Africa
Notas



Notas:

Sana'a:
Capital de Yemen. Situada a 2.200 metros sobre el nivel del mar y a 320 km al norte de Aden. Está rodeada de montañas de basalto en una llanura relativamente plana. La vieja ciudad amurallada, una de las medinas más grandes y mejor conservadas, está habitada por unas 50.000 personas. Contiene edificios de más de cuatro siglos de antigüedad construidos con piedra basáltica y ladrillos secados al sol. Los marcos de sus ventanas están decorados con frisos intrincados combinando formas redondas y angulares. Los cristales en las ventanas fueron sustituyendo a finas láminas de alabastro. Su Gran Mezquita fue construida en tiempos del profeta Mahoma. Su zoco es conocido con el nombre de Souq-al-Milh [mercado de la sal]. A 14 km al noroeste se encuentra el palacio de piedra de Dar al-Hajar. A 41 km se encuentra la mezquita de Shibam. A 55 km al norte se encuentra la fortaleza de Husn Thula.

Meroe:
Situada en la orilla occidental del Nilo, cerca de Shendi, al sur de la confluencia del Nilo y el Atbara. La zona entre ríos era hace tiempo una sabana boscosa con elefantes y jirafas, que la sequía retiró más tarde mucho más al sur. Heródoto la menciona en sus escritos. Al sur de Elefantina, el país está habitado por etíopes [...] Después de un viaje de cuarenta días por tierra, uno toma otro barco y en doce días llega a una gran ciudad llamada Meroe, considerada la capital de los etíopes. Hay un oráculo de Zeus y hacen la guerra según sus dictámenes. La ciudad distribuía productos procedentes de una larga cadena comercial. Fue proveedora de Egipto bajo los persas y de la dinastía ptolemaica. Un tratado con la Roma Imperial revitalizó su economía. En 1772 James Bruce observó unas ruinas en la zona donde se decía que se encontraba la ciudad de Meroe. A principios del siglo XX se fue extendiendo el conocimiento sobre los enormes cementerios con pirámides.

Desplazamientos del hombre africano:
¿Que de dónde han salido los barcos que se ven en los lagos, en el interior del continente? Del océano: los desmontaban en los puertos marítimos, transportaban las piezas sobre las cabezas y las montaban en las orillas de los lagos. Se han transportado al interior de África, por piezas, ciudades, fábricas, maquinaria para minas, plantas eléctricas y hospitales. Toda la civilización técnica del siglo XIX fue llevada al interior de África sobre las cabezas de sus habitantes. Los del África del Norte, incluso los del Sáhara, tuvieron mejor suerte: podían usar animales de carga, como los camellos. Pero ni el camello ni el caballo consiguieron adaptarse al África subsahariana: morían diezmados por la mosca tse-tse y también a causa de otras enfermedades mortales del trópico húmedo. El problema de África consistía en la contradicción entre el hombre y el medio, entre la inmensidad del espacio africano (¡más de treinta millones de kilómetros cuadrados!) y el hombre, indefenso, descalzo y pobre: su habitante. Se dirigiera la vista donde se dirigiese, todo estaba lejos, todo estaba desierto, deshabitado, infinito. Era necesario caminar cientos, miles de kilómetros para encontrar a otros seres humanos (no se puede decir: «a otro ser humano», porque en aquellas condiciones un hombre solo no podría sobrevivir). La información, el conocimiento, los avances de la técnica, los bienes de consumo, la experiencia de otros, nada de esto había penetrado, nada había encontrado el camino. No existía el intercambio entendido como una forma de participación en la cultura universal. Cuando surgía, se trataba de una excepción, era todo un acontecimiento, una fiesta. Y, sin el intercambio, no hay progreso. Lo más frecuente era que grupos, clanes o pueblos poco numerosos viviesen aislados, perdidos y diseminados por el vasto y hostil territorio, y mortalmente amenazados por la malaria, la sequía, el calor y el hambre. Por otra parte, el vivir y desplazarse en grupos pequeños les permitía huir de los lugares expuestos a algún peligro, como por ejemplo las zonas de sequía o de epidemia, y así sobrevivir. Estos pueblos aplicaban la misma táctica que tiempo ha había empleado en los campos de batalla la caballería ligera. Sus principios básicos eran: moverse de prisa, evitar confrontaciones directas, rehuir el mal y engañarlo con astucia. Todo eso hizo del africano un hombre en constante peregrinaje. Incluso aquel que llevaba una vida sedentaria, que vivía en un poblado, también lo era, pues, de vez en cuando, también peregrinaba su poblado entero: ya porque se había acabado el agua, ya porque la tierra había dejado de dar fruto, ya porque se había declarado una epidemia; así que: en camino, en busca de la salvación y con la esperanza de un futuro mejor. Sólo la vida en las ciudades dotó a esta existencia de una mayor estabilidad. La población de África no era sino una gigantesca y enmarañada red que, cubriendo todo el continente y hallándose en constante movimiento, fluía y se entrelazaba, se concentraba en un lugar y se dispersaba en otro. Una tela multicolor. Un tapiz abigarrado. Esta forzada movilidad de su población ha hecho que en el interior de África no haya ciudades antiguas, tan antiguas —como las de Europa o de Oriente Medio— que se hayan conservado hasta hoy. Otra situación parecida —una vez más a diferencia de Europa y de Asia—: un gran número de comunidades (algunos dicen que todas) ocupa territorios en que no había vivido antes. Todos han llegado de otros lares, todos son inmigrantes. África constituye su mundo común, pero dentro de sus fronteras, ellos se han desplazado, la han pateado durante siglos (en muchas partes del continente este proceso dura hasta hoy). De ahí el impactante rasgo de esta civilización: su provisionalidad, su carácter de algo accidental, su falta de continuidad material. La choza levantada tan sólo ayer hoy ya no existe. El campo cultivado hace tan sólo tres meses hoy es tierra baldía. (Kapuscinski)


Conferencia de Berlín: Discurso (1885):
Deseando establecer en un espíritu de entendimiento mutuo las condiciones más favorables al desarrollo del comercio y de la civilización de determinadas regiones de Africa, y asegurar a todos los pueblos las ventajas de la libre navegación por los principales ríos africanos que desembocan en el océano Atlántico; deseosos, por otra parte, de prevenir los malentendidos y las disputas que pudieran suscitar en lo futuro las nuevas tomas de posesión efectuadas en las costas de Africa, y preocupados, al mismo tiempo por los medios de aumentar el bienestar moral y material de las poblaciones indígenas. [El acta general incluye] una Declaración estableciendo en las relaciones internacionales reglas uniformes respecto a las ocupaciones que en adelante puedan verificarse en las costas del continente africano. (Acta general de la Conferencia de Berlín, 1885)



Ozymandias:
I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed.
And on the pedestal these words appear:
«My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!».
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.

Me encontré con un viajero de un país antiguo
que dijo: Dos enormes piedras, sin cuerpo,
están en pie en el desierto. Junto a ellas, en la arena,
medio enterrada, una faz rota yace, cuyo entrecejo,
y labio arrugado, y sonrisa de gélido poder,
muestran que el escultor supo leer bien aquellas pasiones
que aún sobreviven, grabadas en aquellos restos sin vida,
la mano que los humillaba y el corazón que alimentaba.
Y sobre el pedestal, estas palabras aparecían:
«¡Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes!,
¡mirad mis obras, vosotros poderosos, y desesperad!».
No queda nada más. Alrededor las ruinas
de aquel naufragio colosal, infinito y desnudo,
una llanura de arenas solitarias se extiende a lo lejos.
(Percy Bysshe Shelley)

Multiculturalidad:
El director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, afirmó que la lengua española contiene cerca de 10.000 palabras árabes, recogidas en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE). El modelo de convivencia actual, lo quieran o no algunos, es el de la multiculturalidad, el del enriquecimiento de una sociedad con los puntos de vista, con las tradiciones de otras gentes. Ello no tiene por qué implicar una pérdida de identidad de un pueblo, más bien al contrario, un fortalecimiento por la vía de la diversidad. Quienes ven en ello una amenaza, no son más que meros ignorantes. Nuestra cultura española ni es genuina ni única, sino mestiza a base de un acervo de todas las influencias culturales que han pasado a lo largo de nuestra Historia.


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