DOCUMENTOS
CINE
Captain Horatio Hornblower



Gregory Peck: Hornblower Captain Horatio Hornblower. Raoul Walsh (1951):
El hidalgo de los mares es el film de aventuras más circunspecto de Raoul Walsh: le faltan esa locura romántica que hace inolvidable El mundo en sus manos y el aliento aventurero, audaz y nocturno que se advierte, a pesar de todo, en el mediocre Los gavilanes del estrecho y en el sórdido El pirata Barbanegra. Fue rodado con un equipo inglés y en su reparto abundan los actores británicos ¿Se podría explicar por el hecho de que Walsh, como George Sidney o Henry Hathaway (que obtuvieron resultados más bien grises en sus incursiones laborales en Gran Bretaña) debieron trabajar con técnicos diferentes y con actores de otro carácter? De ser así, eso no haría sino acentuar la importancia de la labor conjunta de los equipos. ¿Será que la forma de trabajo británica frenaba la inventiva de Walsh? Como quiera que fuere, sorprende hallar un Walsh tan comedido y asumiendo las funciones de correcto-realizador-británico. No seré yo quien se queje de que sea una película de aventuras demasiado severa; ante todo, porque no es cierto: entre sus componentes narrativos, extraídos del ciclo de novelas de C.S.Forester (el autor de La Reina de Africa) sobre el personaje de Hornblower, figuran algunos excesos de los que se podría haber extraído mayor partido (p.ej., la intervención de Alvarado y sus hombres, tan grotescos como corresponde a una "españolada" anglosajona); después, porque en el (falso) género de la aventura no faltan títulos que demuestran que la severidad puede dar excelentes frutos. Si hay motivos de queja se debe a su general falta de feeling, a que el relato resulta algo envarado (sorprendente en Raoul Walsh), a las oscilaciones de ritmo que lo desequilibran y a que la impávida interpretación de Gregory Peck no enriquece en absoluto el personaje de Hornblower. La película cuenta tres anécdotas del héroe creado por Forester, a la sombra de dos guerras (Inglaterra contra España; Inglaterra y España contra la Francia napoleónica), con un breve intermedio intimista: la aventura con Alvarado, un esperpéntico tiranuelo de ojos enrojecidos a lo Akim Tamiroff, que simula amistad con Inglaterra para tratar de conquistar América por su cuenta; la relación amorosa del aguerrido marino con la hermana del duque de Wellington, lady Barbara Wellesley (Virginia Mayo); y el bloqueo naval de la flota de Napoleón. Sin duda, la primera es la mejor. Si perder el control del relato, Walsh logra expresar cosas tan diferentes como la desesperación de los marinos ante la calma chicha que paraliza la fragata británica y la admiración que Horatio Hornblower despierta entre sus hombres, ya sean oficiales o simples marineros.

Castigo Aunque Hornblower, pese a su actitud impertérrita, tenía todo a su favor para convertirse en un héroe clásico del cine de aventuras marinas (si ordena azotar a un marinero no es porque sea un individuo cruel, partidario del castigo corporal, como el Bligh de Rebelión a bordo, sino porque uno de sus oficiales amenazó con hacerlo y él no puede dejar en mal lugar la palabra de éste; muestra conocimientos superiores a los de cualquier otro marino; se las ingenia para apoderarse de un navío que dispone de una dotación de armas y de hombres superior a la del suyo), su figura no desprende ese magnetismo que distingue al héroe en el cine de aventuras en general, y en el de Walsh en particular. También es en ese largo fragmento donde figuran los mejores momentos: los planos que muestran a la vez el barco de Hornblower anclado en la bahía y, al otro lado del promontorio, el barco español que se aproxima; la llegada de Hornblower al palacio de Alvarado, con el camino sembrado de cuerpos torturados; la toma del Natividad (cuyo capitán no es otro que Christopher Lee); y el combate naval entre el Lydia de Hornblower y el Natividad al mando ahora del tirano, magníficamente filmado. La segunda mitad es menos interesante pero contiene dos momentos espléndidos: luego de avistar tierra británica, lady Barbara y Horatio cruzan sus miradas en muda despedida (ambos sabe que la llegada a tierra supondrá el final de su relación), a su regreso al hogar, Horatio se entera de que su esposa ha muerto y de que dejó una carta para él: a la voz en off de la esposa escribiendo la carta se superpone una panorámica alrededor de la habitación, tomando como punto de partida y de cierre la figura de Horatio leyéndola: el movimiento de cámara de ida y vuelta expresa bien la emoción contenida del marino y resume, mostrando fugazmente al paso los objetos caseros (para los cuales él ahora no tiene ojos), lo que fue una relación hecha casi exclusivamente de separación y de distancia.(J.M.Latorre)


Raoul Walsh (1887-1980):
Cuando aún era un niño, se hizo a la mar; más tarde se dedicó a la doma de caballos y a conducir ganado en México y Texas. En 1912 entró en el cine como actor y ayudante de dirección de D.WGriffith. A través de éste recibió su primer encargo de dirección, The Life of General Villa (1914), una mezcla de escenas teatrales y metraje auténtico de la campaña militar de Pancho Villa, protagonizada por éste mismo. Durante los siguientes cincuenta años se distinguió como director prolífico y eficaz. Narrador directo, rodó películas sin muchas pretensiones, de ritmo llano y producción elegante. Abordó gran variedad de géneros, pero se sintió más a sus anchas en películas de acción al aire libre, en las que incluía momentos de genuina ternura. Entre sus símbolos masculinos se encontraron Errol Flynn, James Cagney, Humphrey Bogart, Gary Cooper y Clark Gable, que tipificaron a su héroe cinematográfico. Director dinámico e instintivo, perdió un ojo mientras rodaba En el viejo Arizona (1929), la primera película hablada de Hollywood filmada en exteriores, y desde entonces llevó un parche. Casi ciego del otro ojo, se retiró del cine en 1964. Otras películas: El precio de la gloria (1926); A las ocho en punto (1935); Los violentos años veinte (1939); El último refugio (1941); Objetivo Birmania (1945); Al rojo vivo (1949); Los desnudos y los muertos (1958).


Los premios de Gregory Peck:
Alto y apuesto, durante treinta años ha exhibido su fuerza física, inteligencia, virtud y sinceridad. En 1942 hizo un impresionante debut en Broadway con la obra The Morning Star, y trabajó en otra obra antes de trasladarse a Hollywood, donde pronto se consagró como actor protagonista. Desde entonces ha sido un héroe popular del cine, un protagonista fiable cuya personalidad franca ha dominado la pantalla en una variedad de géneros que incluyen el drama, la comedia romántica, las aventuras, las sagas militares y los westerns. Tras ser nominado varias veces al Oscar, recibió la estatuilla al mejor actor por su papel de ético Atticus Finch en Matar a un ruiseñor (1962). En 1965 se convirtió en miembro del Consejo Nacional de las Artes; de 1967 a 1969 fue presidente del consejo de administración del Instituto Cinematográfico de Estados Unidos; y de 1967 a 1970, presidente de la Academia. En 1989 recibió el premio al conjunto de su obra por el Instituto Cinematográfico de Estados Unidos, en 1990 el del Museo de Arte Moderno de Nueva York y en 1991 fue premiado por el Centro John F.Kennedy y por la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center. Otras películas: Las llaves del reino (1945); Duelo al sol (1947); Las nieves del Kilimanjaro (1952); Los cañones de Navarone (1961), El cabo del terror (1962); La profecía (1976); Gringo Viejo (1989).


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