HISTORIA
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Regreso y ejecución de Balboa



Balboa Balboa regresa del Pacífico a Darien (1514):
Esta vez no podrá hacer realidad aquellos anhelos; con apenas tres docenas de hombres extenuados no es posible conquistar un imperio [Perú]. Se impone una renuncia dolorosa: volverá sobre sus pasos hasta Darien, para emprender el nuevo camino descubierto hacia el buscado Ofir con fuerzas de refresco. El regreso no es menos penoso... Los españoles han de luchar con las dificultades de la selva y sufrir los ataques de los nativos; y ya no es una tropa aguerrida la que tiene que enfrentarse con estos obstáculos, sino un puñado de hombres enfermos de fiebre que, agotados, avanzan tambaleantes. El mismo Balboa se siente próximo a morir y tiene que ser llevado en una hamaca por los indios como un fardo más. Tras cuatro meses de indecibles angustias, el 19 de febrero de 1514 llegan de nuevo a Darien. Pero se ha llevado a término una de las más grandes gestas de la Historia. Balboa ha cumplido su palabra. Todo aquel que se atrevió a ser su compañero de aventura hacia lo desconocido, vuelve lleno de riquezas; los expedicionarios vienen cargados de tesoros traídos de la inasequible costa del Mar del Sur. Cada cual tiene su parte, una vez reservado el quinto para la Corona. Y a nadie extraña que el triunfador recompense con quinientos pesos de oro a su perro Leoncico, que tiene parte como un guerrero más, pues bien había demostrado su fiereza en las escaramuzas con los nativos. No hay en la colonia quien discuta ya, tras de su proeza, la autoridad de Balboa como gobernador. El otrora rebelde y aventurero es festejado como un dios y puede enviar orgulloso a España la nueva de que, desde Colón, nadie había ofrecido tamaña empresa a la corona de Castilla. En súbita ascención, ha rasgado las nubes que hasta entonces habían impedido que su vida se viera iluminada por el sol de la gloria, y ha llegado al cénit. Pero el descubridor apenas puede disfrutar de su felicidad.

Naves de Cortés en Veracruz [Llegada de Pedrarias:]
Es un caluroso día de junio, la población de Darien se apretuja, maravillada, en la orilla. Ya es un milagro la aparición en aquel rincón del mundo del velero que divisan en el horizonte; pero es que aparece otro, y luego un tercero, y otros más..., diez..., quince..., veinte..., toda una flota ancla en el muelle. Pronto se tiene la explicación. El mensaje de Núñez de Balboa, pero no el del triunfo, que todavía no había llegado a la partida de esta flota, sino aquel en que daba el primer informe de Comagre sobre el próximo Mar del Sur y el País del Oro, y en el cual solicitaba un ejército de mil hombres para conquistar aquellas tierras, era el origen de todo. La Corona española no había dudado en armar tan poderosa escuadra para tan importante expedición, pero ni en Sevilla ni en Barcelona han pensado nunca en ponerla en manos de un aventurero tan mal conceptuado como el rebelde Vasco Núñes de Balboa; envían para ello a todo un gobernador: un hombre rico, noble, de reconocidas prendas, de sesenta años de edad... Pedro Arias Dávila, conocido generalmente por Pedrarias. Su misión es imponer el orden el la colonia, hacer justicia por todos los delitos hasta entonces cometidos, encontrar el Mar del Sur y conquistar la prometida tierra del oro. Mas a su llegada se encuentra en una difícil situación. Por un lado tiene que pedir responsabilidades al levantisco Balboa por su rebeldía contra el antiguo gobernador y que se justifique o, demostrada su culpabilidad, encadenarlo; pero de otra parte lleva la misión de descubrir el Mar del Sur, y he aquí que el mismo Núñez de Balboa, reclamado por la justicia, ha llevado ya a término por su propia cuenta la gran hazaña, ha proporcionado a la Corona española el mayor servicio desde el descubrimiento de América y ha celebrado su triunfo: A tal hombre no se le puede, pues, ejecutar como a un vilgar malhechor, antes bien merece un atento saludo y una sincera felicitación... Desde aquel punto y hora, Vasco Núñez de Balboa está perdido. Pedrarias jamás perdonará a su rival que se le haya adelantado en la misión a él encomendada y que sin duda le habría asegurado la gloria a través de los tiempos. (Stefan Zweig)


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