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La batalla de Lepanto



Lepanto por José María Xiró. Detalle Lepanto: Composición de las tripulaciones (1571):
Haciendo referencia a las galeras del tiempo de la batalla de Lepanto, momento en que la galera alcanza su máxima importancia, sabemos que su dotación era muy numerosa, llegando a un promedio de entre 350 a 400 hombres. Estaba mandada por un capitán del que dependían dos clases de personal: La gente de cabo, que a su vez comprendía a la gente de guerra y a la gente de mar, y la gente de chusma o de remo. La gente de guerra procedía en gran medida de los tercios de Flandes y de alguna manera puede considerárseles como el embrión de la infantería de marina. La gente de mar comprendía: el patrón o el segundo de a bordo tras crearse la figura del capitán. El piloto, experto en navegación, encargado de determinar la situación y el rumbo. El cómitre, que en el siglo XVI era el oficial de mar encargado de dirigir las maniobras. No solo debía atender las maniobras de vela, también organizar y distribuir la fuerza de los remeros. Con su látigo incitaba a la boga o castigaba a veces cruelmente, sabiendo hasta que punto podía llegar con el azote sin perder a un hombre. Los conserjeres eran prácticos de costa, y siendo una navegación preferentemente de cabotaje, conocían las corrientes, puntos de recalada, abrigos y puertos. Los alieres y proeles iban a popa y a proa para dirigir tanto el abordaje como la defensa. Los marineros se ocupaban de las maniobras pero no de la boga ni de los cambios de entena, lo más pesado y por lo tanto, a cargo de la chusma. Los artilleros, aunque encuadrados en la gente de mar se encargaban, como su nombre indica, de manejar las lombardas de la corulla. La maestranza estaba formada por varios maestros de oficio: de remolar es decir del cuidado y reparación de remos; el maestro de daja o carpintero; el botero, al cuidado de la pipería; el calafate para mantener el buen estado del casco; los pañoleros y despenseros encargados del avituallamiento. Había un alguacil encargado de la justicia y vigilancia de la gente y de la chusma, encargado de evitar peleas, fugas y deserciones. En las instrucciones que dio Felipe II a don Juan de Austria, al nombrarle capitán general de la mar, le decía: Ha de haber en cada una de las dichas galeras un capellán sacerdote que tenga cargo de los confesar a sus tiempos y doctrinar. También disponían las galeras francesas de capellán al que llamaban limosnero y es momento de recordar a San Vicente de Paúl que ejerció su apostolado como tal limosnero durante 40 años. (Jesús Pérez Tierra)

Golfo de Lepanto Importante contribución de los aliados italianos:
En Lepanto se demostró claramente, más que en culaquier otra victoria durante la era imperial, que tanto en la paz como en la guerra el poder de España dependía de sus aliados. La escuadra de la Santa Liga era una escuadra italiana en todos los sentidos, y particularmente veneciana, y España dependía fuertemente del apoyo de los aliados italianos. Entre Nápoles y Sicilia contribuyeron con más de la mitad de las galeras y con más de un tercio de los costes. Por otra parte, España aportó la mayor proporción de hombres. De los veintiocho mil soldados que acompañaron a la flota, España contribuyó con un poco menos de la tercera parte, alrededor de ocho mil quinientos hombres divididos en cuatro tercios. España no podía pagar su parte de los costes, y los aliados italianos fueron al rescate, al proporcionarle parte de los armamentos, equipamientos y vituallas para la expedición, y al costear, con sus propios recursos, los navíos y los hombres que aportó. El papado hizo la mayor contribución de todas al permitir que Felipe II recaudara rentas especiales de la Iglesia, que lo ayudaron a sufragar el coste de la campaña. Sa ha calculado que los gastos totales que recayeron en el erario castellano ascendieron a cinco millones de ducados. De esta suma, el Gobierno sólo envió sesenta mil ducados de plata. El resto lo pagaron los banqueros genoveses, quienes emitieron crédito (en la forma de "letras de cambio") para respaldar este dinero, que esperaban recuperar más adelante con los intereses correspondientes. Como todos los aliados contribuyeron de manera militar y financiera a Lepanto, la victoria también les perteneció a todos. En Roma, un cardenal expresó: "Estamos locos de placer, especialmente el papa, de quien pensamos, sin exagerar, que moriría de felicidad, dado que el viejo santo no ha dormido las dos últimas noches". (Henry Kamen)


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