo, sus madres eran mujeres indígenas de gran rango, y fueron adscritos al grupo español. El Inca Garcilaso de la Vega es quizá el mejor representante de esta generación, que se sintió muy orgullosa de sus ancestros. La situación comenzó a cambiar de signo al promediar el siglo XVI, cuando aumentó el prestigio de los criollos y bajó el de los mestizos, pues estos últimos fueron ya frecuentemente resultado de uniones ilegítimas. No representaban aún ningún peligro para la sociedad dominante, pues se les prohibió ejercer determinados oficios sin autorización real, portar armas y ser caciques en los pueblos de indios. La situación se agravó en el siglo XVIII, cuando su enorme crecimiento demográfico empezó a alarmar a los estamentos dominantes. Téngase en cuenta que los mestizos eran en Hispanoamérica el 3,5% de la población a mediados del siglo XVII (según Ángel Rosenblat) y un siglo después representaban ya el 28% de la misma, convirtiéndose en un elemento desestabilizador de la sociedad, pues presionaban sobre las tierras de los indios y respaldaban todo tipo de agitación, como ocurrió en las revoluciones antifiscales, e intervinieron también decisivamente en el movimiento emancipador. Mestizaje fue también el cruce entre españoles y negros, cuya primera hibridación fue llamada mulato. El problema fue igualmente insignificante al principio, pero aumentó de grado cuando se produjo el gran tráfico esclavista para el laboreo de las minas y las haciendas. Las mezclas fueron cada vez más complejas, como el cuarterón (español y mulato), el quinterón (español y cuarterón) etc., especialmente en la zona circuncaribe. También se produjo el mestizaje de indios y negros cuyos resultantes fueron llamados zambos. El mestizaje originó en Hispanoamérica una sociedad estamentalizada, en la que el grupo «blanco» dominante, especialmente en los sectores urbanos, comenzó a subclasificar a los distintos grupos humanos producidos por los cruces; surgieron así los exóticos nombres de las "castas" tales como castizo, morisco, lobo, jíbaro, coyote, etc., y los aún más curiosos de "salto atrás", "tente en el aire", etc. En Venezuela, como en el resto de las posesiones españolas, el proceso de mestizaje primario, como resultado del cruce hispano-indio, se inició desde las décadas de 1520 y 1530, tanto en la región de Cubagua y Margarita al oriente, como en Curazao y Coro al occidente. La progenie resultante del español con la india era biológicamente mestiza pero desde el punto de vista cultural, se dieron 2 situaciones extremas: cuando el hijo permanecía junto a la madre en el ambiente aborigen, era un mestizo aindiado; cuando permanecía en el ambiente del padre y era tomado en cuenta por éste, se convertía en un mestizo hispanizado; estos últimos tuvieron una actuación notable sobre todo durante la segunda mitad del siglo XVI, como lo demuestra el caso de Francisco Fajardo quien, además del español, hablaba varias lenguas aborígenes. Posteriormente, con la llegada de mujeres españolas y la presencia del esclavo africano, el mestizaje se hizo más complejo y ya en el siglo XVIII, como resultado de varios cruces entre individuos que tenían antepasados europeos indios y negros, surgió el estrato social de los pardos término comúnmente utilizado para señalar, exclusivamente, la mezcla de negro con blanco. Eduardo Arcila Farías ha señalado que en la provincia de Caracas y en vísperas de la emancipación, éstos eran 37,8% de la población, mientras que los blancos (entre los que se contaban los mestizos hispanizados), apenas llegaban al 25,6%; estos originaron entonces un movimiento discriminatorio hacia los pardos, que se reflejó en su oposición a las denominadas cédulas de « gracias al sacan privilegio dado por la Corona para que los pardos pudieran acceder a determinados oficios, mediante el pago de unas sumas de dinero. La Guerra de Independencia y los nuevos gobiernos republicanos abolieron formalmente las distinciones humanas producidas por el mestizaje, pero las poblaciones mezcladas siguieron marginadas durante una buena parte del siglo XIX. El acceso de estos grupos a la sociedad dominante ha sido un fenómeno del siglo XX y acompañó por lo regular, a las grandes convulsiones político-sociales. En términos generales el mestizaje ha acompañado siempre a las grandes civilizaciones del mundo y el aislamiento étnico ha sido propio de culturas primitivas. (M.L.S. para Fundación Polar)


Peninsulares y canarios:
La incorporación de los españoles desde el siglo XVI al proceso de la formación demográfica y étnica de Venezuela representó un hecho de indiscutible trascendencia. Es cierto que, detrás del término español, se hallaba una diversidad de pueblos que, en muchos casos, sólo tenían en común la realidad geográfica de la Península Ibérica que compartían. Algunos de ellos, como los naturales de las Islas Canarias, no podían siquiera reclamar esa característica. Fue por esa razón, sin duda, que conquistadores y cronistas acostumbraban designar a quienes desde España atravesaban el Atlántico, con los nombres gentilicios derivados de las provincias o regiones de donde procedían mesnadas y pobladores. Andaluces y canarios, vascos y asturianos, castellanos y extremeños, catalanes y aragoneses, eran las denominaciones que frecuentemente se empleaban para diluir en las crónicas y reseñas de la conquista la denominación general de español. Esta, sin embargo, conservó siempre en la historia de Venezuela y América el poder aglutinante para identificar a cualquier poblador hispano de la Península. Los canarios, a quienes con mucha frecuencia se les llamaba también isleños, conservaron frente a aquél su especificación gentilicia tradicional. De esta manera, la referencia a los españoles no involucraba necesariamente a los canarios. Por tal razón, con frecuencia se empleaba, sobre todo a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el término de peninsular, para diferenciar al español oriundo de Europa del isleño de las Canarias. En Venezuela, esta distinción se hizo muy común porque los canarios alcanzaron importancia numérica en el conjunto de los colonos hispanos. La participación cuantitativa tanto de peninsulares como de canarios en el desarrollo demográfico venezolano fue, en realidad, muy modesta, en cualquiera de los 3 siglos que abarcó la colonización hispánica. Diversas causas actuaron para que se produjera esa situación. La Corona española estableció, en general, un embarazoso sistema burocrático para controlar el paso a las Indias de sus súbditos. Quienes deseaban viajar debían primero presentar la autorización del rey, y esta licencia sólo podían obtenerla para asuntos muy concretos las personas que no tenían prohibición de viajar a América. A los judíos, los moros y sus descendientes, los condenados por el Santo Oficio y los gitanos, entre otros, les estaba vedado pasar a las Indias. La atracción que ejercieron México y Perú, particularmente en el siglo XVI y la primera mitad del XVII, fue otro factor para que peninsulares y canarios mostrasen en esa época poca inclinación por probar fortuna en una colonia que, como la venezolana, no se prestaba para despertar ambiciones. A pesar de estos hechos, la Venezuela del siglo XVI contó con grupos de isleños y españoles europeos lo suficientemente importantes como para imprimir a la formación demográfica y étnica del país, transformaciones cualitativas realmente originales. Ya antes de 1550 encontrábanse en la isla de Margarita y las ciudades de Coro y El Tocuyo algunas decenas de castellanos, andaluces, leoneses, extremeños y vascos, con el firme propósito de hacer perdurar en estas tierras la influencia de la España peninsular. Los canarios, desde los primeros años del descubrimiento, también estuvieron presentes en casi todas las jornadas de la conquista y colonización del espacio venezolano. Con Alonso de Ojeda, Jorge Spira y Diego de Ordaz vinieron muchos isleños que exhibieron, al igual que los peninsulares, gran tenacidad para el esfuerzo colonizador. Es verdad que su participación en aquel lapso ha sido ignorada a menudo, porque sus salidas, al no ser registradas en los puertos españoles de Europa, permanecieron ocultas para cronistas y funcionarios de la Corona. Fue, no obstante, evidente que en casi todas las naves que tocaban en el archipiélago canario se embarcaban muchos pobladores para las Indias. Hacia Venezuela, el paso de éstos, que se inició desde la segunda expedición de Ojeda con algunos marinos y soldados, se efectuaba también en aquella forma. Por esto resulta casi imposible, sobre todo en las 2 primeras centurias del período colonial, precisar detalles cuantitativos sobre la población canaria de cualquiera de las regiones y ciudades venezolanas. Tampoco se pueden establecer estos detalles para el grupo peninsular, pero los datos que sobre el mismo existen, a pesar de sus lagunas e imperfecciones, dejan la posibilidad de elaborar ciertas comparaciones. La colonia de peninsulares logró ampliarse más, después de 1550, cuando algunos centenares de castellanos, andaluces y extremeños comenzaron a organizarse en el país, según las pautas sociales y políticas que trajeron de España. Los castellanos superaban ligeramente en número a los andaluces y aumentaba aún más su ventaja con respecto a los extremeños, según lo que se desprende de los datos recogidos por la Casa de Contratación de Sevilla. Con ellos convivían en las principales villas y ciudades de entonces varias decenas de vascos, gallegos, aragoneses y catalanes. Los canarios, aparentemente, no lograban todavía estructurar en las provincias venezolanas un grupo colonizador bien definido, puesto que su orientación principal se volcaba sobre las Antillas, Nueva España y Nueva Granada. Los peninsulares, por el contrario, actúan ya con gran diligencia para definir influencias sociales, económicas y políticas; fundan pueblos y ciudades cuyos gobiernos acaparan; se reparten tierras e indios; envían diputados ante el rey para solicitar diversas prerrogativas. Estos reducidos núcleos de españoles de la Península esbozaron, por consiguiente, desde muy temprano, las características principales del papel que habrían de desempeñar posteriormente. Los peninsulares y canarios siguieron siendo en todas las zonas del país durante el siglo XVII, minoritarios con respecto a la población indígena, a pesar de que en este período aquéllos definieron una tendencia a preferir los pueblos y ciudades de la provincia de Venezuela A ésta llegaba la mayor parte de los españoles que salían de los puertos de la Península hacia Tierra Firme En la Nueva Andalucía y la isla de Margarita se encontraban los otros núcleos importantes, formados, principalmente, por andaluces y extremeños. Caracas, donde residían peninsulares de todas las provincias españolas que enviaban más emigrantes, era preferida por castellanos y vascos. Los canarios, de quienes existen pocos datos para aquella centuria, comenzaron desde entonces a concentrarse en Caracas, pero siempre, según diversos indicios, con magnitudes inferiores a las del grupo peninsular. Su volumen, sin embargo, aumentaba cada vez más, por lo que hacia las 2 últimas décadas, la población isleña de dicha ciudad no debía alejarse mucho cuantitativamente de la que había nacido en la Península. El total de canarios y peninsulares que vivían en Venezuela, no llegó a sobrepasar posiblemente en ningún momento del siglo XVII los 8.000 h, pues el número anual de los que llegaban al país, en contadas ocasiones era superior a 50. En esta época, generalmente, los andaluces constituían entre los peninsulares el grupo regional más numeroso, seguidos por los castellanos y extremeños. No significó esta centuria para isleños y españoles europeos, un período propicio para la acción uniforme y el establecimiento definitivo de jerarquías sociales y políticas. Sólo en las modestas ciudades de las provincias de Venezuela y Mérida existía cierto sosiego como para hacer brotar los comportamientos específicos de esos grupos. En ellas, éstos definieron casi todas las funciones que en el siglo siguiente consolidaron como prácticas que no admitían discusión. En el resto del territorio, como en los llanos y las provincias de Cumaná y Guayana aquéllos se enfrentaban aún a la resistencia de los naturales y el medio. Fue, evidentemente, en el siglo XVIII cuando los peninsulares y canarios se expresaron plenamente con todas las modalidades de sus orígenes. Cuantitativamente continuaron siendo una población muy reducida que, según la mayoría de los testimonios de la época, no superaba los 15.000 h. No podía ser de otra manera, ya que su dinámica y dimensión estaban estrictamente sujetas a las posibilidades para emigrar que tenían los pobladores de la Península y el archipiélago canario. Eran pocos los que atravesaban el Atlántico para venir a Venezuela. Francois Depons no veía llegar 100 personas anualmente, y de los registros de la Casa de Contratación se deduce que eran escasos los años en que lograban pasar más de 60. Los andaluces parecían ser los más numerosos, seguidos por castellanos y vascos. Los aragoneses adquirieron en esta etapa cierta importancia, mientras que los extremeños habían mermado su representación. Los españoles europeos acaparaban, como en las centurias anteriores, los cargos más elevados en los campos civil, militar y eclesiástico, a pesar de que la legislación no les otorgaba ese privilegio. De ellos salía la inmensa mayoría de gobernadores, capitanes generales, intendentes, obispos, etc., lo cual siempre fue motivo de desagrado para los criollos o españoles americanos. Muchos ocupaban también empleos menores y realizaban oficios que, como los de carpintero, sastre, zapatero, albañil, habían aprendido en España. Empero, tan pronto como adquirían cierta fortuna o influencia, abandonaban aquéllos para ascender en la escala social a través del comercio o la administración colonial. En la agricultura, actividad a la cual se dedicaban con frecuencia, los canarios tuvieron una participación bastante destacada como pioneros en la labranza de nuevas tierras y la creación de haciendas, como ocurrió entre otros lugares, en Panaciuire y San Antonio de los Altos a partir de las primeras décadas del siglo XVIII. Hubo, también, peninsulares que nunca superaron la posición humilde que trajeron. Entre los andaluces y extremeños abundaron los que, habiendo llegado con el impreciso oficio de ((criados», permanecieron en una suerte de marginalidad socioeconómica. Al contrario de éstos, los vascos y catalanes constituyeron el sector de la población europea de mayor influencia en el comercio y más constancia, sobre todo los primeros, en la agricultura. Los vascos, por el monopolio de la Compañía Guipuzcoana participaron activamente en la vida económica venezolana durante casi todo el siglo XVIII, hasta el punto de adueñarse prácticamente del comercio y la agricultura del país después de 1730. Los naturales de Cataluña, quienes a partir de 1752 vieron aumentar su influencia (sobre todo en la región oriental), por la creación de la Real Compañía de Comercio de Barcelona ejercían junto con los canarios, el control casi exclusivo del comercio al detal que se realizaba en las ciudades, a través de un gran número de bodegas o pulperías. Estos comerciantes, según Depons, trabajaban los domingos y días de fiesta y tenían abiertos sus establecimientos «.. que amanece hasta las nueve de la noche... » Los catalanes eran laboriosos y dedicados a sus negocios, y presentaban, además, la característica, que pertenecía también a los vascos, de ser cumplidos y exactos en las operaciones que efectuaban. Entre los peninsulares se situaban igualmente casi todos los religiosos que en las diferentes provincias se encargaban de la misión evangelizadora. La mayoría de ellos estaba formada por aragoneses, catalanes y andaluces. En algunas zonas, estos misioneros representaron casi la única forma de manifestarse la participación del poblador oriundo de la Península. Por otra parte, en el siglo XVIII la población peninsular continuó con la inestabilidad que siempre acusó, como consecuencia de algunas de las razones de su propia presencia en Venezuela. Parte de ella, en verdad, estaba formada por funcionarios de la administración colonial, militares, religiosos y mercaderes que sólo permanecían en el país el tiempo indispensable para cumplir los mandatos que les habían asignado. Los canarios fueron los más numerosos en aquel período, según los testimonios de algunos viajeros que recorrieron el territorio entre 1790 y 1820. Se encuentran, además, diversas manifestaciones de este sector que reflejan un indiscutible incremento de su importancia numérica, particularmente en Caracas y las zonas vecinas. En esta ciudad los isleños se mostraron muy activos y llegaron hasta impulsar la construcción de una iglesia a la advocación de su patrona, Nuestra Señora de la Candelaria, en el barrio que tomó este nombre y se convirtió en centro del trajín y el regocijo canarios. Participaron en muy diversas actividades y figuraron constantemente en los hechos de los cuales dependía el desarrollo esencial de dicha ciudad. Hubo, incluso, aquí una Compañía de Blancos Isleños, de la que llegó a ser capitán Sebastián de Miranda, el padre de Francisco de Miranda Los canarios lograron, así, en toda la capitanía general de Venezuela la reputación de industriosos, pues se dedicaban con tesón al comercio al detal, a la cría de ganados y a la agricultura. No eran muy dados a los empleos de la administración colonial, aunque algunos de ellos ocuparon cargos elevados en los ámbitos político-administrativo, militar y religioso. La importancia de estos pobladores se destacó aún más con el aporte que hicieron de una amplia descendencia de hombres que alcanzaron gran notoriedad en el siglo XIX. Los nombres de Francisco de Miranda, Andrés Bello, José Antonio Páez, José Félix Ribas. Miguel José Sanz José Tadeo y José Gregorio Monagas y José María Vargas están ligados a los pueblos y ciudades de las islas que alguna vez fueron llamadas Afortunadas. Los isleños, a pesar de que siempre regresaban algunos de ellos al archipiélago, fueron pobladores más estables que los peninsulares, debido a la naturaleza de las principales actividades que efectuaban y a los escasos recursos de la tierra que habían dejado. Constituyeron, en definitiva, los peninsulares y canarios, a pesar de su reducido volumen, un componente indispensable en la estructuración integral de los rasgos fundamentales del venezolano. Durante la Guerra de Independencia aunque hubo peninsulares y canarios que simpatizaron con la causa republicana, muchos de ellos se mantuvieron fieles a su tierra de origen. Después de la caída de la Primera República (1812) muchos canarios apoyaron la política del jefe realista vencedor, su coterráneo Domingo de Monteverde En su Decreto de Guerra a Muerte dictado en Trujillo el 15 de junio de 1813, el general Simón Bolívar obligó a los peninsulares y canarios a definirse por un partido al declarar <(Españoles y Canarios, contad con la muerte aún siendo indiferentes si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América». En 1823, el gobierno de la Gran Colombia decidió expulsar del territorio de la República a todos los españoles y canarios. A partir de ese momento, cuando los españoles y canarios ingresen a Venezuela, lo harán ya en condición de inmigrantes súbditos de una nación extranjera y no como individuos pertenecientes a un mismo Estado como había sido el caso en la época colonial. Los canarios permanecieron tan unidos a Venezuela que a los pocos años, ya superada esa crisis, vinieron de nuevo al país con una afluencia, incluso, mayor que la de los tiempos coloniales. Los datos oficiales muestran que, hasta 1840, se habían incorporado al territorio nacional cerca de 3.000 canarios, quienes continuaron con las mismas actividades de la etapa anterior, aunque las labores agrícolas ocupaban esta vez casi toda su atención. Si bien en el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX no hubo inmigración peninsular constante ni voluminosa, sí llegaron en diversos momentos grupos de sacerdotes como los de comienzos de la década de 1840, algunos artesanos vascos, tejedores, panaderos, escultores y algunos de otros oficios. Con todo, no fueron nunca numerosos y no llegaron ni siquiera a alcanzar, antes de 1900, la débil cantidad que formaban al final del período colonial. A partir de 1936 y sobretodo en 1945, llega a Venezuela, junto con la procedente de otras zonas del mundo, una abundante inmigración española y canaria. Por razones de afinidad lingüística y cultural, la inmigración española y canaria a Venezuela aumentó hasta 1958 (41,3% del total de inmigrantes) y aunque luego declinó, su representación ha seguido siendo importante hasta nuestros días.(J.E.L)


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